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CUENTA DE LOS AMORES ENTRE EL ESPÍRITU DE DIOS Y UNA LIMPIA NIÑA

10 junio 2018

Resultado de imagen de Virgen María y Espíritu Santo

Publicado por la Sociedad Grignion de Montfort (Barcelona) en la forma de correo electrónico a sus corresponsales.- Miguel, y dice…

Muy señores míos:                

Es llamada María sagrario, templo y aun esposa del Espíritu Santo. Buscar en la Escritura sus relaciones con la tercera Persona no es titánico esfuerzo, que basta dejarse llevar por esa Persona: Paloma que en la blanca Virgen tiene su querencia. A María llaman arca de la Nueva Alianza: “la blanca palomica / al arca con el ramo se ha tornado”, hubiese dicho aquí el gran S. Juan de la Cruz.


Una huella al principio.- Han de saber ustedes que la Inmaculada Concepción no es solo carencia de pecado: si en un lugar no hay sombra, Imagen relacionadaes porque hay luz; en ella es la luz del Espíritu Santo, que la poblaba ya desde el principio con su gracia. “¡Alégrate, llena de gracia…!” (Lc 1,28). Y qué graciosa quedó. La gracia (santificante) no es algo que Dios da, sino el Espíritu Santo que se da al alma. Por eso, la afirmación siguiente -“El Señor está contigo”-, al mismo tiempo que tiene pleno sentido, suena redundante.

En la versión original se lee algo como “repleta-por-la-gracia-hasta-no-poder-más”. Fue el primer Pentecostés de María. Y esta Inmaculada Concepción hace posible todo lo que ella será después. Sin gracia y perfección moral y espiritual, la Virgen no podía recibir al Verbo, su virginidad valdría como la de muchos de nosotros, no podría ser corredentora (cfr. Heb 7,26), no existiría lo que constituye el fundamento más visible de su Asunción (la misma Inmaculada Concepción); etc. ¡Y qué graciosa quedó!

Hoy un ángel me ha dicho…- Gracia sobre gracia. “El Espíritu Santo descenderá sobre ti…” (Lc 1,35). Es el segundo Pentecostés de María. La presencia esta vez se dejará ver también materialmente: la Virgen tiene un Hijo en común con Dios. Él es el Padre y sin Él el concebido no sería divino. Ella es humana, y sin ella no sería hombre. María es necesaria (Dios decide necesitarla) porque Dios desea realizar la Redención del mundo desde dentro, y eso supone un Hombre-Dios; pero para ser hombre, ha de haber una madre.

La virginidad de María es esponsal. Y ella dice fiat (Lc 1,38) a todo lo que el ángel ha dicho: a esa venida del Espíritu Santo. Se diría que es su consentimiento nupcial a Dios que se le ha propuesto.

Así, pues, “ella, al aceptar tu Palabra con limpio corazón, mereció concebirla en su seno virginal”[1]. Porque fue madre antes en el Corazón, pudo serlo en el vientre; porque recibió al Espíritu antes en el Corazón, pudo concebir de Él al Hijo.

       “Porque las realizaba en su corazón, en el cual el amor del Espíritu Santo ardía de modo singular, por eso en su carne el poder del Espíritu Santo realizaba maravillas”[2].

Imagen relacionada“El todopoderoso ha hecho obras grandes en mí”.- La visita a Isabel puede considerarse un tercer Pentecostés de María. Allí, señores, les llueve Espíritu Santo por todas partes: hace exultar a Juan en el vientre, a Isabel con la primera bienaventuranza del Evangelio (“¡Dichosa tú que has creído…!”, Lc 1,45), a María con el Magnificat. Ella ha partido deprisa movida por el Espíritu:

       “Presurosa por el gozo, fue aprisa a la montaña [Lc 1,39]; pues, llena de Dios, ¿podía ella no elevarse presurosa hacia las alturas? Los cálculos lentos son extraños a la gracia del Espíritu Santo”[3].

Señores: Un ángel dijo a José: “No temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo” (Mt 1,20). Parecidamente, Isabel recibe del Espíritu que le bulle dentro el reconocer en María a “la madre de mi Señor” (Lc 1,43). El Espíritu Santo nos lleva a la devoción mariana. El Espíritu Santo es garantía insuperable de que, cultivando la devoción mariana, estamos en el buen camino. -¿Y en qué medida, señor cura? -¡No tengáis miedo! Nunca la amaréis bastante. “No se puede incurrir en una mariolatría [idolatría de la Virgen], como jamás quedará el sol oscurecido por la luna. El entusiasmo no estará nunca al nivel del mérito”[4]. No tengáis miedo, y dejad que digan.

Te diré mi amor, Rey mío.- Belén nos da el nacimiento. Un parto virginal del Hijo concebido virginalmente del Espíritu, Quien inspiró a María la virginidad. Sabrán, señores, cómo yo opino que la virginidad fue inspirada a María sobrenaturalmente por Dios, y así se entiende la seguridad con que parece incluso preferirla a la maternidad divina (“¿De qué modo será esto, pues no conozco varón?”, Lc 1,34: no está dispuesta a conocerlo, ya que, si lo estuviera, no tendría sentido la pregunta). Y qué admirablemente la virginidad de José ha protegido y posibilitado la de ella: Jesús es Hijo de María, pero resultado de la confluencia de ambas virginidades; prolongación de una y de la otra.

Y al fecundar el Espíritu -incorpóreo- el cuerpo de María, todo el cuerpo del Niño fue tomado de ella. Habían de parecerse, yendo los años, como dos gotas de agua. La humanidad de Cristo, el instrumento para la Redención, está sacada de María. Ella hizo posible su naturaleza humana. El cuerpo que nos nace en Belén y se nos entrega en la Cruz y en la Eucaristía está tomado todo de ella; y Agustín ha dicho eucarísticamente: “El cuerpo de Cristo es cuerpo de María, la sangre de Cristo es sangre de María”.

Les digo que, al hacerla (en la Anunciación) madre de Cristo, Dios la hizo también madre de nosotros: de Él, madre natural; de nosotros, espiritual, madre por la que nos llegarían las gracias de Cristo. Porque al concebir al Redentor, concebía a los redimidos; al concebir la vid, concebía sus sarmientos; al concebir la cabeza, concebía los miembros inseparables de ella. El “Ahí tienes a tu hijo” (Jn 19,26) es la proclamación de lo que ya había empezado en Nazaret. Así,

“con su fiat generoso se convirtió, por obra del Espíritu, en Madre de Dios y también en verdadera Madre de los vivientes”[5].

Imagen relacionadaLas memorias de la Virgen.- Nuestra Señora “guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón” (Lc 2,19), y se dice dos veces con diferencia de una palabra (cfr. 2,51). No pudo ser sino bajo la acción del Espíritu. Solo una mujer entregada a acoger la Palabra de Dios podía dar luz a la Palabra encarnada. Primero y siempre, acoge la Palabra que el Espíritu escribió; y un día, en Nazaret, acoge al mismo Espíritu que el ángel le promete. “Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada”[6] por obra del Espíritu. Y enseña Pablo VI:

       “Fue igualmente el Espíritu Santo quien sugirió a la Virgen el buen consejo de guardar fielmente en su corazón el recuerdo de las palabras y de los hechos referentes al nacimiento y a la infancia de su Unigénito”[7].

El Corazón de María (de su alma) era “una morada digna del Espíritu Santo” (dice la Misa del Inmaculado Corazón). Por lo dicho, es “el lugar de cita entre la humanidad y la divinidad” (Sta. Laura Montoya)[8]. Como suena. Es -oh, señores- nuestro punto de encuentro con el Espíritu Santo: esa Paloma divina, la que en él tiene su nido.

Cuando Él me dio a su madre.- “Mujer, aquí tienes a tu hijo… Aquí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27). Éramos hijos de María desde la Encarnación, pero el testamento de Jesús proclama esa maternidad a los cuatro vientos y, por otro lado, inaugura su ejercicio. Tanto es así, que alguno sugirió que la conversión y salvación de Dimas hubo de deberse (ya) a una mirada intercesora de María a Cristo. Ella tiene ahora, al darnos a luz a nosotros, los dolores de que fue libre al dar a luz al Hijo divino.

Y al ser la maternidad espiritual la prolongación y consecuencia de la divina -obra del Espíritu-, y al ser, además, “espiritual”, es una maternidad de gracia, de Espíritu Santo, proclamada en esa Cruz desde la que Jesús iba a entregar el Espíritu (Jn 19,30). Hay más, porque el santo de Montfort expresa claramente la unidad de las dos maternidades de María en el Espíritu Santo y la dependencia de la espiritual respecto de la divina:

       “El Espíritu Santo se desposó con María, y en Ella, por Ella y de Ella produjo su obra maestra, que es Jesucristo, la Palabra encarnada. Y dado que no la ha repudiado jamás, continúa produciendo todos los días a los predestinados en Ella y por Ella, de manera real, aunque misteriosa”[9].

Resultado de imagen de Virgen María y Espíritu SantoVen, Espíritu divino.- El Pentecostés de los discípulos es el cuarto Pentecostés de María. ¿Cómo cabrá tanta gracia en la que siempre fue llena de gracia? Comoquiera que sea, Montfort y otros[10] dicen que el Espíritu vino gracias a María e, incluso, que no hubiera venido si no hubiera estado ella; y, todavía,

“cuando el Espíritu Santo, su Esposo, la encuentra en un alma, vuela y entra en esa alma en plenitud, y se le comunica tanto más abundantemente cuanto más sitio hace el alma a su Esposa”[11].

¿Cómo extrañarse de que estuviera con los demás pidiendo el Espíritu? Ella, que tanto se había entregado a la obra de su Hijo, no podía desentenderse en la nueva etapa. Al recibir ahora el Espíritu (que “os guiará hasta la verdad completa”, Jn 16,13), recibió potentes luces sobre la Persona de su Hijo y sobre su obra, los cuales antes no podía comprender totalmente.

Según Juan Pablo II, hay correspondencia entre la Encarnación del Verbo y Pentecostés; la persona que los une es María[12]. Y la unión con María de la Iglesia orante pertenece al misterio de la Iglesia desde siempre[13]. La misma Iglesia nos invita a tal unión, de la que puede resultar una renovación espiritual y misionera.

En fin, en Pentecostés la Iglesia inaugura, en manos de María, su ser de misionera, y la Señora, aunque no salió a predicar, pudo bien ser la que abrió decidida la puerta para que salieran los otros en tropel.


[1] Misal Romano, prefacio en la Misa de María, madre de la Iglesia.

[2] Hugo de S. Víctor, De Beatae Mariae virginitate, 2: PL 176, 872. “Ven Tú, el que, descendiendo sobre María, hiciste que el Verbo tomara carne; realiza en nosotros por la gracia lo mismo que realizaste en ella por la gracia y la naturaleza” (Sta. María M. de Pazzi, Opere, Florencia 1965, 6, 194).

[3] S. Ambrosio, Exposición del Evangelio según S. Lucas, II, 19: PL, 15, 1560.

[4] Pablo VI, beatificación de Maximiliano Kolbe (1971).

[5] Íd., Marialis cultus, 6.

[6] Benedicto XVI, Deus caritas est, 41.

[7] Pablo VI, 13-V-75. “Ella pensaba de nuevo, revivía, intentaba comprender mejor, darse cuenta, traducir en términos de pensamiento y de amor lo que en ella y por medio de ella había tenido lugar en términos de suceso, de historia concreta, en las circunstancias exteriores que nosotros calificamos de reales. Buscaba la realidad superior y total de los hechos en su significado profundo, es decir, en el pensamiento divino, del que eran expresión; intentaba penetrar, asir en la medida de lo posible, disfrutar del misterio” (27/12/72).

[8] Eckbert de Schönau escribe que en ese Corazón “se inició la salvación del mundo” y en él, “trayendo la paz al mundo, la divinidad besó a la humanidad” (Salutatio Eckeberti ad Sanctam Mariam, cit. por Carlos E. Mesa, Heraldos del Corazón de María, Madrid 1963, 30.

[9] El secreto de María, 13.

[10] Como Pío XII (Mystici corporis, 51).

[11] TVD, 36.

[12] Cfr. Redemptoris mater, 24.

[13] Cfr. Dominum et vivificantem, 66.

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