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REINA Y MADRE DE MISERICORDIA

13 diciembre 2015

Hoy comienza el Año de la Misericordia. El Papa enseñó que lo que a Dios más le gusta es perdonar a sus hijos para que ellos, a su vez, puedan perdonar a los demás. Tenemos un medio infalible para obtener el perdón y la conversión: la Virgen de misericordia. Como leeréis en el texto que ofrezco, María -por supuesto-, como Jesús, reina para servir, y no para dominar. Y el peor de los casos es pan comido para ella, ¿sabéis…?

Así que os dejo con San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), doctor de la Iglesia. El fragmento está tomado de Las glorias de María (1750), que es la obra que me enamoró de la Santísima Virgen, como que Dios estaba preparando el terreno para que, a poco, un cierto uno que quizá lea esto me entregara el Tratado de la verdadera devoción…

Este es el primer apartado del capítulo I, y os lo doy en extracto.-

NOTA: tengo el ejemplar informático para enviar gratuitamente a quien lo pida, y cuatro ejemplares en papel para enviar a precio del envío: tres de la primera parte, y uno de la obra entera.

San Alfonso María de Ligorio


CAPÍTULO I

DIOS TE SALVE, REINA Y MADRE DE MISERICORDIA

1.º- De la confianza que debemos tener en la Virgen, por ser Reina de misericordia

Habiendo sido exaltada la Virgen María como Madre del Rey de reyes, con toda razón la santa Iglesia la honra y quiere que sea honrada por todos por el título glorioso de reina. Si el Hijo es Rey, dice san Atanasio, con toda razón la Madre debe tenerse por Reina y llamarse Reina y Señora. Desde que María, añade san Bernardino se Siena, dio su consentimiento aceptando ser Madre del Verbo eterno, desde ese instante mereció ser la reina del mundo y de todas las criaturas. Si la carne de María, reflexiona san Arnoldo abad, no fue distinta de la de Jesús, ¿cómo puede estar la madre separada del reinado de su hijo? Por lo que debe pensarse que la gloria del reinado no sólo es común entre la Madre y el Hijo, sino que es la misma.

Y si Jesús es rey del universo, reina también lo es María. De modo que, dice san Bernardino de Siena, cuantas son las criaturas que sirven a Dios, tantas son las que deben servir a María, ya que los ángeles, los hombres y todas las cosas del cielo y de la tierra, estando sujetas al dominio de Dios, están también sometidas al dominio de la Virgen. Por eso el abad Guérrico, contemplando a la Madre de Dios, le habla así: “Prosigue, María, prosigue segura con los bienes de tu Hijo, gobierna con toda confianza como reina, madre del rey y su esposa”. Sigue pues, oh María, disponiendo a tu voluntad de los bienes de tu Hijo, pues al ser madre y esposa del rey del mundo, se te debe como reina el imperio sobre todas las criaturas (…).

Así que María es Reina; pero no olvidemos, para nuestro común consuelo, que es una reina toda dulzura y
clemencia e inclinada a hacernos bien a los necesitados. Por eso la santa Iglesia quiere que la saludemos y la llamemos en esta oración Reina de misericordia. El mismo nombre de reina, conforme a san Alberto Magno, significa piedad y providencia hacia los pobres; a diferencia del nombre de emperatriz, que expresa más bien severidad y rigor. La excelencia del rey y de la reina consiste en aliviar a los miserables, dice Séneca. Así como los tiranos, al mandar, tienen como objetivo su propio provecho, los reyes, en cambio, deben tener por finalidad el bien de sus vasallos. De ahí que en la consagración de los reyes se ungen sus cabezas con aceite, símbolo de Resultado de imagen de san alfonso maria de ligoriomisericordia, para demostrar que ellos, al reinar, deben tener ante todo pensamientos de piedad y beneficencia hacia sus vasallos (…).

San Alberto Magno, muy a propósito, presenta a la reina Ester como figura de la reina María. Se lee en el libro de Ester, capítulo 4, que reinando Asuero salió un decreto que ordenaba matar a todos los judíos. Entonces, Mardoqueo, que era uno de los condenados, confió su salvación a Ester, pidiéndole que intercediera con el rey para obtener la revocación de su sentencia. Al principio, Ester rehusó cumplir ese encargo temiendo el gravísimo enojo de Asuero. Pero Mardoqueo la reconvino y le mandó decir que no pensara en salvarse ella sola, pues el Señor la había colocado en el trono para lograr la salvación de todos los judíos: “No te imagines que por estar en la casa del rey te vas a librar tú sola entre todos los judíos, porque si te empeñas en callar en esta ocasión, por otra parte vendrá el socorro de la liberación de los judíos” (Est 4,13). Así dijo Mardoqueo a la reina Ester, y así podemos decir ahora nosotros, pobres pecadores, a nuestra reina María, si por un imposible rehusara impetrarnos de Dios la liberación del castigo que justamente merecemos: no pienses, Señora, que Dios te ha exaltado como reina del mundo solo para pensar en tu bien, sino para que desde la cumbre de tu grandeza puedas compadecerte más de nosotros miserables y socorrernos mejor.

Asuero, cuando vio a Ester en su presencia, le preguntó con cariño: “¿Qué deseas pedir, reina Ester?, pues te será concedido. Aunque fuera la mitad de mi reino, se cumplirá” (Est 7,2). A lo que la reina respondió: “Si he hallado gracia a tus ojos, ¡oh rey!, y si al rey le place, concédeme la vida –este es mi deseo- y la de mi pueblo –esta es mi petición” (Est 7,3). Y Asuero la atendió al instante ordenando que se revocase la sentencia.

Ahora bien, si Asuero otorgó a Ester, porque la amaba, la salvación de los judíos, ¿cómo Dios podrá dejar de escuchar a María, amándola inmensamente, cuando ella le ruega por los pobres pecadores? Ella le dice: “Si he encontrado gracia ante tus ojos, rey mío…” Pero bien sabe la Madre de Dios que ella es la bendita, la bienaventurada, la única que entre todos los hombres ha encontrado la gracia que ellos habían perdido. Bien sabe que ella es la amada de su Señor, querida más que todos los santos y ángeles juntos. Ella es la que le dice: “Dame mi pueblo, por el que te ruego”. Si tanto me amas, le dice, otórgame, Señor, la conversión de estos pecadores por los que te suplico. ¿Será posible que Dios no la oiga? ¿Quién desconoce la fuerza que le hacen a Dios las plegarias de María? “La ley de la clemencia gobierna su lengua” (Pr 31, 26). Es ley establecida por el Señor que se use de misericordia con aquellos por los que ruega María.

Pregunta san Bernardo: ¿Por qué la Iglesia llama a María reina de misericordia? Y responde: “Porque ella abre los caminos insondables de la misericordia de Dios a quien quiere, cuando quiere y como quiere, porque no hay pecador, por enormes que sean sus pecados, que se pierda si María lo protege”.

Pero ¿podremos temer que María se desdeñe de interceder por algún pecador al verlo demasiado cargado de pecados? ¿O nos asustará, tal vez, la majestad y santidad de esta gran reina? No, dice san Gregorio; cuanto más elevada y santa es ella, tanto más es dulce y piadosa con los pecadores que quieren enmendarse y a ella acuden”.

Nuestra reina no puede mentir, y puede obtener cuanto quiera para sus devotos. Tiene un corazón tan piadoso y benigno, que no puede sufrir el dejar descontento a quien le ruega. “Es tan benigna –dice Luis Blosio-, que no deja que nadie se marche triste.” Pero ¿cómo puedes, oh María –le pregunta san Bernardo-, negarte a socorrer a los miserables cuando eres la reina de la misericordia? ¿Y quiénes son los súbditos de la misericordia, sino los miserables? Tú eres la reina de la misericordia, y yo, el más miserable pecador, soy el primero de tus vasallos. Por tanto reina sobre nosotros, oh reina de la misericordia”. Tú eres la reina de la misericordia y yo el pecador más miserable de todos; por tanto, si yo soy el principal de tus súbditos, tú debes tener más cuidado de mí que de todos los demás. Ten piedad de nosotros, reina de la misericordia, y procura nuestra salvación.

Y no nos digas, Virgen santa, parece decirle Jorge de Nicomedia, que no puedes ayudarnos por culpa de la multitud de nuestros pecados, porque tienes tal poder y piedad que excede a todas las culpas imaginables. Nada resiste a tu poder, pues tu gloria el Creador la estima como propia, pues eres su madre. Y el Hijo, gozando con tu gloria, como pagándose una deuda, da cumplimiento a todas tus peticiones. Quiere decir que si bien María tiene una deuda infinita con su Hijo por haberla elegido como su madre, sin embargo, no puede negarse que también el Hijo está sumamente agradecido a esta Madre por haberle dado el ser humano; por lo cual Jesús, como por recompensar cuanto debe a María, gozando con su gloria, la honra especialmente escuchando siempre todas su plegarias.

¡Cuánta debe ser nuestra confianza en esta Reina sabiendo lo poderosa que es ante Dios, y tan rica y llena de misericordia que no hay nadie en la tierra que no participe y disfrute de la bondad y de los favores de María! Así lo reveló la Virgen María a santa Brígida: “Yo soy –le dijo la reina del cielo y madre de la misericordia-, la alegría de los justos y la puerta para introducir los pecadores a Dios. No hay en la tierra pecador tan desventurado que se vea privado de la misericordia mía. Porque si otra gracia por mí no obtuviera, recibe al menos la de ser menos tentado de los demonios de lo que sería de otra manera. No hay ninguno tan alejado de Dios, a no ser que del todo estuviese maldito –se entiende con la final reprobación de los condenados-; ninguno que, si me invocare, no vuelva a Dios y alcance la misericordia”. Todos me llaman la madre de la misericordia, y en verdad la misericordia de Dios hacia los hombres me ha hecho tan misericordiosa para con ellos. Por eso será desdichado y para siempre en la otra vida el que en ésta, pudiendo recurrir a mí, que soy tan piadosa con todos y tanto deseo ayudar a los pecadores, infeliz no acude a mí y se condena.

Acudamos, pues, pero acudamos siempre a las plantas de esta dulcísima reina si queremos salvarnos con toda seguridad. Y si nos espanta y desanima la vista de nuestros pecados, entendamos que María ha sido constituida reina de la misericordia para salvar con su protección a los mayores y más perdidos pecadores que a ella se encomiendan. Éstos han de ser su corona en el cielo (…). Comenta el abad Ruperto, precisamente de estos miserables pecadores salvados por su mediación, oh gran reina, te verás coronada en el paraíso, ya que su salvación será tu corona, corona muy apropiada para una reina de misericordia y muy digna de ella (…).

ORACIÓN (A MARÍA, REINA DE MISERICORDIA)

(…)

Veo que nada merezco y por mi ingratitud

debiera verme privado de todas las gracias

que por tu medio he recibido del Señor.

Pero tú, que eres reina de misericordia,

no andas buscando méritos,

sino miserias y necesidades que socorrer.

¿Y quién más pobre y necesitado que yo?

 

Virgen excelsa, ya sé que tú,

siendo la reina del universo,

eres también la reina mía.

Por eso, de manera muy especial,

me quiero dedicar a tu servicio,

para que dispongas de mí como te agrade.

Te diré con san Buenaventura: Señora,

me pongo bajo tu servicio

para que del todo me moldees y dirijas.

No me abandones a mí mismo;

gobiérname tú, reina mía. Mándame a tu arbitrio

y corrígeme si no te obedeciera,

porque serán para mí muy saludables

los avisos que vengan de tu mano.

 

Estimo en más ser tu siervo

que ser el dueño de toda la tierra.

Soy todo tuyo, sálvame” (Sal 118, 94).

Acéptame por tuyo y líbrame.

No quiero ser mío; a ti me entrego.

Y si en lo pasado te serví mal,

perdiendo tan bellas ocasiones de honrarte,

en adelante quiero unirme a tus siervos

los más amantes y más fieles.

No quiero que nadie me aventaje

en honrarte y amarte, mi amable reina.

Así lo prometo y, con tu ayuda,

así espero cumplirlo. Amén. Amén.

2 comentarios leave one →
  1. Ana Maria Trujillo permalink
    13 diciembre 2015 23:54

    […] Ya le comenté que me tocó acompañar a un sacerdote montfortiano que regalaba por cientos los Tratados de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, con la condición de que formaran un cenáculo de oración con dicha enseñanza, y los fieles (infieles) no obedecieron. Fueron casi seis años de trabajo por mi país, y vi la indiferencia, ignorancia y apostasía que se está viviendo […]. Es además muy importante este año extraordinario del Santo Jubileo de la Misericordia.

    Nota de Miguel.- He tenido que suprimir: al principio, una frase que me elogia (pero gracias, Ana María); y luego, unas alusiones a una revelación particular real o presunta.

    Me gusta

  2. 16 diciembre 2015 1:54

    Se refiere al sacerdote Luciano Cicciarelli, desaparecido en Medjugorje en extrañas circunstancias. Espero que si vuelve a haber noticias, nos las comunique, Ana María.

    En cuanto a lo que me dice de la renuencia a tomar en serio la Esclavitud Mariana en Méjico, me apena y me sorprende un poco; porque yo tenía la impresión de que, en Hispanoamérica, estaba grandemente extendida.

    Me gusta

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