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Apostilla sobre la cuestión del fundamento en la consagración montfortiana

Se trata de un apéndice de la tesis de licenciatura (Fundamentos dogmáticos…) que acabamos por no incluir porque se apartaba un poco del tema.

No podemos dejar sin comentario una afirmación de Alonso que nos parece claramente errónea, a propósito del fundamento de la consagración según el sistema espiritual de San Luis María Grignion de Montfort; para Alonso, ese fundamento es la realeza:

“Los autores en general se preguntan naturalmente por los fundamentos teológicos de una consagración a María. Y una corriente, bastante extendida del pensamiento teológico, ha unido el concepto de consagración al concepto de realeza, como un servicio a un dominio, y como una esclavitud a un imperio real. Así la corriente iniciada por el Cardenal De Bérulle, que, en este punto alcanza su plenitud en San Luis María Grignón [sic], y que modernamente fue puesta muy de actualidad”[1].

Ello, a pesar de que en la esclavitud mariana “no puede estar ausente el retorno del amor gratuito y libre”[2].

Poco es “no estar ausente” el amor, y nuestra tesis es que la esclavitud mariana –nosotros hacemos siempre referencia a la versión de Grignion de Montfort- se sustenta plenamente, no en la realeza de María, sino en su mediación, cuyo ejercicio actual[3] es la maternidad espiritual.

Entendemos, en efecto[4], que todo el sistema montfortiano queda resumido en el principio que –recogido de San Bernardo- aduce San Luis María con estas palabras: “¿No es justo, dice San Bernardo, que vuelva la gracia a su Autor por el mismo canal por donde se nos ha transmitido?”[5].

Todas las gracias nos han sido y son dadas por medio de María, y

“para subir y unirse a Él [Jesús], preciso es valerse del mismo medio de que Él se valió para descender a nosotros, para hacerse hombre y para comunicarnos sus gracias; y ese medio es la verdadera devoción a la Santísima Virgen”[6].

La esclavitud mariana es, en definitiva, la contrapartida espiritual de una realidad doctrinal. La mediación universal de María es una realidad dogmática –que existe-, por la cual las gracias nos vienen de Dios por María. La consagración a María es su correlato o traducción espiritual –que debe existir-, por el cual nosotros vamos a Dios por María.

Y aquí hay tres núcleos de interés: la vía descendente, la vía ascendente y la relación entre las dos. Entender bien estos tres es, probablemente, dar con el quicio de la espiritualidad mariana entendida como una consagración; y, desde luego, es dar con el quicio de la esclavitud mariana.

Y es que –en nuestro concepto- la esclavitud mariana es muy probable que represente un caso como pocos de correspondencia entre una realidad teológica y un sistema espiritual, y esa realidad teológica es la mediación de María. La clave es, por un lado, que –como se ha podido decir- “María no es el centro, pero está en el centro”, ya que ahí ha querido Dios situarla en la historia de la salvación; pero también, por otro, que ese mismo lugar debe, correspondientemente, ocuparlo en la vida del cristiano, o –digamos- en su historia de salvación, la de cada uno en particular. Así lo explicaba el P. Nazario Pérez:

“Lo que lógicamente se deduce de la doctrina de la Mediación Universal de Nuestra Señora es la importancia de la devoción a Ella, sobre todo de la verdadera devoción [alude a la consagración en esclavitud mariana según la presenta Montfort]. Hay que dar a la Madre de Dios, en la Ascética, el lugar que le corresponde y el que tiene en el Dogma, según el común sentir de la Iglesia. Hay que ponerla en nuestra vida espiritual en el lugar donde Dios la ha puesto en el cielo y en el mundo […]. No podemos contentarnos con darle una capilla lateral, un altar, aunque sea preciosísimo, en el templo de nuestro corazón; hemos de ponerla en el altar mayor del santuario de nuestra alma […]. Si María Santísima es la única escala y la única puerta para llegar a Cristo; si es la Tesorera, que tiene en sus manos la única llave de los tesoros de Dios, ¿cómo no contar con Ella siempre y para todo?”[7].

Para nosotros, la mediación universal de María es el fundamento de la consagración a María y de la verdadera devoción montfortiana, de su eficacia y de su santidad, en la justa medida en que esa consagración es la recepción espiritual de esa mediación. En otras palabras, se trata del alto grado en que la esclavitud mariana “muestra la eficacia” de la única mediación de Cristo. Porque ésa es la clave, según las palabras del Vaticano II:

“La misión maternal de María hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los hombres […] nace […] de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y, lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo”[8].

Y es más. Montfort acude a suministrar la razón más profunda de ese trasfondo de su espiritualidad –de lo que nosotros estamos llamando su correspondencia con la mediación de María- con una profundidad que –de tan potente- se sumerge en lo divino y cristaliza en inatacable sencillez. Para él, el fundamento no es otro que la invariabilidad de los designios divinos. Dios no cambia de opinión. El Tratado de la verdadera devoción se abre –solemnemente- con esta afirmación: “Jesucristo ha venido al mundo por medio de la Santísima Virgen, y por medio de Ella debe también reinar en el mundo”[9], y esta presentación de los propósitos de Dios es, en realidad, la que preside la lógica de San Luis María.

Y así –por ejemplo-, leemos:

“Para subir y unirse a Él, preciso es valerse del mismo medio del que Él se valió para descender a nosotros, para hacerse hombre y para comunicarnos sus gracias; y ese medio es la verdadera devoción a la Santísima Virgen”[10].

La excelencia de la santa esclavitud, la cifra Montfort en “que proviene de que hace pasar toda la vida del alma por María, la Mediadora”[11]. Por la esclavitud mariana, asegura, se acude a Dios por el mismo camino por el que el Padre nos ha dado al Hijo, por el que el Hijo ha venido a nosotros, por el que el Espíritu Santo nos comunica sus gracias[12].

Hemos de advertir, por lo demás, que con esta tesis nuestra concuerda a maravilla una personalidad tan significada en el terreno de los estudios montfortianos como es el P. François-Marie Léthel. Para él[13], esta presencia de la mediación mariana en la perfecta consagración como nervio que la sustenta es incluso lo que origina la propia estructura del Tratado.

Y, por lo que se refiere al título de la consagración montfortiana, para nosotros no representa ningún problema. Se trata de hacerse esclavos, pero bien sabido es que se trata de una esclavitud de amor, como no podía por menos tratándose de cristianos. Y, sobre todo, debe advertirse que en realidad se trata de una profundísima relación de filiación; en realidad, la categoría clave es la de la dependencia respecto de María.

El esclavo de María se siente completamente dependiente de ella. No hemos avanzado en el camino de la vida interior mientras no hemos llegado a entender que se trata mucho más de recibir que de dar. Es enormemente significativo que Montfort asigne a la esclavitud mariana el fin de “honrar e imitar la dependencia inefable”[14] de Jesús respecto de María, y, como fiesta principal, la de la Encarnación, “que es el misterio propio de esta devoción”[15]. De hecho, él presenta como modelo del esclavo de María la dependencia de los niños en el seno materno: la esclavitud mariana es esa dependencia, vivida respecto de la Santísima Virgen. Y el espíritu de la esclavitud “es hacer que el alma en su interior dependa y sea esclava de la Santísima Virgen y de Jesús por Ella”[16]. La esclavitud mariana es filiación de una manera radical; es una forma excelsa de vivir la filiación.

Se trata de recibir mucho más que de dar. En realidad, para quien lo ha entendido adecuadamente, cada ofrecimiento que hacemos a Dios es un don que él nos hace; exactamente como ocurre –paradigma litúrgico- en el ofertorio de la Misa, cuando nosotros alzamos las manos en entrega a Dios, es Él mismo quien está llenándolas de dones. Simplemente, el recibir y el entregar, en cristiano, coinciden. Tratar de esclarecer esto no resulta fácil: en el fondo, nos topamos con el misterio de la gracia y con la clásica controversia de auxiliis; pero lo que no pueden dilucidar los teólogos, los espirituales lo hacen evidente. Como quiera que sea, el tema puede quedar cifrado en la sentencia de Próspero de Aquitania según la cual Dios “hace que sean méritos nuestros los que son dones suyos”[17].

Y esto se acentúa en todas las tendencias de espiritualidad que resaltan el valor de la infancia espiritual, como es, singularmente, el caminito de infancia de Teresa de Lisieux, y, bien cercana, la esclavitud mariana como la propone Montfort. Algún autor espiritual, de hecho, ha llamado a la corriente montfortiana infancia espiritual marianizada[18].

Es, en realidad, el propio Alonso quien ha insistido de modo notable en el régimen pasivo, mucho más predominantemente místico que ascético, que caracteriza a la espiritualidad cordimariana, y esto, ya en la vía purgativa; e incluso, a este propósito, cita a Montfort, por ejemplo en este pasaje:

Toda la espiritualidad mariana –y esto hay que decirlo con mayor razón de toda espiritualidad cordimariana- se halla más bien bajo la influencia pasiva y mística de los dones del Espíritu Santo, que bajo la actividad personal y el ejercicio de las virtudes. Y esto lo referimos no solamente a los últimos estadios o grados de perfección –lo cual es evidente-, sino también a los primeros y aun hasta a la misma conversión del pecador: aquella facilidad y suavidad, de que tan magníficamente habla San Luis María Grignón [sic], no es otra cosa, creemos, que un cierto especial influjo de los dones del Espíritu Santo, que, por medio de María, obra en las almas”[19].

Hemos de concluir. Más arriba traíamos unas palabras de Alonso sobre “una deliciosa y tópica metáfora”, la de “un ‘Reinado de amor’, de María Reina de los corazones, porque efectivamente la Virgen es Reina nuestra por su Corazón”[20] que lo es por dominio real, pero que quiere, más que eso, el reconocimiento de sus hijos. Dios “nos amó primero” (1 Jn 4,19). ¿Podríamos nosotros amar si no viésemos en Dios, en María, un amor antecedente? ¿Se obtiene el amor por el imperium? Pues bien, nos parece que emblematiza cuanto hemos querido decir del fundamento de la esclavitud mariana montfortiana un hecho bien elocuente, como es el de que la archicofradía de la esclavitud mariana es –precisamente- la Archicofradía de Nuestra Señora, Reina de los Corazones.

“Es poco que seas mi siervo” (Is 49,6), hemos citado hace un momento. Con sólo el dominium, no íbamos muy lejos.

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[1] CCM, 27-28.

[2] CCM, 28.

[3] Queremos simplemente distinguirlo de la fase de adquisición de las gracias: la corredención mariana.

[4] He desarrollado este punto en un trabajo inéd. titulado Camino mariano de santidad y vida para la Iglesia: la esclavitud mariana en El secreto de María, de San Luis María Grignion de Montfort.

[5] S. Luis María Grignion de Montfort, El secreto de María, Barcelona 200532, 49. Las palabras exactas de San Bernardo son: “que vuelva la gracia, por el mismo cauce por donde corrió, al Dador de la gracia” (S. Bernardo de Claraval, Sermón del Acueducto, en Obras completas-II, Barcelona 1925, 138).

[6] S. Luis María Grignion de Montfort, o. cit., 41.

[7] Nazario Pérez, ponencia Aplicación de la doctrina de la Mediación Universal a la vida ascética y mística, en la asamblea mariana celebrada en Covadonga del 9 al 11 de septiembre de 1926; cit. por Camilo María Abad, El R. P. Nazario Pérez, Santander 1954, 343.

[8] LG, 60. Y Juan Pablo II, en este orden de ideas, explicaba que “cuanto más se ha centrado mi vida en la realidad de la Redención, más claro he visto que la entrega a María, tal como la presenta San Luis María Grignion de Montfort, es el mejor medio de participar con provecho y eficacia de esta realidad” (Juan Pablo II-André Frossard, ¡No tengáis miedo! André Frossard dialoga con Juan Pablo II, Barcelona 1982, 131-132).

[9] S. Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, Barcelona 2006, p. 17.

[10] S. Luis María Grignion de Montfort, El secreto de María, cit., p. 41.

[11] Ib., 49.

[12] Cfr. ib. “Los decretos de Dios son invariables; y cuando quiso remediar al mundo, cuando quiso enviar a la tierra la salvación, lo hizo por medio de María; y para mientras dure el linaje humano en este valle de lágrimas, siempre Ella será la que alcanzará misericordia para los desterrados hijos de Eva” (Mons. Josep Torras i Bages, cit. por José Ricart, La mariología del Dr. Torras y Bages, Barcelona 1948, 311).

[13] Remitimos –y ha de ser de forma genérica- a St. Louis Marie Grignion de Montfort, L’amour de Jésus en Marie (Le Traité de la vraie dévotion-Le Secret de Marie), nouvelle édition établie et présentée par François-Marie Léthel, ocd, Genève 2000, vol. I (Présentation générale).

[14] Tratado de la verdadera devoción…, cit., 154. El otro fin es dar gracias a Dios por los favores concedidos a María, en especial el de la maternidad divina.

[15] Ib.

[16] El secreto de María, cit., 56.

[17] Capitula pseudo-Caelestina seu Indiculus.

[18] Cfr. Antonio Izquierdo Sorlí, Escalada, Valencia 19612, 741.

[19] CI, 352-353. Cfr. también CCM, 91-93, donde vuelve a citar al santo.

[20] CCM, 49.

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