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CARTA AL AMIGO DON TEODOMIRO, SOBRE QUE LE AFEAN SU DEVOCIÓN A LA VIRGEN

7 julio 2019

Que se distribuyó este febrero por correo electrónico a los corresponsales de la Fundación Montfort [*], y que fue la Carta mariana VI, y que además os pongo, muy mona y peripuesta, para aquel que se la quiera descargar.- Miguel


Id pinchándome aquí: 2019 2

 

Don Teodomiro es viejo amigo de viejas andanzas. El mudo sol de muchas tapias antiguas en la tarde sabe de muchas lagartijas con el rabo desmochado por dos niños que lo eran entonces. Me ha escrito Don Teodomiro -hoy maestro y con amor- porque le han afeado que tenga ese amor a la Virgen Santísima que se le come el corazón, y que llegue a vivir como esclavo de ella. Dicen que la devoción mariana debe limitarse y que, si no, obstaculiza el culto a Dios y a Cristo. Y yo le mando una Carta mariana con numeritos y todo.

Querido Don Teodomiro:

Tengan los tales objetores de usted -escrupulosos solo con María- sus teologías amputatorias para ellos solos, y su alma en su almario. Nosotros nos vamos con la Biblia, con la Iglesia, con el sentido común y con la despreocupación sobre el qué dirán… los botos.

Cuando piense usted que ha de elegir entre Jesús y María, hará daño a Jesús y hará daño a María. También a sí mismo, según San Pío X:

“Son unos miserables y desgraciados quienes bajo el pretexto de honrar a Cristo desdeñan a María, porque no saben que el Hijo no puede ser hallado si no es con Su Madre”[1].

Usted sabe que en esta casa nos arrojamos a consagrarnos a la Señora como esclavos, se lo tenemos dado todo sin excepción y vivimos cada segundo por, con, en y para María. ¿Imaginarán los impugnadores de usted que podemos vivir así sin tener el fundamento? Algo de ello le voy a decir.

1. Al elogiarla Isabel, María dice inmediatamente: “Proclama mi alma la grandeza del Señor” (Lc 1,46). Sabemos así que no se guarda los elogios: que los encamina a Dios. Dice San Luis María:

“Nadie, pues, se imagine, como algunos falsos iluminados, que María, por ser criatura, es impedimento para la unión con el Creador (…). Tan lejos está de ¡retener! consigo a las almas que, por el contrario, hace que remonten hasta Dios su vuelo (…). María es eco admirable de Dios, que cuando se grita: ‘María’, no responde más que: ‘Dios'”[2].

Y, de hecho, la razón de nuestro culto mariano es la obra de Dios en la Virgen, como ella se ocupa de proclamar: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1,48-49). Esas generaciones somos nosotros. Nosotros no la amamos por nada que no dependa de Dios. Y jamás hubo artista (aquí el artista es Dios) que, al prodigarse alguien en elogios de sus obras, se enojara por no haberlo elogiado a él. Sería del género tonto.

2. San Pablo VI enseñó que debemos honrar a la Virgen porque “la Providencia hizo girar en torno a esta Mujer escogida su plan de salvación del mundo”[3]; e hizo un buen resumen de los fundamentos al decir:

“La devoción a la Santísima Virgen, insertada en el cauce del único culto que justa y merecidamente se llama cristiano –porque en Cristo tiene su origen y eficacia, en Cristo halla plena expresión, y por medio de Cristo conduce por el Espíritu al Padre-, es un elemento cualificador de la genuina piedad de la Iglesia. La Iglesia, en efecto, refleja por íntima necesidad en la práctica del culto el plan redentor de Dios. Por eso corresponde a María un culto singular, porque singular es el puesto que ella ocupa dentro de dicho plan. Por lo mismo, todo auténtico desarrollo del culto cristiano lleva consigo necesariamente un sano incremento de la veneración a la Madre del Señor”[4].

La devoción, dice ahí el Papa, no nos las inventamos nosotros. Tiene la misma intensidad que tiene la presencia de María en la Redención, en el misterio cristiano. Y cuanto más se desarrolle el culto cristiano, más marianos vamos a volvernos. Porque, en ese plan, “María no es el centro, pero está en el centro”[5].

Yo no he conocido absolutamente a nadie, Don Teodomiro de mi vida, que tuviese devoción a la Virgen y no la tuviese a Cristo; mientras que he conocido a muchos que miran con recelo a la madre en nombre de los derechos del Hijo, marcándonos algo así como una línea hasta la cual podemos llegar. Son los devotos críticos de los que hablaba Montfort, que son tan devotos como yo samoano.

3. Recuerde usted la recomendación de San Pablo a los cristianos: “Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Flp 2,5). De hecho, un sentimiento muy poderoso en el Corazón de Cristo fue (es) el amor a María. Argumentarán que era su madre, y contestaré que es también la nuestra: madre espiritual, lo que va más allá de lo corporal. Será buen estímulo para la marianidad nuestra de cada día el querer continuar los mismos sentimientos de amor a la Señora que en este mundo tuvo Jesús. El Hijo de María, que ha querido que fuéramos hijos de María, tiene -como dice San Juan Eudes- grandes deseos de que tengamos ante ella sus mismos sentimientos filiales.

En otras palabras, partiendo del dato de que somos cristianos, nuestro criterio es la actitud de Jesús. Y la devoción a María nació en la Persona de Jesús la primera vez que en su rostro floreció una sonrisa mientras su madre lo miraba[6].

Por lo tanto, Don Teodomiro, no se puede atacar a la devoción mariana en nombre de Cristo. Contraponer -¡nada menos!- a la madre y el Hijo es obra luciferina, y ahora ya lo he dicho con todas sus letras, y si no lo digo, reviento. Porque existen -yo lo fío- muchos de esta especie, que si no son siempre luciferinos, son los que menos unos desinformados. Combatir por Cristo la devoción mariana es como combatir a la Iglesia en ese mismo nombre de Cristo: olvidan que Él “amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Ef 5,25). El paralelo vale también en sentido literal, ya que María, como Inmaculada, es redimida (la primera y más perfectamente redimida), y además, en el decir de algún autor, Cristo se entregó por redimirla a ella más que por redimirnos a todos los demás.

4. “El consagrado siga consagrándose” (Ap 22,11). Siga Don Teodomiro consagrando todo instante de su vida a la Virgen. “El Señor está contigo” (Lc 1,28), le dijo el ángel, y

“su misión es unir a los hombres con Dios y acercar a Dios a nosotros, los hombres […]. Y como Ella es el esplendor de Dios más accesible a nuestra sensibilidad, quererla es querer a Dios oculto en sus gracias y encantos”[7].

Ciertamente, quererla es querer a Dios, no por identidad, sino porque en ella Dios se nos brinda. Él ha querido hacérsenos accesible en el rostro y en el Corazón de una madre, porque es el lenguaje  que nosotros mejor vamos a entender; de esas condescendencias divinas habló el profeta, y dijo: “Con lazos humanos los atraje, con vínculos de amor. Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas” (Os 11,4). El amor de María es expresión de la ternura de Dios. María es el rostro maternal de esa ternura. María es ella misma transparencia de Dios. En María, Dios nos sale al encuentro. Él ha querido que el regazo que fue amor para el Niño divino sea también regazo espiritual y cobijo de los hermanos que ese Niño se ganó.

Solo podemos quererla por ser ella quien es. Solo somos sus hijos porque ella es madre de Dios, y de su maternidad divina ha brotado su maternidad espiritual respecto de nosotros. La consagración a María tiene sentido en tanto en cuanto María vivió (vive) consagrada a Dios; solo así consagrarse a ella puede ser consagrarse a Dios, y no un camino errado que nos hace perder. “¡Ah, Yavé, yo soy tu siervo, tu siervo, el hijo de tu esclava, tú has soltado mis cadenas!” (Sl 116,16).

5. Y siendo niños (que es condición para el Reino, cfr. Mt 18,3), nos vamos a la madre porque somos niños, porque la necesitamos y porque nos da la gana. Y nos la dio Jesús -de nuevo Él- en la Cruz: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27).

En realidad, se trata de una proclamación que anuncia algo ya acontecido. La maternidad espiritual (la maternidad respecto de nosotros), presente en germen en la maternidad divina desde la Encarnación, se hace plena en los espantos del Calvario -término de llegada de la fidelidad a Dios-, al ofrecer la Virgen al Hijo divino y sus dolores y ofrecerse ella con los suyos para nuestra salvación. Porque en ese momento, sufriendo ella por nosotros los dolores de parto que no tuvo en el parto virginal del Hijo divino, la maternidad respecto de nosotros ha sido completada (nunca hubo madre sin parto), y Jesús la ha dado a conocer al discípulo -que representa a todos los discípulos-, como él mismo lo narra, añadiendo que “desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,27).

Y fue la de María y Juan una relación que nosotros continuamos a nuestro estilo al consagrarnos a la Virgen; ya que San Juan Pablo II enseñó que las palabras griegas indican ahí más que una convivencia: apuntan a “una comunión de vida que se establece entre los dos”[8]: lo mismo, Don Teodomiro, que hacemos usted y yo… mientras nos lo permitan los no-devotos críticos. Pero quédeles bien claro que lo hacemos por iniciativa del Cristo en cuyo nombre, en cambio, ellos nos lo retraen. Es Él, siempre Él, el que tiene la culpa de nuestra devoción mariana.

6. Es mi modesta opinión que, en la devoción mariana, no puede darse pecado en la intensidad, sino en la forma. Nadie puede ser suficientemente devoto de la Santísima Virgen. En cambio, se puede ser inadecuadamente devoto.

Es inadecuadamente devoto, por ejemplo, quien usa la devoción como seguro que le permite seguir en sus pecados; quien se apoya para lo mismo en toda clase de promesas y devociones falsamente entendidas, como si la primera promesa de obtener el cielo no fuese la de quien “hace la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21); quien usa a María como un fetiche para obtener beneficios y nada más, quien espera solamente granjerías terrenas; quien pide cosas inadecuadas o malas o pide mal para otros; quien sujeta su devoción a la condición de que se cumplan sus peticiones; quien dirige a María interminables oraciones solamente vocales, como quien reza con la faringe y con el alma nunca; quien jamás deja que su devoción dé paso a la llamada a la conversión; quien busca como un loco desventurado continuas apariciones marianas por todo lo ancho y largo del planeta, quien las cree todas sin examinarlas como debe, quien hace de tales apariciones un arma arrojadiza contra la jerarquía de la Iglesia a cuya sumisión la Señora desea conducirnos a todos; y, por supuesto, los no-devotos críticos, sin olvidarnos de ellos y con un saludo muy especial del equipo de esta redacción.

Querido amigo: El buen padre de Montfort ha dicho una vez refiriéndose a Cristo:

“Para subir y unirse a Él, preciso es valerse del mismo medio del que Él se valió para descender a nosotros, para hacerse hombre y para comunicarnos sus gracias; y ese medio es la verdadera devoción a la Santísima Virgen”[9].

Le repito, por tanto, que la culpa de nuestra devoción es una divina culpa de amor. No tenga usted miedo de ir a Dios por el mismo camino que Dios ha seguido para venir a usted. Y entienda que Dios, que Jesús, ha demostrado de sobra su deseo de ser hallado con María. Recuerde, en resumen, que la misma boca del Maestro nos dejó otra sentencia:

“Lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (Mt 19,6).


[*] Nombre actual de la anterior Sociedad Grignion de Montfort.

[1] San Pío X, Enc. Ad diem illum (1904): Acta Sanctae Sedis 36 (1903-1904).

[2] El secreto de María, n.º 21.

[3] San Pablo VI, 15-VIII-1964.

[4] Íd., Exh. Ap. Marialis cultus (1974),introducción.

[5] Palabras del P. José Kentenich a las que dediqué la Carta mariana IV (octubre de 2018).

[6] La idea es del P. H. Pinard de la Boullaye: “No busquen, por lo tanto, dónde nació la devoción a María. Ella tuvo su origen en la primera sonrisa del Niño-Dios (…). / No indaguen más en qué justos límites la devoción mariana debe contenerse. He aquí su regla, su medida. Amad a María, si puede ser, tanto como Jesús la amó (…). Su ejemplo nos dicta nuestro deber” (Marie Chef-D’Oeuvre de Dieu, pp. 23-24).

[7] M. Sánchez Gil, Mensaje de la devoción a María, Carmelitas de la Caridad, Madrid 1954, 8-9.

[8] Enc. Redemptoris Mater (1987), nota 130. Aduce las palabras de San Agustín: “La tomó consigo, no en sus heredades, porque no poseía nada propio, sino entre sus obligaciones que atendía con premura” (In Ioannis Evangelium tractatus, 119, 3: Corpus Christianorum/Series Latina, 36, 659).

[9] El secreto de María, n.º 23.

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