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Camino mariano de santidad y vida para la Iglesia: la “esclavitud mariana” en “El secreto de María”, de San Luis María Grignion de Montfort

Mejor quiero morir que vivir sin ser todo de María

(Montfort)

Preliminar

De S. Luis María Grignion de Montfort, es casi universalmente conocido hoy, y cada día más, el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen. A ello contribuyen dos factores. En primer lugar, en opinión de muchos –y se han hecho encuestas-, se trata del más hermoso libro que sobre la Santísima Virgen se ha escrito en la historia. En segundo lugar, Juan Pablo II vivía y recomendaba la espiritualidad de Montfort, la cual, incluso, emblematizó en su lema totus tuus, tomado del propio Tratado.

Este S. Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), fundador de una doble familia religiosa, tiene tres amores: la Sabiduría, título bajo el que le gusta considerar a Jesucristo; la Cruz, que le hace exclamar: “¡Qué cruz, vivir sin Cruz!”; y María, de cuya esclavitud por amor se erige en abanderado.

La esclavitud mariana –él recomienda decir, para no despertar suspicacias, “esclavitud de amor de Jesús en María”- tiene raíces españolas hoy indiscutidas. Dejando aparte el caso de S. Ildefonso –porque no sabemos qué alcance daba a la palabra siervo-, se deberá mencionar, ante todo, a la benemérita Orden Concepcionista Franciscana, fundada por Santa Beatriz de Silva, y dentro de ella, primero, a Sor Inés de S. Pablo, y posteriormente, a la Venerable María de Ágreda (Mística Ciudad de Dios y vida de la Santísima Virgen escrita por Ella misma), y, ya en el s. XX, la Madre Ángeles Sorazu. Fray Juan de los Ángeles, notable autor místico, ha cultivado igualmente en el siglo XVI esta espiritualidad. Y sobresalen las figuras del agustino Bartolomé de los Ríos (De hierarchia Mariana) y el trinitario S. Simón de Rojas. A Francia llegó, en parte, por vía del Cardenal Bérulle –su voto de servidumbre y su implicación mariana-. Y Montfort ha tenido el honor de ser, no original, pero sí el gran sistematizador de la esclavitud mariana, así como el más grande y entusiasta de sus propagadores y un ejemplar de eximia santidad dentro de la corriente.

Aunque no cabe duda de que se lleva la palma entre sus obras el Tratado, también es verdad que se trata de una obra muy conocida. Queremos examinar aquí, con algo de detalle, El secreto de María. En uno y otro libro, nos las habemos con la exposición de la esclavitud mariana. El Secreto es una presentación más breve, pero muy ceñida al mismo contenido del Tratado, y tiene una característica distintiva que no resulta en absoluto desdeñable: es una exposición menos enjundiosa desde el punto de vista doctrinal, pero lo que pierde por ese lado lo gana en belleza literaria. Ello queda emblematizado en una comparación: la del arranque del Tratado y el del Secreto; el primero reza:

         “Jesucristo ha venido al mundo por medio de la Santísima Virgen, y por medio de Ella debe también reinar en el mundo” (TVD, 1, 17).

El segundo:

         “Aquí tienes, alma predestinada, un secreto que me ha enseñado el Altísimo, y que en ningún libro antiguo ni moderno he podido encontrar. Voy a confiártelo con la gracia del Espíritu Santo” (SM, 1, 25).

 SM es una carta escrita –en fecha que no consta con seguridad- a Marie Dauvaise (Sor Maturina), una de las dos mujeres a las que el autor había confiado la administración del hospital de Nantes, lo cual tuvo lugar en 1710. Pero, como suele ocurrir con cartas de esa naturaleza, da la impresión de que el autor piensa en más lectores, y, consciente o semiconscientemente, en la publicación.

El título es –también en esta obra- editorial, y el editor empleó con belleza una expresión que encontró en el n.º 20:

         “Feliz y mil veces feliz es en la tierra el alma a quien el Espíritu Santo revela el secreto de María para que lo conozca” (p. 37; la cursiva es nuestra).

Al comienzo y al final (como queriendo primero verter y finalmente recoger toda la riqueza y toda la belleza que se contiene en esa palabra), el autor emplea la palabra secreto: se acaba de ver en el comienzo, y la última sección contiene estas palabras:                                                                                                         

         “Alma predestinada, ¿has comprendido por obra del Espíritu Santo lo que acabo de decirte? Entonces da gracias a Dios; que es un secreto que casi todo el mundo ignora. Si has hallado el tesoro escondido en el campo de María, la perla preciosa del Evangelio, tienes que venderlo todo para comprarla” (SM, 69, 74; y cfr Mt 13,44-45).

Los contenidos 

Trato de resumir a continuación la línea explicativa de SM. Tendrá que verse, así, que, a pesar de tratarse de una obra predominantemente parenética –su finalidad es exhortar a la vivencia de la consagración a María-, y a pesar de resultar más poética que el TVD, no obstante está firmemente asentada sobre una teología sólida y fecunda, sencilla y viva.

Prólogo: tres condiciones para participar en el secreto; necesidad de orar antes de leer (núms. 1-2)

I Parte: oficio de María en nuestra santificación (3-23)

                     A. Necesidad de santificarse por medio de María (3-6). Se parte de un principio claro: Dios desea nuestra santificación; ahora bien, para ello hemos de vivir el Evangelio, y para ello necesitamos la gracia de Dios, y para hallar la gracia de Dios, María nos es necesaria.

                     B. ¿Por qué María nos es necesaria? (7-23).

                     – Sólo María ha hallado gracia delante de Dios para sí y para todos.

                     – Ella es la Madre que dio a luz al autor de la gracia.

                     – Porque, teniendo como Madre a Jesús, tiene en Él todas las gracias.

                     – Porque Ella es la tesorera de todas las gracias.

                     – Para tener a Dios por Padre, hay que tener a María por Madre.

                     – Siendo la Madre de la Cabeza, lo es de los miembros.

                     – El Espíritu Santo produce a los predestinados por su medio.

                     – Está María encargada de alimentar las almas.

                     – A Ella le ha dicho el Señor: “habita en Jacob” y “echa raíces en mis elegidos” (Ecclo 24,13).

                     – Ella es el molde perfecto que ha hecho un Dios hombre y en el cual puede formarse un hombre en Dios.

                     – Ella es el paraíso y el mundo de Dios. (Dios “un mundo ha hecho para el hombre peregrino, que es la tierra que habitamos; otro mundo para el hombre bienaventurado, que es el paraíso; pero para sí mismo, ha hecho otro mundo y lo ha llamado María”, SM, 19, 36-37).

                     – En este paraíso hace el Espíritu Santo entrar al alma para que halle a Dios.

                     – Ella, lejos de ser obstáculo, lanza las almas hacia Dios.

                     – Ella da la gracia de llevar con paciencia y alegría las cruces.

                     Y extrae Montfort la siguiente conclusión:

         “La dificultad está, pues, en saber hallar de veras a la divina María, para dar con la abundancia de todas las gracias (…). Para subir y unirse a Él, preciso es valerse del mismo medio del que Él se valió para descender a nosotros, para hacerse hombre y para comunicarnos sus gracias; y ese medio es la verdadera devoción a la Santísima Virgen” (23, 40-41).

II Parte: la verdadera devoción a la Virgen o santa esclavitud de amor  (24-68)

            A. Elección de la verdadera o perfecta devoción (24-28)

            Son posibles muchas formas de devoción, y aquí el autor presenta ya la maqueta de su espiritualidad; las siguientes palabras resumen todo:

  “Consiste en darse todo entero, como esclavo, a María y a Jesús por Ella; y además en hacer todas las cosas con María, en María, por María y para María.

   “Voy a explicar estas palabras” (SM, 28, 44).

Y, ya, el resto del libro no será más que una explicación de esa fórmula.

            B. Naturaleza y extensión de la verdadera devoción a María, llamada esclavitud de amor (29-33)

            En un día determinado, se hace la consagración de “cuerpo y alma, bienes exteriores y fortuna, como casa, familia, rentas; bienes interiores del alma, a saber: sus méritos, gracias, virtudes y satisfacciones” Se efectúa, de esta manera, “un sacrificio, que ni en orden religiosa alguna se exige, de todo cuanto el alma más aprecia; y del derecho que cada cual tiene para disponer a su arbitrio del valor de todas sus oraciones y satisfacciones” (SM, 29, 45-46), ya que la Santísima Virgen las aplicará como Ella decida. Respecto de los méritos, aunque su valor es de suyo incomunicable –salvo el caso de Jesucristo, que nos ha comunicado los suyos, y el de la propia María en la enseñanza de Santo Tomás-, se entregan a María “para que nos los guarde, aumente y embellezca” (SM, 30, 46).

            Se realiza esta consagración en calidad de esclavo, como reza la fórmula que Montfort presenta. Y se observa aquí que se trata de una esclavitud voluntaria por amor; asimismo, en la comparación del esclavo con un criado alumbra algunas características: el esclavo no pide paga ninguna; no puede dejar al amo nunca; éste tiene sobre él derecho de vida y muerte.

C. Excelencia de la santa esclavitud, que proviene de que hace pasar toda la vida del alma por María, la Mediadora (34-41)

            En primer lugar, se hace notar que por la esclavitud mariana se acude a Dios por el mismo camino por el que el Padre nos ha dado al Hijo, por el que el Hijo ha venido a nosotros, por el que el Espíritu Santo nos comunica sus gracias.

            También representa esta actitud “la humildad, que arrebata siempre el corazón de Dios” (SM, 35, 50), en cuanto nos manifestamos indignos de acudir a Jesucristo directamente.

            Además, al presentar a Dios nuestras acciones y oraciones por las manos de María, ellas quedan embellecidas y purificadas a despecho de nuestra personal miseria.

            Se añade la generosidad de María, que en retorno se nos comunicará, Ella a nosotros, con sus méritos y virtudes, y nos revestirá (como Rebeca a Jacob) de los méritos de su Hijo.

            Incluso representa el más alto ejercicio de caridad con el prójimo, porque nuestras buenas obras se aplicarán siempre a quienes más conveniente resulte.

            También:

  “Ésta es la devoción con que se ponen en seguro las gracias, méritos y virtudes, haciendo depositaria de ellos a María […]. Aunque no hubiera otro motivo para excitarme a esta devoción, sino el ser medio seguro para conservar y aumentar en mí la gracia de Dios, debía yo abrasarme de entusiasmo por ella” (SM, 39, 52-53).

            Confiere, igualmente, al alma una libertad que libera de todo escrúpulo y que hace que marche “a pasos de gigante por el camino de los mandamientos de Dios” (SM, 40, 53).

            Por último, alude de forma genérica a las indulgencias, las cofradías, los ejemplos de santos que han vivido esta consagración, etc.

D. Prácticas interiores de la santa esclavitud, su espíritu y sus frutos (42-58)

            Insiste el autor en la facilidad de practicar esta devoción de forma superficial, y en lo difícil que resulta –lo ha visto en la experiencia de muchos- “entrar en el espíritu de ella, que es hacer que el alma en su interior dependa y sea esclava de la Santísima Virgen y de Jesús por Ella” (SM, 43, 56).

            Y explica qué significa vivir con, en, por y para María.

            Con María no es otra cosa que tomarla por modelo en todo; unirse a sus intenciones y puntos de vista renunciando a los nuestros, y ver las cosas como las vería Ella.

            En cuanto a vivir en María, emplea Montfort unas imágenes cuyas resonancias no pueden ser netamente concretadas, y el problema, en esta ocasión, no se muestra sólo en SM por su naturaleza –decíamos- más poética; sino que las explicaciones del TVD tampoco son inequívocas. Aun así, en uno y otro caso parece que se trata de un clima de oración continua y presencia de Dios marianizada, y a este respecto es justo recordar para siempre la ardiente exclamación del Padre de Montfort en TVD:

  “¡Ah! ¿Cuándo llegará aquel dichoso tiempo, dice un santo varón de nuestros días, en que todo estará lleno de María? ¡Ah! ¿Cuándo llegará esa feliz época en que la Virgen Santísima será la señora y soberana de todos los corazones para someterlos plenamente al imperio de su grande y único Jesús? ¿Cuándo las almas respirarán a María, como los cuerpos respiran el aire?” (TVD, 215, 142).

            Vivir por María es tomarla como medio invariado para acercarnos a Dios, “de suerte que nunca le hallemos solo cuando vayamos a pedirle” (SM, 47, 59).

            Finalmente, vivir para María se nos explica con estas hermosas palabras:

  “…que, como esclavos que somos de esta augusta Princesa, no trabajemos más que para Ella, para su provecho y gloria, como fin próximo, y para gloria de Dios, como fin último. Debe esta alma en todo lo que hace renunciar al amor propio […] y repetir muchas veces en el fondo del corazón: ‘Por vos, mi amada Señora, hago esto o aquello, voy aquí o allá, sufro tal pena o tal injuria’” (SM, 48, 59).

            A continuación, el autor ha querido describir los frutos de la práctica de la santa esclavitud. Antes de comenzar, advierte al alma que ella misma, en su experiencia, descubrirá “infinitamente más de lo que aquí te digo” (SM, 52, 62).

            Ante todo, al entregarse el alma a María, María corresponde pasando a vivir en ella, y obra en ella grandes maravillas, que ni el alma conoce. Ella da a luz a Jesucristo en el alma de los suyos, y con Él, la pureza y la fecundidad. Y, después de Jesús, Ella viene a serlo todo en el alma.

            Y afirma San Luis María que Jesús, que vino al mundo por primera vez a través de María, el día de su vuelta lo hará también por Ella. Y, antes, en el “fin de los tiempos, y tal vez más pronto de lo que se piensa” (SM, 58, 65), por medio de grandes hombres esclavos de María Dios debelará el pecado e instaurará el reinado de Cristo en el mundo.

E. Prácticas exteriores de la santa esclavitud (59-64)

            Enumera algunas de ellas, “que no se deben omitir ni despreciar” (SM, 59, 65): la consagración y su renovación al menos anual; el ofrecimiento de un tributo como homenaje a la Señora; la celebración especial de la fiesta de la Anunciación; el rezo de la coronilla y el Magnificat; el uso de cadenillas que recuerden la situación de esclavitud.

            Montfort concluye su obra con dos oraciones (Oración a nuestro Señor Jesucristo y Oración a nuestra Señora para sus fieles esclavos, SM, 65-68) en las que pone bien al descubierto –por si aún nos quedara alguna duda- su temperamento ardiente y su amor a Jesús y a María, singularmente apasionado; y con una sección importante, titulada Cultivo y crecimiento del árbol de la vida, o en otros términos: Manera de hacer que María viva y reine en nuestras almas (69-77, 74-77). Da la impresión, en este apartado, de que ha sentido la necesidad de proveer al consagrado a María de un código más o menos práctico en el que se recojan las principales actitudes necesarias para vivir y perseverar en la santa esclavitud.

            Estas actitudes son: el abandono total en María, sin confiar en las propias capacidades en ningún momento; el continuo mirar o contemplación del alma, entendido incluso como la “principal ocupación” (SM, 71, 75); la mortificación y propia abnegación: “crucificar la carne, guardar silencio y mortificar los sentidos” (72, 75); la negación del amor propio; el horror al pecado; la fidelidad y constancia en los ejercicios de piedad; y el mantenimiento de la paz en las dificultades.

Ida y vuelta 

Nos parece claro que la espiritualidad así expuesta tiene una base teológica indudable, y ésta es la doctrina de la mediación universal de María. Sea cual fuere la situación en que el tema se encontrara en los días de Montfort –y me parece que, en lo esencial, poco se había avanzado respecto de las elaboraciones de San Bernardo-, SM y todo el sistema montfortiano queda resumido en el principio que –precisamente recogido de San Bernardo- se aduce en el n.º 34: “¿No es justo que vuelva la gracia a su Autor por el mismo canal por donde se nos ha transmitido?” (SM, 34, 49).

Todas las gracias nos han sido y son dadas por medio de María, y –vuelvo a recoger palabras del n.º 23- “para subir y unirse a Él [Jesús], preciso es valerse del mismo medio de que Él se valió para descender a nosotros, para hacerse hombre y para comunicarnos sus gracias; y ese medio es la verdadera devoción a la Santísima Virgen” (SM, 23, 41).

La esclavitud mariana es, en definitiva, la contrapartida espiritual de una realidad doctrinal. La mediación universal de María es una realidad dogmática –que existe-, por la cual las gracias nos vienen de Dios por María. La consagración a María es su correlato espiritual –que debe existir-, por el cual nosotros vamos a Dios por María.

Y aquí hay tres núcleos de interés: la vía descendente, la vía ascendente y la relación entre las dos. Entender bien estos tres es, probablemente, dar con el quicio de la esclavitud mariana y, en general, de la espiritualidad mariana entendida como consagración, según –cada vez más, hasta nuestros días- nos viene siendo propuesta en la Iglesia.

La esclavitud mariana y la vida de infancia

Nos parece, por lo demás, que la articulación entre la mediación universal de María y la vivencia de la esclavitud mariana, en la versión del santo de Montfort, es la infancia espiritual y la vida de infancia; y no pocas veces ha sido señalada la cercanía entre Montfort y Teresita de Lisieux. Se trata, en efecto, de acoger la mediación de María, y eso -y aquí puede estar la clave de lo que venimos estudiando- es un punto en el que coinciden, y hasta se identifican, el recibir y el dar. Y tratar de esclarecer esto no resulta fácil: en el fondo, nos topamos con el misterio de la gracia, y con el espinoso problema de la controversia de auxiliis. Pero lo que no pueden dilucidar los teólogos, los espirituales lo hacen evidente. Como quiera que sea, el tema puede quedar emblematizado en la sentencia de Próspero de Aquitania según la cual Dios “hace que sean méritos nuestros los que son dones suyos”.

Montfort enseña que el espíritu de la esclavitud mariana “es hacer que el alma en su interior dependa y sea esclava de la Santísima Virgen y de Jesús por Ella” (SM, 43, 56). Ya se ve, entonces, que la esclavitud de que se trata es filiación de una manera radical. Y resulta más que notable que, en más de un pasaje, el autor sugiera un paralelismo entre la esclavitud mariana y la dependencia de Jesús respecto de su Madre, poniendo ésta como modelo de aquélla: la esclavitud es una forma excelsa de vivir la filiación. Por ejemplo:

“…la fiesta de la Anunciación, que es la fiesta principal de esta devoción establecida para honrar e imitar la sujeción en que el Verbo eterno por amor nuestro se puso” (SM, 62,66).

Y así un autor espiritual contemporáneo ha podido denominar la esclavitud mariana como una infancia espiritual marianizada, y describirla en estos términos:

         “El secreto de la infancia espiritual ‘marianizada’ está en el cultivo heroico de esas tres virtudes específicas del niño: sencillez, confianza y ternura, y una dependencia total y absoluta, respecto de María”.

Que vivimos una Era de María, al mismo tiempo que una Era del Espíritu Santo, es un hecho cada vez más innegable en la contemporaneidad. Dentro de esta Era, existe una componente fundamental, y es la recuperación de la vigencia de la consagración a María, presentada por Montfort a comienzos del siglo XVIII y urgida por la Señora en las apariciones de Fátima, dándole un matiz especial al solicitar la consagración expresa a su Corazón Inmaculado[1].

No nos falta “una nube muy grande de testimonios”. Entre nosotros hemos tenido, por ejemplo, a dos polacos y gigantes de la santidad, cuales son un Maximiliano María Kolbe, discípulo del Padre de Montfort, y a un B. Juan Pablo II, que proclamaba a los cuatro vientos su esclavitud mariana y el especial fervor que, desde la juventud hasta la tumba, sintió por la espiritualidad montfortiana.

Y no nos queda duda. Si Grignion de Montfort murió en el aparente fracaso de contar con sólo tres miembros de su Compañía de María, y si sufrió toda la vida persecuciones e incomprensiones, incluso de la jerarquía eclesiástica; si su obra principal, el TVD (compuesta hacia 1712), permaneció perdida hasta 1843; hoy, por fin, su escuela está llamada a grandes cosas en la vida de la Iglesia. La Era de María la harán los santos; pero esos santos ya viven entre nosotros.

Miguel Ruiz Tintoré – miguelruiztintore@gmail.com 

 Permisos de difusión y reproducción: El autor de esta obra autorizará expresamente su libre difusión o reproducción, por cualquier medio, siempre para buen fin, citando como mínimo el autor y el título; para ello, se solicitará antes permiso a: “miguelruiztintore@gmail.com“; si se pensare en ponerla a la venta, será necesario pedir antes permiso por el mismo medio, y la respuesta más previsible es la concesión de tal permiso. La contravención de estas disposiciones podría dar origen a acciones judiciales.

 


                [1] No acaba de ser argumento el hecho de que la Señora sólo pidiera de forma expresa la consagración de Rusia (Fátima, julio de 1917, y sobre todo, Tuy, 1929; puesto que el valor ejemplar era también evidente para el cristiano singular y para los colectivos y naciones. Así se entendió enseguida.

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