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LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE MARÍA, CORAZÓN DE LAS DEVOCIONES A MARÍA

Resultado de imagen de Virgen María y Espíritu Santo

PUBLICADO EN “EPHEMERIDES MARIOLOGICAE”, 63 (2013), PP. 467-485

 


Abreviaturas empleadas 

“EphMar” = “Ephemerides Mariologicae”

“EstMar” = “Estudios Marianos”

NDM = Fiores, Stefano de-Meo, Salvatore-Tourón, Eliseo (dirs.), Nuevo diccionario de mariología (ed. esp. adaptada), San Pablo, Madrid 21993

PL = Migne, J. P., Patrologiae cursus completus, Series Latina

Vg = Biblia Vulgata


 

“Os daré un corazón nuevo” (Ez 36,25).

 

Nos proponemos principalmente presentar de qué modo el P. Joaquín María Alonso, C. M. F. (1913-1981), concibe la devoción al Corazón de María como la vocación a la que están internamente llamadas todas las demás devociones marianas, ya que, en su concepción –que declaramos compartir plenamente-, tiene la virtualidad necesaria para informar, interiorizar y purificar ­–son tres verbos que emplea hasta la saciedad en su extensa obra cordimariana- esas devociones. Y, como quiera que el convencimiento de Alonso no puede comprenderse sin conocer qué entiende él por Corazón de María, habremos de hacer en este trascendental tema una incursión indispensable[1].

No es en modo alguno vano indagar en la teología del Corazón de María. Al mismo tiempo que albergaba la convicción que acabamos de reseñar, y consideraba por tanto trascendental nuestra devoción, Alonso comprendía que

“la devoción al Corazón de María encuentra algunas oposiciones e incomprensiones; pero, entre ellas, no es la menor el desconocimiento casi absoluto de su profundo y misterioso contenido teológico”[2]

Y mostraba la relevancia del problema cuando exponía:

           “Sólo cuando se comprende la dimensión teológica profunda que la constituye [la devoción al Corazón de María], se la admite no sólo sin dificultad, sino con una veneración sincera que es preludio de una total renovación en la piedad mariana”[3].

Hay que advertir que, si bien es cierto que existe un pronunciamiento pontificio que enseña que ninguna devoción mariana puede pretender ser superior a las demás, no es exactamente por superioridad por lo que Alonso concede el protagonismo a nuestra devoción. Se irá viendo con mayor claridad.

Mínima semblanza de un gran mariólogo

Nos complace sacar a la luz de nuevo la figura del P. Joaquín María Alonso, tristemente caída en el olvido[4]. Nace en 1913 y muere en 1981. Fue cofundador (1951) y director (1968-1977) de “Ephemerides Mariologicae”; impulsó y dirigió el mayor proyecto editorial que ha existido jamás sobre el Inmaculado Corazón: la colección Cor Mariae, de la que se publicaron, al parecer, veinticuatro volúmenes; proyectó el Centro Mariano “Cor Mariae Centrum” (instituto de mariología, convivencias marianas, “Ephemerides Mariologicae”, boletín mariano, librería mariana internacional, biblioteca mariana), que no fue posible llevar a término y quedó en lo ya existente: esa benemérita revista y su biblioteca fabulosa. Otras iniciativas cordimarianas de Alonso son: la Sociedad Teológica de los Sagrados Corazones (1958); y, sobre todo, una ingente labor de estudio y divulgación de los acontecimientos de Fátima, Pontevedra y Tuy: debería poder mencionarse sobre todo su Historia crítica de Fátima, que hubiese constado probablemente de otros veinticuatro volúmenes en dos series tituladas Fatimae monumenta historica y Estudios críticos, pero la obra sigue hoy dolorosamente inédita[5], por lo que Alonso llama vaga y, sin duda, respetuosamente, “ciertos patrioterismos miopes”[6]; y pueden mencionarse como realizaciones efectivas la difusión del conocimiento de los mensajes de Pontevedra y Tuy y la vicepresidencia (1973-1980) del Ejército Azul de Nuestra Señora de Fátima (hoy Apostolado Mundial de Fátima). No podemos dar aquí la lista completa de su bibliografía cordimariana[7].

Todas las devociones marianas tienden a la devoción cordimariana

La devoción al Corazón de María es el corazón de las devociones a María. Joaquín María Alonso proclama a los cuatro vientos que posee “un puesto de honor en la espiritualidad”[8]. Ésta es la afirmación fundamental, y el objeto de todo lo que sigue no puede ser otro que probarla, a partir de las formulaciones de nuestro teólogo.

Para ello, debe explicarse cómo, según él insistentemente repite, se trata de una devoción, por así decirlo, latente en todas las devociones marianas, en la medida en que sean auténticas, y en cómo informa, purifica e interioriza las restantes devociones a la Virgen.

Para Alonso –y no encontramos impedimento para compartirlo-, la relación entre la devoción cordimariana y las demás devociones marianas, así como la relación entre la espiritualidad del Corazón de María y las demás formas posibles de espiritualidad mariana, es siempre la misma: se encuentra en todas las formas de la piedad a María como en germen y normalmente tiende a aflorar; si bien Alonso, este normalmente, lo pone en cuestión, porque se cuida de aclarar que se refiere al normal desarrollo de las devociones y de la espiritualidad, y por lo demás el que se produzca es en realidad infrecuente, por pedirnos la devoción al Corazón de María más de lo que en la mayoría de los casos estamos dispuestos a dar –en frutos de santidad-[9]. Escribe:

           “Así como toda devoción mariana, en su misma línea de evolución intrínseca, termina por ser cordimariana; así también toda espiritualidad mariana, en su misma línea de evolución normal, termina en una mística cordimariana”[10].

           Es importante que nos demos cuenta de que no se trata, exactamente, de transitar de una devoción a otra (la cordimariana), sino de llamarlas todas a su centro, porque centro es el corazón –como detenidamente hemos de ver-; y Alonso lo expresa con tino, y además, relacionándolo de forma necesaria con la condición inmaterial del Corazón de María rectamente entendido; queremos permitir que este último extremo –el Corazón de María no es su corazón de carne- asome ya; y así, escribe, por ejemplo, Alonso:

           “El tránsito de una espiritualidad mariana en general a una espiritualidad específicamente cordimariana se hace por el mismo proceso de interiorización por el que la devoción a la Virgen en general se convierte en la devoción total a su Corazón. Aquí, más que un proceso de ‘materialización’ es necesario un proceso de ‘espiritualización’. Hacia un proceso de ‘materialización’ se propende cuando el fisicismo ‘cordial’ está mal encuadrado […]. Hacia un proceso de ‘espiritualización’ se orienta nuestra querida devoción, cuando se deja uno llevar de la primera intuición de hallar el centro, el origen, la fuente y la causa del ser natural y sobrenatural de la Virgen María”[11].

Podemos decir, reformulando lo que Alonso expone, que “el alma mariana es por naturaleza cordimariana” –así lo hubiese dicho Tertuliano-, o que la lista interminable de los devotos de María es una lista de cordimarianos anónimos –hubiesen sido las palabras de Rahner-. La piedad mariana ha sido cordimariana siempre –o, mejor dicho, siempre que ha sido auténtica-, también si no se ha recordado el Corazón de María. Ésas, veremos, son las convicciones de Alonso.

Y es que, en efecto, la devoción al Corazón de María posee, por propia naturaleza, la virtualidad que la pone en condiciones de informar, interiorizar y purificar todas las devociones marianas. Alonso ha explicado todo esto en numerosas ocasiones, pero queda magistralmente expuesto en unas páginas de un estudio publicado en 1960, las cuales nos hacen caer en la cuenta de la trascendencia del tema y que queremos citar por extenso. Para Alonso,

“los cultos a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, están llamados a ser […], no una devoción más entre las otras, ni siquiera la más importante; sino la forma de todas las demás, sin la cual las ‘otras’ no son verdaderamente tales […].

“La devoción al Corazón de María –dígase lo mismo de la devoción al Corazón de Jesús-, puede ser entendida, decimos, desde una perspectiva cuantitativo-horizontal; […] es ‘una’ devoción más, con su propio objeto sensible y con su propia razón formal…, lo mismo que Los Dolores, el Carmen, o el mismo Rosario; […] parece indudable que esas devociones [a ambos Corazones] ‘nacen’ con San Juan                  y Santa Margarita… Sólo que, igualmente -¿por qué no?- también les pudiera suceder que un día desaparecieran […]. Así hoy hay un conato muy fuerte a la sustitución simbólica desde unos presupuestos que no podrán jamás ser combatidos suficientemente desde esa perspectiva horizontal.

           “En esta misma perspectiva, es una devoción que se ‘suma’ a otros sumandos devocionales; y  que, como puede recargar excesivamente el peso de la piedad, puede igualmente rechazarse […]; y parece ‘añadirse’ como un adorno más a ese barroquismo ya bien cargado de las devociones católicas. Confesemos que hay demasiada realidad en este modo de inteligencia de la devoción al Corazón de María, para no ver lo justificado de ciertas dificultades de oposición, que a muchos parecen insensatas…

           “Pero […] la devoción al Corazón de María no debe ser contemplada desde esa perspectiva horizontal, que la deforma esencialmente; sino desde una visión en verticalidad profunda que la constituye como tal.

           “La devoción al Corazón de María es ‘no algo más’ que las ‘otras’ devociones, sino algo esencialmente distinto; no se opone a ninguna, diferenciándose de todas, sino en cuanto que las integra a todas en una eminencia de tipo virtual-formal; no las pretende ‘absorber’, sino que las [sic] proporciona un contenido formal más rico; no es superior a todas por una dimensión que abarcara una comprensión mayor del campo de actividad devocional; tampoco simplemente en cuanto que esta devoción hubiera escogido el símbolo sensible más apto y más emotivo; sino que posee una altura mayor y una radicalidad más profunda; esta devoción no es una materia común de todas las devociones, especie de materia prima para todas las demás, en cuanto que les proporcionara nuevos y desconocidos elementos; sino en cuanto entra en todas de un modo vital, para hacer surgir de sus mismas entrañas nueva vida; no es ni siquiera un injerto bien colocado en el viejo y añoso tronco de las devociones marianas de la Iglesia; sino que es su misma savia que ahora aflora en pujante primavera, pero que existía siempre manteniendo la vitalidad del árbol”[12].

La conclusión es nada menos que la siguiente:

           “En una palabra: la devoción al Corazón de María es la forma de todas las devociones marianas. Y así como sin la caridad no existe verdadera virtud sobrenatural en su estado completo de virtud, ni siquiera la fe y la esperanza, como dice Santo Tomás, así igualmente sin esta devoción, no existe verdadera y auténtica devoción mariana”[13].

Nótese, ahora, que, aunque descrita de esa manera la relación –desigual, sin duda- entre la devoción al Corazón de María y las demás devociones marianas, nadie podrá argumentar en contra basándose en el pronunciamiento pontificio que niega la existencia de alguna devoción mariana que pueda considerarse superior a las demás. Alonso dice, en nuestra cita penúltima, que nuestra devoción no es “ni siquiera la más importante”; y deja claro que no se trata de superioridad sobre las demás, sino de impregnación de éstas[14].

Por supuesto, para sostener esto, Alonso debe aclarar cuál es para él el objeto de la devoción, que no podrá ser ni la materialidad del corazón carnal –que no podría informar ninguna devoción-, ni una mera abstracción sin cuerpo y sin humanidad, sin ley de encarnación -que no podría constituir devoción ninguna porque se perdería en todas las demás-. Pero de ello hemos de hablar más adelante. Alonso pone de manifiesto que

“es necesario que su modo simbólico y sensible de constituirse [el de la devoción] guarde aquella mesura y ponderación que hagan detener al máximo todo peligro de materialización. Bien sabemos desgraciadamente que esto no ha sucedido así; y que ello es precisamente lo que ha dado lugar al escándalo de una devoción que, siendo tan material como las otras, pretendía, al parecer injustamente, una situación de privilegio… Sólo cuando se comprende la dimensión teológica profunda que la constituye, se la admite no sólo sin dificultad, sino con una veneración sincera que es preludio de una total renovación en la piedad mariana”[15].

En otro lugar, Alonso ha ido a la raíz con patente profundidad, cuando la relación existente entre la devoción al Corazón de María y las demás devociones marianas la hace derivar –otra cosa no hubiese sido congruente- del lugar que ocupa ese Corazón en la persona de la Virgen:

           “La devoción al Corazón de María destaca enormemente esta unidad verdadera [la de la persona de María], en cuanto que nos invita a penetrar en aquella raíz de donde procede todo lo íntimo del alma: ‘quia ex corde exeunt cogitationes…’ No dividamos, pues, a la Virgen en muchos objetos materiales, sino retengamos el verdadero objeto formal [razón para la veneración] que guarda la unidad en todas las formas en que se expresa sensiblemente o simbólicamente la devoción en general a la Virgen. Este objeto formal tiene su propia expresión perfecta y simbólica en el Corazón […]. Los símbolos por los que se expresa cada una de las devociones no son sino manifestaciones sensibles de una única razón formal; mientras que el Corazón Inmaculado de María expresa esta misma razón formal, entendida en su unidad formal, como raíz y causa de todas.

“[…] La última unidad […] es la unidad superior personal […].

“La unidad personal de la Virgen fue la mayor después de Cristo […]. Todos los movimientos y funciones, tanto del cuerpo como del espíritu, se reducen a una sola raíz plenamente personal en la Virgen; y su expresión perfecta y simbólica es el Corazón”[16].

Quizá necesite explicación este último párrafo sobre la unidad personal. Su clave es la identificación entre la santidad y la unidad, esto es, lo que hoy se llama, sobre todo desde S. Josemaría Escrivá, la unidad de vida. Su trasfondo es el paso de Ez 36,26-27: “Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas”. Se anuncia la Nueva Alianza que se realizará en Jesucristo, cuando, por el Bautismo, la donación del Espíritu Santo suprimirá la distancia entre el corazón y la Ley; cuando Él, cancelando la división en el alma del creyente, lo renovará desde el interior –que es el corazón-, y con ello le tornará posible el cumplimiento de la Ley, porque se la introducirá en el corazón en forma de gracia. Alonso, de la mano de San Juan Eudes, ha visto en la espiritualidad cordimariana esa renovación del corazón prometida en el Antiguo Testamento, posible sólo por la colación del Espíritu Santo, realizada en el Nuevo Testamento y cumplida en María en su “última plenitud”. Por eso, los textos del corazón nuevo (Jer 31,33-34, Ez 11,19-20, Ez 36,25-27) pueden ser tomados también como base para nuestra espiritualidad cordimariana.

Tendremos ocasión de examinar, con detalle más que suficiente, cómo el Corazón de la Virgen es unidad y centralidad personales. Retengamos, por el momento, del último párrafo transcrito, que el Corazón de María informa e interioriza –lo mismo se podría decir de la purificación- las demás devociones marianas exactamente por la misma razón que es, en la persona de María, esa unidad personal.

La devoción al Corazón de María informa, interioriza y purifica las demás devociones marianas 

Nos cumple ahora examinar brevemente qué entiende Alonso por lo que llama informar, interiorizar y purificar las demás devociones.

En primer lugar, la devoción al Corazón de María informa las restantes devociones marianas. Hemos de completar la cita realizada aunque hayamos de repetir para ello algunas palabras:

“No puede, por lo tanto, tomarse, como sucede con frecuencia, esta devoción bajo una razón particular, sino como raíz y única causa formal de donde todas las demás devociones verdaderamente particulares deben proceder. Ni tampoco esta devoción debe ser entendida como una suma de todas, porque, como dijimos, los símbolos por los que se expresa cada una de las devociones no son sino manifestaciones sensibles de una única razón formal; mientras que el Corazón Inmaculado de María expresa esta misma razón formal, entendida en su unidad formal, como raíz y causa de todas”[17].

Va quedando suficientemente claro cómo ello se deriva de la manera alonsiana de entender el objeto, o, en otras palabras, de definir el Corazón de María; por eso hemos de hacer luego las precisiones pertinentes. Alonso emplea una eficaz expresión al presentar las demás devociones como partes potenciales de la devoción al Corazón de María; el pasaje es importante por ello y por lo que lo sigue:

“Es cierto que cada una de las devociones marianas tiene que tener su propia forma, es decir su razón formal de ser que se manifiesta ordinariamente a través de un signo, o bien simbólico real, o bien simplemente simbólico-vital, como sucede con los misterios de la vida, tránsito y asunción. Sin embargo, todas esas razones formales vienen a ser como partes potenciales que van realizando parcialmente la perfección del todo formal de que dependen. Es este todo formal precisamente el que, de un modo explícito, se propone en la devoción al Corazón de María. Todas las devociones son manifestaciones parciales de un fondo único que es el amor personal de María a Dios y a los hombres; y la devoción al Corazón de María nos propone directamente todo ese fondo personal de amor. Cuando esta devoción es penetrada y vivida intensamente, entonces es cuando las informa a todas penetrándolas a su vez de su fuerte y rica savia.

“No es que pretendamos, claro está, decir que todas las devociones marianas de la Iglesia, siempre tan venerables, hayan permanecido ‘informes’, hasta que de un modo explícito son contempladas y vividas a través del Corazón de María; ya que es cierto, como acabamos de ver, que cada una tiene su propia razón formal de ser, bien aprobada por la Iglesia, y que ha dado sus frutos ubérrimos y excelentes. Lo que intentamos decir es que, primero, cuando son intensamente vividas, lo son porque de un modo implícito e inconsciente se han ido penetrando cada vez más del espíritu de la devoción al Corazón de María. Y, en segundo lugar, queremos insinuar que una práctica más explícita de lo que ordinariamente se hace en la piedad de las almas marianas, bien sentida teológicamente[,] de esta devoción al Corazón de María, imprime por su propia fuerza intrínseca, e inmediatamente, su fuerte sello formal a todas las demás formas de devoción mariana”[18].

En otras ocasiones, Alonso insiste en la analogía de la caridad. Así como, en la concepción de Santo Tomás, la caridad informa las virtudes, que no pueden existir verdaderamente sin ella “en su estado completo de virtud” –dice Alonso-, así sin la devoción al Corazón de María no hay verdadera devoción mariana[19]. Por supuesto, lo que antecede nos permite interpretar que basta que la haya de un modo al menos implícito o germinal, referido al espíritu de la devoción y no necesariamente a su formalización en el símbolo (cordial); y al propio tiempo nos permite pedir que, en buena lógica, cuando el símbolo y lo que éste supone hacen su aparición, sean aceptados sin prejuicios. Alonso ha empleado en alguna ocasión[20] la interpelación de San Pablo:

“Nuestro corazón se ha abierto de par en par. No está cerrado nuestro corazón para vosotros; los vuestros sí que lo están para nosotros. Correspondednos; os hablo como a hijos; abríos también vosotros” (2 Cor 6,11-13).

Ahora bien, si una devoción a lo interior de María, como es su Corazón, informa las restantes devociones, es claro que también las interioriza. Y de esto proporciona Alonso una sencilla definición: la devoción

“desempeña una función de interiorización al exigir que los fieles vivan coherentemente en su intimidad (en su corazón) las expresiones externas de piedad que dirigen a la Virgen”[21].

Y la interpelación paulina se traduce, entonces, en una devoción auténticamente interior, con un corazón –el del creyente- que responde –que se abre, diría el Apóstol, con autenticidad, al Corazón de María, o, en otras palabras, a la interioridad, que el devoto contempla, de la Virgen.

Alonso está convencido de que

“el proceso de interiorización de la Virgen, en cualquiera de los órdenes, teológico o espiritual, lleva necesariamente a la viva punta de su espíritu, es decir, a su Corazón”[22].

Y es un importante principio, aquí por sus implicaciones espirituales, pero que las tiene también, y muy fecundas, en el ámbito teológico[23]. Aquí se trata de una interiorización personal en el creyente que es consecuencia del cultivo de esa interioridad de María:

           “Toda devoción mariana […] debe ser interior […]. Pero es el caso que ninguna como la devoción al Corazón de María, urge la llamada a la espiritualidad interior, de un modo tan extraordinario y explícito. La devoción al Corazón de María está como obligando a las otras devociones marianas a acudir al centro dinámico de la Virgen de donde parten ellas mismas; y apela igualmente a nuestra propia interioridad para que la conversión sea verdaderamente del corazón.

           “El simbolismo, pues, de esta devoción, cuando no se le clausura y reduce a una religiosidad sentimentaloide de superficie, llama fuertemente a la ‘metanoia’ evangélica, a la renovación total del alma, y a la religión en espíritu y en verdad”[24].

Resumiendo el convencimiento del P. Alonso, la interiorización propia de la devoción al Corazón de María es aquella que consiste en la correspondencia del corazón del hombre mariano al Corazón de María contemplado. La contemplación y el trato asiduo con lo interior de María, con su amor, con su santidad[25], urgen necesariamente el cultivo de la propia interioridad, del amor de correspondencia y de la búsqueda decidida de la santidad. Amor con amor se paga, y quien venere –con autenticidad- la interioridad, el amor y la santidad de la Santísima Virgen le devolverá el eco de una respuesta igualmente interior, amorosa y santa.

La devoción al Corazón de María consiste en llevar a María en el corazón. Cor ad cor loquitur, era la divisa del B. Card. Newman: “un corazón habla a otro corazón”. Necesariamente así pensamos nosotros –de acuerdo con Joaquín María Alonso- que debe ser entendida. Un Corazón demanda la respuesta de otros. “Correspondednos; os hablo como a hijos; abríos también vosotros” (2 Cor 6,13). También en el Corazón de María “hemos conocido el amor que Dios nos tiene” (1 Jn 4,16), y nos sentimos urgidos por el mismo grito: “amemos, porque él nos amó primero” (1 Jn 4,19)[26]. En el Corazón de María, nos está amando Dios.  María es el rostro femenino de la ternura de Dios. El Corazón de María nos aparece como una interioridad que suscita otra interioridad, un amor que llama al amor y una santidad que urge, y poderosísimamente, a la conversión y a la santidad[27]. Quien venera el Corazón de María venera a María “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23). La devoción al Corazón de María es llevar a María en el corazón, porque “él nos amó primero”[28].

Y, en tercer lugar, por todo lo dicho es claro que la devoción al Corazón de María ejerce una función de purificación de las demás devociones marianas. Alonso se hace cargo de la medida en que, dice,

“las devociones marianas, aun sin perder su espontaneidad y sinceridad entre el pueblo cristiano, nos han sido transmitidas por una ganga exterior que las deforma y las puede comprometer con un folklorismo trivial e irreverente […]. Pues bien; todo hace pensar que las manifestaciones carismáticas marianas de los últimos tiempos están dando un como fuerte aldabonazo a la piedad de los fieles para la vuelta a una piedad hacia la Virgen María más acendrada y más interior y más conforme a las realidades primarias del Evangelio. Ahora bien; en estas manifestaciones, ocupa un lugar de excepción todo lo que se refiere al Corazón de la Virgen; […] sobre todo en Fátima, la Virgen está llamando a un retorno al corazón de los cristianos, por la presentación insistente de su propio Corazón Inmaculado”[29].

Y también:

           “Esto es lo que ha acontecido muchas veces con las devociones dichas ‘populares’: que han permanecido vacías e inconsistentes por falta de sustancia evangélica; inhábiles, por tanto, para una verdadera y profunda renovación de costumbres. Pues bien –repetimos-, la devoción al Corazón Inmaculado de María es esto lo que principalmente puede traernos en orden a una renovación popular de esas devociones: el excitarlas a todas para que vuelvan a su más íntima raíz cristiana: a la vida interior y profunda de la gracia”[30].

La purificación es, pues,

“una función catársica [sic] respecto a las diversas expresiones de piedad mariana, para que todas ellas alcancen un alto nivel espiritual; para que, sin perder su espontaneidad y su sinceridad, purificadas de las escorias de un folclore deteriorante, hagan brillar el oro de la genuina devoción”[31].

Y, en fin, lo entiende muy bien Pablo Brogeras cuando resume el pensamiento de Alonso en este punto:

“Una devoción renovada conllevará que cada devoción mariana se examine a sí misma y presente al hombre lo que es su fundamento y esencia. Si logramos que las devociones particulares presenten el amor en acción de la Virgen que exige reciprocidad estaremos devolviendo el contenido a cada una de las devociones particulares”[32]

La información, la interiorización y la purificación son, como se ve, tres aspectos estrechamente ligados, porque una devoción –la del Corazón de María- que es interior a todas las demás y las informa, y lo hace desde lo más interior de María que suscita lo más interior y genuino del creyente (las interioriza), está necesariamente purificándolas. Cuánto no habría que decir aquí del Rosario como oración cordimariana, en la medida en que es oración de contemplación que prolonga la contemplación de la Virgen que se nos refiere en Lc 2,19.51.

Concepción del Corazón de María en Joaquín María Alonso

En principio, el Corazón de María es un órgano corporal de la Señora, ciertamente uno de los dos únicos que al presente laten en el cielo[33]. Pero, en el seguro convencimiento del P. Alonso –que nuevamente declaramos compartir por completo-, una concepción tal, en el ámbito de la piedad, no crea sino problemas. Por un lado, quiérase o no, un Corazón así entendido opera como un objeto interpuesto entre el orante y María, y por consiguiente más dificulta que propicia la devoción[34]. Por otro lado, por más simbolismo que se le imbuya, proporciona muy pocas posibilidades a la piedad, y de hecho hace imposible todo lo que va dicho hasta aquí. Trataremos de resumir la cuestión. Por lo demás, téngase en cuenta la crucial diferencia entre el corazón orgánico de María y el de Cristo, el cual merece culto de latría por razón de la unión hipostática[35].

            El acierto crucial de la teología cordimariana de Alonso, del cual depende todo lo demás en sus elaboraciones, es la precisión del objeto de la devoción, de la cual pasamos a dar las ideas principales[36]. ¿Qué podrá ser este Corazón, que le permita erigirse en corazón de las devociones marianas? ¿O será una pretensión excesiva?

A nosotros, como devotos, no nos importa el músculo de carne, sino lo que con él hacemos al ponerlo en función religiosa. Joaquín María Alonso ha decidido tomar el corazón de carne solamente como el necesario motivo sensible o elemento material de ascensión[37] a lo simbolizado (lo cual es el verdadero objeto), reivindicando con ello lo más genuino de su condición simbólica y la misma sacramentalidad del corazón. El órgano carnal queda desalojado del objeto de la devoción. El Corazón (con mayúscula) de María es mucho más que un corazón. Y recalca su condición sacramental, en la misma medida en que el cuerpo es sacramento del alma, que la expresa y que remite a ella:

           “La teología del Corazón de María […], fundada en la íntima conexión entre el cuerpo y el alma de la Virgen, pretende adentrarse en lo más íntimo de la Señora basándose en su relación simbólico-sacramental; que expresa maravillosamente el símbolo del Corazón”[38].

De esta condición sacramental –exponemos ahora un parecer enteramente nuestro- se derivan tanto la grandeza como la dificultad que caracterizan a nuestra devoción. La grandeza, por cuanto nos catapulta de lo más material a lo más excelso; la dificultad, porque eso no es inmediatamente perceptible en su totalidad, y muchos seguirán venerando el órgano carnal, con las consecuencias antes reseñadas. Nunca un corazón de carne puede ejercer sobre las devociones marianas el influjo beneficioso que llevamos descrito. Y nunca un corazón de carne dejará de obnubilar la visión del orante.

Y es que la condición sacramental o simbólica implica que en esta devoción nos sea ofrecida una realidad que nuestros ojos puedan ver, y nuestras manos palpar, para que la empleemos como vehículo para llegar a lo más puro y lo más espiritual de María; y por eso mismo, al venerar un Corazón, éste se halla, inevitablemente, marcado por una situación de condominio o doble valencia significativa, ya que es a priori tanto el órgano carnal como la aludida espiritualidad de María. Nosotros hemos hablado de “una devoción capturada por su propio símbolo”[39]; y, seguramente con torpeza, atribuíamos el aludido condominio significativo a la denominación Corazón de María como tal denominación[40]. Hoy podemos decir que la raíz última es otra: es esa condición sacramental que constituye a esta devoción desde su más último fondo, condición que se manifiesta en una anfibología semántica, sí, pero por razón de la íntima estructura teológica de la devoción.

Y todo esto supone la importancia de cuidar y renovar la iconografía[41]. Por razón de tantas concepciones anatomizantes que hacen todavía daño a nuestra devoción, y porque –según creemos- nos encontramos          aún en la etapa en la que se impone insistir en lo que el Corazón de María no es (el órgano corporal) más que en aquello que es, quisiéramos que se hallaran formas de representar el Corazón (con mayúscula) sin que figure el corazón de carne. En nuestro concepto, la perfecta representación del Corazón de María colocará en el lugar del corazón orgánico la Paloma del Espíritu Santo[42].

            Alonso tiene una generosa y abierta concepción del objeto de nuestra devoción. Y, sin embargo, esta concepción está controlada con un gran rigor. Ni se admite todo, ni todo lo admitido se admite de la misma forma. El símbolo del corazón, que supone muchas posibilidades, impone también unas limitaciones. Alonso fundamenta esto en “el simbolismo natural del Corazón”[43], que no nos permite atribuirle cualquier valor que no le resulte naturalmente adecuado.

            Y justamente por este “simbolismo natural”, habida cuenta de que son dos, no uno, los elementos constitutivos del corazón físico que hacen de él un símbolo universal[44], se presenta la cuestión de si el Corazón es amor o es, más ampliamente, toda la interioridad de la Virgen. La primera sería la respuesta característica de la actualidad posromántica. La segunda sería más acorde con toda la tradición cristiana. Y aunque Alonso mantiene una equilibrada ambigüedad, una lectura perseverante comprueba que prefiere ésta segunda; por ejemplo, este párrafo rico en consecuencias:

           “El ‘ambiente verbal’ cristiano-sobrenatural nos invita primero [en la consideración del corazón] a una interioridad, y con ello al fondo mismo del ser de una cosa, pero no una interioridad del tipo de la ‘esencia-ousia’ aristotélica, es decir estático-óntica, sino a una interioridad del tipo dinámico-ontológica [sic] de la natura-phisis pre-aristotélica, o del ser parmenideo o platónico. Se trata, por lo tanto, de una interioridad que sea efectivamente ‘original’, ‘fontal’, ‘principal’, en cuanto está constituyendo y sosteniendo, en un acto de actualidad, al ser. De ahí que lo esté dinamizando en todas sus actualidades y que esté presente en todas ellas; todas encuentran, en esa interioridad dinámica, un ‘centro’ de referencia […]. El concepto de centro queda así equiparado al concepto de ‘fondo’, de ‘natura’, de ‘principio’, de ‘fuente’. Y así entendido, resulta que todas las actualidades del ser encuentran no solamente a su ‘corazón’, como algo constitutivo y ‘original’, sino también […] como su centro ‘originario y dinámico’ de referencia. Ser centro de todas las referencias profundas de la persona ha sido en todos los tiempos y en todas las lenguas algo característico a lo que ido vinculada siempre la semántica del vocablo corazón.

           “[…] Que todo eso sea más tarde –en unas derivaciones adyacentes- referido al ‘amor’, no es precisamente lo esencial en esa semántica. Distingamos, sin embargo, entre un concepto de amor ‘óntico’, del tipo del ‘eros’ platónico –es decir en un mero orden natural-; y sobre todo del tipo de la ‘charitas-agapè’ cristiana –esto ya en un orden sobrenatural-, de otro concepto del amor como ‘pasión’ sicológica. El primero es el nuclear. Según él, el ser aparece desde una ontología dinámica de difusión de sí mismo […]. En esta línea de dirección conceptual, el ‘amor’ es el mismo ser en cuanto ‘bonum’ que se difunde […]. En este sentido, llevado a su plenitud única y exclusiva, puede afirmar San Juan, definiendo a Dios, que es ‘agapè’”[45].                                 

            Y es imposible omitir dos párrafos de San Juan Eudes, guía de Alonso, que éste cita con frecuencia, donde el santo explica esta condición de origen, fuente y principio del Corazón y justifica su culto:

           “Su corazón es la fuente y el principio de todas las grandezas, excelencias y prerrogativas que la adornan, de todas las cualidades eminentes que la elevan por encima de todas las criaturas, como el ser hija primogénita del eterno Padre, madre del Hijo, esposa del Espíritu Santo y templo de la santísima Trinidad […]. Quiere decir también que este santísimo corazón es la fuente de todas las gracias que acompañan a estas cualidades […] y además que este mismo corazón es la fuente de todas las virtudes que practicó […]. ¿Y por qué su corazón es la fuente de todo esto? Porque fueron la humildad, la pureza, el amor y la caridad del corazón los que la hicieron digna de ser la madre de Dios y consiguientemente poseer todas las dotes y todas las prerrogativas que han de acompañar a esta altísima dignidad”[46].

“Deseamos honrar en la Virgen madre de Jesús no solamente un misterio o una acción, como el nacimiento, la presentación, la visitación, la purificación; no sólo algunas de sus prerrogativas, como el ser madre de Dios, hija del Padre, esposa del Espíritu Santo, templo de la santísima Trinidad, reina del cielo y de la tierra; ni tampoco su dignísima persona, sino que deseamos honrar en ella ante todo y principalmente la fuente y el origen de la santidad y de la dignidad de todos sus misterios, de todas sus acciones, de todas sus cualidades y de su misma persona, es decir, su amor y su caridad, ya que según todos los santos doctores el amor y la caridad son la medida del mérito y el principio de toda la santidad”[47]. 

            No podemos apurar nuestro análisis. Digamos, al menos, que la pregunta por la elección entre la interioridad y el amor puede resultar ociosa, si consideramos que el corazón es ante todo el centro, la interioridad, pero en la interioridad de María todo está encendido por el amor más ardiente. Por eso nuestro mariólogo puede definir el Corazón de María como eius totam vitam interiorem in amore fundatam[48], fundiendo, o casi identificando, ambas posibilidades. El Corazón es a un tiempo amor e interioridad, y ambos se funden, ya que el amor se ve como origen, raíz y forma, lo cual permite entender también, en términos sucesivamente más amplios, la afectividad, la vida intelectiva en cuanto impregnada de amor, la interioridad formalizada por el amor, por último la persona misma en cuanto principio de actos de amor.

No es, pues, el Corazón de María un órgano, sino un principio; no un objeto (menos una cosa), sino una formalidad o modo de considerar: la formalidad de ver a María Santísima de una manera entre otras posibles, a saber, desde el punto de vista de su amor. La mejor definición del Corazón de María que hemos encontrado son las siguientes palabras de José Ruiz López, brillantes en su simplicidad, que podrían pasar por toda una síntesis de las tesis de Alonso: el Corazón de María es “ver a María a través de su amor”[49]. Es, dice Alonso, la persona de María en cuanto principio de actos de amor[50], el amor en cuanto configura la persona de María.

Y todo ello, visto desde un punto de vista sobrenatural, resulta ser la misma santidad y la misma gracia de María, ya que en ella no existe diferencia entre el amor natural y el amor sobrenatural que constituye la santidad. Ya hemos aludido a la condición de unidad personal que supone la santidad. Por ello mismo, como Alonso enseña, en María “no existió un solo instante en el que [el] amor natural no fuera al mismo tiempo sobrenatural”[51], no existió ni existe –glosamos nosotros- un solo instante en el que ella haya dejado de amar al mismo tiempo las cosas naturales y las sobrenaturales con ese único y unificado Corazón que ella tiene, y que en su caso es más santo y único que en el caso de nadie después de Cristo.

Y es así como comprobamos otro aserto del P. Alonso, a saber, que la devoción al Corazón de María asume toda la riqueza de la significación natural del corazón y, refiriéndola a la Señora, la transporta a “su plano absolutamente sobrenatural y único”[52]; o, en otras palabras, el Corazón de María es un corazón totalmente único por totalmente unificado, totalmente sobrenatural por totalmente santo, y eso, por supuesto, con esa sobrenaturalidad, con esa gracia, que no se opone a la naturaleza, sino que la supone y la perfecciona.

Y en efecto, el amor que se atesora en el Corazón de la Virgen es un amor de caridad sobrenatural y santísima, sin por ello dejar de ser totalmente humano. La caridad es la forma de las virtudes; la caridad –enseñaba Santo Tomás- es a las virtudes lo que la mano a los dedos. “Si no tengo caridad, nada soy”, proclamaba el Apóstol (1 Cor 13,2). En congruencia perfecta, el Corazón de María es la forma de las virtudes de María, su raíz, presente en todas ellas como la mano en los dedos. “Como raíz y forma, el amor puede ser tomado por toda la vida íntima de María”[53]. El Corazón de María es la s   antidad de María, y si ella no tuviera Corazón, no sería nada.

La concepción alonsiana del objeto de la devoción hace de él un foco que arroja una potente luz. Al ver en el Corazón de María el amor en cuanto principio de la interioridad y en cuanto formalidad personal, Alonso lo pone en condiciones de informar toda la persona de la madre de Dios; de informar toda la mariología; y de informar toda forma de espiritualidad mariana; remachar bien este último punto es el objetivo que estamos aquí persiguiendo. “Toda la belleza de la hija del rey está en el interior” (Sl 44,14, Vg). En la concepción de Alonso, todas las excelencias de María pueden ser enfocadas como partes potenciales de su amor, y por lo tanto de su Corazón, y, de forma correlativa, todas las devociones marianas vienen a ser partes potenciales de esta devoción.

La generosa y abierta concepción que Alonso tiene del objeto de la devoción lo deja en la amplitud que estaba necesitándose para dar cabida a todas las interpretaciones y a todas las manifestaciones de devoción y espiritualidad, comenzando por las ya históricamente acontecidas. De ese modo, no sólo el Corazón de María puede ser forma de la teología y la espiritualidad marianas e informar, interiorizar y purificar la espiritualidad, sino que esa concepción abierta puede estar presente en cualquier otra concepción, incluyéndola virtualmente. Hacía falta una presentación anchurosa del objeto de la devoción que pudiese dar juego para muchas posibilidades legítimas. Hay, no obstante, una excepción: la concepción que materializa el objeto y clausura así la posibilidad de que el Corazón de María ejerza su formalidad en los distintos ámbitos de manifestación de ésta. No. Como enseñaba San Juan Eudes, el Corazón de María es “el corazón del alma”[54] de la Señora.

En nuestro sentir, Joaquín María Alonso ha salvado, en el plano teórico, la devoción al Corazón de María. Una pieza maestra de este rescate es la síntesis verificada entre la tendencia fisicista (teóricos de Paray-le-Monial) y la espiritualizante (algunos seguidores de San Juan Eudes) en el entendimiento del objeto, síntesis que gira en torno a la unificación en el interior de ese mismo objeto y que se ha llevado a término tomando el corazón muscular como elemento material de ascensión[55] únicamente. Si el objeto no se concibe de forma sólidamente unitaria (lo cual ocurre cuando se admite el corazón muscular en el objeto –tendencia fisicista-, porque entonces no es posible evitar una real duplicidad de este corazón más, por otra parte, el amor que simboliza), es toda la devoción la que pierde la unidad. Si el Corazón de María no es algo circunscrito y específico (tendencia espiritualizante), la devoción al Corazón de María no se contradistingue de la devoción general a María, y por lo mismo no le aporta nada y carece de toda pertinencia. Y si el Corazón no es algo más que un órgano material (tendencia fisicista de nuevo), no sólo se da esa aludida duplicidad, por la que se constituye en un objeto interpuesto que nada facilita la devoción mariana, sino que también la devoción cordimariana pasa a ser una más entre las marianas, una parcela material de la devoción a María, y no aquella devoción que, justamente por la índole de su objeto, se encuentra en condiciones de informar, interiorizar y purificar las demás, y de ser, en suma, el desarrollo al que todas las devociones marianas tienden de forma natural. Porque el amor, la interioridad, la gracia, la santidad de María, son veneradas en cualquier manifestación de piedad mariana que quiera ser auténtica; mientras que nadie podrá decir lo mismo de la víscera cardíaca.

El Corazón de María puede informar todas las devociones marianas, puede interiorizarlas y puede purificarlas en el mismo alto grado en que se presenta como una instancia capaz de conferir unidad a la mariología. Y ello depende de una sola y evidente razón, que es su radical identificación con la unidad personal de María.

La devoción al Corazón de María es una devoción difícil. Ello explica muchas oposiciones. Las pretensiones, aparentemente injustificadas, de entenderla como forma, vocación, etc., de las devociones –que tienen además fundamento en revelaciones como la de Fátima- encuentran a menudo reticencias que provienen de entenderla como una devoción más; y ello resulta de un entendimiento cosístico de su objeto. Pero en la medida en que, lejos de entenderlo como el corazón muscular, se ve en él -como Joaquín María Alonso defiende con toda solidez- un Corazón que es formalidad y que es amor como principio y fuente, el Corazón de María deja de ser una parte de María para ser –sencillamente- toda María, aunque vista –y ésta es condición fundante- bajo aquella formalidad que contradistingue, con especificidad propia y por tanto con legitimidad y sentido, la devoción al Corazón de María de la devoción general a la Santísima Virgen.

De la cuestión del objeto dependen, por consiguiente, de forma clara la especificidad de la devoción al Corazón de María, su legitimidad y su especialísima relación con las otras devociones marianas. Y, tal como Alonso resuelve aquella cuestión, éstas quedan segurísimamente fundadas.

Y esta devoción, en apariencia tan material (un corazón), es un culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23). En efecto, la devoción al Corazón de María, rectamente entendido su objeto, resulta ser una coherente defensa, exaltación y celebración de la primacía de la gracia sobre la naturaleza en María, de lo espiritual sobre lo corporal, en el mismo orden de ideas en el que San Pablo exalta la “circuncisión del corazón” sobre la de la carne (cfr. Rom 2,28-29; cfr. Jer 4,4; Hch 7,51), y en el que el propio Jesús tiene en más alta estima la santidad que la maternidad de su madre (cfr. Mt 12,46-50; Mc 3,31-35; Lc 8,19-21; Lc 11,27-28 y los comentarios de San Agustín[56] y otros padres). Residenciar todo en un núcleo espiritual –y la historia de la piedad ha querido cifrar ese núcleo en el Corazón, como una opción entre otras en principio posibles- es tanto como extraer la quintaesencia de todos y cada uno de los aspectos de la persona, de las cualidades y de los episodios vitales de la Virgen María.

Y es justamente la percepción del amor y de la santidad de María, que en su Corazón tenemos, lo que hace de la espiritualidad cordimariana la vocación hacia la que toda otra devoción y espiritualidad mariana está internamente llamada a crecer.

Al final, una devoción que parecía ser alguna suerte de idolatría carnal nos ha aparecido, por el contrario, como ese culto “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23) que el Maestro quiere y que es lo propio del cristianismo, el cual es una religión del corazón en cuanto nos pide el grado máximo de espiritualidad: aquel que consiste, no ya en hacer el bien, sino en identificarnos con él y hacerlo con el fondo más cabal y convencido de nuestro ser. Y así, no hay bastante con las obras de caridad: “Ya que habéis purificado vuestras almas […] para una caridad fraterna no fingida, amaos de corazón intensamente unos a otros” (1 Pe 1,22).

Y el Corazón de María es, según ha podido verse, la quintaesencia o la condensación de lo mariano. La devoción al Corazón de María es la devoción a María vista en su Corazón. Incluso, por eso mismo, la devoción al Corazón de María es el corazón de la devoción mariana en general, y el corazón de todas las devociones a María[57].

[1]          Dios mediante, se nos publicará, en “Anales de Teología” 15/2 (2013, diciembre) (Universidad Católica de la Santísima Concepción, Chile), el artículo ¿Qué es el Corazón de María? Objeto de esta devoción en la obra del P. Joaquín María Alonso (1913-1981), donde tratamos mucho más extensamente del tema enunciado por su título.

[2]          Joaquín María Alonso, La Consagración al Corazón de María, acto perfectísimo de la virtud de la religión. Una síntesis teológica, introd. a José María Canal, La Consagración a la Virgen y a su Corazón-I, COCULSA, Madrid 1960, 5-116, la cita en p. 115. Sobre esas “oposiciones e incomprensiones”, expresaba su convencimiento de que “ciertas indiferencias inexplicables por la devoción al Corazón de María pudieran, en estos momentos, ser fatales obstáculos en las vías de la amorosa Providencia” (Oportunidad, alcance y obligaciones de la consagración de la Archidiócesis de Sevilla al Inmaculado Corazón de María, en VV. AA., Crónica Oficial de la VI Asamblea Mariana Diocesana dedicada al Ido. Corazón de María, Sevilla 1943, 103).

[3]          Ibíd., 44.

[4]          Nosotros le hemos dedicado, además del trabajo citado en la n. 1, Fundamentos dogmáticos de la devoción al Corazón de María, en la obra del P. Joaquín María Alonso (Tesis para la obtención del grado de licenciatura en teología dogmática, dir. José Luis Cabria Ortega), inéd., Facultad de Teología del Norte de España/Sede de Burgos (2012); “Toda la belleza de la hija del rey está en el interior” (Sl 44, Vg). Fundamentos de la teología del Corazón de María en la obra del P. Joaquín María Alonso (1913-1981), “EphMar” 67  (2012) 505-516. Además de nuestra tesis, en la misma Facultad de Burgos se le dedicó en 1999 otra tesis de licenciatura: Pablo Brogeras Martínez, El Corazón de María, del olvido a la evocación: Clave mariológica del P. Joaquín María Alonso (Tesis de licenciatura, dir. Eloy Bueno de la Fuente), inéd., Facultad de Teología del Norte de España/Sede de Burgos (1999); todavía en esta facultad, podemos citar a Jesús María Villahoz, Relaciones trinitarias de María en el Cardenal Pierre de Bérulle, tesis de licenciatura (dir., Augusto Andrés Ortega), inéd., Facultad de Teología del Norte de España/Sede de Burgos (1971), que parte de las aseveraciones de Alonso sobre el tema, para acabar refutándolas, y no versa, pues, sobre el Corazón de María; tenemos noticia de que actualmente el P. Paul-Marie Mba prepara una tesis doctoral en Nimes sobre la teología del Corazón de María como teología de la caridad. Puede verse también: Ernesto Barea Amorena, El Padre Joaquín María Alonso Antona, “EphMar” 51 (2001) 57-58; Luis M. Bombín, Rev. Patri Ioachim Mariae Alonso, C.M.F., “Claretianum” 6 (1966) 5-15; Domiciano Fernández, In memoriam, “EphMar” 32 (1982) 5-8; íd., R. P. Joaquín M. Alonso, CMF, “EphMar” 32 (1982) 273-285; íd., Bibliografía del P. Joaquín M. Alonso, CMF, “EphMar” 32 (1982) 286-300; íd., In pace Christi. Joaquín María Alonso, CMF (1913-1981), insigne mariólogo español, “Marianum” 44 (1982) 234-244; íd., Aportación decisiva a la mariología sistemática del P. Joaquín María Alonso, CMF, “EstMar” 56 (1991) 349-367; Francisco Juberías, Aspectos significativos de la vida cordimariana en algunos claretianos más destacados, en VV. AA., Espiritualidad cordimariana de los misioneros claretianos, Vic (Barcelona) 1988, 159-190; P. Largo Domínguez, Ad rerum gestarum memoriam. Los cincuenta años de andadura de Ephemerides Mariologicae, “EphMar” 51 (2001) 11-40; Enrique Llamas Martínez, En los 50 años de la fundación de Ephemerides Mariologicae, “EphMar” 51 (2001) 106-114; íd., Recuerdo de nuestros difuntos. P. Joaquín María Alonso, C.M.F., “EstMar” 47 (1982) 347-351.

[5]          A pesar de conservarse en el archivo de Fátima, donde hemos hojeado algunos apuntes. Las vicisitudes por las que pasó esta obra están relatadas en Textos sobre Fátima (Selecçâo elaborada pelo Secretariado de Informaçoes do Santuário de Fátima para uso de comunicaçâo social na peregrinaçâo de Sua Santidade, o Papa Joâo Paulo II, em 12 e 13 de Maio de 1991), Santuário, Fátima 1991, 117-119. No hemos encontrado mención en Joaquín María Alonso, História da literatura sobre Fátima, Santuário, Fátima 1967, año justo en que Alonso concluía una primera versión en tres volúmenes.

[6]          Joaquín María Alonso, NDM/Fátima, 802.

[7]          Ya la hemos presentado en “Toda la belleza de la hija del rey…”, cit., pp. 514-516.

[8]          Joaquín María Alonso, El Corazón de María en S. Juan Eudes-II: Espiritualidad e influencias, COCULSA, Madrid 1958, 136.

[9]          Cfr. Joaquín María Alonso, La Consagración al Corazón de María, cit., 88-90.

[10]         Ibíd., 88-89.

[11]         Joaquín María Alonso, El Corazón de María en S. Juan Eudes-II, cit., 109-110.

[12]         Joaquín María Alonso,  La Consagración al Corazón de María, cit., 38-40. La negrilla, en el original.

[13]        Ibíd., 40. La negrilla, en el original. “El Corazón Inmaculado de María no es una devoción particular, sino es recordarnos el amor materno de María en cada una de sus invocaciones. La Virgen del Carmen no es otra cosa sino el Corazón materno de María, ahí expresado de esa forma. La Virgen del Pilar es el Corazón materno de María. La misma Inmaculada Concepción, ¿qué es? Pues si la quisiéramos designar, es, en el fondo, el Corazón Inmaculado de María, porque no es la materialidad de la Inmaculada Concepción, sino el que Ella no tenga mancha, el Corazón Inmaculado de María. Y bajo todas las invocaciones aparece siempre ese Corazón de María virginal y materno. Es María que con corazón materno cuida de sus hijos, con formas diversas en aspectos diversos, pero con ese cuidado continuo por la realización de la Redención de Cristo” (Luis María Mendizábal, Así amó Dios al mundo, Madrid 1985, 280-281. Cit. por Santiago Bohigues Fernández, El corazón humano de Cristo (Líneas fundamentales del pensamiento del P. Luis M.ª Mendizábal, S. J.), Burgos 2008, 735-736).

[14]         Nosotros comentamos los pareceres de Alonso, pero, hablando en general del Corazón de la Señora, he aquí otra manera de afrontar la cuestión, la del actual presidente internacional del Apostolado Mundial de Fátima: “El pronunciamiento pontificio se refiere a las advocaciones de María, no a la PERSONA ESENCIAL DE MARÍA” (comunicación personal al autor). “La devoción al Inmaculado Corazón de María no es una mera advocación, por lo tanto, el pronunciamiento pontificio no se refiere a ella. El Corazón Inmaculado de María, como el Sagrado Corazón de Jesús es la médula o centro de la persona, de la esencia, de su propia naturaleza, una sinécdoque metonimia que hace de la parte una referencia al todo” (Américo Pablo López Ortiz, En torno al Inmaculado Corazón de María, art. todavía inéd. del que ha tenido la gentileza de comunicarnos parte del contenido). Lo mismo aplica a la “verdadera devoción” montfortiana, que es “la espiritualidad propia de los consagrados a la persona esencial de María” (ibíd.). 

[15]         Joaquín María Alonso, La Consagración al Corazón de María, cit., 44.

[16]         Joaquín María Alonso, El Corazón de la Inmaculada, “Verdad y Vida” 15 (1957), 325-355, la cita en pp. 332-333.

[17]         Ibíd., 332-333.

[18]         Joaquín María Alonso, La consagración al Corazón de María, cit., 44-45. Nótese que precisa “bien sentida teológicamente”. En el subsuelo de toda devoción está o la teología o la nada. Años después, Alonso recoge las mismas palabras citadas hasta “se propone en la devoción al Corazón de María”, con la diferencia –que nos parece poco significativa- de que escribe inadecuadamente donde escribió parcialmente (Joaquín María Alonso, El Corazón de María en la teología de la reparación, “EphMar” 27 (1977) 305-356, la cita en p. 336).

[19]        Cfr. Joaquín María Alonso,  El Corazón de María en la teología de la reparación, cit., 336, y cfr. íd., El Corazón de María en S. Juan Eudes-II, cit., 181.

[20]       Cfr. Joaquín María Alonso, Sobre una teología del Corazón de María, “Ad Maiora” 9 (1956) 15-49, la cita en p. 49 (es conferencia de 1943).

[21]         Joaquín María Alonso, NDM/Inmaculado Corazón, 952.

[22]         Joaquín María Alonso, El Corazón de María en S. Juan Eudes-I, cit., 221.

[23]         Tales implicaciones del orden teológico son las que hemos tratado de desentrañar en nuestro Fundamentos dogmáticos de la devoción al Corazón de María, cit., donde una sección trata de extraer el exacto concepto del Corazón de María en Alonso, y otra se ocupa de lo que hemos llamado Mariología cordimariana del P. Alonso, o el lugar del Corazón en su mariología. “La Mariología queda iluminada por la única ‘ratio formalis’ para ser contemplada desde el mismo centro de la Virgen” (Joaquín María Alonso, Sobre una teología del Corazón de María, cit., 45). Todo ello desciende de S. Juan Eudes, como la mayor parte de la teología cordimariana de nuestro claretiano.

[24]        Joaquín María Alonso, La Consagración al Corazón de María, cit., 46.

[25]         En seguida hemos de mostrar cómo el Corazón de María es todo esto.

[26]        No obstante, la fidelidad al texto bíblico impone reconocer que, en el contexto, queda claro que el amor al que S. Juan exhorta aquí es el amor al prójimo; pero, aun así, es imposible prescindir de este amor en una auténtica devoción al Corazón de María; mucho habrá que decir de esto en otra ocasión.

[27]         “Aprenda en el Corazón de su Madre cómo se ama a Jesús” (Sta. Maravillas de Jesús).

[28]        De modo insuperable enseña S. Lorenzo Justiniani la correspondencia del corazón al Corazón de la Virgen: “Bienaventurada el alma de la Virgen, que, guiada por el magisterio del Espíritu que habitaba en ella, se sometía siempre y en todo a las exigencias de la Palabra de Dios. Ella no se dejaba llevar por su propio instinto o juicio, sino que su actuación exterior correspondía siempre a las insinuaciones internas de la sabiduría que nace de la fe […]. / Imítala tú, alma fiel. Entra en el templo de tu corazón, si quieres alcanzar la purificación espiritual y la limpieza de todo contagio de pecado. Allí Dios atiende más a la intención que a la exterioridad de nuestras obras. Por esto […], que la caridad de Cristo sea lo único que nos apremie. Éste es el sacrificio de la purificación espiritual, agradable a Dios, que se ofrece no en un templo hecho por mano de hombres, sino en el templo del corazón, en el que Cristo, el Señor, entra de buen grado” (S. Lorenzo Justiniani, Sermón 8, en la fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen María, Opera-II, Venecia 1751, 38-39).

[29]        Joaquín María Alonso, La Consagración al Corazón de María, cit., 46-47.

[30]        Ibíd.,  94; cfr. El Corazón de la Inmaculada, cit., 353.

[31]         Joaquín María Alonso, NDM/Inmaculado Corazón, 952.

[32]         Pablo Brogeras Martínez, El Corazón de María: del olvido a la evocación, cit., 127-128; sobre la expresión en cursiva, cfr. Joaquín María Alonso, Sobre una teología del Corazón de María, 35, 36.

[33]       “Los dos únicos corazones que hoy palpitan vivos en el cielo, de los que nos consta a nosotros al menos, son el Corazón de Cristo y el Corazón Materno de María” (Luis María Mendizábal, S. I., Con María, Madrid 1996, 293; cit. por Santiago Bohigues Fernández, El corazón humano de Cristo, cit., 753).

[34]        “El movimiento del alma fiel que venera esta devoción lo haría como con un doble proceso” (Joaquín María Alonso, El Corazón de la Inmaculada, cit., 334).

[35]         Como, oportunamente, señala Pío XII: “Su Corazón, como parte nobilísima de la naturaleza humana, está unido hipostáticamente a la Persona del Verbo Divino, y por lo tanto se le ha de tributar el mismo culto de adoración con que la Iglesia honra a la Persona del mismo Hijo de Dios encarnado” (Pío XII, Haurietis aquas, “AAS” 48 (1956) 316); “la verdad del simbolismo natural que relaciona el Corazón físico de Jesús con la Persona del Verbo, descansa toda ella en la verdad primaria de la unidad hipostática” (ibíd., 344).

[36]        No podemos exponer toda la riqueza de sus formulaciones, y remitimos por ello a nuestros: “Toda la belleza de la hija del rey”, cit.; ¿Qué es el Corazón de María?, cit.; y, sobre todo, Fundamentos dogmáticos de la devoción al Corazón de María, cit., 91-158, 229-232, si bien se encuentra inéd.

[37]        Joaquín María Alonso, Sobre una teología del Corazón de María, cit., 35.

[38]        Joaquín María Alonso, El Corazón de la Inmaculada, cit., 348. Entendemos que el posesivo su hace referencia a la relación del cuerpo y el alma.

[39]        Miguel Ruiz Tintoré, Fundamentos dogmáticos de la devoción al Corazón de María, cit., 156; cfr. 127-128.

[40]          Cfr. loc. cit., 127-128.

[41]         Y no creemos que una imagen del Corazón de María tenga que representar necesariamente el corazón orgánico, sobre todo si se aceptan las elaboraciones de Alonso que estamos examinando.

[42]        Y las relaciones entre el Corazón de María y el Espíritu Santo arrojarán una luz cegadora cuando se ahonde en el tema.

[43]        Joaquín María Alonso, Carne y espíritu en el culto al Sdo. Corazón de Jesús, “IlCl” 49 (1956) 360-371, 405-414, la cita en p. 412.

[44]        Por las repercusiones orgánicas de los sentimientos en el corazón, éste se constituye en signo de la vida afectiva y, señaladamente, del amor. Pero también ha sido considerado como centro de la vida orgánica, y lo de menos sería advertir cómo ello, anatómicamente, no es acertado (ya que hoy señalaríamos al cerebro); y en calidad de tal centro real o supuesto, se constituye en signo, más ampliamente, de la interioridad del hombre, de su fondo más último y más cabal. Alonso califica al corazón de órgano manifestativo del amor y de resonador del amor (cfr. Joaquín María Alonso, Carne y espíritu, cit., 409). Y en cuanto a la segunda nota, él habla con precisión “del Corazón [con mayúscula], símbolo del centro del ser, y órgano de la vida espiritual como el corazón [con minúscula] de carne lo es de la vida sensible” (íd., El Corazón de María en S. Juan Eudes-I, 205).

[45]        Joaquín María Alonso, La consagración al Corazón de María, cit., 41-42. La negrilla es del autor.

[46]        S. Juan Eudes, El Corazón admirable de la Madre de Dios-I, introd., trad. y notas de Joaquín María Alonso, COCULSA, Madrid 1958, 132-133.

[47]        S. Juan Eudes, La dévotion au très saint Coeur et au très sacré Nom de la bienheureuse Vierge Marie, en Oeuvres complètes-VIII, ed. Lebrun-Dauphin, Paris 1902, 435.

[48]        Joaquín María Alonso, Relationes Immaculati Cordis B. M. Virginis ad Personas Ss.mae Trinitatis, en Academia Mariana Internationalis, Alma Socia Christi (Acta Congressus Mariologici-Mariani Romae Anno Sancto MCML celebrati), vol. VI, fasc. II: De Corde Immaculato B. V. Mariae, Romae 1952, 54-81, la cita en p. 74.

[49]        José Ruiz López, Inmaculado Corazón de María. Consagración y reparación, inéd., p. 18.

[50]        Cada vez estamos viendo más clara la especificidad –de la cual depende la legitimidad, el sentido- de la devoción, o, por decirlo más llanamente, la diferencia entre María y el Corazón de María; el Corazón de María es algo, y ya se está viendo también que es algo altamente relevante.

[51]         Joaquín María Alonso, El Corazón de la Inmaculada, cit., 334-335.

[52]         Joaquín María Alonso, Doctrina y espiritualidad del mensaje de Fátima, Arias Montano, Madrid 1990 (póstumo), 183.

[53]         Joaquín María Alonso, El Corazón de la Inmaculada, cit., 335.

[54]        S. Juan Eudes, cit. por Joaquín María Alonso, El Corazón de María en San Juan Eudes-II, cit., p. 21.

[55]         Joaquín María Alonso, Sobre una teología del Corazón de María, cit., 35.

[56]        Cfr., al menos, Sermo 25, 7-8: PL 46, 937-938; es de S. Agustín el más conocido texto de la patrística sobre el Corazón de María: Materna propinquitas nihil Mariae profuisset, nisi felicius Christum corde quam carne gestasset (De sancta virginitate, 3: PL 40, 398). Alonso glosa a S. Agustín: “…ni la Madre hubiera llevado a tal Hijo en su seno, sin antes haberlo llevado en su Corazón: toda la teología de la maternidad divina tiene un subsuelo caliente bajo el rescoldo del Corazón de María” (Joaquín María Alonso, La Consagración al Corazón de María, cit., 49). El Verbo divino no entró en este mundo por el vientre de María: entró por el Corazón de María.

[57]         Agradecemos la ayuda prestada por D. José Luis Cabria, D. Antonio García-Moreno, D. Américo López, D. Lucas-Francisco Mateo Seco, D. José Ruiz López y los servicios de la biblioteca del santuario de Fátima (D. Frederico Seródio).

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