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EDUCACIÓN COMO AMOR. CONCLUSIONES «A MITAD DEL CAMINO DE LA VIDA».

17 noviembre 2014

Hace muchos años que vivo convencido hasta los tuétanos de que la educación es lo más importante en una sociedad. Por eso, hoy quiero asestaros algunos de mis pensamientos sobre ella, a despecho y pesar de que tengamos en la casa campeón tan notable como es Juan Valls Juliá (tiene etiqueta propia en la nube de etiquetas a la derecha de esto).

Mi experiencia es bien escasa, pero la experiencia no es la única fuente de conocimiento; y recuerdo a la profesora universitaria de adaptación pedagógica que nos demostraba que, sobre cualquier cosa, cualquiera era capaz de decir algo acertado.

Mirad: lo acertado que yo sé decir de la educación es que consiste en amor quizás al ciento por ciento.

Pasaron, gracias a Dios, los tiempos en que a mí (todavía) me pegaba «el maestro» con tres palos. Que se haya caído hoy en el extremo contrario es otra cuestión, seguramente preferible. Se decía: «La letra con sangre entra». Y Guillermo Díaz-Plaja añadió una coletilla: «Correcto: con la del profesor»…

Tenía yo más de treinta años en el seminario, y me tocó impartir catequesis a muchachos de catorce y quince. Fue un suplicio. Y en una charla que se nos dio, hubo momento para preguntar la del millón: «Tenemos que educar a jóvenes de edades y, por lo tanto, mentalidades a años-luz de las nuestras. ¿Cómo podemos encontrar un lenguaje en el que ellos puedan entendernos?» La respuesta inmediata fue: «El lenguaje es el amor. Que vean que los queréis, y que entregáis a ellos vuestro tiempo, y que seguís con ellos a pesar de todo lo que os hacen pasar.»

Quizá no se aprendan la Santísima Trinidad, como en efecto ocurrió –y ahora me acuerdo- con aquel de dieciséis a quien examinaba, y al preguntarle qué era la Santísima Trinidad, me contestó: «La Santísima Trinidad… Bueno, sí: Dios, y Jesús, y todos esos que son un solo Dios». Esto es histórico, y quien lo rió lo sabe.

Pero, en cambio, es muy probable que cuando piensen en esas cosas tan raras que son los católicos, se acuerden de su catequista de antaño, y digan: «Pues dirán lo que quieran, pero ese nos quería». Hay que hablar mucho de Dios, pero escribió Maurice Zundel: «No habléis tanto de Dios, y que se os note…» Y Benedicto XVI ha proclamado hermosísimamente: «La mejor defensa de Dios y del hombre consiste en el amor».

Me honra la amistad de una mujer que se dedica a la difusión de la catequesis familiar por doquiera que puede. Pone siempre un ejemplo: un catequista enseña el padrenuestro al niño, y al domingo siguiente, este no recuerda nada. Pero si se lo enseña su madre, entre juegos, premios y cosquillas, ese padrenuestro no se olvida. ¿Por qué? Dice Julia que es necesario el pegamento del amor. Y por cierto que sería interesante escribiros un día sobre la catequesis familiar.

Y en el aula, por más exactitud con que el matemático exponga la ecuación, la aceptamos porque la entendemos, pero yo no me bajo del burro, porque lo he observado y reflexionado: la aceptamos, sobre todo, por el cariño al profesor; y donde no hay exactamente cariño, la confianza que le tenemos hace sus funciones. Pero hay más, porque, o yo soy un obstinado, o eso ocurre en todas las etapas de la enseñanza, hasta la última.

Queda la fe. Aceptar la fe no es aceptar contenidos, sino adherirse a una Persona en una Iglesia. El proceso está descrito por San Juan con un candor que enamora: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16). La encíclica Lumen fidei (2013), del Papa Francisco, muestra cómo en el inicio de una fe hay un amor que involucra una luz, y esta luz ilumina el amor. Pero tengo el convencimiento de que le parece más importante el componente del amor que el de la luz, el del oído que el de la visión, el de la libertad que el de la reclusión.

Y aquí tenéis algunos pasajes que no me dejarán mentir[1]:

«…la verdad tiene necesidad del amor […]. Sin amor, la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva […]. La verdad que buscamos, la que da sentido a nuestros pasos, nos ilumina cuando el amor nos toca. Quien ama comprende que el amor es experiencia de verdad, que él mismo abre nuestros ojos para ver toda la realidad de modo nuevo, en unión con la persona amada. En este sentido, San Gregorio Magno ha escrito que amor ipse notitia est, el amor mismo es un conocimiento, lleva consigo una lógica nueva»[2] (n.º 27).

«La fe cristiana es, por tanto, fe en el Amor» (n.º 15).

«Los evangelistas han situado en la hora de la cruz el momento culminante de la mirada de fe, porque en esa hora resplandece el amor divino en toda su altura y amplitud. San Juan introduce aquí su solemne testimonio cuando, junto a la Madre de Jesús, contempla al que habían atravesado (cfr. Jn19,37): «El que lo vio da testimonio, su testimonio es verdadero, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis» (Jn 19,35) […]. En la contemplación de la muerte de Jesús, la fe se refuerza y recibe una luz resplandeciente, cuando se revela como fe en su amor indefectible por nosotros, que es capaz de llegar hasta la muerte para salvarnos. En este amor, que no se ha sustraído a la muerte para manifestar cuánto me ama, es posible creer; su totalidad vence cualquier suspicacia» (n.º 16).

«La fe nace del encuentro con el amor originario de Dios, en el que se manifiesta el sentido y la bondad de nuestra vida, que es iluminada en la medida en que entra en el dinamismo desplegado por este amor» (n.º 51).«Sin esta conformación en el Amor, sin la presencia del Espíritu que lo infunde en nuestros corazones (cfr.Rom 5,5 [«el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado»]), es imposible confesar a Jesús como Señor (cfr. 1 Cor 12,3 [«nadie puede decir: ”Señor Jesús” si no es movido por el Espíritu Santo»)» (n.º 21).

Sobre todo, y en particular por la cita de S. Pablo: «Es necesario reflexionar sobre el tipo de conocimiento propio de la fe. Puede ayudarnos […] San Pablo, cuando afirma: «Con el corazón se cree» (Rom 10,10). En la Biblia el corazón es el centro del hombre, donde se entrelazan todas sus dimensiones: el cuerpo y el espíritu, la interioridad de la persona y su apertura al mundo y a los otros, el entendimiento, la voluntad, la afectividad. Pues bien, si el corazón es capaz de mantener unidas estas dimensiones es porque en él es donde nos abrimos a la verdad y al amor, y dejamos que nos toquen y nos transformen en lo más hondo. La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor. Esta interacción de la fe con el amor nos permite comprender el tipo de conocimiento propio de la fe, su fuerza de convicción, su capacidad de iluminar nuestros pasos. La fe conoce por estar vinculada al amor, en cuanto el mismo amor trae una luz. La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad» (n.º 26). El amor es, así, un modo de conocimiento, que según estos datos, es el que abre puerta a la fe.«Solamente así, mediante la encarnación […], el conocimiento propio del amor podía llegar a plenitud […]. La luz del amor se enciende cuando somos tocados en el corazón, acogiendo la presencia interior del amado, que nos permite reconocer su misterio […]. San Agustín, comentando el pasaje de la hemorroísa que toca a Jesús para curarse (cfr. Lc8,45-46), afirma: “Tocar con el corazón, esto es creer”[3]» (n.º 31)*.

De hecho, lo he pensado a veces, y si yo tengo fe, me sobran las razones para ello; pero la que verdaderamente pesa, la radical, la más importante y la estrictamente necesaria es que me encontré esa fe en el regazo de mi madre. Y ella, lo sé, no era muy letrada; es que había tenido otro regazo… Algunos hermanos míos no son tampoco letrados, y tienen más fe que yo. Es que la recogieron en ese mismo regazo.

Y de este modo, si plantamos en esta bendita tierra de las ametralladoras niños que han conocido el amor, no os quepa duda de que ellos sabrán transmitirlo vayan a donde vayan, y la siguiente generación será también portadora de la antorcha del cariño.

Tierra de Dios y tierra de los hombres, con bandera de Cruz y de la oliva.


[1] Todas las negrillas son de un servidor.

[2] Homiliae in Evangelia, II, 27, 4: PL 76,1207.

[3] Sermo 229/L, 2: PLS 5, 576.

* La razón de esta «circulación recíproca» o mutua implicación del amor y la verdad en la fe y en la vida de fe viene apuntada en estas palabras de Benedicto XVI: «El Dios en el que creemos es un Dios de la razón, pero de una razón que ciertamente no es una matemática neutral del universo, sino que es una sola cosa con el amor, con el bien» (Auschwitz, 28-V-2006). En la total simplicidad con que Dios es perfecto, el amor y la verdad pueden separarse, pero no distinguirse; y el hombre es imagen de Dios.

4 comentarios leave one →
  1. 17 noviembre 2014 9:52

    Está muy bien lo del amor. Un diez. Seguro que es lo mas importante, y no solo al educar a los niños. Pero atención, será precisamente ese amor el que nos llevará a prepararnos y poder ofrecer a los demás lo mejor de nosotros mismos. Es decir, la técnica, que es una consecuencia del amor.

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    • 17 noviembre 2014 13:41

      Perfectamente de acuerdo. “Amor y pedagogía”, que hubiese dicho Unamuno. ¿Por qué no hay escuelas de padres?

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  2. 18 noviembre 2014 10:39

    Sí, creo que tienes razón, guiarnos por el amor para educar.

    No sé si pega esto que voy a poner aquí o no, pero también creo que es una forma de enseñarles a los peques a amar a los demás. El título me tiraba para atrás, pero al leerlo me gustó; hay que ir más lejos de las palabras:

    http://ladisciplinapositiva.org/2014/02/22/no-le-ensenes-a-tus-hijos-a-decir-lo-siento/

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  3. Juan Valls Juliá permalink
    26 noviembre 2014 11:40

    Te felicito, y también agradezco el que hayas introducido este artículo mientras acaban el siguiente. Hay teoría y práctica. Te aseguro que puedo dar este difícil paso cuando el texto lo medito con calma. Y el tuyo, aún más. Abrazos, con mis mejores deseos, Juan Valls Juliá.

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