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María, mediadora y mujer, en el “Sermo de Aquaeductu” de San Bernardo

San Bernardo de Claraval, Obras completas-II: Sermones para las fiestas principales de la Virgen Santísima y de los Santos. Sermones varios (ascético-místicos), trad. de Jaime Pons, ed. Rafael Casulleras, Barcelona 1925, 129-143

Todo ha venido de Cristo, incluso María; todo ha venido por María, incluso Cristo

(Benedicto XVI, Lourdes, 14-IX-2008).

Y a ella vayan, también, dedicadas estas líneas: homenaje entusiasta.

He aquí, a no dudarlo, una de las piezas más célebres –pensamos que justamente- del doctor melifluus; en ella, el arrebatado cantor de María vuelca con pasión los fuegos de su alma, y consigue unas veces momentos de singular hondura doctrinal, y otras, frutos de privilegiada belleza.

De la doctrina de San Bernardo ha vivido hasta hoy la mariología, y, singularmente, sus formulaciones a propósito de la mediación de María enriquecieron la piedad y la fe con aportaciones que todavía hoy estamos desarrollando.

En este modesto ensayo, me propongo, sobre todo, glosar los que me parecen ser los contenidos principales –espirituales y doctrinales- de la homilía. Previamente, será bueno presentar una sinopsis de la obra.

Síntesis 

1. En este mundo tiene el hombre la sombra de lo futuro y la memoria de María; en la vida eterna, todo es luz, presencia, posesión, de Dios, pero también de María, mientras que aquí sólo poseemos su memoria.

2. María concibió a Jesús en la sombra, pero sombra del Espíritu Santo que la fecundó, y recibió con ello el fruto “dulce a mi paladar” (Cant 2, 3).

3. La fuente de la gracia ha derramado sus aguas sobre la tierra, y lo ha hecho a través de un acueducto.

4. Este Acueducto, María, “ha recibido la plenitud de la gracia de la misma fuente de ella, que es el corazón del Padre” (p. 131); ella es la escala de Jacob, que une el cielo con la tierra.

5. Ella ha llegado “a aquella fuente tan sublime” (132) con la oración fervorosa, con la cual pidió, y obtuvo, gracia para “rebosar para la salvación del universo” (ibíd.).

6. ¿A qué responden esos designios divinos? Acaso para honra de las mujeres, por la que fuese reparada la deshonra de Eva. Más que eso, María es madre de Jesús para que descubramos en ella “la plenitud de los bienes” (133) y reconozcamos la realidad de su mediación y nuestra consiguiente necesidad de invocarla: ella es sol, ella es stella maris, y Dios quiso que ella fuese su madre “para que por todas partes fluyeran y se difundieran sus aromas, es decir, los carismas de las gracias” (ibíd.).

7. Dios “quiso que todo lo recibiéramos por María” (ibíd.). Jesús es Mediador ante el Padre, pero su divinidad puede infundirnos temor (San Bernardo no dice que eso sea lo razonable); en María, sólo humana, tenemos un recurso para con Jesús. “Oirá sin duda el Hijo a la Madre, y oirá el Padre al Hijo” (134); ella siempre ha “hallado gracia ante Dios” (Lc 1, 30), y nosotros sólo necesitamos gracia.

8. Busquemos, pues, sólo la gracia, y busquémosla por María. En la Anunciación, “María no alega el mérito, sino que busca la gracia”.

9. También por su pureza de vida ha alcanzado María subir a la sublime fuente, obtener la gracia de Dios para sí y para nosotros. Ella “era la Virgen santa en el cuerpo y en el espíritu, y podía decir con especialidad: ‘Nosotros vivimos ya como ciudadanos del Cielo’ [Flp 3, 20]. Santa era, repito, en el cuerpo y en el espíritu, para que nada dudes acerca de este Acueducto” (135).

10. Gabriel le comunica que concebirá virginalmente, por el Espíritu Santo, lo más sublime, “lo que la tierra sedienta espera que se le dé a beber por ministerio tuyo” (136). Por su medio, en la Encarnación, los “pensamientos de paz” (Jer 19, 11) de Dios se hacen obras de paz.

11. En la Encarnación, María ha cogido del cielo, para distribuirlos, los “dulces frutos” (137) de la humanidad de Jesús y de su vida, pasión y resurrección. Ella ha recibido el Verbo del mismo corazón del Padre.

12. La Virgen “se elevó hasta los Ángeles por la plenitud de la gracia, y por encima de los Ángeles al descender sobre ella el Espíritu Santo” (ibíd.), “tanto más cuanto supera el nombre de Madre de Dios al de simples ministros suyos” (138). “La verdad [Cristo] nació de la tierra, no de la criatura angélica” (ibíd.). “A ella [en el saludo del ángel] la encontró la gracia llena de gracia” (ibíd.).

13. Debemos devolver a Dios por medio de María las gracias que por su mediación nos ha dispensado; “mientras suspiramos por llegar a su presencia, fomentemos con toda nuestra atención su memoria […]. [La esposa del Cantar] Sabe muy bien que si fuere fiel morando en la sombra de la memoria, obtendrá sin duda la luz de la presencia” (138-139; cfr. n.º 1). (Nos inclinamos a pensar que está aludiendo a la memoria y presencia de Cristo, sin que el contexto excluya, al mismo tiempo, la referencia a María.) Esto (esta devolución) equivale a la oración con la que hablamos a Dios, que nos habla, y escuchemos a Dios, que nos escucha.

14-15-16. Se nos habla aquí, primero, del silencio laudable del monje y a continuación de la oración que debe romperlo, y, por último, se nos exhorta a devolver a Dios amor por amor.

17. Y, como el amado del Cantar “se apacienta entre las azucenas” (Cant 2, 16), hemos de cultivar nuestras flores, “porque ahora es tiempo de flores, no de frutos, pues tenemos aquí sola la esperanza y no lo que esperamos: y caminando por la fe, no por la vista clara, nos congratulamos más con la expectación que con la experiencia” (142).

18. Tras el extenso inciso que se abría en el n.º 13, ahora se concluye con la necesidad de presentar a Dios nuestras azucenas. Las últimas palabras son célebres y merecen ser transcritas aquí:

        “Sea lo que fuere aquello que te dispones a ofrecer, acuérdate de encomendarlo a María, para que vuelva la gracia, por el mismo cauce por donde corrió, al Dador de la gracia. No le faltaba a Dios ciertamente poder para infundirnos la gracia sin valerse de este Acueducto, si Él hubiera querido: pero quiso proveerte de ella por este conducto. Acaso tus manos están aún llenas de sangre, o manchadas con dádivas sobornadoras, porque todavía no las tienes lavadas de toda mancha. Por eso, aquello poco que deseas ofrecer, procura depositarlo en aquellas manos de María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a fin de que sea ofrecido al Señor, sin sufrir de Él repulsa. Sin duda candidísimas azucenas son, ni se quejará aquel amante de las azucenas de no haber encontrado entre azucenas todo lo que Él hallare en las manos de María. Amén” (p. 143).

Doctor de la mediación de María

San Bernardo es conocido como el doctor de la mediación de María. Tratamos de ocuparnos ahora del modo como la mediación es abordada en el De Aquaeductu. Haremos separadamente una consideración de índole doctrinal y otra de naturaleza espiritual.

Hacemos notar, para comenzar, que cuando (n.º 7) el Doctor Melifluo maneja el argumento que podemos llamar antropológico para la mediación de María, no trabaja con un argumento que se esgrime frecuentemente, pero resulta sospechoso. Es frecuente leer, en efecto, que el hombre puede recurrir a María porque en Dios hay justicia y misericordia, y en María, sólo misericordia. Y el problema es, principalmente, cómo entender la justicia divina: ¿por qué no pensar en un Juez que ha muerto para poder absolvernos? Se suele pensar más bien en el Dios vindicador; y, por más que se insista en que la justicia es atributo santo –lo es-, el argumento no deja de sugerir una cierta negatividad en Dios; y el problema no está en lo que dice de María, sino en lo que dice de Dios.

San Bernardo, en el n.º 7, dice cosa distinta. En efecto, su argumento antropológico no hace esa contraposición; simplemente afirma lo que cualquiera puede admitir: que, mientras que en Jesucristo existen las dos naturalezas, divina y humana, en su madre sólo existe la humana; y es cierto que lo primero puede inspirar temor. Y todavía podemos albergar una duda, porque no queda claro si alude a un temor de Cristo que considera razonable, o solamente a la posibilidad de hecho de que su oyente sienta ese temor.

Lo segundo que queremos comentar es que la exposición (en el n.º 7 todavía) es completamente cristocéntrica. El eje se encuentra en la consideración de un Hijo, Jesucristo, que no puede rechazar los ruegos de su madre, y que, por su parte, no puede ser rechazado en los suyos por su Padre; en estas palabras: “¿Podrá acaso el Hijo repeler, o padecer Él repulsa? ¿Podrá el Hijo no ser atendido por su Padre o rechazar los ruegos de su Madre?” (134). La eficacia de la mediación de Cristo se apoya en sus méritos en favor nuestro, y la eficacia de la mediación de María, en la condición filial de Cristo, que acepta las peticiones maternas –consciente, por lo demás, de los méritos y excelencias de su madre-. La eficacia de la mediación de María se encuentra en la mediación de Cristo.

Nos hallamos, de este modo, ante una admirable formulación de la mediación de María en el único Mediador, Cristo. En esta concepción, la mediación de la madre no entra en competencia con la del Hijo, porque no se produce en el mismo nivel –es otro rango, subordinado, de mediación-; sino que desarrolla la eficacia de la mediación del único Mediador, a Él conduce y desarrolla su eficacia.

Nos enseña también San Bernardo:

        “No le faltaba a Dios, ciertamente, poder para infundirnos la gracia sin valerse de este Acueducto, si Él hubiera querido: pero quiso proveerte de ella por este conducto” (p. 143).

Y una cosa importa notar aquí: que esa voluntad de Dios de escoger a María por mediadora –o medianera, como se ha solido decir para destacar la diferencia de rango con Jesucristo-, justamente por haberse producido sin necesidad divina (el Vaticano II hablará del divino beneplácito), si a pesar de ello se ha producido, supone una especial gloria  de María; de parecido modo a como no hemos de suponer amor en un matrimonio forzado, sino en el voluntario. Y eso, al mismo tiempo, sin olvidar que es siempre Dios el autor de todas las perfecciones de María; que Dios –en suma- la hizo hermosa para escogerla, y luego la escogió porque era hermosa.

Si ahora abrimos la Constitución Lumen gentium, del Concilio Vaticano II, encontramos las siguientes afirmaciones:

        “Único es nuestro Mediador según la palabra del Apóstol: Porque uno es Dios y uno el Mediador de Dios y de los hombres, un hombre, Cristo Jesús, que se entregó a Sí mismo como precio de rescate por todos (1 Tim 2, 5-6). Pero la misión maternal de María hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo”.

Y llegamos a la conclusión que todo ello estaba ya en esta obra de San Bernardo. Y, de igual modo, a otra conclusión más general: cuanto más afirmemos a María, más afirmaremos a Cristo, pero, también a la inversa, cuanto mayor sea el cristocentrismo, más marianas serán la teología y la vida.

Mediación de ida y vuelta

        “Por lo demás, hermanos, debemos procurar con el mayor cuidado que aquella Palabra que salió de la boca del Padre para nosotros por medio de la Virgen no se vuelva vacía: sino que por mediación de Nuestra Señora volvamos gracia por gracia” (138).

Y ya hemos transcrito aquí (en nuestra síntesis) el pasaje con que acaba la obra.

He aquí la otra cara o el correlato espiritual de la doctrina de la mediación, sus implicaciones espirituales. Se nos insta, ya se ve, a respetar la lógica de Dios: por María nos ha dado Dios a su Hijo, y por María nosotros debemos entregarnos a Dios. María es la Puerta del cielo, abierta para que por ella pasen los dones de Dios a los hombres, pero también para que los hombres ofrezcan por ella sus dones a Dios. Honradamente, a pesar de la belleza indiscutible de ambos pasajes citados, no podemos, sin forzarlos, decir mucho más (nos estamos limitando en nuestro ensayo a este solo sermón).

Sí, en cambio, nos interesa apreciar la fecundidad posterior que esta visión de la espiritualidad mariana –quizá mejor visión mariana de la espiritualidad- ha tenido en la historia de la Iglesia. Para ello, hemos de aducir aquí unos pocos pasajes de autores que directamente han expresado estas ideas. Así se expresa Nieremberg:

           “…ofreciendo por medio de Ella todos nuestros servicios, oraciones y afectos; porque así como todas las mercedes que nos hace Dios nos vienen por Ella, así todas las gracias que le hemos de dar y cuantos servicios hiciéremos han de ser también por su medio. Pues es razón que por los mismos canales por donde nos vienen todos los beneficios, torne también nuestro reconocimiento; es decir, por las benditas manos de María: porque así como no hace Dios cosa que no sea por María, tampoco nosotros hemos de hacer cosa alguna que no sea por Ella para que la ofrezca a su hijo y su Hijo al Padre de Misericordia”.

Antonio de Alvarado llama a María

“pozo de aguas vivas que corren impetuosamente del Líbano, porque de ti sacan los fieles aguas que dan vida de gracia y merecen vida de gloria”.

            Todo un San Maximiliano Kolbe pone bien de relieve esta trascendencia espiritual –y pastoral y apostólica- de la mediación de María con las siguientes palabras:

        “Si la Inmaculada no fuese la Mediadora de todas las gracias, no habría ninguna razón para conquistar el mundo entero y cada alma en particular para llevarlas al Corazón Sacratísimo de Jesús por la Inmaculada, pues las almas podrían entonces ganar el Paraíso de otra manera”.

Un mariólogo contemporáneo, José María Canal, sintetiza en estos términos estas dos vertientes, dogmática y espiritual, de la mediación mariana: María –alma socia Christi- es

“la asociada a Dios en la grande obra de la santificación de las almas: nos dio al Verbo encarnado y nos da siempre al Verbo inhabitante”.

            He aquí unas palabras al respecto del P. Nazario Pérez, acreditado mariólogo fallecido en 1952:

        “Lo que lógicamente se deduce de la doctrina de la Mediación Universal de Nuestra Señora es la importancia de la devoción a Ella, sobre todo de la verdadera devoción [alude a la consagración en esclavitud mariana según la presenta S. Luis María Grignion de Montfort]. Hay que dar a la Madre de Dios, en la Ascética, el lugar que le corresponde y el que tiene en el Dogma, según el común sentir de la Iglesia. Hay que ponerla en nuestra vida espiritual en el lugar donde Dios la ha puesto en el cielo y en el mundo […]. No podemos contentarnos con darle una capilla lateral, un altar, aunque sea preciosísimo, en el templo de nuestro corazón; hemos de ponerla en el altar mayor del santuario de nuestra alma […]. Si María Santísima es la única escala y la única puerta para llegar a Cristo; si es la Tesorera, que tiene en sus manos la única llave de los tesoros de Dios, ¿cómo no contar con Ella siempre y para todo?”

Pensamos que la esclavitud mariana montfortiana –y en general esa corriente espiritual- es un caso privilegiado de correspondencia entre el dogma y la espiritualidad. Por serlo, no sólo encontramos el dogma generando espiritualidad –como en el caso de las palabras de Nazario Pérez-, sino que también asistimos a la espiritualidad generando dogma; podemos tomar como caso emblemático las siguientes palabras de una reunión celebrada en 1917:

            “La Reunión de Sacerdotes de María, de Vitoria, declara que conforme a la doctrina del Beato Montfort que profesa, se adhiere con entusiasmo a la idea de pedir a la Santa Sede la definición dogmática de la Mediación Universal de la Virgen María Nuestra Señora”.

Se trataba de una asamblea celebrada del 4 al 6 de septiembre del año apuntado, y lo que más interesa aquí es ese punto de partida: “conforme a la doctrina del Beato Montfort”, que no es otra cosa que su método de espiritualidad mariana.

El feminismo mariológico

No es nuestro principal interés, pero no puede quedar sin, al menos, una sencilla mención una cuestión actualísima. Se trata del que podemos llamar feminismo mariano. En él encontramos a María como figura de exaltación de la mujer. El pasaje no tiene desperdicio:

        “¿Y con qué fin hizo [Dios] esto? Quizá para que Eva pudiera justificarse por medio de su Hija, y cesara ya la queja del hombre contra la mujer. No digas ya en adelante, oh Adán: La mujer que me disteis por compañera me dio del fruto de aquel árbol, y lo comí [Gén 3, 12]: di más bien: La mujer que me disteis me ha alimentado con un fruto bendito [Cristo]” (p. 133).

Es sabido que el tema de Cristo como nuevo Adán y María como nueva Eva –que, por otra parte, es la primera formulación doctrinal en torno a la Santísima Virgen- tiene origen en San Ireneo. Lo encontramos en San Bernardo en más ocasiones, como el siguiente pasaje:

“Dios quiso reconciliar consigo al hombre por el mismo modo y orden que había caído. Ha dispuesto Dios que, ya que el hombre no cayó sino por una mujer, tampoco sea elevado sino por una mujer. Muchísimo daño nos causaron un varón y una mujer; pero, gracias a Dios, igualmente por un varón y una mujer se ha restaurado todo.

“No quebrantó Dios lo que estaba hundido, sino que lo rehízo más útilmente por todos modos, es a saber, formando un nuevo Adán del viejo y transfundiendo a Eva en María”.

En cuanto al uso expreso de la figura de María como defensa de la mujer, tiene igualmente una larga tradición. Como ejemplo, un autor de la novelística amorosa del siglo XV se expresa de esta forma:

“No ay pecado más abominable ni más grave de perdonar que el desconocimiento [ingratitud]; ¿pues quál lo puede ser mayor que desconocer el bien que por Nuestra Señora nos vino y nos viene? Ella nos libró de pena y nos hizo merecer la gloria; […] por ella, que fue muger, merecen todas las otras corona de alabança”.

El magisterio pontificio se ha referido al tema con frecuencia, y se expresaba en la persona de Juan Pablo II con una formulación densa de contenido: “En María se realiza la perfecta emancipación de la mujer”.

Lo que en nuestra obra destaca es la modernísima presentación, que incluye la cancelación de cualquier posible enemistad entre hombres y mujeres. Y merecen ser traídos aquí dos párrafos de otra homilía, que componen un texto extenso, pero hondo:

“Alégrate, Adán, padre nuestro; y tú, Eva, madre nuestra, llénate de gozo; vosotros mismos, que así como fuisteis padres de todos, así fuisteis de todos homicidas, y, lo que es mayor desgracia, primero homicidas que padres, consolaos con esta hija, y tal hija; pero alégrese Eva principalmente, pues de ella primero nació el mal, y su oprobio pasó a todas las mujeres. Porque ya está cerca el tiempo en que se quitará el oprobio, ni tendrá ya de qué quejarse contra la mujer el hombre; el cual, pretendiendo excusarse imprudentemente a sí mismo, no dudó acusarla cruelmente, diciendo: La mujer que me diste me dio del fruto del árbol, y comí. Así, corre, Eva, a María, corre a tu Hija: ella responderá por ti, quitará tu oprobio, dará satisfacción a su Padre por su Madre: pues ha dispuesto Dios que, ya que el hombre no cayó sino por una mujer, tampoco sea levantado sino por una mujer. ¿Qué es lo que decías, Adán? La mujer que me diste me dio del fruto del árbol, y comí. Palabras de malicia son éstas que acrecientan tu culpa en vez de borrarla. Sin embargo, la sabiduría ha vencido a la malicia, pues aunque malograste la ocasión que Dios quería darte para el perdón de tu pecado cuando te preguntaba y hacía cargo de él, ha hallado en el tesoro de su indeficiente piedad arbitrios para borrar tu culpa.

        “¡Oh Virgen admirable y dignísima, admirable entre todas las mujeres, que trajo la restauración a sus padres y la vida a sus descendientes!” 

Conclusión

La mariología de San Bernardo de Claraval nos aparece en el sermón estudiado bajo tres aspectos principales:

1. San Bernardo –que curiosamente refutaba, en cambio, la Inmaculada Concepción- ha sido capaz de poner en pie los conceptos, y aun la terminología, que todavía hoy siguen siendo básicos en lo que se refiere a la mediación mariana, hasta el extremo de que en el párrafo correspondiente de la Constitución Lumen gentium no parece encontrarse extremo alguno que no estuviese ya contenido en su sermón.

2. Él ha sido también capaz de extraer las implicaciones espirituales que se contienen en esa doctrina, a saber: la necesidad de emplear hacia Dios el camino que Él emplea hacia nosotros; si bien, a este respecto, las noticias principales no pueden extraerse de la homilía estudiada.

3. Su interesante reivindicación de las mujeres en nombre de la Mujer del Génesis y del Apocalipsis entronca con la raíz patrística (sobre todo, San Ireneo) que reconoce en María la nueva Eva, en la justa medida en que reconoce en Cristo el nuevo Adán; y es, al mismo tiempo, tributaria de una tradición mariológico-feminista que le precede.

Miguel Ruiz Tintoré – miguelruiztintore@gmail.com – junio de 2010

Permisos de difusión y reproducción: El autor de esta obra autorizará expresamente su libre difusión o reproducción, por cualquier medio, siempre para buen fin, citando como mínimo el autor y el título; para ello, se solicitará antes permiso a: “miguelruiztintore@gmail.com“; si se pensare en ponerla a la venta, será necesario pedir antes permiso por el mismo medio, y la respuesta más previsible es la concesión de tal permiso. La contravención de estas disposiciones podría dar origen a acciones judiciales.

 

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