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CRÍTICA INJUSTA DE LEOPOLDO LUGONES

20 noviembre 2014

Miguel

 

«Canta, que eso es tu razón;

sucumbe, agotado en flores

hasta morir, corazón»

(últimos versos del libro, p. 143).

 

Leopoldo Lugones, argentino de 1874 a 1938. Poeta de una gigantesca proyección, gloria de su tierra. Hácele aquí el cronista una crítica totalmente injusta, porque solo ha leído un libro y porque escoge adrede algunas pocas facetas de las que presentes están. Crítica injusta de Leopoldo Lugones, argentino de 1874 a 1938.

El libro leído es el Romancero (1924), publicado (como medio mundo) por Espasa-Cape (Austral, 232) desde 1941, y yo tengo la edición de 1969. Mi crítica, injusta y admirativa, es del Romance del rey de Persia, y me ha dado la gana de ponéroslo aquí, en hoja aparte, para que pinchando descarguéis. Así que,

PINCHANDO, descargad:

Leopoldo Lugones, Romance del rey de Persia, con otro poema breve y un fragmento

 

Yo encuentro presentes –dejando aparte algún tema menor- dos temas, inextricablemente entrelazados: el amor y la poesía; no obstante, todo apunta a que el tema del amor está presentado en función del de la poesía.

Hablemos del amor


Hablamos un momento de cuanto del amor pueda ser dicho sin referirlo a la poesía todavía. Y yo lo encuentro única, pero bien admirablemente, en la parte VII, donde podéis ver cómo el amor aparece como fuente de conocimiento [*]. El rey describe los efectos del amor en él: « Así me enseñó la tarde / con qué honda fraternidad / en las pestañas del musgo / llora la fuente cordial. / Así he leído la noche / en estrellas de piedad,  / y supe que el alma es una / sombra que piensa, no más». Y Nisalmulmulk, asombrado, responde inmediatamente: «Inútil seguir buscando / quien sepa el amor cantar, / que el verdadero poeta / del amor hallado está».

Es el amor una fuente de conocimiento, y por eso puede trocarse y se trueca en surtidor de definitiva poesía. Razón por la cual he querido incluiros ese breve Lied de la ciencia de amar, que concluye con rotundidad: «Pero desde que me hiere / sin compasión el amor, / sé, como enfermo y doctor, / por qué se vive y se muere».

«En la poesía hay más verdad que en la historia»


Ahora bien, si el enamorado rey de Persia ha sido capaz de cantar poesía que podemos llamar fuente de conocimiento, es porque la poesía de suyo lo es, y el amor está tan cercano a la poesía. A propósito de esto, al leer que pide el rey «quien me llegue a revelar / en espejo de belleza / el rostro de la verdad» (I), al repetírsenos que “por eso el rey procura / la belleza y la verdad. / Por eso busca un poeta / que sepa el amor cantar” (II), ha entrelazado tres cabos –el amor, la poesía y la verdad- que alguien entrelazó mucho antes que existiese el primer poeta. Pero insisto en que, a mí por lo menos, la lectura de conjunto del poema me habla, sobre todo, de la relación entre la poesía y la verdad, el conocimiento, la vida, el ser.

Fue Platón quien nos dejó dicho que «la belleza es el esplendor de la verdad». Por eso, el poema más bello será el que ahonde en el ser hasta hacernos exclamar –porque revela una esencia que nos era debida-: «Este poema es tan bello, que debería haberlo escrito yo». Creo que es una de las mejores definiciones de la belleza literaria. O la de Fernando Lázaro Carreter: «Todo gran poeta nos plagia». Por eso, también, la belleza, cuando es verdadera, es dolorosa.

Un día pensé, y después lo ponía en el Quijote[1], que el arte no presenta las cosas como son, sino como debieran ser. En el teatro o en el cine, nadie pierde un autobús, o a nadie se le cae un paquete de fiambre, si no es necesario para el guión. Luego, el mundo de fuera el teatro es caleidoscópico, y a veces diríamos que no tiene sentido. ¿Qué falta hace que se me caiga el fiambre? Y es que resulta que el mundo –con perdón- no es, sino que lo intenta; sin perdón y dicho correctamente, no es, sino que, por el momento, participa del ser de Dios. Y al no tener el ser en grado puro, la contradicción es posible, y se viene a ponernos algarabía.

Pero existe en el tumultuoso mundo un ámbito de privilegio, lo llamamos el arte, y en él sí que podemos presentar personajes plenamente felices –así debiera ser, así será-. O bien, si los valientes, en el mundo real, a menudo temen, en el teatro no lo veréis. Allí los valientes son como tienen que ser. «En la poesía hay más verdad que en la historia», dictaminó Aristóteles. Y para Novalis, la poesía «es lo verdadero y absolutamente real. Ese es el meollo de mi filosofía. Cuando más poético, más verdadero». Entre nosotros, Unamuno no lo afirmaba, sino que lo gritaba: «¡Nada que no sea verdad puede ser de veras poético!» (Andanzas y visiones españolas).

No se equivoca el rey al convocar poetas fastuosos en lugar de acudir a gabinetes de psicólogos. La poesía es, talmente, y tanto hoy como en tiempos de cualquier dinastía de persas sasánidas, un modo de conocimiento, y bien particular. El misterio del amor, todos los misterios, están fuera del alcance de la ciencia, de la filosofía, de la experiencia (que no hace sino experimentarlos cada día). La obligación de la poesía es entregarnos la revelación. Y brotará el asombroso canto del propio rey, que Nisalmulmulk aclamará como definitivo: el poeta que responde es aquel que supo hacer la pregunta.

Poesía necesaria, imposible poesía


Acontece después el episodio misterioso, enigmático, del pastor (si lo es) que lleva en su copla lejana y perdidiza cuantos anhelos alberga el dolor real. Pero jamás se podrá encontrar al cantor. Y he aquí la conclusión de desencanto de nuestro poema, porque aquella que nos era deudora de la luz, la que debía derribar los postes de tantos misterios nuestros: la poesía, esa nunca será alcanzada. Suplicio de Tántalo. «El poema verdadero está por escribirse, pertenece siempre al futuro, y eso ocurrirá hasta el último día de la creación»[2]. No me parece abusivo tomar el último fragmento que os he copiado como resumen de las cuitas del rey de Persia, y de Leopoldo Lugones, a quien elevo oferente mi crítica injusta, y de quienes lloran amores, y de quienes corren, sonámbulos, en la noche tras el fantasma siempre inalcanzable de la verdad que palpita intonsa en el esquivo seno de la poesía; ese fragmento que dice así:


«Evoca el alma encantada

esa canción vagabunda

de belleza tan profunda

que solo brota llorada.

»Inexpresable canción,

deliciosa de estar triste, 

canción que quizá no existe

para mayor perfección.»



[*] «Alcanzar la verdad a través del amor; es lo más bello que puede darse en este mundo» (M. van der Meerch).

[1] «Así es –replicó Sansón-; pero uno es escribir como poeta, y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron» (Quijote, II, III).

[2] José Miguel Ibáñez Langlois, Introducción a la literatura, EUNSA, Pamplona 1979, 171.

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