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ALMA DE TODAS LAS DEVOCIONES A LA VIRGEN-V

21 junio 2014

VIAJE AL CENTRO DEL CORAZÓN DE MARÍA

 

Forma serie con
Alma de todas las devociones a la Virgen-I
Alma de todas las devociones a la Virgen-II
Alma de todas las devociones a la Virgen-III
 Alma de todas las devociones a la Virgen-IV

Alma de todas las devociones a la Virgen- y VI


La devoción al Corazón de María es la vocación de todas las devociones marianas (Alma…-I). Lo es porque las informa, interioriza y purifica (II). El Corazón de María no es el corazón orgánico (III); probablemente lo central en esta devoción es el carácter sacramental del Corazón de María, que lo convierte en punto de contacto entre los hombres y la divinidad: mediación de ida y vuelta (IV). Ahora, ya, con todo el rigor y todo el amor que resulten posibles, intentaremos alcanzar profundidades que, aunque hasta cierto punto puedan verbalizarse, no hay que olvidar nunca que de suyo son abismales e inaccesibles. Es que hablamos de María. En esta penúltima fase de nuestra expedición, aclaramos de dónde hay que partir y luego consideramos el Corazón como la interioridad de María y como María en funciones de amor.


«Ponme cual sello sobre tu corazón […]. Porque es fuerte el amor como la muerte, implacable como el seol la pasión […]. Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo»
(Cant 8,6-7).

«Decíamos ayer» que el Corazón de María es un Corazón inmaterial, que es un sacramento o índice, lugar de encuentro con Dios, con el Espíritu Santo, lugar de mediación, punto de cita. Y que esto comportaba dificultades, justamente por el maravilloso entretejerse de lo humano y lo divino en este Corazón, en esta devoción, que constituye su secreto y su Puente.

«Decíamos ayer» (como seguramente nunca dijo Fray Luis de León) que el corazón orgánico es un vehículo; un vehículo ¿adónde? Es lo que interesa. Es un signo; ¿qué significa, Don Miguel?

Uno. Ha de ser bien abierto nuestro entendimiento del Corazón de María, a fin de que puedan compartirlo cuantos más mejor. Pero no se puede decir cualquier cosa. De entrada, no puede admitirse la identidad -sin más- entre el Corazón de María y María; para eso, cerrábamos el chiringuito. Si no hay diferencias entre María y el Corazón de María, suprímase inmediatamente la devoción al Corazón de María por ociosa. Una persona no suele tener dos nombres. El desconocimiento de lo que pueda ser eso del Corazón de María es lo que lleva a su equiparación con María, y eso supone cancelar y hacer inoperante la devoción al Corazón, que no es legítima porque no es nada específico. «Pero si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará?» (Mt 5,13). El P. Alonso lo sabía muy bien: en este caso al menos, con conocimiento y doctrina.

Dos. Lo único que es honrado y tiene sentido, si hablamos de Corazón de María, es partir del valor que se atribuye al corazón: su significación natural en la cultura. Mi intuición es que el busilis del asunto está ahí -y que además lo veremos-: el elemento más a nuestro alcance -corazón, madre: ¿hay algo más humano, más pegado a nuestra mismísima piel de terrícolas con amores e hipoteca?; ¿algo más comprensible para nuestra cortedad?-, eso mismo es el vehículo para llegar a lo más sublime de la sublime divinidad: una increíble, totalmente insospechada nave espacial.

Porque el Dios que se ha hecho hombre hace humano en su Corazón de Hombre su amor divino, y nos ama también en el femenino de su madre, y en los dos nos atrae como los hombres podemos entender. «Con vínculos de afecto los atraje, con lazos de amor. Era para ellos como quien alza a un niño hasta sus mejillas, y me inclinaba a él y le daba de comer» (Os 11,4). Amor es el lenguaje que entienden todos. Y a esto no admitirá esta redacción réplica alguna. La Encarnación es hacerse carne un Dios que «es Amor» (1 Jn 4,8.16) para que conozcamos el amor en el lenguaje que entiende nuestra carne. Y si apuramos (es lícito) el pasaje de Oseas que aplicamos al Corazón de María (lícito es), apreciamos que en este Corazón Dios baja a nosotros. Lo más inteligible para el terrícola hipotecado es y será siempre la madre, y la madre es su corazón [1].

Y apreciamos, al mismo tiempo, que en este Corazón -tan especial, tan espacial- el hombre sube a Dios, porque el amor de Dios hecho luminaria en el Corazón de María tiene más fuerza de atracción que la fuerza de atracción de todos los planetas, así en lo físico que nos desgasta los zapatos como en lo espiritual donde roen esas pasiones que, hasta que acojas (tú) de verdad a ese Corazón [2], te frustran y te entristecen la vida, y te la ponen -yo no sé- quizás en peligro de infierno.

Si tengo razón, es esa significación tan humana y tan universal del Corazón de María la que hace de él el símbolo que está llamado a aprovechar a todos -porque todos podrán entender- para el gran acceso. Y no otra cosa intentan el Dios Amor, la Virgen madre, la Virgen de Fátima. Si es tan humano eso de que las madres besen, y si en el Corazón de María -ese beso- es el cielo quien besa a la tierra, entonces, señores, no hay más que hablar, y «el Corazón de María es el lugar de cita entre la humanidad y la divinidad» [3].

Esto, pues, ¿es actual, o son cromos decimonónicos?Buscamos una Nueva Evangelización antropológica, o, en cristiano, buscamos que puedan entendernos; y una madre se entiende desde mucho antes de que los hititas salieran del agujero de alguna piedra. Y por eso digo que el busilis de la cuestión está ahí, y que el Corazón de María está llamado a ser la bandera del movimiento mariano que caracteriza nuestro tiempo y que nos ha de salvar. Queda dicho

«en román paladino,
en el qual suele ome fablar al su vezino».

Tres. Para que esto sea posible -para que haya una adecuación entre eso celeste y nosotros humanos, y entonces los humanos puedan ensamblarse con esa nave-, hay que entender el corazón como culturalmente se entiende. Este es un punto central. Y el corazón ha sido considerado, desde tiempos relativamente recientes, como sede de los afectos y señaladamente el amor. Pero también, de muchos siglos antes, predominó su consideración como centro de la vida orgánica, y, por ampliación, de la interioridad del hombre y de su fondo más último y cabal. El P. Alonso habla de órgano manifestativo del amor y de resonador del amor [4], pero también, con precisión, “del Corazón [con mayúscula], símbolo del centro del ser, y órgano de la vida espiritual como el corazón [con minúscula] de carne lo es de la vida sensible” [5]. Hay diferencias, ya que el amor es interioridad, pero ni muchos menos toda la interioridad. Y, si nos ponemos a mirar, en el corazón de muchos no hay casi amor, en el de otros, es posible que ninguno, muchos no tienen apenas interioridad, etc.

Bien sabemos que la preferencia por el símbolo amoroso es más propia de nuestra actualidad post-romántica. Pero hasta la modernidad no fue así. Piénsese bien en lo que queremos decir cuando pedimos que alguien se ciña «al corazón de un problema»; piénsese qué es el «corazón de una manzana» o el de una teoría científica. Y sépase que, en la Biblia, el corazón designa siempre o casi siempre la interioridad del hombre con independencia del amor, su estrato más profundo, donde Dios lo conoce y juzga y donde él se encuentra con Dios o lo rehúye; y que en ocasiones el amor es designado, no con el corazón, sino… con los riñones.

Y Alonso acoge ambos significados, con una preferencia, no muy marcada, por el de la interioridad. Pero no una interioridad estática, sino fontal, como un principio. Y señala que si es amor, es, antes que el amor de sentimiento, el amor como bonum diffusivum sui -ese bien que se difunde necesariamente-, y culmina con la alusión a 1 Jn 4,8.16: «Dios es amor» [6]. Y yo creo, y vosotros también, que Dios tiene Corazón; pero yo creo, y el P. Alonso me lo explicaría mejor, que en ese Corazón es superior el amor ontológico, de bonum diffusivum sui que, por ejemplo, crea, al amor psicológico, que en Cristo como Hombre no ofrece problema, pero en Dios habría que explicar, porque Él es inmutable [7].

S. Juan Eudes, el guía de Alonso, explica esa condición del Corazón de María de origen, fuente o principio de la persona de la Virgen:


Su corazón es la fuente y el principio de todas las grandezas, excelencias y prerrogativas que la adornan, de todas las cualidades eminentes que la elevan por encima de todas las criaturas, como el ser hija primogénita del eterno Padre, madre del Hijo, esposa del Espíritu Santo y templo de la santísima Trinidad […]. Quiere decir también que este santísimo corazón es la fuente de todas las gracias que acompañan a estas cualidades […] y además que este mismo corazón es la fuente de todas las virtudes que practicó […]. ¿Y por qué su corazón es la fuente de todo esto? Porque fueron la humildad, la pureza, el amor y la caridad del corazón los que la hicieron digna de ser la madre de Dios y consiguientemente poseer todas las dotes y todas las prerrogativas que han de acompañar a esta altísima dignidad [8].



Deseamos honrar en la Virgen madre de Jesús no solamente un misterio o una acción, como el nacimiento, la presentación, la visitación, la purificación; no sólo algunas de sus prerrogativas, como el ser madre de Dios, hija del Padre, esposa del Espíritu Santo, templo de la santísima Trinidad, reina del cielo y de la tierra; ni tampoco su dignísima persona, sino que deseamos honrar en ella ante todo y principalmente la fuente y el origen de la santidad y de la dignidad de todos sus misterios, de todas sus acciones, de todas sus cualidades y de su misma persona, es decir, su amor y su caridad, ya que según todos los santos doctores el amor y la caridad son la medida del mérito y el principio de toda la santidad [9].


Sea como sea -amor o, con el amor, toda la interioridad-, la última interioridad de María está, lo sabemos, encendida en el amor más ardiente; la elección podría ser innecesaria. Alonso define el Corazón de María como «toda su vida interior fundamentada en el amor» [10], y parece neutralizar así, hasta cierto punto, las diferencias y la pregunta. Y yo veo eso perfectamente reflejado donde Lucas nos dice que «María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón» (Lc 2,19) y que «su madre guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51), ya que sin duda las guardaba en una interioridad (¡no se guardan cosas fuera!), pero solo podía haber una razón para guardarlas: que las amara. Y cátate que Lucas ha necesitado, para expresar una cosa con la otra, el vocablo corazón.

El Corazón es amor y es interioridad, y ambos se unifican perfectamente en la unidad de rango sobrenatural de que luego hablaré más. Visto así, y atendida la condición de principio que -con Juan Eudes y con Alonso- reconocemos tanto a la interioridad [11] como al amor, no extrañará que en el Corazón de María se pueda ver también, y Alonso vea, lo que a mí me parece ser el despliegue de esos principios que son un solo principio. De manera que, en planos (como cinematográficos) sucesivamente más amplios, Alonso también entiende el Corazón como la afectividad en general, la vida intelectiva en cuanto impregnada de amor, la interioridad formalizada por el amor, por último la persona misma en cuanto principio de actos de amor. Ya se ve que su entendimiento del Corazón de María es extremadamente abierto, y no voy a hacer comentario de lo conveniente que esto resulta.

Quedemos de acuerdo en algo antes de las bofetadas: el Corazón de María no es un órgano, sino un principio; no un objeto (menos una cosa), sino una formalidad o modo de considerar: la formalidad de ver a María Santísima de una manera entre otras posibles, a saber, desde el punto de vista de su amor. El Corazón de María es «ver a María a través de su amor» [12]. Es, dice Alonso, la persona de María en cuanto principio de actos de amor [13], el amor en cuanto configura la persona de María. Y nótese bien: no «la persona de María», no «el amor de María»: «la persona de María en cuanto la consideramos como principio de actos de amor».


[1] «Dios habla a los hombres a través de esa belleza única llamada María, Madre de Dios y Madre nuestra» (S. Juan Pablo II). «Y quieres a todos con amor materno, que fluye del mismo corazón de Dios Amor» (Benedicto XVI, Fátima, 12-V-2010: L’Osservatore Romano, 16-V-2010, 12). «La soberana influencia que ejerce la Virgen en las almas es más eficaz que la del mismo Dios (…), no porque Dios Nuestro Señor sea menos poderoso que la Virgen, ni porque tenga menos atractivos, lejos de mí semejante absurdo, sino porque ha confiado a la Señora el ejercicio de la virtud subyugadora de aquella fuerza soberana» (Sor Ángeles Sorazu, Opúsculos Marianos, I; cit. en [Juan Lladó], Manual de los Grupos de Esclavitud Mariana de Amor, de oración y estudio, Sociedad Grignion de Montfort-ESINSA, Barcelona 1993, 134).

[2] Y entiéndelo en los términos en que lo llevamos dicho: el Corazón de María como vocación de toda devoción mariana auténtica, que las informa, interioriza y purifica todas, a la cual todas tienden por naturaleza; y que, por un lado, no hay necesidad (ni en absoluto obligación) de que se mencione ni cultive como devoción expresa -sino según su sentido-, pero, una vez descubierto, sería poco razonable rechazar. Suma a esto, ahora, la necesidad, absoluta en la práctica, de la devoción a María para la santidad y para la salvación; pero para no extenderme me limito a contarte, sobre lo primero, que la Iglesia en la liturgia (que como Tradición es Revelación) aplica a María las palabras «En mí está toda esperanza de vida y de virtud» (Ecclo 24,25); sobre lo segundo, que San Buenaventura sentencia que «María se llama puerta del cielo porque ninguno puede entrar en el cielo si no pasa por María, que es como la puerta» (cit. por S. Alfonso María de Ligorio, Las glorias de María, I, V, 4).

[3] B. Laura Montoya. Cit. por Juan Esquerda Bifet, El Corazón de María, memoria contemplativa de la Iglesia, «Marianum» 66 (2004) 681.

[4] Carne y espíritu en el culto al Sdo. Corazón de Jesús, «La Ilustración del Clero» 49 (1956) 409.

[5] El Corazón de María en S. Juan Eudes-I, COCULSA, Madrid, 205.

[6] Cfr. La Consagración al Corazón de María, acto perfectísimo de la virtud de la religión. Una síntesis teológica, introd. a José María Canal, La Consagración a la Virgen y a su Corazón-I, COCULSA, Madrid 1960, 41-42.

[7] «Vivimos demasiado contagiados por las novelas románticas y no nos damos cuenta de que la palabra “amor” en los labios de Dios tiene un sentido muy distinto del que tiene en los de un soldado que dice ternezas a una niñera» (José Luis Martín Descalzo, La frontera de Dios, Destino, Barcelona (5) 1957, 94). Dios sabe más.

[8] El Corazón admirable de la Madre de Dios-I, introd., trad. y notas de Joaquín María Alonso, COCULSA, Madrid 1958, 132-133.

[9] S. Juan Eudes, La dévotion au très saint Coeur et au très sacré Nom de la bienheureuse Vierge Marie, en Oeuvres complètes-VIII, éd. Lebrun-Dauphin, Paris 1902, 435.

[10] Relationes Immaculati Cordis B. M. Virginis ad Personas Ss.mae Trinitatis, en Academia Mariana Internationalis, Alma Socia Christi (Acta Congressus Mariologici-Mariani Romae Anno Sancto MCML celebrati), vol. VI/II: De Corde Immaculato B. V. Mariae, Romae 1952, 74.

[11] Y recuérdese que el arjé de los primeros filósofos, el principio, era aquello de donde todo venía, pero al mismo tiempo aquello que formaba el substrato de todo, aquello en que todo consistía.

[12] José Ruiz López, Inmaculado Corazón de María. Consagración y reparación, inéd., 18.

[13] Cada vez estamos viendo más clara la especificidad –de la cual depende la legitimidad, el sentido- de la devoción, o, por decirlo más llanamente, la diferencia entre María y el Corazón de María; el Corazón de María es algo, y ya se está viendo también que es algo altamente relevante.


8 comentarios leave one →
  1. Conyáglez permalink
    22 junio 2014 17:00

    ¡Gracias, Padre Miguel! Dios le bendiga cada instante de su vida.

    C. Yáñez

    Me gusta

    • 22 junio 2014 18:28

      Gracias a ti, Conyáglez. Pero agradezco más los comentarios que hacen avanzar el pensamiento. ¿Qué opinas de lo escrito?

      Me gusta

  2. 19 junio 2015 5:45

    Reblogueó esto en Virgen Peregrina del Barrio San Joséy comentado:
    Quinta entrega de “Alma de todas las devociones”. Una Madre-un Corazón. Nos subimos a la nave del amor para viajar al centro del Corazón de María desde el cual subiremos hasta Dios.

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