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ALMA DE TODAS LAS DEVOCIONES A LA VIRGEN-y VI

28 junio 2014

VIAJE AL CENTRO DEL CORAZÓN DE MARÍA: HASTA AQUÍ HEMOS PODIDO LLEGAR

 En la memoria del Inmaculado Corazón de María, por quien vivo y pervivo 

 

Cierra la serie en que anteceden:

Alma de todas las devociones a la Virgen-I

Alma de todas las devociones a la Virgen-II

Alma de todas las devociones a la Virgen-III

Alma de todas las devociones a la Virgen-IV

Alma de todas las devociones a la Virgen-V


Cátate que hemos dicho ya: que la devoción al Corazón de María es la vocación de todas las devociones marianas (Alma…-I) porque las informa, interioriza y purifica (II); que el Corazón de María no es el corazón orgánico (III); que probablemente lo central en esta devoción es el carácter sacramental del Corazón de María, que lo convierte en punto de contacto entre los hombres y la divinidad: mediación de ida y vuelta (IV); que este Corazón es amor como fuente de interioridad o interioridad fundamentada en el amor, un principio, una forma de ver a María que es verla «a través de su amor», la persona de la Virgen como principio de actos de amor (V). Hoy damos el salto al nivel expresamente espiritual y sacamos las conclusiones de la serie. Ello nos permitirá -eso creo- la seguridad de que es cierto lo que estábamos tratando de asentar: la devoción al Corazón de María es el corazón de las devociones marianas.


 

  

«Toda la belleza de la hija del rey está en el interior»

(Sl 44,14, Biblia Vulgata).

«Infinitamente más de lo que aquí te digo te enseñará la experiencia, y tantas riquezas y gracias hallarás en la práctica si eres fiel en lo poco que aquí te enseño, que te quedarás sorprendida y con el alma llena de júbilo»

(S. Luis María Grignion de Montfort) [1].

 

¿Y eso es todo, oiga? Porque, mire, madres que aman, por ejemplo la mía. Padre Miguelito, ¡denos algo más!

Que no. Os lo da el Espíritu Santo, cabezones. Así es. Porque el amor antedicho resulta que es la misma santidad de María, ya que en ella no hay distancia ni diferencia ninguna entre el amor natural y el amor sobrenatural que constituye la santidad. Lo dije en Alma…-I: la caridad es requisito indispensable para el mérito, si no miente San Pablo («si no tengo caridad, de nada me aprovecharía», 1 Cor 13,3), y la caridad es a las virtudes lo que la mano a los dedos, si no miente Santo Tomás. Queremos amor, no besitos, y por eso hay que ver si el amor de María tiene algo más que aportar. Lo tiene, porque es caridad y, por tanto, santidad. Veamos.

Santidad es unidad. Llamadlo coherencia, si queréis; San Josemaría Escrivá (si es el primero) lo llamaba unidad de vida. Un amor a Dios que se lo come todo y que se hace real en la veracidad de los demás amores, que no quedan así invadidos o desnaturalizados, sino santificados, elevados; siguen siendo humanos, pero a manera divina. Se ama a Dios con el corazón del hombre, como que es el único que tenemos. También Dios ama con Corazón humano en Jesucristo, y ama divinamente cuando ama humanamente, y es un Dios que llora por un amigo, Lázaro, y en la Cruz es un Dios que se entrega al hombre y es un Hombre que se entrega a Dios; y no con dos amores: con un Amor: el amor al Padre, por obediencia al Cual Jesús se nos da y por obediencia al Cual el Amor de Jesús, precisamente como Amor al Padre, se enfoca hacia el hombre pecador, y como Amor al Padre alcanza al hombre doliente: no como un amor más, sino dentro de ese amor al Padre. Eso es unidad. Y está en su Corazón.

Biblia al canto. «Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas» (Ez 36,26-27). Se anuncia la Nueva Alianza que se realizará en Jesucristo, cuando, por el Bautismo, la donación del Espíritu Santo suprimirá la distancia entre el corazón y la Ley; cuando el Espíritu, cancelando la división en el alma del creyente, lo renovará desde el interior –que es el corazón-, y con ello le tornará posible el cumplimiento de la Ley, porque se la introducirá en el corazón en forma de gracia. Eso es unidad. Y está en el corazón.

– ¿En el corazón, dice?

En el corazón, digo, rechonchete preguntante que comes pipas; y mira tú por dónde nos sale ahora el Padre Alonso diciendo:


La devoción al Corazón de María destaca enormemente esta unidad verdadera [la de la persona de María], en cuanto que nos invita a penetrar en aquella raíz de donde procede todo lo íntimo del alma: ‘quia ex corde exeunt cogitationes…’ [«porque del corazón salen los pensamientos…», Mc 7,21; mal citado, porque dice «los malos pensamientos», pero es claro que Jesús pudo haber dicho los buenos también].

[…] La última unidad […] es la unidad superior personal […].

La unidad personal de la Virgen fue la mayor después de Cristo […]. Todos los movimientos y funciones, tanto del cuerpo como del espíritu, se reducen a una sola raíz plenamente personal en la Virgen; y su expresión perfecta y simbólica es el Corazón [2].


Y ya no nos queda duda: en María «no existió un solo instante en el que [el] amor natural no fuera al mismo tiempo sobrenatural» [3], no existió ni existe un instante en el que ella haya dejado de amar al mismo tiempo las cosas naturales y las sobrenaturales con ese único y unificado Corazón que ella tiene, y que en su caso es más santo y unificado que en el caso de nadie después de Cristo [4].

El Corazón de María es la santidad de María. El Corazón de María acaba siendo lo mismo que la suma de su Inmaculada Concepción -parte que aporta Dios- y la participación de la Virgen en esa santidad -parte que aporta Dios y a la que ella consiente- [5].

«Si no tengo caridad, nada soy.» Lo proclamó el Apóstol (1 Cor 13,2). Y Santo Tomás el sabio, aquello de la mano. En congruencia perfecta, el Corazón de María es la forma de las virtudes de María, su raíz, presente en todas ellas como la mano en los dedos. El Corazón de María es la santidad de María, y si ella no tuviera Corazón, no sería nada. El Apóstol lo proclamó.

Conclusiones 

Primera. Dense mis amigos cuenta -si alguno sigue despierto- de lo que todo esto implica. De parte, mejor dicho. La concepción que Alonso me enseñó del objeto de esta devoción hace de él un foco que arroja una potente luz. Al ver en el Corazón de María el amor en cuanto principio de la interioridad y en cuanto formalidad personal o modo de considerar («ver a María a través de su amor»), Alonso puede verlo como un núcleo que puede informar o dar forma a toda la teología mariana; desde que el Corazón sea el principio de la persona de María, todo en la Virgen puede ser entendido a partir de esta especie de Cifra Mariana que es su Corazón. Todas las excelencias de la Señora son partes potenciales (dice Alonso) de su Corazón, y así puede entenderse a sí misma la ciencia sobre María; correlativamente, todas las devociones marianas son partes potenciales de la devoción a su Corazón Doloroso e Inmaculado. Respecto de esa ciencia mariana que llamo mariología cordimariana, hemos de hablar algo más en el futuro. Mientras, sépase lo siguiente:

Segunda. El Corazón de María puede informar todas las devociones marianas, puede interiorizarlas y puede purificarlas en la medida en que es una instancia capaz de conferir unidad a la mariología. Y esto se deriva de una sola y evidente razón, que es su radical identificación con la unidad personal de María.

Tercera. Esta devoción es una devoción difícil. Ello explica ciertas oposiciones. Las pretensiones, aparentemente injustificadas, de entenderla como forma, vocación, etc., de las devociones –que tienen además fundamento en revelaciones como la de Fátima- encuentran a menudo reticencias que provienen de entenderla como una devoción más; y ello se explica por un entendimiento cosístico de su objeto. Pero si, lejos de entenderlo como el corazón muscular, se ve en él un Corazón que es formalidad y que es amor como principio y fuente, deja de ser una parte de María para ser –sencillamente- toda María, aunque vista –irrenunciable condición- bajo aquella formalidad que contradistingue, con especificidad propia y por tanto con legitimidad y sentido, la devoción al Corazón de María de la devoción general a la Santísima Virgen.

Cuarta. De la cuestión del objeto dependen, por consiguiente, de forma clara la cuestión de si nuestra devoción tenía o no tenía un carácter específico -si aportaba algo-, la cuestión de su legitimidad -si, aportando algo, eso que aportaba merecía la pena- y su especialísima relación con las otras devociones marianas –alma de todas las devociones a la Virgen-. Y, tal como Alonso resuelve la primera cuestión, las demás quedan segurísimamente fundadas.

Quinta. Y esta devoción, de apariencia material, es en realidad un culto «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23). En efecto, si logramos entender el objeto, resulta ser una defensa, exaltación y celebración de la primacía de la gracia sobre la naturaleza en María, de lo espiritual sobre lo corporal [6], en el mismo orden de ideas en el que San Pablo exalta la «circuncisión del corazón» sobre la de la carne (cfr. Rom 2,28-29; cfr. Jer 4,4; Hch 7,51), en el que «el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón» (1 Sam 16,7) y en el que el propio Jesús tiene en más alta estima la santidad que la maternidad de su madre (cfr. Mt 12,46-50; Mc 3,31-35; Lc 8,19-21; Lc 11,27-28 y los comentarios de San Agustín [7] y otros padres). Residenciar todo en un núcleo espiritual –y la historia de la piedad ha optado por el Corazón- es tanto como extraer la quintaesencia de cada uno de los aspectos de la persona, de las cualidades y de los episodios vitales de la Virgen María.

Sexta. Y es justamente la percepción del amor y de la santidad de María, que en su Corazón tenemos, lo que hace de la espiritualidad cordimariana la vocación hacia la que toda otra devoción y espiritualidad mariana está internamente llamada a crecer.

Séptima. Al final, una devoción que parecía ser una especie de idolatría carnal resulta ser, por el contrario, ese culto «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23) que el Maestro quiere y que es lo propio del cristianismo, el cual es una religión del corazón.

Octava. Y el Corazón de María es, según ha podido verse, la quintaesencia o la condensación de lo mariano.

La devoción al Corazón de María es la devoción a María vista en su Corazón. Incluso, por eso mismo, la devoción al Corazón de María es el corazón de la devoción mariana en general, y el corazón de todas las devociones a María.

Alma, en fin, de todas las devociones a la Virgen.


Y hasta aquí hemos podido llegar. Qué le vamos a hacer. «El corazón tiene razones que la razón no entiende» (Pascal), y el de María desborda los misterios. Una vía nos falta, para empezar a saber algo:

Decía algún santo que a Dios, se lo busca leyendo y se lo encuentra orando. Buscad en vuestra oración, y más que nunca hoy, quién es, cuánto nos ama, qué os pide, el Corazón de María: esa efusión de divinidad que se nos entrega en la humanidad de esta siempre madre en la que Dios os llama.


Índice bíblico de las seis entregas 


Gén 28,12 – 4

1 Sam 16,7 – 3, 6

Sl 44,14 – 1, 6

Cant 8,6-7 – 5

Ecclo 24,25 – 5

Is 35,8-10 – 3

Jer 4,4 – 6

Ez 36,26-27 – 6

Os 11,4 – 5

Mt 5,13 – 5

Mt 12,46-50 – 6

Mc 3,31-35 – 6

Mc 7,21 – 1, 6

Lc 1,38 – 4

Lc 2,19 – 1, 2, 3, 4, 5

Lc 2,35 – 1, 3 (2)

Lc 2,51 – 1, 3, 5

Lc 8,19-21 – 6

Lc 11,27-28 – 6

Jn 4,23 – 2, 6 (2)

Jn 19,34 – 3

Hch 7,51 – 6

Rom 2,28-29 – 6

1 C0r 13,1-3 – 1

1 Cor 13,2 – 6

1 Cor 13,3 – 6

2 Cor 6,11-13 – 2

1 Jn 4,8 – 5 (2)

1 Jn 4,16 – 5 (2)

1 Jn 4,16 – 2

1 Jn 4,19 – 2

Ap 21,3 – 4


[1] El secreto de María, n.º 52. Sociedad Grignion de Montfort-COMBEL, Barcelona 322005, 62.

[2]  El Corazón de la Inmaculada, «Verdad y Vida» 15 (1957) 332-333.

[3] El Corazón de la Inmaculada, cit., 334-335.

[4] Fray Luis de León describe la santidad como una «santa concordia del alma» y un «componer entre sí y con Dios las partes secretas del alma, concertar sus humores e inclinaciones» (Los nombres de Cristo, Espasa-Calpe, Madrid 1943, III, 178).

[5] A este propósito de la participación de María, es bueno recordar que hacia 1911 nuestro Señor Jesucristo, en manifestación a Berta Petit, le hacía saber su preferencia por la denominación Corazón Doloroso e Inmaculado sobre la de Corazón Inmaculado (de María). Le explicaba su deseo de que se exaltara antes lo que en ese Corazón había de mérito personal -porque la com-pasión de la Virgen fue voluntaria- que el don gratuitamente concedido a la María que comenzaba sin entender de su perfección. Sencillamente, Jesús es Hijo, y quiso que se subrayara más lo que hizo ella que lo que -en cuanto Dios- hizo Él al crearla.

[6] «De nada hubiese servido a María su cercanía de madre si no hubiese llevado con mayor fecundidad a Cristo en su corazón que en su seno» (S. Agustín, De sancta virginitate, 3: Migne, Patrologia Latina, 40, 398). Alonso glosa a S. Agustín: «…ni la Madre hubiera llevado a tal Hijo en su seno, sin antes haberlo llevado en su Corazón: toda la teología de la maternidad divina tiene un subsuelo caliente bajo el rescoldo del Corazón de María» (La Consagración al Corazón de María, cit., 49). El Verbo divino no entró en este mundo por el vientre de María: entró por el Corazón de María.

[7] «Es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo» (S. Agustín, Sermo 25: Migne, Patrologia Latina, 46, 937-938.


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