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ALMA PARA UN CONOCIMIENTO DE LA VIRGEN-I

5 julio 2014

Forma serie con:

Alma para un conocimiento de la Virgen-II

Alma para un conocimiento de la Virgen-III

Alma para un conocimiento de la Virgen-IV

Alma para un conocimiento de la Virgen-V

Alma para un conocimiento de la Virgen-VI

Alma para un conocimiento de la Virgen-VII

Alma para un conocimiento de la Virgen-VIII

Alma para un conocimiento de la Virgen- y IX

 


Puede verse también esta serie anterior:

Alma de todas las devociones a la Virgen-I

Alma de todas las devociones a la Virgen-II

Alma de todas las devociones a la Virgen-III

Alma de todas las devociones a la Virgen-IV

Alma de todas las devociones a la Virgen-V

Alma de todas las devociones a la Virgen-y VI 

«Necesitamos una Teología cordimariana que pueda ser comprendida por una época que nace bajo el claro signo de un realismo sincero. Y necesitamos una Teología que no pueda ser base de una piedad amorfa y decadente, y que, ni de lejos, permita afirmar que: “El cristianismo es un vasto error sentimental”»

(Joaquín María Alonso)*.


Quedó visto para sentencia, en Alma de todas las devociones…, primero, que la devoción al Corazón de María es el punto o vocación al que tienden todas las devociones marianas, ya que las informa, interioriza y purifica, y segundo, que eso era posible por ser el Corazón lo que es: la persona de María como principio de actos de amor, la santidad, la unidad de María. La devoción al Corazón de María es «ver a María a través de su amor». El Corazón de María no es cosa, sino principio. 

Pero los principios tienen consecuencias. Y, así como quedó sentada la consecuencia de que todas las devociones a María son partes potenciales del principio Corazón, quiero sentar, en algunas entregas, que todas las excelencias de María de igual manera lo son. Ya sabéis que parto de Joaquín María Alonso,  C. M. F. (1913-1981); advertiré lo que no es ya suyo, que en esta serie es más abundante.


 

UMBRAL

Y si el Corazón de María es un principio (Alma…-V, punto 3), y los principios tienen consecuencias, y digo que las excelencias de María son partes potenciales de su amor, hablo de que se puede hacer una mariología sabrosa bañada en Corazón, brotada toda de esta «María en cuanto amante», una mariología bebida -si queréis una expresión de San Juan de la Cruz- «en la interior bodega de mi Amado». ¡Tomad, tomemos el Corazón de María para tomarle las medidas a María! Porque una medida externa ¿estáis seguros de que alcanzaría para ella?

Alonso dice:

           El proceso de interiorización de la Virgen, en cualquiera de los órdenes, teológico o espiritual, lleva necesariamente a la viva punta de su espíritu, es decir, a su Corazón [1].

Nos hemos preguntado por el orden espiritual, y vamos ahora al teológico, con promesa formal de no empingorotarme y de procurar sencillez sin por eso rebajar los grados de mi vino. Quiero solamente sugerir caminos por los que hacer una mariología cordimariana, probar que todo en María puede verse desde su Corazón. De hecho, para Alonso, ver la mariología desde el Corazón de María, que es su centro, es nada menos que «dar con los caminos de salvación para la Mariología» [2].

UNA MADRE DE DIOS SEGÚN EL CORAZÓN

Si miramos la maternidad divina, en la Encarnación, «a María la encontró la gracia llena de gracia» (S. Bernardo: Sermo de aquaeductu, 138 [3]). Es evidente, aceptada la Inmaculada Concepción. Dios la hizo hermosa para escogerla, y luego la escogió porque era hermosa: «El rey se ha prendado de tu belleza» (Sl 44,12), y «toda la belleza de la hija del rey está en el interior» (Sl 44,14, versión de S. Jerónimo). Ella es madre según la carne porque primero lo fue en el Corazón, donde acogía la Palabra («María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón»: Lc 2,19), y Dios la miró al Corazón y supo que quería introducir en el mundo la Palabra que es Dios (cfr. Jn 1,1) a través de ese Corazón, de esa gracia, de esa santidad.

María es madre de Jesús antes en el Corazón que en el vientre, y lo es en el vientre porque lo es en el Corazón: quia in corde, ideo in carne, decía Hugo de San Víctor en el s. XIII [4]: «porque lo fue en el corazón lo fue en el vientre». San Agustín no estaba precisamente en desacuerdo: «Primero se realiza la venida por la fe en el corazón de la Virgen, y luego sigue la fecundidad en el seno materno» [5].

La maternidad según el Corazón, para Alonso, es una gracia en sentido propio y estricto: una santidad o don sobrenatural. Y por tanto, la tenemos, como hemos dicho atrás, desde la Concepción de María niña (llena de gracia: Lc 1,28) hasta toda la eternidad. En el vientre, Jesús solo estuvo nueve meses. El vientre fue un segundo escalón; antes estuvo la Belleza. San Agustín sentenció: «De nada hubiese servido a María su cercanía de madre si no hubiese llevado a Cristo más fecundamente en su Corazón que en su carne». El Corazón de María es el Lugar, y ahí empezó todo; ahí nos empezó todo. Del Corazón de María ha brotado la Redención; que es llamada la nueva creación.

La razón, la di ya (Alma de todas las devociones…-IV): «Quien se impregnó de la Palabra se preñó de la Palabra». Y citaba al querido Papa emérito: «Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada» [6].

——————————

Oportunidad, alcance y obligaciones de la consagración de la Archidiócesis de Sevilla al Inmaculado Corazón de María, en VV. AA., Crónica Oficial de la VI Asamblea Mariana Diocesana dedicada al Ido. Corazón de María, Sevilla1943, 96.

[1] El Corazón de María en S. Juan Eudes-I : Historia y doctrina, COCULSA, Madrid 1958, 221.

[2] Oportunidad, alcance y obligaciones…, cit., 96. Y no acepta que se tome el Corazón «como una superestructura añadida externamente a la Mariología», antes bien debe presidirla (La Consagración al Corazón de María, acto perfectísimo de la virtud de la religión. Una síntesis teológica, introd. a José María Canal, La Consagración a la Virgen y a su Corazón, 2 vols., COCULSA, Madrid 1960, vol. I,89).

[3] Obras completas-II, Rafael Casulleras, Barcelona 1925, 129-143.

[4] De Beatae Mariae virginitate, 2: Migne, Patrologia Latina, 176, 872.

[5] Sermo 293, 1: Migne, Patrologia Latina, 39, 1327-1328.

[6] Benedicto XVI, enc. Deus caritas est, 41.

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