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CARBÓN Y MULTA PARA LOS REYES MAGOS

6 enero 2015

Rotundo sí a la solemnidad de la Epifanía. En cuanto a la española costumbre de hacer regalos a los niños diciéndoles que han sido los Reyes, la vapuleo como mejor sé en tanto en cuanto se basa en la mentira por sistema.


Mañana se celebra, como solemnidad, la manifestación del Mesías a los no judíos. Es una fiesta bien importante, a fe mía, como que los no judíos somos casi todos, y entre ellos, nosotros.

Pero –he de explicarlo para los lectores extranjeros- en España, en esta fiesta, hay establecida la costumbre de hacer a los niños los regalos de Navidad. De Navidad, ya sabéis qué significa: un ordenador, un balón, muñecas como princesas… De Navidad. Y gastando todo lo que se pueda. De Navidad.

Pero hay otra cosa más terrible. Cuando son muy pequeños y lo van a creer, se les dice que esos regalos los han dejado en casa los mismísimos Reyes Magos, que, viniendo en camellos con su corte de pajes, han dejado el ordenador junto a los zapatos de los niños, que ellos han dejado preparados al efecto.

Incluso se les dice a los niños que tienen que escribir una carta a los Reyes en la que pidan lo que quieran, y eso es, en realidad, para que lo sepan los padres.

Y se dice –y casi nunca se lleva a efecto- que al niño que se ha portado mal, Sus Majestades de Oriente le dejan carbón.

Nunca –desde que desenfundé mi primera neurona- he estado de acuerdo con esta costumbre que se basa en la mentira. Y es así que hace un momento he llamado a mi hermano y le he aclarado que de Reyes, nada. Nos hemos puesto de acuerdo en que diría a mi ahijada que era un regalo del tío Miguel…, y al que no le guste, que se ponga hojas.

Porque estoy firmísimamente convencido de que la primera virtud humana es la sinceridad (de las sobrenaturales, la más excelsa es la caridad, pero el sostén de todas, la humildad). Persona que de bien pronto destierra del horizonte de toda su vida la posibilidad de cualquier mentira, por aparentemente pequeña que sea, es persona que no mentirá a los demás, pero, más que eso, ni se engañará a sí mismo, ni tratará ridículamente de engañar a Dios.

Persona que así vive es, además, persona que desarrolla un amor a la verdad que se le vuelve hambre de cultura y de justicia, y, lo que es más importante, aquel sentido crítico en todas las cosas que hará que pueda equivocarse, pero sus errores de juicio no serán jamás culpables. Porque siempre, cuando venían a decirle algo, él puso el filtro. Y eso es totalmente compatible con la fidelidad enteriza al Magisterio de la Iglesia, aceptado incluso antes de conocer su contenido.

Me decís que no son mentiras. Que no son pecado. Que son piadosas, llamadas mentirijillas. Que son con buen fin. Que no hacen daño a nadie. «Decid, Don David, decid», se lee en La venganza de Don Mendo, de Pedro Muñoz Seca. Pero resulta que también se prosigue: «Hablad, buen abad, hablad». Y ahora va a hablar el abad.

Y dice:

  1. Estos engaños a los niños son mentiras propias y verdaderas. El Catecismo de la Iglesia Católica (n.º 2482) me define la mentira: «Decir falsedad con intención de engañar» (S. Agustín) [1]. Si se me dice que la intención es regalar, rebato diciendo que esa es la intención segunda (extrínseca), o intención del engaño, porque la intención primera (intrínseca) es que el niño se crea lo de los reyes; por tanto, engañar.
  1. Toda mentira es pecado. El Catecismo (2482) las incluye entre las ofensas a la verdad. Y cita Ef 4,25: «Apartándoos de la mentira, que cada uno diga la verdad a su prójimo»; y 1 Pe 2,1, que nos invita a vivir «habiéndoos despojado de toda malicia y de todo engaño, de hipocresías, envidias y de toda suerte de maledicencias». Pero también leemos en Ecclo 20,26-28: «La mentira es un oprobio en el hombre… Es preferible un ladrón a un mentiroso habitual, aunque los dos compartirán la ruina. El hábito de mentir es una deshonra humana [y esto de los Reyes ya pasa de hábito: es casi obligación, de la que servidor se zafa], y siempre le acompañará la vergüenza.» Jesús habla en Jn 8,44 de uno que «no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él»…: se trata del demonio. Por todo eso, dice el Catecismo (2485): «La mentira es condenable por su misma naturaleza […]. La intención deliberada de inducir al prójimo a error mediante palabras contrarias a la verdad constituye una falta contra la justicia y la caridad».
  1. No existen mentiras piadosas ni mentirijillas. Cierto que los pecados son leves o graves. Y parece seguro que la mentira regia es leve. Bien. Pero esa es una división según el acto cometido (su objeto, su fin y sus circunstancias). ¿Podemos verlo desde el punto de vista del ofendido y su grandeza infinita? Si así lo hacemos, veremos en seguida que cualquier ofensa a Dios es un cataclismo escalofriante, una subversión pavorosa del orden de la naturaleza y un acto por el cual trepamos al cielo, escupimos a la cara de Dios y se la partimos con los restos de su trono. Un solo pecado, una sola mentirijilla, hubiese sido motivo para la pasión y muerte de Jesús. Habla el B. cardenal Newman:

La Iglesia Católica sostiene que si el sol y la luna se desplomaran, y la tierra se hundiera y los millones que la pueblan murieran de inanición en extrema agonía […], todo ello sería menor mal que no que una sola alma, no digamos se perdiera, sino que cometiera un solo pecado venial, dijera deliberadamente una mentira o robara, sin excusa, un penique [2].


Llamar mentirijilla a algo peor que la muerte de todos parece un si es no es frívolo, ¿no es cierto? Y si os parece piadoso, quién sabe si no tendré que llamar a alguien genocida. Por lo demás, ni ningún pecado es piadoso, ni jamás pudo existir mayor contradicción en los términos.

  1. El fin no justifica los medios. Y es uno de los primeros principios de la moral. Sin duda puede costar entenderlo, pero solo hay que reflexionar así: no puedo obrar mal por un bien, porque obrar mal está mal. Por eso, el razonamiento se detiene ahí. El mal es mal. A otra cosa, mariposa.
  1. La mentira regia hace daño. Es el punto central, si es que Dios no estuviera implicado.

a) La víctima lo es cuando, pasados unos años, entiende o le dicen que los regalos los hacen los padres, y ningún rey de Oriente ni el rey que rabió. En ese momento, percibe, consciente o inconscientemente, que no hay problema en mentir: sus padres lo han hecho con él todos esos años. Y a él no le valen todos esos subterfugios de la mentirijilla, de que el fin justifica los medios, de que los pecados veniales, al fin y a la postre, no son pecados, etc. No le valen –porque no puede entrar en ese estilo del pensamiento adulto-, y menos mal que no le valgan. Porque vale más –y me refiero a las del niño- una mentira que engaña que una mentira que para engañar se engaña.

No debe olvidarse que, a todo esto, papá y mamá se han pasado el tiempo diciéndole que mentir está muy feo, prohibiéndoselo y castigándole cuando mentía. Y ahora resulta que no; que, en realidad, sí que se puede. Y el niño no entiende –porque Aristóteles tampoco entendería-, pero el niño se apresta a jugar en la vida con el arma de la mentira.

 

b) No se vayan todavía. Evidentemente, descubierto el camelo, hay que ser muy lerdo para no pensar, por un lado, que a lo mejor en otras cosas también me han camelado, y por otro, que a partir de ahora tendré que dudar de lo que papá y mamá me digan. Con lo cual tenemos que la estúpida costumbre -«¡para que el niño sea feliz…!»- ha introducido en la casa el veneno, la duda, la división. Papá y mamá han caído de su pedestal. Y es que el problema que tiene mentir es que yo, cuando me lo hacen, ya nunca jamás sabré si aquella persona está mintiéndome de nuevo o está diciéndome la verdad.

Esta misma tarde, me han contado que un padre explicó a su hijo que «los Reyes somos nosotros». El crío rompió a llorar en una crisis acaso histérica, gritando a padre y madre: «¡Os odio! ¡Os odio!» Y no solo eso, sino que la madre me comentaba: «Quizá por eso ahora no cree en nada». Si la conjetura acierta, el otrora niño gemebundo no tiene razón, pero esa desconfianza resultante de la estúpida costumbre –perdonad el adjetivo: temo por su alma-, la ha aplicado a lo que se le fue contando sobre la fe. «¿Eucaristía, dices? Como la de los Reyes será.»

Por eso, y porque en cierto modo resume todo lo dicho, acabo con otras palabras del Catecismo (2486):


La mentira, por ser una violación de la virtud de la veracidad, es una verdadera violencia hecha a los demás. Atenta contra ellos en su capacidad de conocer, que es la condición de todo juicio y de toda decisión. Contiene en germen la división de los espíritus y todos los males que esta suscita. La mentira es funesta para toda sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales.


Carbón y multa para los Reyes Magos.

Y a los camellos, garrotazo y tentetieso.


[1] De mendacio, 4, 5.

[2] Y esto se entiende perfectamente según lo que escribió Sto. Tomás, si no me equivoco (y palabra de más, palabra de menos): «El más pequeño de los bienes del orden de la gracia es más grande que el más grande de los bienes del orden de la naturaleza».

6 comentarios leave one →
  1. Alfonso permalink
    6 enero 2015 1:24

    Lo siento, pero no estoy de acuerdo en absoluto con este artículo que tan felces hará a otras confesiones no católicas.

    La tradición de los Reyes Magos como portadores de regalos a los niños es la fiesta más entrañable de nuestras vidas. La recuerdo con un apasionamiento e ilusión totales, y el tiempo me ha hecho valorar y amar aún más a mis padres, que hacían lo imposible para que el sueño de sus hijos se hiciese realidad. Cuando me enteré de que no era cierto, me desilusioné, pero amé aún más a mis padres y su dedicación, esfuerzo y locura por hacer realidad los deseos de cuatro hijos.

    Si privamos a los niños de estas ilusiones, ¿por qué las sustituimos? ¿por Papá Noel, made in Coca-Cola? ¿Suprimimos el Ratoncito Pérez, y le explicamos la peste bubónica? ¿Quitamos la devoción a los santos, como Santa Bárbara cuando llueve, etc., por absurdas? ¿Eliminamos todo lo que no sea estrictamente evangélico, como celebrar la Navidad un 25 de diciembre cristianizando así una fiesta pagana?

    Soy católico, apostólico y romano, y mi creencia en los Reyes Magos en nada perjudicó mi proceso de fe; lo hizo más humano y familiar. Tengo 52 años, y sigo creyendo en los Reyes Magos. Y no me pregunte por qué ni cómo, pero nunca me defraudan.

    Otra cuestión es el consumismo y materialismo en que se ha convertido esta fiesta y, en realidad, todas las celebraciones navideñas. Ese exceso de consumismo, caprichos y compras desaforadas frente a una gran parte de mundo que agoniza es insolidario y anticatólico. (Pero ya nos lo explicaron suficiente y nos inculcaron el deseo y deber de compartir nuestra ilusión con todos nuestros hermanos del mundo desde el compromiso misionero universal.)

    Tampoco ignoro que lo fundamental de ese día es la Epifanía del Señor; la evolución en la fe deja las cosas en su sitio cuando se recibe una formación. Pero con cinco años, ni entendía la Epifanía, ni la Trinidad, ni la Resurrección ni nada de nada.

    Sin embargo, desde hace 52 años, y aunque me falten muchos seres queridos, las frías noches de Reyes, sigo asomándome a la ventana y viendo cómo desde el horizonte y bajo las estrellas se acercan los tres Reyes Magos para darnos, al menos, un día de ilusión al que todos en el mundo tenemos derecho. El tiempo y la fe nos enseñan luego, pero por experiencia propia, que nuestra Ilusión es realidad, y esa realidad, “camino, verdad y vida”, no es un cuento ni una teoría, sino alguien real que se cruza en nuestro camino, y es el Hijo de Dios hecho Hombre, es el Verbo Encarnado y nuestro único Salvador.

    Desde el Inmaculado Corazón de Santa María, un fuerte abrazo y, se lo ruego, no quiten este sueño infantil, que dura tan poco, ahora que los niños dejan de ser niños tan pronto y nuestra civilización los engulle en una absoluta hostilidad.

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    • 6 enero 2015 2:31

      Querido amigo Alfonso: Solo quería decir una cosa, por permitir que otros opinen sobre lo que usted escribe, sobre lo que yo escribo. Pero es que esta no puedo quedármela en la garganta.

      Cuando se lee un escrito argumentativo encaminado a demostrar una tesis cualquiera, si no se está de acuerdo, de ninguna manera se puede contestar haciendo caso omiso de los argumentos esgrimidos. Usted no lo hace del todo, pero casi. Si yo expongo qué es una mentira, hablo de su gravedad, también de su doble repercusión en el niño, usted tiene que contestar -aunque sea brevemente- a todo eso, y donde esté de acuerdo, decir que lo está.

      Pero si, en cambio, yo cito a Newman, al Catecismo, y usted me cuenta que abre la ventana, cada uno va por una senda, y nunca vamos a encontrarnos. Y, por otra parte, a mí me queda la impresión de que usted no ha entendido mis argumentos, o bien -lo que es gravísimo, no por los Reyes, sino por la actitud hacia la verdad- los ha entendido y aun así no se ha dejado convencer. ¿Y sabe por qué me queda esa impresión? Es fácil: si los hubiera entendido y estuviera de acuerdo, no me habría escrito; si los hubiera entendido y no estuviera de acuerdo, sabría por qué, sabría rebatirme, y, lógicamente, me rebatiría, en lugar de irse a otra esfera tan distinta, mucho menos eficaz para usted.

      Yo sigo convencido: el diálogo se hace enganchando (sea o no en sentido opositivo) un argumento con el argumento que nos acaban de dar; y cuando acabemos, el interlocutor enganchará otro al que hemos dado nosotros. Si se quieren añadir otros elementos, añádanse, pero, si no se sigue una línea, no se llega a nada.

      Es, pues, la queja -ya me perdonará- que considero indispensable presentar por el cariz de su respuesta. No quiero entrar en el contenido material, porque prefiero que entren otros.

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  2. 6 enero 2015 6:21

    Santo Domingo Savio, un niño, tenia como lema “prefiero morir antes que pecar”. ¡Un niño! Creo que apoyaría esta tesis. Equivale a “prefiero morir antes que algun dia mentirles a mis hijos utilizando a los Reyes Magos”.

    A mí tambien me lo hicieron mis padres, y aunque lo recuerdo con ternura, pues no habia mala intención, comprendiendo que era mentira, por supuesto elijo la Verdad.

    En Argentina existe todavía esta costumbre, aunque ya se va perdiendo bastante: es más una fecha comercial. Lo del carbón no lo sabía.

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  3. 6 enero 2015 9:21

    Totalmente de acuerdo con el artículo.

    Y añado que los niños viven estas fiestas con la misma ilusión si las planteamos a partir de que los Magos fueron a adorar a Jesús y le llevaron regalos, y por eso nosotros lo celebramos haciéndonos regalos unos a otros.

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  4. 6 enero 2015 12:11

    Dice San Pedro algo así como «Estad alerta, que el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar» (lo digo de memoria). Ese mismo es el sembrador de cizaña, el que introduce en las familias las costumbres pecaminosas, y esta es -sin duda- una de ellas.

    El capitán de este barco sabe bien que las siguientes son mis condiciones:

    1.- Los regalos que hago, los hago en mi nombre y no en nombre de los Reyes Magos ni en el de Papá Noel.

    2.- Yo no como uvas al unísono con casi la totalidad del país para rendir culto a la buena suerte; no estreno ropa interior para la ocasión; mucho menos meto un anillo en la copa, y ni tan siquiera brindo. No le debo nada al azar, sino a Dios.

    3.- Por estas fechas pongo mi empeño en aclarar ciertas cosas a pequeños y mayores, a saber:

    3.1.- Los Reyes Magos no traen regalos a los niños; Los Reyes Magos van a ADORAR a Jesucristo, y es bueno que lo recordemos. Los regalos que le hacen al Mesías no son caprichos del niño, sino que encierran un gran sentido teológico.

    3.2.- Papá Noel es un invento comercial que deshonra la memoria de un fraile [se refiere a San Nicolás = Santa Klaus (nota de Miguel)].

    3.3.- Por estas fechas desde muy antiguo se han hecho regalos a los niños y adornado las fachadas, coincidiendo con la fiesta de Anuka en la fecha en la que más tarde nacería el Salvador.

    3.4.- Toda la faramalla de Nochevieja, uvas, rituales del «por si acaso», etc., es superstición, y por lo tanto idolatría.

    3.5.- Y sobre todo: Se trata de una fiesta RELIGIOSA. Una fiesta que hacemos para Dios.
    Es un contrasentido que para celebrar la Navidad omitamos cualquier culto u oficio religioso.

    Es un robo, una falsificación de la religión en pos de la astronomía, celebrar un año nuevo del calendario, que es un evento astronómico consistente en cada vuelta de la tierra al rededor del sol, para no celebrar un nuevo año litúrgico, que es un evento religioso, mucho más importante.

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  5. molinadaza permalink
    7 enero 2015 8:51

    Estoy de acuerdo con el artículo. Es cierto, mentir es mentir, venga de donde venga y se alegue la razón que se alegue. Excusar la mentira es abrirle la puerta.

    Pero mi experiencia en cuanto a lo que se siente al descubrir que los Reyes son los padres no cuadra con lo expuesto. Es evidente que mi experiencia no es dogma y es solo para mí; si bien coincide con la de mi hijo mayor (sin haberla comentado jamás con él).

    Y es que cuando yo me enteré de quiénes eran los Reyes, aumentó mi amor por mis padres (me enteré sobre los 8 ó 9 años), pues pensé en cuánto mérito tenía el esfuerzo que hacían en darme aquellos regalos.

    No creo que la costumbre del regalo, recordando aquellos que al niño hicieron los reyes, sea mala. Eso sí, debería eliminarse la parte en la que se dice que los regalos los hacen aquellos magos eternamente vivos (otra mentira, por cierto), y dejar claro que es una pequeña conmemoración de aquel acontecimiento.

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