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ALMA PARA UN CONOCIMIENTO DE LA VIRGEN-IV

26 julio 2014
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Forma serie con

Alma para un conocimiento de la Virgen-I

Alma para un conocimiento de la Virgen-II

Alma para un conocimiento de la Virgen-III

Alma para un conocimiento de la Virgen-V

Alma para un conocimiento de la Virgen-VI

Alma para un conocimiento de la Virgen-VII

Alma para un conocimiento de la Virgen-VIII

Alma para un conocimiento de la Virgen-y IX


Puede verse también esta serie anterior:

Alma de todas las devociones a la Virgen-I

Alma de todas las devociones a la Virgen-II

Alma de todas las devociones a la Virgen-III

Alma de todas las devociones a la Virgen-IV

Alma de todas las devociones a la Virgen-V

Alma de todas las devociones a la Virgen-y VI 

 

«Una mismísima voluntad impulsó entonces a Cristo y a María, y ambos ofrecieron juntamente un único holocausto a Dios: ella con la sangre de su corazón, él con la sangre de su cuerpo… La Virgen santa obtuvo con Cristo un efecto común en la salvación del mundo»

(Arnaldo de Chartres).

«LA VIRGEN ES CORREDENTORA POR SU CORAZÓN AMOROSO Y COMPASIVO»

La cooperación de María a la Redención es hecho indudable aunque aún no definido dogmáticamente, cooperación «enteramente impar» según el Concilio [1], por ser diferente de la nuestra; su singularidad, según explicó Juan Pablo II, estriba en la mediación materna, exclusivamente suya; el término mediación abarca también su actual intercesión ante Dios, pero de ella hablo luego. En seguida se verá hasta qué extremo Joaquín María Alonso puso en primer plano la maternidad en este punto, antes de que lo indicara el reciente y amado santo.

Porque para Alonso, la cooperación consiste, estrictamente, en la maternidad. Esta, de parte de Dios, es una gracia, como va dicho (Alma para un conocimiento…-I/Una madre de Dios según el Corazón). De parte de María, un asentimiento, el fiat (Lc 1,38). En tanto que gracia, sabemos que no acaba con el alumbramiento. Como asentimiento brotado del Corazón, «el nombre del amor, en el tiempo, es fidelidad» [2], y fidelidad es la del amor que sabe llegar a la Cruz. La maternidad de María comienza en el fiat y tampoco acaba con el alumbramiento, porque se despliega después en toda una vida de actos de maternidad, que es corredentora como la de Jesús es redentora, pero en cuanto orientadas ambas al sacrificio del Viernes Santo: que no es lo único, pero sí lo que da valor redentor/corredentor a todo [3]; y la asociación de María culmina sufriendo con el Hijo, ofreciendo al Hijo y ofreciéndose con el Hijo por nosotros. Y tampoco termina (fiat pertinaz), porque la mediación de María sigue en forma de intercesión hasta el final de la historia.

Todo eso es maternidad divina; la corredención es maternidad divina que empieza ante Gabriel y termina tocando el enhiesto madero de la sangre. La Cruz está en el fiat porque María sabía bien a qué asentía y el futuro que al Hijo le esperaba, y a la madre del Hijo [4]. Y el fiat está en la Cruz asintiendo, asintiendo. Y si todo esto, como maternidad,  es una gracia de Dios y un asentimiento de María -aunque esto sea decir otra vez una gracia de Dios-, entonces el fiat con que María nos entrega a nosotros la Redención como madre de Cristo -el fiat de la fidelidad, el fiat que nunca callará ni aun cuando callen los tiempos- es esa palabra con que Dios la hizo madre a ella. La gracia la hace madre, y ella, en su maternidad, nos corredime. La maternidad de María vista como gracia es tan recibida de Dios como entregada por ella a nosotros en un acto que corredime. La maternidad con que María nos corredime es la misma que la redime a ella; exactamente la misma, porque es gracia, porque es la gracia, porque la gracia la hace inmaculada, porque la Inmaculada Concepción es la especial redención (preservativa) de María.

Y si la corredención es maternal, y la maternidad es una gracia y la gracia está en el Corazón de María o es ese Corazón -como tengo dicho en Alma de todas las devociones…-y VI,estas afirmaciones de Alonso van de suyo: «La Virgen sufrió en su Corazón todo lo que su Hijo sufría en su cuerpo; Ella fue corredentora por su Corazón» [5]; «la Virgen es Corredentora por su Corazón amoroso y compasivo» [6]. Y añade Alonso que sin esta base de la reparación activa de María corredentora, no tiene sentido nuestra reparación a María (puesto que, en realidad, bien sabemos que los pecados, primariamente, son ofensas a Dios: pero María ha querido incluirse en el suplicio); y añade, también, que, naciendo la reparación de María -hecho de amor- de su Corazón, nuestra reparación ha de ser cordimariana, lo mismo que todas las devociones marianas aspiran a la devoción cordimariana. «La reparación mariana activamente considerada [la reparación a María] necesita ser “cordimariana”» [7].

Tenemos que sacar en conclusión que la continuidad entre la gracia de María entendida como santidad personal que actúa, y consiguientemente nos corredime –en su maternidad, en la com-pasión que es ejercicio de su maternidad-, y esa misma gracia entendida como santidad recibida –gracia maternal que la santifica, que la redime- es la clave exacta para entrar en las concepciones de Alonso.

Su calado parece hondísimo, y nos pone ante la mirada nada menos que la confluencia entre, de una parte, la acción de un Dios que, en María, se vuelca y, como se suele decir, realiza con su querer todo su poder, formando una mujer como mejor no puede formarla Él mismo; y, de otra, toda la cooperación perfecta de la que una mujer así formada es capaz. Al final, el asunto es, como siempre en María, un problema de Corazón, si admitimos que es un asunto de gracia. En María más que en ningún otro, como hubiera dicho Bernanos, «todo es gracia» [8].

————————————————

[1] Constitución dogmática Lumen gentium, 61.

[2] Congregación para el Clero, El presbítero, maestro de la palabra, ministro de los sacramentos y guía de la comunidad, ante el tercer milenio cristiano(1999), presentación.

[3] Porque Cristo viene a redimirnos, la Redención es, en primer término, remediar el pecado, y Jesús lo realiza principalísimamente mediante la «expiación vicaria» de la Pasión, esto es, el sufrir en su carne las consecuencias de los pecados de los otros. [Hablaré, en articulejo futuro, sobre el lugar de la Resurrección, porque algunas cosas que expreso por aquí necesitan ser puntualizadas.]

[4] Mucho sabemos ya de la extraordinaria connaturalidad de María con la Palabra revelada. No podían ocultársele el Sl 22, que incluso Jesús usaría en la Cruz, o el escalofriante Is 52,1-53,12, por poner solo dos ejemplos. La maternidad divina iba a resultar poco «divina».

[5]El Corazón de María en S. Juan Eudes-I: Historia y doctrina, COCULSA, Madrid 1958, 170.

[6] Oportunidad, alcance y obligaciones de la consagración de la Archidiócesis de Sevilla al Inmaculado Corazón de María, en VV. AA., Crónica Oficial de la VI Asamblea Mariana Diocesana dedicada al Ido. Corazón de María, Sevilla 1943, 101.

[7] El Corazón de María en la teología de la reparación, «Ephemerides Mariologicae» 27 (1977) 337.

[8] Georges Bernanos, Diario de un cura rural, Vergara-Círculo de Lectores, Barcelona 1963, 311. / Quiero añadir unas palabras de Julio de Hoyos que arrojan mucha luz sobre lo dicho, a partir del concepto de la unidad de toda la vida de Cristo como misterio salvador; no importe la extensión: / «La Encarnación de Cristo -no solo su Pasión y Muerte- fue en sí misma un misterio salvífico, el comienzo de la salvación humana, y no un mero presupuesto de ella […]. / Existe […] una gran unidad en todo el misterio salvador de Jesucristo, desarrollado en las tres fases fundamentales de la Encarnacón, la Muerte y la Resurrección […]. / La unidad del misterio de Cristo, radicado en la Encarnación, nos coloca en la perspectiva exacta […] para entender la colaboración de María en este misterio. El consentimiento de María en la Anunciación es la clave que nos da el valor de la colaboración de la Señora en el misterio total del plan salvador de Dios. / […] La cooperación de María a la Encarnación del Verbo, en cuanto Salvador de los hombres, fue consciente o formal, porque conoció previamente la misión de Jesús, y además quiso colaborar con su maternidad a esa misión. Fue también efectiva, porque Dios […] quiso la colaboración de María […]. Fue, además, inmediata, porque entre el libérrimo fiat de la Virgen y la Encarnación no se interpuso ninguna otra actividad o realidad […]. Fue una colaboración salvadora, porque la Encarnación lo fue en su misma esencia, y María hizo posible este acontecimiento […]. / Así como la Pasión de Jesús fue la realización de la Encarnación salvadora, la compasión de María fue la realización de su consentimiento en la Anunciación, y tuvo el mismo sentido de su primer fiat, como cooperación consciente, efectiva, inmediata y salvífica a la realización del misterio de Jesús […]. / Una vez admitida la unidad del misterio salvador del Hijo de Dios, debe admitirse, como consecuencia inevitable, la cooperación efectiva e inmediata de María en la totalidad del misterio» (Consagración a María, s/ed, Madrid 1965, 12-19).

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