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«¡ERA VERDAD!», O MI PREGÓN PASCUAL

20 abril 2014

“Porque cuantas promesas hay de Dios, en él (Jesús) tienen su sí”

(2 Cor 1,20).

“Porque la visión aguarda su tiempo, aspira a su fin, pero no defrauda; si se demora, espérala, pues de cierto llegará sin falta… El justo vivirá por su fidelidad” 

(Hab 2,3-4).

“El optimismo cristiano es casi un dogma”

(Aurelio Fernández).

No dejéis de pinchar en La alegría infinita

 Mi nube, mis gominolas, y dos palabras para resumir la vida 

 

Algún cerebro tiene dicho que «muchos rechazan al Dios en Quien debieran creer porque se lo representan en imágenes que nada tienen de reales».

Otro, Tertuliano (esta vez me lo sé), dijo que «dejan de odiar cuando dejan de ignorar».

San Judas menciona -nada menos- a quienes «maldicen lo que no conocen» (Jds 10). Que ya es cara dura.

Porque -¡actualísima verdad!- «perece mi pueblo por falta de conocimiento» (Os 4,6).

Todo esto, para decir que, en grandísima parte por culpa nuestra, no lo han entendido. ¿Diré que nosotros tampoco?

Un año antes de nacer usted y yo, podríamos haber discutido hasta nacer si la vida iba a ser una sarta de horrores o un paraíso de gominolas. No sabíamos si teníamos usted y yo que suicidarnos antes de nacer, o ir al médico para que nos vacunara de cualquier posibilidad de muerte prenatal. Era imposible. Cualquiera de las dos posibilidades era, desde nuestra nube, igualmente válida.

Estamos hablando de religión, feo vicio de los curas en los blogues de religión. Vengamos a lo que está pasando estos días. Yo estoy hoy con mi Virgencita acompañándola bien -porque me encuentro mal-, entre ayer, Viernes Santo en que el de la Vida murió, y esta noche, Domingo, en que el Muerto vivirá.

Y me acuerdo -oiga- de mi nube, y ya voy entendiéndolo: la vida no es muerte, sino Vida. Podía haber sido muerte. Pues mire: parece que tenían razón las gominolas.

¿Sabéis cuál es para mí un estupendo resumen de la vida cuando se es cristiano? Una afirmación que me resulta maravillosa, cuando los de Emaús corren a contarlo, y se encuentran a todos los Once y más, «que decían: ¡Era verdad! El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón» (Lc 24,34).

Emaúsos y emaúsas míos, queridos Pedros y pedruscos, Onces y Oncemiles (que no sabéis que en un pueblo de mi provincia hay un restaurante famoso llamado Once Brutos): cuántas veces discutimos en la nube, y cuántas, descendidos ya y venidos, puestos a prueba por esta vida que nos tronza y desgarra hasta extremos inimaginados, hemos sido tentados de dudar. Y de decir que no: que el otro de la nube llevaba la razón, que esta vida era la muerte, que había que defenderse de ella, o esconderse como se pudiera, o capear el temporal poniéndose uno a salvo de sí mismo. Oigo cómo todos a coro me decís que os ha pasado, que sí, que sí.

Oigo también el clamoreo inconfuso de la multitud que, porque «perece por falta de conocimiento», concibe nuestra fe como la Cruz-y-Punto, la vida como la sarta de horrores; la fe es una retahíla de negaciones; la anti-vida, a precio de una súper-vida que está después, pero no hay manera de creerse. El cristianismo es una moral, la moral es una moral del sexo, la moral sexual es una tabla de prohibiciones, los curas son malísimos, la Inquisición, las Cruzadas, el oro del Papa… Los oigo, los oigo; no saben más (o menos). Piensan otros por ellos. Los manipula el otro de mi nube. Los oigo perecer, porque «mi pueblo perece por falta de entendimiento».

Pero, ¡de súbito!, como un clarín imperial sobre una tormenta, oigo sobreponerse a cualquier cosa que exista el alarido estridente, triunfal y concorde de los Once y de la Iglesia de los tiempos, mientras nos explotan de júbilo las venas, los ángeles, los poetas y las gominolas todas que en el mundo han sido, al proclamar: «Sí, ¡era verdad!»

«¡Era verdad!» Pudimos tener un Dios de la Muerte, de infierno en ristre y que nos sacase los riñones. Pudo ser verdad “el Señor ha muerto y no se ha aparecido a Simón”. Pudimos, qué sé yo, tener la religión de la negatividad que los manipuladores les hacen suponer para que (amigo Tertuliano), para que odien, pero bien.

Pero  lo que es verdad es todo lo otro. La resurrección de Jesús -que «muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando nos ha devuelto la vida» (Prefacio Pascual I)- es el sí de Dios a todas las palabras amables que imaginarse puedan. Lo dijo San Ireneo con frase imperecedera: «La gloria de Dios es que el hombre viva, y la vida del hombre es la visión de Dios». El hombre sin Dios está incompleto; lo pasmoso es que Dios lo esté si no ve que el hombre ríe, y juega y gana, y se enamora y casa, y gana dinero, y… y si es mujer, tiene unos buenos pintalabios, y si es niño un balón y un perro. Muy por encima de eso, nos sueña santos, y al cielo, y gol por la escuadra, y eso sí que será la vida. Eso sí que será la vida. La que «es verdad» de verdad. Las gominolas han nacido de la Resurrección.

Cómo creerse el cuento si existen la blasfemia y el cáncer 

 

«En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad:

yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

Cualquiera dirá: «Si eso es así, ¿¡por qué yo sufro tanto!? ¿Por qué el hambre, las guerras, el paro…, Ucrania…, pecado innumerable…? ¿Qué cuento de hadas nos estás contando, farsante?»

Partamos de la base de que yo también sufro. Pero ahora, a las explicaciones.

Tomamos tres textos bíblicos mientras os recuerdo que la Palabra de Dios siempre será más verdadera que cualquier dolor. El primero es -nada menos- del Magnificat de María:

«Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos» (Lc 1,52-53).

¿Deberemos escoger entre la Biblia y el periódico?

El segundo es de San Pedro:

«La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas» (1 Pe 1,5-6).

El tercero es de San Pablo, pero nos lo presentará Benedicto XVI:

           «”Spe salvi facti sumus – en esperanza fuimos salvados, dice san Pablo a los Romanos y también a nosotros (Rom 8,24). Según la fe cristiana, la “redención”, la salvación, no es simplemente un dato de hecho. Se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino» (enc. Spe salvi, de 2007, n.º 1).

Cuando mi Amor resucite esta noche, no desaparecerán de súbito ni el cáncer ni la blasfemia. Los tronos de los tiranos seguirán donde están, los millones seguirán con su hambre, y usted con su cáncer. Hasta aquí, el periódico tiene razón… en su lugar correspondiente. Pero por encima de eso el Resucitado, el Amor, habrá dejado una salvación en esperanza («en esperanza fuimos salvados») que, por no ser en esta fase “un dato de hecho”, sino una esperanza, «aguarda a manifestarse en el momento final», esto es, en la última fase. Y conste en acta que, como es obvio, la salvación se manifiesta ya, y enormemente, pero no plenamente; conste además que ese mal del que nos quejamos también está, aunque no plenamente, retenido hasta el momento último, si leéis 2 Tes 2.

La salvación nos deja esta noche su presencia -¿o no hay tantísimo bien natural y sobrenatural en el mundo?-, pero sobre todo su esperanza. Lo que se nos promete supera tanto a lo que ya se deja ver, que debemos soñar con el País de las Maravillas sin parar un momento. La Salvación genuina está en el futuro -«donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios» (Col 3,1)-, y nos envía sus rayos en forma de la esperanza de ella misma.

¡Cuántas gominolas en esta vida! ¡Infinitas gominolas en la que merece el nombre de vida!

– Padre, ¿y mi cáncer?

Su cáncer de usted es un cáncer redimido, salvado «en esperanza», porque si lo vive usted  «en esperanza», lo llevará a usted al País de las Gominolas donde el Amor tiene sed de usted.

– Padre, ¿y los tronos de los tiranos y el hambre de los niños? ¿Periódico o Biblia?

Ambas cosas, por supuesto. El periódico nos presenta ese mal, y la Virgen profetiza que ese mal, siendo mal, es camino para el bien: es esperanza. ¿O no se acuerda mi preguntante de las bienaventuranzas e imprecaciones?:

«¡Ay de vosotros, los ricos!, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!» (Lc 6,24); «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados» (Lc 6,20-21); «Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados» (Mt 5,4); «Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis» (Lc 6,21).

¡Y es que Jesús había aprendido mucho de María y José…! Fijaos en cómo señala que esos ricos (los sobreentiende avaros), etc., no pueden tener esperanza,  y a los que sufren (si sufren «en esperanza», claro), les adjudica el futuro. Y fijaos en la bienaventuranza mayor que la cual no puede imaginarse otra: «Bienaventurada tú que has creído, porque se cumplirá lo que se te anunció de parte de Dios» (Lc 1,45).El cáncer no nos sirve sin esa fe, sin esa esperanza.

«¡Era verdad!»

Nadamos entre el hecho que nos salvó y la consumación de la salvación que nos dio el hecho. Esa es nuestra bandera de esperanza, que incluye necesariamente que la esperanza se realice entre las angustias. Se suele decir que vivimos “en el ya sí, pero todavía no del cumplimiento prometido”.

Y mirad: Yo no trato -alguno lo habrá pensado- de defender a Dios a capa y espada, porque Él no me necesita. No trato de hacer cuadrar con regla y cartabón la vida, los misterios ni la fe. Solo quería, en el fondo, recordar que el tiempo de Dios no es nuestro tiempo, que sus misterios no vamos a entenderlos aquí, y que sin embargo, el absurdo y la contradicción no son los presidentes de la empresa.

Y, en cualquier caso, que Él sabe más, y también que tenemos que dejar a Dios ser Dios. Y esto, primero lo dije yo, y luego lo dijo Taulero en el siglo XVI.

Feliz Pascua de Resurrecciones -la de Él y la vuestra-, y recordad para siempre que -a pesar de los pesares- la dicha «¡era verdad!»

 

Termino de escribir después de la Vigilia Pascual. Regina caeli, laetare! Dedico el artículo, con alegría infinita, a los ocho adultos y dos hijos que acaban de recibir el Bautismo y ahora están aquí, en otro piso, haciendo lo que hacerse debe en casos tales: comer como bestias y beber y beber.

Porque, a partir de ahora, también para ellos resulta que «¡era verdad!»

 

 

 

5 comentarios leave one →
  1. Conyáglez permalink
    20 abril 2014 14:12

    ¡Felices Pascuas! ¡Feliz Domingo de Resurrección! Que Dios le bendiga cada instante de su hermosa y valiosa vida. Un abrazo. Connie Yáñez.

    Me gusta

  2. 23 abril 2014 10:55

    Yo, antes, no entendía nada. ¡Ahora lo entiendo! Antes quería no haber nacido ante los horrores de mi vida, y ahora lo entiendo: si no hubiera nacido, no tendría la posibilidad de salvarme e ir al Paraíso con mi queridísima Madre, que tanto me acompaña, y verr al Señor para toda la eternidad, que es el mejor premio! Ahora lo entiendo, pero hay que ser corta para tardar tanto, y me duele que gente muy querida no lo comprenda. La verdad, ahora es fácil, pero ¡cuánto se tarda en llegar, y qué cuesta arriba es el camino!

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