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ALMA PARA UN CONOCIMIENTO DE LA VIRGEN-VI

9 agosto 2014

Forma serie con

Alma para un conocimiento de la Virgen-I

Alma para un conocimiento de la Virgen-II

Alma para un conocimiento de la Virgen-III

Alma para un conocimiento de la Virgen-IV

Alma para un conocimiento de la Virgen-V

Alma para un conocimiento de la Virgen-VII

Alma para un conocimiento de la Virgen-VIII

Alma para un conocimiento de la Virgen-y IX


Puede verse también esta serie anterior:

Alma de todas las devociones a la Virgen-I

Alma de todas las devociones a la Virgen-II

Alma de todas las devociones a la Virgen-III

Alma de todas las devociones a la Virgen-IV

Alma de todas las devociones a la Virgen-V

Alma de todas las devociones a la Virgen-y VI 

«Un hijo es un amor que se ha hecho visible»

(Novalis).

YO SOY HIJO DE DIOS POR EL CORAZÓN DE MARÍA

 

La Virgen es madre espiritual nuestra, y habrán de encenderse nuestros corazones al oír -como en una marina caracola- el fragor del cariño de un Corazón que no ceja. Se enciende el de Alonso y se le nota, por ejemplo cuando explica que


la Virgen es […] Madre nuestra espiritual; y es aquí sobre todo donde la modalidad formal cordimariana encuentra su expresión más adecuada[1],


 

o sea, que el Corazón, que, siendo el fondo de María, expresa tanto de ella, lo que expresa mejor es la condición de madre nuestra. Se nos alegra todo tanto en qué temblor…

Existe una tendencia a pensar que somos hechos hijos de María cuando Jesús dice: «Mujer, aquí tienes a tu hijo […]. Aquí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27). Alonso y yo decimos que no, pero discrepamos en la alternativa, por lo cual me toca explicar sus argumentos de gigante y oponerles mi crítica de enano, basada precisamente en sus principios -hasta aquí aceptados- justamente porque me parece que ha caído en incongruencia.

Y la incongruencia consiste, desde mi capacidad y en la medida en que haya entendido, en decir que somos hijos de María desde el fiat. Para Alonso, el hecho de que el Hijo viniese a darnos Padre, sumado al de que María aceptara, y aceptara además siendo consciente -aunque hemos de pensar que no de modo nítido- de la condición del Hijo, de qué destino de dolor se inauguraba para Él y ella y, también, de su nueva (e inmediata) condición de madre nuestra, hace concluir que ella es madre nuestra desde esa aceptación:


[La obra de Cristo] estuvo pendiente de su consentimiento y […], cuando bajo la acción de la misma gracia de Cristo, dio ese consentimiento, este era consciente con aquella riqueza de plenitud virtual que lo alargaba a todos los efectos redentores[2].


 

Acepto las premisas, no así la conclusión.

En primer lugar, entiéndase como se quiera la maternidad espiritual, es una maternidad según la gracia y el Espíritu Santo que de ninguna forma puede existir hasta que, efectivamente, hay gracia y Espíritu Santo; y para ello hay que esperar a la Cruz. No podemos disfrutar la Redención antes de que esta esté realizada. Cierto que la gracia de Cristo y de María medianera alcanzó a los justos del Antiguo Testamento, que -como decían los Padres- se salvaban por la fe «en el Cristo por venir» como nosotros por la fe «en el Cristo venido»; cierto que muchas gentes que no conocen a Cristo se salvan por Cristo y María medianera en su religión o increencia [3]. Pero eso no quiere decir que los patriarcas tuviesen esa gracia que solo salva desde la Redención que la dio, sino quizá que se les imputaba o atribuía en espera de Cristo [4]. Y que no tenían la gracia, queda claro en el hecho de las promesas que de ella se hicieron (cfr., por ejemplo, Ez 36).

En segundo lugar, la cooperación de María a la Redención es lo que nos hace hijos suyos. Y es aquí donde debiera haber brillado el luminoso principio, que Alonso mantiene (Alma para un conocimiento…-IV), de que la cooperación mariana es su maternidad [5]. Según esto, la maternidad espiritual, habrá que decir, se incoa en sus primeros acordes en el fiat, cuando es madre del que viene con nuestra filiación preparada, y llega a culmen en los dolores del parto de la Cruz, en vista de los cuales, como «todo está cumplido» (Jn 19,30) también por parte de ella, Jesús puede hacer su testamento: «Mujer, aquí tienes a tu hijo… Aquí tienes a tu madre». La gracia se instalaba entre nosotros, la Redención culminaba [6], y el testamento podía ser hecho. Después de entregar a María, inclinará el Divino la cabeza, y pasará a entregar el Espíritu (cfr. Jn 19,30) y a hacer que lloremos de amor y de compunción.

En otras palabras, el ejercicio de la maternidad divina, en el arco que se extiende entre el fiat y la Cruz, es nuestra gestación en el Corazón de María porque es la corredención, o la cooperación de María a la Redención, o -es el término que yo prefiero- su asociación a la Redención por parte de Dios. Cuando la Redención está cumplida y la corredención también, termina la gestación y Jesús proclama el parto. Comienza ya la segunda fase de la mediación de María, la de intercesión, que no terminará hasta el fin de los tiempos.

Y todo esto solo puede aclararse entendiendo bien que toda la vida de Jesús, desde la Encarnación, es redentora, y, obviamente, lo mismo ocurre con María corredentora; y, al mismo tiempo, lo son en cuanto orientadas a la Pasión, de la cual reciben ese valor redentor.

He hecho mi crítica -no sé si muy atinada- a Joaquín María Alonso. Su aportación incluye, no obstante, notables aciertos. Uno de ellos es el de saber ver cómo nuestra filiación mariana no es una derivación o segunda consecuencia de la de Jesús, sino que está incluida en ella misma, como en una cápsula, y la prolonga, aunque, según mi visión, la de Él sea obviamente plena desde el principio, y la nuestra, incluida en la de Él, esté en la Encarnación en fase de inicio. Sea de ello lo que fuere, entiendo -y Alonso asentiría- que el «aquí tienes a tu hijo» de la Cruz es como la última y sobrecogedora consecuencia del «darás a luz un hijo» de la Anunciación (Lc 1,31). Hermosas me parecen estas palabras de Jean Jacques Olier:


A Dios, habiendo decretado, desde toda la eternidad, salir fuera de sí mismo por los caminos del amor, y formarse una familia que naciera de Sí mismo, le ha sido necesario el proveerse de una esposa que le sirviera de ayuda, semejante a Sí; y ha escogido a la Santísima Virgen: la hizo una ayuda santa para Sí […], esposa de Dios Padre y su ayuda al mismo tiempo en la obra de la Iglesia y en la formación de Jesucristo [7].


 

El Hijo se encarnó para darnos Padre, y la madre forma parte de este juego. En el Corazón de María por el que el Verbo entró en el planeta, ahí estuvimos con Él, aunque fue espiritualmente y fue de forma todavía germinal. De hecho, como dije (Alma para un conocimiento…-I), Él no se ha ido nunca de ese Corazón, y nosotros tampoco. Repetid conmigo, para que no parezca yo tan pesado: «el Corazón de María es el lugar de encuentro entre la humanidad y la divinidad».

Alonso presentaba el nacimiento de Jesús «como un reflejo del eterno despliegue del seno del Padre»[8]: el nacimiento en Belén sería un espejo del nacimiento eterno con que el Hijo procede del Padre en la Trinidad. Y la maternidad espiritual prolonga esa línea, toda vez que somos hijos de Dios por el Espíritu Santo comunicado por el Padre y el Hijo, y el Corazón de María está en ese hecho que nos hace hijos lo mismo que estuvo en el hecho de la donación del Hijo a la tierra, y eso, dicho queda por ahí arriba.

Y así es, porque nos es muy importante darnos cuenta del lugar central que el Corazón de María ocupa en esta salvadora contradanza de amor. Establece Alonso que la colaboración de María en la obra de la Redención presupone, por un lado, una intención divina, y por otro, una causalidad real en María misma; y esta última puede, perfectamente, residenciarse en su Corazón.


El examen del decreto divino sobre la Virgen nos da como resultado una intención maternal; maternidad que indudablemente no se reduce, en el decreto divino, a un “hijo del hombre aislado de sus hermanos”, sino a una Cabeza de una nueva raza elegida en él y por él, para formar un Cuerpo Místico. Y esa Maternidad, respecto de ese Cuerpo, lo es del espíritu y por el amor. Además en la cuestión de la Corredención, lo que se intenta solventar, además de esa intención divina predestinadora, es una causalidad real que haga de la Virgen una verdadera causa de redención. Pues bien; se haya o no aún hallado, todos convienen ya en que hay que ir a buscarla en aquel momento en que, del C. de M., brota el acto más intenso de amor, por el que quiere no solamente ser Madre de Dios, sino también Madre de los hombres [9].


 

Acepto, dicho está, la amorosa causa y el momento (fiat), no así un modo idéntico con el de la filiación mariana natural de Jesús, que fue plena inmediatamente, pero es justo y es hermoso que se sepa que, desde el primer momento, María se comprendió madre nuestra y como madre nos quiso [10]. Que lo sepa el dolido que necesitándolo esté.

No será malo ir acabando nuestra revisión de la maternidad espiritual en el Corazón de María, ¿cierto, señores? Hagámoslo primero con unas palabras de San Juan Eudes:


Se puede decir con verdad que Jesús es el fruto, no solamente del seno, sino del Corazón de María; como también todos los fieles son los frutos de ese mismo Corazón […]. Y así como ha concebido, y llevado y llevará eternamente a su Hijo Jesús en su Corazón; así también ha concebido de un modo parecido, y ha llevado y llevará eternamente en este mismo Corazón a todos los santos miembros de esta divina Cabeza, como a hijos muy amados, y como fruto de su Corazón maternal [11].


 

            A continuación, hagámoslo con unas palabras de San Agustín. Y tienen doble valor por estar recogidas en el Vaticano II; se me aceptará sin problema que, donde dice amor, yo lea Corazón; y dice que María


es verdadera madre de los miembros (de Cristo)…, por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza [12].


 

            Y dejemos, por último, que resuene la seguridad con que Alonso nos dice, regocijado: «Somos hijos de Dios por el Corazón de María» [13].

—————————————-

[1] La Consagración al Corazón de María, acto perfectísimo de la virtud de la religión. Una síntesis teológica, introd. a José María Canal, La Consagración a la Virgen y a su Corazón, COCULSA, Madrid 1960, vol. I, 49.

[2] El Corazón de María en la teología de la reparación, «Ephemerides Mariologicae» 27 (1977) 334.

[3] El card. Ratzinger puntualizó que no es lo mismo salvarse «en» una religión que salvarse «por» ella. El único Salvador es Cristo; y además, religiones que imperan acciones contra la ley natural jamas podrían ser salvíficas.

[4] La fe de Abrahán en su descendencia (a pesar de la vejez) «le fue computada como justicia», dice Rom 4,22, cuando el núcleo, quizá, de la enseñanza de San Pablo a los ya cristianos es esa  «justicia que viene de la fe» (Rom 9,30). La Inmaculada Concepción es excepcional, porque ahí la gracia no se atribuye, sino que se confiere de modo enteramente real, y por eso la hemos llamado la primera redimida.

[5] De hecho, Alonso -cuya talla de teólogo es verdaderamente excepcional, y bien lastimoso que su obra esté cayendo en el olvido- se anticipó al examinar con hondura lo que sería el concepto clave de «mediación materna», que San Juan Pablo II proclama en 1987 (enc. Redemptoris mater) como clave para entender la singularidad, señalada por el Concilio, de la mediación mariana.

[6] He de repetir que lo más nuclear de la Redención es la Pasión y Muerte, como expiación vicaria. Ocurre, por supuesto, que la gloriosa Resurrección era necesaria: en ella, absolutamente imposible al mismo Cristo, Dios hacía evidente que Él mismo respaldaba y reivindicaba todo lo hecho y dicho por Jesús. Sin ella, la Redención hubiese quedado muerta bajo las piedras, sublime y desconocida, inaplicable, inservible. Pero esto, que es inseparable de la Cruz, está al servicio de lo que es más nuclear. [En un artículo que está por venir, puntualizaré algunas cosas sobre la Resurrección, porque lo que digo aquí es incompleto y la degrada equivocadamente.]

[7] Mémoires, 19-XI-165; cit. por Alonso (en francés y con esta referencia incompleta) en Hacia una Mariología Trinitaria: Dos Escuelas. (Introducción, Escuela Francesa), «Estudios Marianos»10 (1950) 175. Llama, entre otras cosas, la atención la lógica sencilla, pero poderosa, con la que presenta Olier la necesidad de María (esposa, madre) que para Dios suponen sus planes en cuanto son planes de formar una familia; necesidad hipotética, por supuesto, ya que tiene lugar después y en dependencia de ese designio divino; pero añadamos que depender de Dios no es, para María ni para nadie, un desdoro, sino el más alto honor.

[8] Naturaleza y fundamentos de la gracia de la Virgen, «Estudios Marianos» 5 (1946) 74.

[9] Sobre una teología del Corazón de María, «Ad Maiora» 9 (1956) 47.

[10] Unas palabras de San Juan Pablo II me parece que confirman a maravilla tanto esa enamoradora inclusión de nuestra filiación mariana dentro de la filiación mariana de Jesús, como la nota mía que advierte que las dos no pudieron seguir el mismo régimen. Dicen: «La maternidad espiritual de María comenzó al mismo tiempo que su maternidad física, llenó los nueve meses de espera y se prolongó después del nacimiento de Jesús, abarcando los treinta años transcurridos entre Belén, Egipto y Nazaret, y continuando durante los años de la vida pública de Jesús…, años que culminaron con los acontecimientos del Calvario y el sacrificio supremo de la Cruz, donde la maternidad espiritual de María alcanzó, en cierto sentido, su momento más destacado» (10-I-1979; cit., sin más referencias, por José María Carda Pitarch, El misterio de María (Compendio fácil de teología sobre la Virgen), Sociedad de Educación Atenas, Madrid 21986, 197). / Resume así (precisamente) un autor el pensamiento de S. Juan Pablo sobre la constitución de la maternidad espiritual (omito las notas): «1. [El Papa] Pone de relieve la vinculación existente entre la maternidad divina y la maternidad espiritual; su maternidad espiritual comienza en la Anunciación; esta maternidad se revela por primera vez en Caná; tiene su momento culminante en la Cruz y se prolonga en Pentecostés.  2. En la Cruz, María recibe de Cristo un nuevo título materno sobre los hombres.  3. Con el fiat se convierte a la vez en Madre de la Iglesia.  4. Juan Pablo II recupera el título de “mediadora” […]» (Juan Luis Bastero, Virgen singular, Rialp, Madrid 2001, 228-229). / Más sintéticamente se dijo en 1918: «La Maternidad espiritual de María es (…) una consecuencia de su Maternidad divina y de su oficio de Corredentora» (Jesús María de Orihuela, resumiendo ideas de Alberto Felpe, en Crónica del Primer Congreso Mariano-Montfortiano, celebrado en Barcelona el año 1918, El Mensajero de María, Totana (Murcia), 1920, 336). / En palabras de Luis María Mendizábal: «Hay un desarrollo de la Maternidad, y la culminación de esta se da en la palabra de Jesús en la cruz. Tenemos que admitir ese progreso de Maternidad Nueva en María. Está desde el principio, pero, a medida que Ella crece en el itinerario de la fe, asimila esa nueva Maternidad de una manera más plena, hasta el final» (Con María, Madrid 1996, 258).

[11] Oeuvres complètes-VI, éd. Lebrun-Dauphin, Paris 1902, 147-148. Cit. en El Corazón de María en S. Juan Eudes-I : Historia y doctrina, COCULSA, Madrid 1958, 239-240; II : Espiritualidad e influencias, 135-136.

[12] S. Agustín, De sancta virginitate, 6: Migne, Patrologia Latina, 40, 399. Cit. por el Conc. Vat. II, Const. dogmát. Lumen gentium, 53. En Lumen gentium, se alude nominalmente al Corazón de María en el n.º 58, y en tercer lugar, está indudablemente incluido en el campo de aplicación del n.º 67.

[13] El Corazón de María en S. Juan Eudes-I, cit., 239.

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