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MES DE MARÍA EN 2015/DÍA 10

11 mayo 2015

El Padre Palomino cierra hoy la cuestión de la Inmaculada, y nos la sitúa en un plano más personal. Peláez, por su parte, sigue descollando como maestro en el arte soberano de robar gomas. ¡Viva Peláez!


Miguel

¿Qué mérito tiene la santidad de una mujer inmaculada?


Ciertamente, parece que le han servido la santidad ya hecha y que no ha tenido nada más que hacer.

Pero no. La Inmaculada Concepción no quita la libertad, antes la hace más amplia, increíblemente amplia, como sabemos que la tienen los santos, o nosotros cuando buscamos ser santos. Pues desmesuradamente más. Y cada acto de virtud que hacemos ensancha un poco más el radio de nuestra libertad.

Y esto quiere decir que María hubiese podido, con su libertad, desentenderse de la santidad y de los mandamientos. Al fin y al cabo, los ángeles caídos cayeron porque tenían una libertad enorme. Y, en fin de cuentas, nosotros pecamos porque podemos hacer y hacemos un mal uso de nuestra pequeña (pero ampliable) libertad moral (que en el pecado no es libertad, sino una patología de la libertad).

Es lo más seguro que la I. Concepción supusiese para la madre, no una imposibilidad de pecar –así sí que habría sido fácil-, sino una posibilidad de no pecar, por ella realizada a la perfección, a pesar de que tendría también la posibilidad de pecar. María, mujer de la suprema libertad, la libertad que domina sobre uno mismo, María, ¡ruega por nosotros!

En el instante inicial, no puede haber mérito. Pero la I. Concepción es una realidad recibida de Dios. Por eso, desde que tiene uso de razón, María va dejándose dar por Dios los méritos, las virtudes, dejando obrar a Dios en un fiat, «hágase» (Lc 1,38) que nunca callará. La santidad no es hacer, sino dejarse hacer. «Bueno es Dios, que hace que sean méritos nuestros los que son dones suyos» [1]. Y esto es pasividad, pero una pasividad enormemente activa y enormemente difícil, y un ejercicio sumo de libertad.

¿De veras he de creer ahora que puede ser mi modelo una mujer inmaculada?


TheotokosDe entrada, compañero, te diría que la cosa es más grave… Porque tu verdadero modelo es Jesucristo. Eso sí que es difícil, ¿no? Él es el sol, pero como su luz en seguida nos ciega, nos han dado la luna; que no tiene luz propia, antes bien su función es reflejar la luz del sol. Esa luna es María, y su luz podemos mirarla. Y que Jesús es nuestro modelo es indudable, incluso por afirmaciones como «aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29) o, en boca de San Juan, «quien dice que permanece en Dios debe caminar como él [Jesús] caminó» (1 Jn 2,6); o: «En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos» (1 Jn 3,16); «nosotros amamos [al prójimo], porque Él nos amó primero» (1 Jn 4,19); San Pablo: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1 Cor 11,1); «…aquel modelo de doctrina [Cristo] al que fuisteis confiados» (Rom 10,16); etc.

La dulce María está para llevarnos a Cristo. Y es el caso que, según segura enseñanza de San Luis María Grignion de Montfort, experimentada por tantos santos (en realidad, por todos, aunque fuera de forma inconsciente), ella es el «camino fácil, corto, perfecto y seguro» [2] para llegar a Cristo.

La respuesta es sencilla. Como he dicho, la santidad de María no fue un dormirse sobre sus laureles enormes, sino un trabajar sin descanso para que solo Dios trabajase en ella. Por tanto, puso de su parte. Tu santidad, sin ser inmaculada o inmaculado, es en el fondo la misma, porque, como pretendas hacer algo por tu cuenta, te estrellas. La cosa es que el guía sea el Espíritu Santo, que es lo que ocurrió en el caso de María, y que uno trabaje por dejarse guiar.

María aportó a la inmensa dote con que se encontró nacida su inmensa cooperación, que le costó enormidad de sufrimientos. «A ti, una espada te atravesará el alma» (Jn 2,35).

Y existe una opinión según la cual, a cada gracia que Dios confería a la Señora nuestra, ella le respondía -precisamente merced a esa gracia-  con un acto de virtud equivalente (si esto pudiera medirse) al doble de la gracia; a lo cual Dios le otorgaba otra gracia que era el doble de valiosa que la virtud recibida; veis así continuamente, desde el uso de razón de María hasta su muerte [3]. Calculad ahora un 2 x 2 x 2 x 2…, hasta el fin de sus días, y os marearéis. Pero esta teoría no tiene nada de extraño en los marcos de la teología espiritual. Porque, como a mí me gusta recordar, las cosas humanas se miden con medidas humanas, pero las divinas, con medidas divinas. Si no, «no pensamos como Dios, sino como los hombres» (cfr. Mt 16,23).

Y ella… sigue siendo imitable. Porque toda esa riqueza inmensa, la vivió en una vida ordinaria, como la que lleva cualquiera de nosotros. Y además, ya que no se te ha dado la misma gracia, no se te pedirá lo mismo, según la parábola de los talentos (cfr. Mt 25,14-30). Tu santidad es la tuya, con tus circunstancias de vida y sus medidas; la de tu vecino del quinto es otra santidad y otro problema. Dios tiene para todos una exigencia común («Sed perfectos», Mt 5,48), pero para cada uno adapta el baremo de la perfección. Una nota 6 puede contar como un 10 de María. Puedes estar bien cierto, y al mismo tiempo, bien despierto [4].

Colofón


 Chim-pón. No sé qué pudo entenderse cuando ayer dije que el argumento determinante había sido la Tradición. Quiero aclarar que esa Tradición tiene un fundamento, y ese fundamento es la maternidad divina [5].

Y quiero ser audaz y añadir algo de mi propia minerva. Hay otro argumento, a mi modo de ver, que es la mediación. Por supuesto, esto es explicar lo claro con lo oscuro (porque la maternidad divina no la duda más que algún alocado), pero permítame el respetable. Si admitimos la mediación de corredención y de intercesión, que – independientemente de que un día lejano o no se defina dogma de fe o no se defina dogma de nada- casi todos en la Iglesia la profesamos y muchos califican de verdad de fe-, si la admitimos, sépase bien que un pecador no repara nada; antes bien lo desmorona todo. Me da la razón la Carta a los Hebreos cuando dice de Jesús como mediador: «Nos convenía, en efecto, que el Sumo Sacerdote fuera santo, inocente, inmaculado, separado de los pecadores y encumbrado por encima de los cielos» (Heb 7,26). También eso podrá decirse de aquella que es mediadora porque participa en la única mediación de Cristo, aventuro yo. Pues bien: ha dicho inmaculado.

¿Compite esta opinión con la seguridad de que la maternidad divina es el fundamento para la Inmaculada? Pues no, señora. Porque a mí nadie me saca de la cabeza que el ejercicio de esta maternidad divina (que incluye la maternidad espiritual sobre nosotros) es la corredención en la tierra (que empieza en la Anunciación y termina al pie de la Cruz) y, en el cielo, la intercesión, que también es un acto de maternidad.

Así que mi opinión a nada se opone y, por el contrario, refuerza, y yo me he ganado un pincho de morcilla reventona. Taluego, me voy por él.



El gran pensamiento
(EL RINCÓN DEL GRAN SABIO)

Inmaculada desde el origen, [María] dijo sí en nombre de toda la raza humana. En su fiat, el Espíritu actúa con toda la perfección de santidad que desplegará en la Iglesia de todos los tiempos.


Obispos de Francia. Cit. en Juan Pablo II (?) , El Rosario, «selección de textos del [por el] cardenal Roger Etchegaray», Espasa-Calpe, Madrid 1997, 233

[1] Próspero de Aquitania, Capitula pseudo-Caelestina seu Indiculus.

[2] San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, en especial los nn. 152-168.

[3] Hemos de hablar del interrogante sobre la muerte de María.

[4] «Dios (…) no da a todos el mismo grado de gracia, aunque da a cada uno la suficiente. El alma fiel con mucha gracia hace grandes cosas, y con poca gracia, pequeñas (…). Estos principios son incontestables» (S. Luis María Grignion de Montfort, El secreto de María, n.º 5: Barcelona, Sociedad Grignion de Montfort-COMBEL, 2005 (32), 28.

[5] «Es la santidad de Dios la que reclama la santidad absoluta de María, porque con mayor realidad que en el templo o el Arca se hace presente en ella. La encarnación es la consagración de un trozo de cosmos –la humanidad de Jesús- mediante la unión hipostática del Verbo. Como decían los santos Padres, la Virgen es el templo donde se realizaron los esponsales entre la divinidad y la humanidad. Ella es el nuevo templo de Dios en  medio de los hombres. Su Concepción Inmaculada es una exigencia del Dios tres veces santo» (Alejandro Martínez Sierra, Significado de la Inmaculada para nuestro tiempo, rev. «Ephemerides Mariologicae» 35 (1985) 347-348.

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