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NOVENA A LA INMACULADA. DÍA SEXTO

4 diciembre 2013

Queridísimos amigos, estáis de suerte. Os había preparado un día “de lo bueno, lo mejor, de lo mejor, lo superior” -¡dónde estáis, “Gomaespuma”!-, y el caso es que se me ha borrado. Tenía citas por todas partes, que era un primor o un primor de los que aburren.

Estáis de suerte, porque tengo que ordenaros, y como tengo que ordenaros os ordeno, que vayáis a Mariologia.org y recéis con eso. Así alguien, esta vez, me hará caso. Y, si cree que tengo razón en lo que iba diciendo estos días de esa página, que me lo ponga en una apostilla.

Maria Esperanza

11 comentarios leave one →
  1. 4 diciembre 2013 23:55

    Así dice la madre de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero: “Mi nombre es María Inmaculada, inmersa en la Trinidad”.

    Dios no podía hacerla más grande, la hizo como a Adán y Eva en el Paraíso, “sin pecado original”, pero muy superior a ellos. María tenía libre albedrío, pero no podía pecar, pues siempre ha estado inmersa en la Trinidad.

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  2. 5 diciembre 2013 23:20

    1. ¿Dónde lo dice, por favor?

    2. En cuanto al contenido, es válido. Santo Tomás llamaba a la S.ma Virgen “triclinium totius Trinitatis”, “reclinatorio de toda la Trinidad” (“Expositio salutationis angelicae”, 1).

    3. El contenido de la definición de la Inmaculada es que no tiene pecado original. Todos admitimos que no pecó una sola vez. Pero no todos entienden que “no podía pecar”: algunos entienden que “podía no pecar” y realizó esa posibilidad. Yo no lo sé. Desde luego, es muchísimo más grandiosa la segunda posibilidad (libertad realizada plena y perfectamente, santidad con mérito, y mérito incalculable); por otro lado, la primera nos la aleja… en la medida en que ya no nos es imitable: ojo con subirla sobre las nubes, porque acabamos por no verla ya.

    Y, sin embargo, ¿se puede pecar sin pecado original? Parece ser que sí, y si no, que le pregunten a Eva.

    Digo, pues, que no lo sé, y que se tomen mis argumentos como una mera opinión.

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  3. 7 diciembre 2013 5:58

    [La numeración la pongo yo.]

    Muy querido Padre Miguel en nuestro Señor Jesucristo:

    1. Responder a sus opiniones hace parecer que emprendo contra usted una batalla, y no es así, sino que le ensalzo dándole conocimientos, ya que le considero en el camino de la sabiduría un baluarte muy valioso, que crece y hace crecer en ella, porque es humilde, y además, estando ungido con el ministerio sacerdotal, ya no hay palabras.

    2. A su primera pregunta: Así dice ella: “Mi nombre es María Inmaculada Inmersa en la Trinidad.”

    3. Puede ser de Santo Tomás, pero no es apropiado, y al mismo tiempo ambiguo, su decir: triclinium totius Trinitatis, “reclinatorio de toda la Trinidad” (Expositio salutationis angelicae, 1).

    4. Me alargaría mucho diciendo aquí.

    5. Comienzo con el siguiente preámbulo. Los Ángeles fueron creados en la Luz creada de la a; Adán y Eva, en la Tierra Paraíso, o sea, que fueron puestos en la Creación y no veían a Dios: de lo contrario no hubieran podido pecar, aunque fueron creados con tal maravilla de perfección, que tenían potencia para no utilizar su libre albedrío contra su Creador. Pero es que a la gente no le cabe en la cabeza la maravilla de Dios de haber hecho a sus criaturas con libre albedrio.

    6. María no fue puesta en la Creación, sino siempre inmersa en la Trinidad, preservada en el Fuego Trinitario donde no podía pecar, y, como criatura creada, con la maravilla del libre albedrío. Como Reina de todo lo creado, dijo el “sí” con un conocimiento tan grande que ni concebirlo podemos; eso sí, Dios le ocultó que sería la Madre del Mesías.

    7. Estimado Padre, sobre su decir del mérito. El que está lleno de Dios no tiene mérito en lo que hace. En esas intensidades de Dios, se es alabanza, adoración en su nada, agradecimiento y correspondencia a los dones de Dios.

    8. María Inmaculada, Inmersa en la Trinidad y, por otro lado, creada con libre albedrío, correspondió y “corresponde” totalmente cumpliendo la voluntad del Padre en la perfección más absoluta.

    9. Si se hubiera sentido con méritos ante Dios, no sería la criatura humilde del Magnificat y al mismo tiempo la explosión de alabanza y declaración de los dones de Dios.

    10. “Humildad es tener la osadía de cumplir la voluntad de Dios”. La verdaderamente humilde, María, Madre de Dios, cumple la voluntad del Padre, con su libre albedrío encendida en el fuego de Dios.

    11.Y mire que digo cumple, porque sigue trabajando ¡y de qué manera! para la inminente realidad del Reinado de Jesucristo aquí en la Tierra, sí, aquí en la tierra, y con procreación (el tan negado milenarismo). La Nueva Tierra se inicia con doble intensidad que cuando Adán y Eva en el Paraíso, e irá creciendo en luz (finura de la materia) hasta el Pentecostés Universal, dando comienzo al Séptimo Día de la Creación (cfr. Gén 2,1-3), en que toda la Creación o Esfera Universo es ascendida a la Gloria. La materia, transfigurada, y los cuerpos humanos, divinizados, dejan de ser materia. La humanidad de Jesús Resucitado ha vuelto al Padre Divinizado a la totalidad de Dios (es torpe este decir, porque Dios no tiene medida). Y decir, por comparar, que el cuerpo de María, Madre de Dios, está divinizado a la mitad de Dios, no puede ser más porque sería como Dios, no pudo hacerla más. ¿Llegamos a esa mitad?… ¿Podemos alcanzar el infinito de las matemáticas?

    12. Aclaro: como viadora en esta tierra, María Inmaculada tuvo tanta capacidad de sufrir como fuego de Dios que llevaba. Estaba al pie de la cruz asentada en sus virtudes.
    Como es gozo escucharla, como regalo de la Graciosa Señora (llena de Gracia), expongo el

    13.MAGNIFICAT
    (Lc 1,46-55)

    46 “Proclama mi alma la grandeza del Señor,
    47 se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador;
    48 porque ha mirado la humillación de su esclava.
    Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
    49 porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
    su nombre es santo,
    50 y su misericordia llega a sus fieles
    de generación en generación.
    51 Él hace proezas con su brazo:
    dispersa a los soberbios de corazón,
    52 derriba del trono a los poderosos
    y enaltece a los humildes,
    53 a los hambrientos los colma de bienes
    y a los ricos los despide vacíos.
    54 Auxilia a Israel, su siervo,
    acordándose de la misericordia
    55-como lo había prometido a nuestros padres-
    en favor de Abrahán y su descendencia por siempre”.

    14. El hablar de méritos personales corresponde a nuestra imperfección, a un “te doy porque me das”. Pobre, muy pobre es, el que va a Dios con sus riquezas, con sus méritos, pues su espíritu todavía no ha llegado.

    15. Solo están los méritos de Jesucristo, como Dios que es. Podemos imitar a la Santísima Virgen, pero no ser como ella. Sí podemos, por los méritos de Cristo, ser perfectos y pasar de esta tierra a la Gloria. Miremos al buen ladrón Dimas. Él no tiene ni conocimientos ni bases ni fórmulas, tan solo el impulso de mirar al Señor, y lo miró desde toda su vida pecadora, y lo encontró como la esencia más pura y más viva que hombre atesora, porque descubrió el Amor, y ya no hacían falta palabras, ni siquiera obras, sólo morir en ese Amor. “Acuérdate de mí.” Y se llenó su pecho del efectivo hecho de saberse en los brazos de Dios.

    16. Nuestra Señora es ejemplo de imitación como nadie, pero nunca de “igualación” si esta expresión se equipara con “imitación”.

    17. “Subirla sobre las nubes” es una ofensa a la Criatura creada por Dios por encima de toda la Creación. No hay desplazamientos en el Universo, ni Moradas de la Gloria, que correspondan a ella, pues las moradas son grados y en María no hay grados. Ella es el máximo poder creador de Dios, no la podía hacer más grande porque habría sido como Él.

    18. Cuanto más en Dios una criatura esté, más está en todos y más es de todos.
    María, Madre de Dios, está tan alta, tan luminosa, “la mujer vestida de sol” (Ap 12,1), que siendo criatura creada, está totum símil con cada uno de sus hijos, todos nosotros.

    19. San Juan Evangelista y a los que Dios ha concedido el ver a Su Madre vestida de Sol pueden concebir quién es María Inmaculada. ¿Y si lo dice Ella?

    20. ¿Mérito ser receptivos de los dones de Dios? ¡Qué ruines somos! Dios no creó al hombre para que hiciera méritos. Adán y Eva, antes de pecar, no tenían méritos.

    21. Estando injertados en Cristo Jesús, como el sarmiento en la vid, sí que podemos imitar a María Santísima, pues aquí nuestra voluntad es movida por el Espíritu, porque hemos nacido al Espíritu.

    22. Si no queremos entrar en la inimaginable realidad con que fueron creados Adán y Eva y todo lo medimos desde la dimensión de nuestra naturaleza caída por el pecado original, es natural que se haya llegado a aceptar la teoría de la evolución, y con el agravante de negar las Sagradas Escrituras. ¡Cómo achicamos a Dios, y qué tristezas produce en el hombre Satanás con sus engaños!

    23. ¿Soy motivo de condenación por conocer así a María Inmaculada? Pues que me condene la torpeza del pensamiento humano, porque yo no la puedo cambiar, la Iglesia no puede condenarme, la Madre de Dios es Madre de la Iglesia.

    24. Me he atrevido a esta extensión porque he visto en usted artículos y apostillas muy largos y, como puede ver, no solo he respondido a usted, sino a muchos. Gracias por su celo y su amable atención. Con su bendición, que solicito. Atentamente.
    María Luisa Fontcuberta

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    • 11 diciembre 2013 0:37

      Amiga María Luisa:

      1. Qué bueno que, por fin, alguien quiera cambiar algunas razones de una manera sostenida y con elevación, cosa a la que muy poco se presta -según voy comprobando con amarga decepción- el ambiente decepcionante y frivolón de los blogues. Estoy pensando dejarlo, porque aquí a nadie suele interesarle la verdad: lo único que me dicen siempre es que sea breve; eso ¿qué puede significar, sino que solo buscan carnaval?

      2. Estamos, pues, manteniendo un intercambio de pareceres, y no vuelva a excusarse. Esto es lo que hace falta, y no los absurdos comentarios que dicen “¡qué bonito, Padre!”

      3. No puedo entrar en el fondo de lo que usted intentó explicar. No puedo, porque no se entiende. O yo soy muy lerdo, o usted no puntualiza bien lo que quiere decir. Quizá quiere decir -en lo principal del escrito- “María no pudo pecar”, pero no lo sé, porque usted defiende la tesis sin decir qué tesis es. Por otro lado, en realidad mi impresión es que no argumenta en realidad. Lo que hace es poner una tras otra afirmaciones que, en caso de que se aceptaran, conducirían a la tesis (si la supiésemos), pero esas afirmaciones no son argumentos, ya que las da por supuestas y no las prueba. Lo que digo no es general, pero, sin duda, son demasiadas las veces en las que no se sabe de dónde saca usted las cosas.

      4. En cuanto a encontrarse usted apartada de la fe de la Iglesia, por supuesto que es cosa gravísima en sí; no se lo niego. Pero no le preocupe lo más mínimo por lo que se refiere a la participación en este blog, ya que, aunque el resultado fue en seguida muy distinto, al empezar yo me proponía dirigirme en primer término, justamente, a los alejados. Es cosa que he necesitado aclarar en el “About”, que la invito a que mire. Al cabo, yo soy sacerdote. ¿Y no dice Jesús que no “ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”? ¿No lo vemos buscar a los ladrones y a las prostitutas y despreciar a los que profesan la “sabiduría”? Por estas razones, si usted se ha apartado de la doctrina de la Iglesia, usted ha ganado una casa, y esa casa es este blog.

      5. Quisiera hacer una observación sobre su párrafo 23. Usted, a la Iglesia que enseña cosas distintas de las que usted piensa, la llama “la torpeza del pensamiento humano”. La Iglesia no es eso; la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo; la Iglesia -dijo un teólogo- es “la permanente encarnación del Hijo de Dios”. La Iglesia es la presencia de Cristo y del Espíritu Santo (y, evidentemente, del Padre), y es la presencia que contiene aquellas otras presencias que se llaman: la Eucaristía (“La Eucaristía hace a la Iglesia y la Iglesia hace a la Eucaristía”), la Sagrada Escritura (ya que el Nuevo Testamento lo escribió la Iglesia, y el Antiguo, su preparación, y ya que ni usted ni yo hemos recibido la Escritura fuera de la Iglesia), los demás sacramentos (sin los cuales no hay salvación); el amor verdadero, que procede de conocer al Dios verdadero que nos enseña la Iglesia (cfr. 1 Jn); etc.

      La cabeza visible de la Iglesia es el Papa, y este es sucesor de Pedro, y sabe usted que Jesús dijo tres cosas bien interesantes: a) “Sobre esta piedra (Pedro) edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no la derrotarán”; b) “Yo he rogado por ti (Pedro), para que no desfallezca tu fe”, y nótese que la oración de Cristo es absolutamente infalible; c) “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, y aquí podemos preguntarnos cómo es eso posible, si ellos morirán al cabo de unos años: “vosotros” parece ser la sucesión apostólica que nos hace volver al principio y, por fin, decir que Cristo está con y en el Pedro de cada momento, y también, de distinto modo, en los obispos.

      Si ahora decimos que la Iglesia, con su cabeza, por supuesto, es “la torpeza del pensamiento humano”: o estamos negando la sucesión apostólica, y el probable sentido del “yo estaré con vosotros”; o estamos negando el primado de Pedro; o estamos negando la infalibilidad de la oración de una Persona divina…; o, más rápidamente, estamos llamando mentirosa a la Escritura -ya que Jesucristo no habría dicho esas cosas- o, si quiere, al mismísimo Jesucristo.

      Pero usted no tiene que preocuparse por ese problema. No hay ni hubo ni habrá necesidad de optar entre la Iglesia y María; o, mejor dicho, quien opta por una se aleja de las dos; en efecto, así como no se puede decir el famoso “Cristo sí, Iglesia no”, porque Cristo “amó a la Iglesia y se entregó por ella” (S. Pablo); tampoco se puede decir “María sí, Iglesia no”, a poco que se crea en la unión de María con Cristo.

      Y es bien cierto que las herejías, según demuestra la historia, nacen de un fondo muy bien intencionado de verdad, contienen en sí un núcleo potente de verdad, y es justamente eso lo que las hace más peligrosas. Entrando en el tema, la Iglesia que a usted parece crearle problemas es la cuna en la que María ha depositado su Niño. Y a la verdad que sabía lo que hacía, porque también la Iglesia es virgen y madre, como dice el Concilio. Existe en la Iglesia el “carisma mariano” como existe el “carisma petrino” (y lo dice un Pedro, Benedicto XVI). San Francisco de Asís llamaba a María la “Virgen hecha Iglesia”.

      El cristiano nace de la Iglesia porque nace de la Virgen, y a la inversa, del mismo modo que, en la sentencia de San León Magno, “el origen que Cristo ha tomado en el seno de la Virgen, lo ha puesto en la fuente bautismal; ha dado al agua aquello que había dado a la Madre. En efecto, la virtud del Altísimo y la sombra del Espíritu Santo que hizo que María diese a luz al Salvador es la misma que hace que el agua regenere al creyente” (Sermón XXV, “In Nativitate Domini”, 5). Pablo VI se ocupa de recordarnos que “los antiguos Padres enseñaron que la Iglesia prolonga en el sacramento del Bautismo la Maternidad virginal de María” (“Marialis cultus”, 19). Un hermoso testimonio: “Salve, oh Madre de Dios, María, venerado tesoro de todo el orbe, por cuyo medio se administra el santo bautismo a los creyentes, por cuyo medio tenemos el óleo de la alegría, por cuyo medio han sido fundadas en todo el mundo las Iglesias, por cuyo medio son conducidas las gentes a la penitencia” (S. Cirilo de Alejandría, Homilía 4).

      La Const. “Lumen gentium”, del Vaticano II, habló de María como madre de la Iglesia aunque no llegara a hacer una proclamación de ese título, que, en vista de ello, sí hizo como Papa, en discurso aparte pero dentro del Concilio, Pablo VI. “Lumen gentium” dice que María “es verdadera madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella cabeza”, y tiene sobre esa maternidad alguna declaración todavía más clara que no me pongo a buscar. Pero también dice que la Señora “ocupa en la Santa Iglesia el lugar más alto después de Cristo y el más cercano a nosotros” (n. 54; ver Pablo VI, “Marialis cultus”, 28).

      No le importe que me alargue. Le traigo ahora algunos pensamientos a propósito del tema “el Corazón de María como Corazón de la Iglesia”. Para el P. Joaquín María Alonso, “la intención divina sobre María es hacer de ella una madre de la Cabeza y de los miembros, y en el caso del Cuerpo, “lo es del espíritu y por el amor” (en esta parte, pídame las referencias si las desea); “es fácil ver cómo la misma Virgen pueda ser verdadero Corazón de todo el Cuerpo Místico”; para el P. Mariano Aguilar, “el Corazón de María distribuye la sangre de Cristo por los diversos miembros de la Iglesia”; nada menos que la Const. dogmática “Munificentissimus Deus” (1950), en la que Pío XII define el dogma de la Asunción, dice: “María tiene Corazón maternal para con todos los miembros del mismo augusto Cuerpo”.

      Es de nuevo el P. Joaquín María Alonso quien nos entrega un párrafo algo extenso, pero maravilloso, y más, seguramente, para usted:

      “Se ha dicho que el Corazón de María puede llamarse el corazón de la Iglesia y principio de su vitalidad: porque así como en la Encarnación el amor de la Virgen acelera y obra esa maravilla estupenda, del mismo modo la oración y amorosos afectos del Corazón Ido. [Inmaculado] merecieron los dones divinos para los Apóstoles y adelantaron la venida del Espíritu Consolador. Es el Corazón de María el que contribuye a la formación de la Iglesia, Cuerpo místico de Jesús, algo así como antes había contribuido a la formación de su humanidad. Por eso, dentro del Cuerpo místico de Cristo, las funciones del Corazón maternal ejercitan su poder principalísimo. Es este Corazón –lo hemos dicho antes- quien nos da el sentido de su Maternidad espiritual para que nos sintamos hijos y hermanos de Madre única y dolorida por nuestras ingratitudes. Es este Corazón espiritual –su amor- quien produce la unión entre la Cabeza y los miembros. Los SS. PP. [Santos Padres] han conocido las metáforas de ‘acueducto’ y de ‘cuello’ del Cuerpo místico… Pues todo el sentido simbólico de esas metáforas lo recoge la Teología cordimariana bajo el símbolo, mucho más real y operativo de ‘Corazón de la Iglesia’. Y lo es porque todo el influjo que este maravilloso órgano, que es nuestro corazón de carne, tiene en la economía de nuestro organismo, lo tiene, con realidad mística pero verdadera, el Corazón de María en el organismo espiritual del Cuerpo místico. Lo es porque la Virgen es Corredentora por su Corazón amoroso y compasivo; lo es porque Ella es Abogada y Medianera nuestra por su Corazón de Madre que suplica perdón y alcance gracias que van a dar vigor y lozanía al Cuerpo Místico…”

      En la exhortación “Signum Magnum (1967), Pablo VI afirma que María, gracias al esplendor de sus virtudes, es Madre y Maestra de la Iglesia, en general y de cada alma en particular (n. 8).

      Estos son unos pasajes de mi queridísimo San Luis María Grignion de Montfort:

      “La forma en que procedieron las tres divinas personas de la Santísima Trinidad en la encarnación y primera venida de Jesucristo, la prosiguen todos los días, de manera
      invisible, en la santa Iglesia, y la mantendrán hasta el fin de los siglos en la segunda venida de Jesucristo” (“Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen”, n.º 22).

      “Dios Hijo quiere formarse por medio de María y, por decirlo así, encarnarse todos los días en los miembros de su Cuerpo místico, y le dice: ‘Entra en la heredad de Israel’ (Ecclo 4,13)” (ibíd., 31).

      “Siendo así que –según dicen la Iglesia y el Espíritu Santo, que la dirige– María sola ha dado muerte a las herejías, –por más que los críticos murmuren–, jamás un fiel devoto de María caerá en herejía o ilusión, al menos formales. Podrá, tal vez –aunque más difícilmente que los otros–, errar materialmente, tomar la mentira por la verdad y el mal espíritu por bueno…; pero, tarde o temprano, conocerá su falta y error material, y cuando lo conozca, no se obstinará en creer y defender lo que había tenido por verdadero” (ibíd., 67).

      Ahora vuelvo yo. Dice usted que la madre de Dios es la madre de la Iglesia, y por tanto la Iglesia no puede condenar a usted por estar defendiendo algo contrario a la Iglesia, si ese algo es conforme a la Madre de Dios. Se trata, en otras palabras, de la superioridad de la Virgen sobre la Iglesia. Yo le diría que es superior y no lo es. ¿Me admite que nos basemos en eso que uste dice, en que es madre de la Iglesia? En una familia, a mi modo de ver, la madre es superior, pero también es parte de la familia; también es familia. La Virgen también es Iglesia. Ella, hemos leído en toda esa sarta que le acabo de dejar, es el miembro más alto, y el miembro más cercano a nosotros. El miembro más alto después de la cabeza (que es Jesús) es el cuello: por ella pasan las gracias; el miembro más cercano es el Corazón de María. Queda ya muy poco de una superioridad de la Virgen vista de modo excluyente, antagónico o que plantee alguna posibilidad de rivalidad o contraposición, ¿no le parece?

      ¿En serio piensa usted que la Señora del dulce Nombre puede estar contenta de que usted piense algo en contra de las enseñanzas que su Hijo ha depositado en su Iglesia? Aquí hemos llegado: ver a la Iglesia como opuesta a María es ver a María como opuesta a Cristo. ¿Y si la Iglesia se equivocara? Aquí no hay más que volver a los pasajes evangélicos de Jesús, Pedro y la ida que he copiado antes.

      Pero sigamos. Usted discrepa de enseñanzas eclesiales porque las cree conformes con la Santísima Virgen. Pero usted sabe muy bien que Jesús ha querido prolongar su enseñanza en la enseñanza de la Iglesia, y también vale esto para las enseñanzas sobre su madre, evidentemente. Sabiendo esto, parece como si pusiese -es un subjuntivo, y por tanto no afirma- a María por encima de Jesús.

      En conclusión: Yo, humildemente, la invito a que prefiera la enseñanza de la Iglesia, porque en la enseñanza de la Iglesia escuchará usted a Jesús, y en lo demás -sus opiniones, lo que sea-, cualquier cosa es inferior a Jesús. Jesús “amó a la Iglesia hasta entregarse por ella”. María también.

      6. Hay algunas cosas más que decir, pero irán en una apostilla aparte. Reciba usted un abrazo, y perdone mis maneras. En ocasiones son rudas y combativas, pero es algo que se escapa de mi control. Buscamos la verdad, y en eso estamos concordes.

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  4. 8 diciembre 2013 4:35

    ¿Qué sucede, Padre Miguel, que no está, ha desaparecido, el comentario de tres páginas que salió aquí publicado ayer mañana y por la noche, sin respuesta, y sin estar?

    Reconozco que dicho comentario no es para una respuesta rápida, pero no para que desaparezca de aquí.

    De su comprensión no dudo que habrá respuesta y exposición de nuevo en este lugar del comentario. No va a quedar parado el tema, pues son tantos los que tengo, un océano de conocimientos que son luz de las Sagradas Escrituras. Su programa se tiene que mejorar para la Gloria de Dios, pues acepta usted deficiencias tremendas, diría yo garrafales. Pido a Dios sea usted abierto a las bondades del Cielo. Agradecida por su atención. Con su bendición.
    María Luisa Fontcuberta

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  5. 8 diciembre 2013 22:43

    Mirar a María Inmaculada

    Callar debiera quien te ama tanto…
    que al contemplar tu imagen bendecida
    mi ternura filial se torna en llanto,
    y se abisma mi alma estremecida
    llena de sombras, confusión y espanto.

    ¿Quién eres Tú? ¡La Virgen siempre pura!
    ¡La Emperatriz del Cielo y de la Tierra!
    Inagotable fuente de ternura
    que endulzas de mi vida la amargura.

    Mar sin orillas… cuyo fondo encierra
    los tesoros del Dios Omnipotente.
    Feliz aurora del Eterno Día,
    Luna radiante que en la noche umbría
    dulcificas los llantos y las penas,
    ¡valerosa Judit que las cadenas
    rompiste de tu pueblo! ¡Ester hermosa,
    escogida entre todas las mujeres!
    ¡Virgen! ¡Madre de Dios! Dime… ¿Quién eres?

    ¿Y quién soy yo, que a aparecer me atrevo
    ante tu imagen bella? Polvo vano
    que en la ambición de mi pecado llevo
    la pequeñez del pensamiento humano,
    miserable gusano
    indigno de llegar a tu presencia,
    huérfano triste, pobre y desvalido,
    que en su indigencia ofrece
    un corazón agradecido a tu clemencia.

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  6. 11 diciembre 2013 2:23

    Y esta es la apostilla que anunciaba al final de la anterior, donde -amiga María Luisa- se trata de tocar algunos otros puntos.

    1. Cuando se pregunta “¿Dónde lo dice?”, no se puede responder “Así dice ella”.

    2. Sobre el punto del mérito, en realidad estamos de acuerdo; o, mejor dicho, yo voy más allá que usted. Mi concepción del mérito no tiene que ver con el “do ut des”. No es que, como dice usted, “el que está lleno de Dios no tiene mérito en lo que hace”. Es que no lo tiene nadie. Ni María. Porque estamos hablando, evidentemente, de mérito ante Dios, y, con todo lo que usted y yo queremos a María, Dios es infinitamente superior, como toda cosa sabe.

    A mí me gusta su evocación de Dimas, que le arranca todo a Cristo redimiente. Se me ocurrió pensar que era una gran imagen para explicar la Carta a los Romanos: ese documento primordial para la espiritualidad de la historia entera. Venían los judíos y judeocristianos con la monserga de que todavía lo que salvaba era la Ley de Moisés; total: se salvaba el que la cumplía, y por lo tanto la salvación era un mérito propio.

    ¿Qué les dice -con santa intransigencia- San Pablo? Que de eso nada, limonada. Que ahora hay una Alianza nueva y eterna y Moisés es una segunda cosa. Que hemos de salvarnos por la fe, con la que nos adherimos a Jesús, ya que por Él nos viene la gracia, que es la que nos renueva por dentro (como que es el Espíritu Santo). Sin excluir la Ley -San Pablo pide su cumplimiento-, porque una fe sin obras no se la cree nadie.

    Yo lo explico en los sermones: los abuelos de un pueblo están en la cantina. Se abre la puerta: el alcalde, que dice: “Chicos, ¿veis ahí esas fichas de dominó? Al que gane la primera partida, le regalo todos mis viñedos, cinco casas y 70.000 euros.” Gana Don Porciano, y todo eso que se lleva. ¿Verdaderamente Don Porciano tiene algún mérito, o el mérito es todo del alcalde?

    Dios nos tiene Arriba un premio inimaginable y ya quiere dárnoslo, como que para ello ha muerto, y nos lo dará por su muerte; pero nosotros hemos de ganar al dominó. Aunque todos nos aplaudan por lo que ganamos, jugar al dominó es una estupidez, y más si se compara con la ganancia. Así entiendo yo el mérito, pero añadiendo, además, que jugamos con trampa, ya que esa santidad (dominó) no es obra nuestra, sino de ese Espíritu Santo, que actúa en los medios que en la Iglesia nos da.

    Nadie merece ante Dios. La Escritura lo dice: “¿Quién le ha dado, para que él le devuelva?”

    3. El párrafo 11 (el del milenarismo y esas cosas futuras) no se entiende en absoluto. Lo único que se saca en claro es: a) que defiende usted lo que tengo entendido que es una herejía, el milenarismo; b) que dice unas cosas rarísimas; y c) que afirma todo sin dar una sola prueba o argumentación de ningún tipo, por lo que cualquiera lo rechazaría.

    4. De los párrafos 15 y 16, puedo sacar en conclusión que, según usted, podemos imitar a María, sin poder ser como ella. Y, sin embargo, podemos ser perfectos. Eso supone ser como Dios, pero, por lo que veo, inferiores a María. ¿Es eso? ¿Nos quedamos, pues, con un Dios inferior a María? Usted pone el ejemplo de Dimas, pero ¿de dónde saca que Dimas se hiciera perfecto en aquel episodio? Y ¿qué santo ha sido perfecto, sino solo Dios, el Único Santo?

    5. En cuanto a mi aviso, que a usted la escandaliza, del peligro de “subirla sobre las nubes”, debe entenderse primero que es una clara metáfora. Segundo, y sobre todo, que mucho más alto estaba y más perfecto era el Verbo divino, el cual “se humilló a sí mismo, tomando la condición de esclavo; y así, pasando por uno de tantos, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz [la de los esclavos]” (Flp 2). La obsesión de Uno y otra es nuestra salvación, y si yo me quejaba de que nos expusiésemos a perderla de vista, es porque ella, precisamente, no quiere; ya que ella -miren ustedes por dónde- también se hizo esclava, y en efecto, ese término (“esclava”) emplea las dos únicas veces que se refiere a sí misma (anunciación y visita a Isabel), y su coincidencia con las intenciones de su Hijo es absoluta; ella es, en efecto, hasta la Cruz, la Corredentora y mediadora; desde la Asunción, la mediadora de intercesión; desde el “fiat” hasta la Parusía, la madre de los hombres y la mediadora también. Es a ella a quien más va a doler que la aleje usted de sus hijos.

    Estoy de acuerdo en que “cuanto más cerca se está de Dios, más cerca se está de los hombres” (Pío XII), y por eso su intercesión nos está salvando y nos salvará. Pero, repitiéndole que lo de subirla era una metáfora, le explico que yo señalaba otro peligro. La verdad será la que sea, y yo, como dije, no la conozco; pero si una persona piensa en la Inmaculada como en alguien que no puede pecar, esa persona expulsa a esa Inmaculada de su vida como quien expulsa a un marciano. No tiene nada que ver con él. Es de otra pasta. No sirve. ¿No habla usted de imitar a la Inmaculada? Que sea, si es posible, una Inmaculada imitable…

    6. “San Juan Evangelista y a los que Dios ha concedido el ver a su madre vestida de sol pueden concebir quién es María Inmaculada. ¿Y si lo dice ella?” Si lo dice ella, hay que presentar garantías. “No creáis a todo espíritu”, dice la Escritura.

    7. Son los propios científicos los que tienen ahora los problemas con la teoría de la evolución, al menos en la forma clásica de Darwin. La crítica que usted hace a la Iglesia por admitir la compatibilidad de esa teoría con la revelación (lo cual -aprovecho para añadir- no equivale a afirmar su verdad científica, asunto que no es de la competencia de la Iglesia) nace de no haberse documentado, y no debemos hablar de lo que no conocemos, o al menos debemos manifestar los límites de nuestros conocimientos. No me parece que sea el momento de exponerlo ahora, pero es muy fácil entender por qué la teoría de la evolución no contradice lo más mínimo los relatos del Génesis. Resumámoslo en que la Biblia no es un libro de ciencia, ni las teorías de los antropólogos son teorías de religión. Por hoy, me parece que ya hay suficiente.

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  7. 15 diciembre 2013 3:48

    Muy querido Padre Miguel en Nuestro Señor Jesucristo, no puedo responder con amplitud y mayor claridad por falta de tiempo, pero lo hago con todo el amor y pocas palabras; en parte sería repetir lo ya dicho, que no puedo cambiar.

    Jesús dice: “Sed perfectos como Mi Padre Celestial es perfecto”.
    Por perfecto, digo aquí que es haber tenido de Dios el regalo de entrar directamente en la Gloria, una vez pasado el tránsito de la separación del alma el cuerpo y el espíritu. Sé que la expresión “muerte” quiere decir condenación. Jesús dijo de Lázaro. “No está muerto”. Y no está muerta, está dormida: “Talita kumi”.

    Apocalipsis 20 y 21 ¿es una herejía? Imposible decirle aquí lo que usted ya tendrá con claridad y con plenitud acerca de la Apocalipsis.

    Perderse en sincronismos y alteraciones razonadas donde queda el alma y el espíritu sujetos, se derrapa en las psicologías y conflictividades de unos sentimientos simplemente humanos.

    La oración del padrenuestro, enseñada por Jesús, es una luz que lo abarca todo, y su crecer en el alma no tiene fin. Es una oración escatológica, que ha de tener su cumplimiento en el tiempo en su totalidad. “Venga a nosotros tu Reino de Gloria y de Verdad. Hágase Tu Voluntad en la TIERRA como en el Cielo”. Se ha de cumplir en el tiempo lo que Jesucristo pide al Padre y nos hace pedir con Él y por Él.

    Ese Reino, esa voluntad del Padre, ese existir en que toda la Creación, la Tierra será restaurada en un nuevo Paraíso Terrenal, superior al de Adán y Eva.

    El Reinado de Jesucristo es en la Nueva Tierra, y “no en la Gloria”, y con procreación, y pasados los 1.000 años, sucede el PENTECOSTÉS UNIVERSAL y comienza el Séptimo Día de la Creación, el no tiempo, y todo ascendido a la Gloria.

    ¿Soy hereje porque se me ha dado conocer y entender la Apocalipsis? No se puede conocer la Apocalipsis, si el Cielo no da a conocer el Universo, ¡la maravillosa teología del Universo!

    La Iglesia de Jesucristo dará al mundo toda la ciencia liberándonos de todos los engaños de Satanás. Dios hará de la ciencia una Babel. ¿Acaso la Ciencia no es uno de los dones del Espíritu Santo? Dese cuenta de que he dicho “la teología del Universo” y también digo “la teología del cuerpo humano”.

    Usted reduzca a la torpeza del pensamiento humano cuando dice Jesús: “Estaré con vosotro todos los días hasta el final de los tiempos”… En cuanto a Su Persona real con nosotros, es la Eucaristía, y en cuanto a Su Iglesia es por el Espíritu Santo que rige al Papa, sus ministros y el Pueblo de Dios. ¿Acaso cuando se declara un dogma verdad inmutable no es con el Papa, sus ministros y el sentir del pueblo de Dios? El mundo se ríe de los dogmas, y solo la Iglesia de Jesucristo los tiene. Solo la Iglesia Católica posee los “dogmas totales” o “verdad absoluta” en su totalidad. Crasa ignorancia y estado de tiniebla es decir “no creo, ni quiero dogmas”.

    Dice Dios: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos”, y aquí me refiero yo a la torpeza del pensamiento humano. Torpeza o “hierro” que se me hace trabajar en el yunque de los conocimientos.

    No aclaro aquí, pero digo que “Darwin fue un buscador ignorante”. No hay evolución de una célula a otra. Lo afirmo rotundamente teniendo ciencia suficiente para demostrarlo; y digo que la Sagrada Biblia es un Libro científico, aunque veladamente.

    PACIENCIA o espera amorosa en la fortaleza por la fe. El Reinado de Cristo es, e inminente.

    ¿Creyeron a Noé?

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  8. 15 diciembre 2013 22:46

    Aquí hay muchísimas cuestiones, y vamos a seleccionar una sola: las revelaciones privadas. Lo hago porque vivimos un tiempo de asombrosa proliferación de revelaciones reales y fingidas. Desde mi observatorio, el pistoletazo que dio arranque a este maremágnum es la renuncia del querido Benedicto XVI. Y lo hago, María Luisa, porque usted evidentemente alude a revelaciones privadas, tanto como insistentemente escurre el bulto cuando le pregunto qué revelaciones alega tener usted y le pido garantías de credibilidad.

    Hay que tener bien claro que ninguna revelación privada obliga a la fe, ni siquiera las reconocidas por la Iglesia, como esta misma enseña. Menos obligarán las que no están reconocidas, y menos las que, además de no estar reconocidas, no nos aportan ningún signo, ninguna garantía.

    Signos son, en efecto, los que dan en la Escritura los profetas, los Apóstoles y, sobre todo, el que menos obligación tenía, que es Jesús, y da el signo que se constituye en el centro de todo: su Resurrección. Por lo mismo, yo estoy en mi completo derecho de exigírselos a usted si usted quiere que yo la crea. Y si me responde sin responder, con evasivas o eludiendo la pregunta, paso página sin ningún escrúpulo. Si me dice que Jesús resucitó al final, yo contesto que, mientras tanto, iba haciendo milagro tras milagro. Si usted hoy no puede aportar signos por la razón que sea, paso página hasta que los aporte, y ese día cambiaré de actitud.

    Sépase, por la historia de las apariciones y sobre todo por la Biblia, que los signos son, prevalentemente, milagros. Es normal. Y contaba un profesor mío que lo había llamado una mujer, diciendo: “Oiga, Padre, que se me ha aparecido la Virgen y me ha dicho la fecha del fin del mundo, que es (tal)”. El profesor le preguntó por los signos, las garantías, cómo podía creerlo, y la otra -es frecuente en estos casos- montó en cólera, a lo cual mi profesor reaccionó contestando: “Claro, es que, mire usted: el otro día me llamó otra mujer, y también la Virgen le había anunciado la fecha del fin de los tiempos, y era otra…” Es normal.

    Existen, ante las revelaciones privadas, tres actitudes que deben evitarse. La primera es la de los que las creen casi por sistema y sin mucho preguntar, y hasta, algunos, van buscándolas con ansia férvida de coleccionista morboso.

    La segunda es la de los que las rechazan en bloque y “a priori”. Perdóneme que copie un párrafo de un artículo que no llegó a publicárseme:

    “Si va a decir verdad, a menudo las actitudes de negación de las apariciones, en último análisis, tienen tristemente que ver con aquella actitud, de la que tanto se ha quejado Joseph Ratzinger antes y después de su entronización, que rechaza, por principio, toda posibilidad de intervención de Dios en este mundo y en esta historia; el Papa suele mencionar, sobre todo, la doctrina de la concepción virginal de Jesús y la de su resurrección corporal e histórica. ‘El racionalismo moderno no soporta el misterio’, dijo en una ocasión Juan Pablo II (‘Carta a las familias’, 19). Rechazar esa posibilidad divina es una opción de principio –es decir, infundamentada y que no dialoga- que se niega a aceptar la posibilidad de intervención por encima de las leyes por parte de Aquel mismo que ha creado las leyes. Joseph Ratzinger habló muy claro, remitiendo al final del párrafo a la pretensión kantiana: ‘Querer, por una parte, eliminar cómodamente la fe en el misterio de la intervención poderosa de Dios en este mundo y, por la otra, querer tener la satisfacción de permanecer en el campo del mensaje bíblico, no conduce a nada. No satisface ni a la lealtad de la razón ni a la exigencia de la fe. No se puede tener simultáneamente la fe cristiana y la ‘religión dentro de los límites de la razón pura’. Se impone la elección’ (Joseph Ratzinger, ‘Introducción al cristianismo’, Madrid: Movimiento Cultural Cristiano, 2007, pp. 59-60). Como Papa, se ha referido muchas veces a esta importante cuestión. No solo el mundo debe ser abierto a Dios, como el Papa insistentemente reclama; también la religión (y su corazón, la liturgia) está en dolorosa medida secularizada. Y una religión donde no hay lugar para lo sobrenatural (como las apariciones) no es, en nuestra modesta opinión, una religión; es otra cosa bastante más decepcionante para quienes acudieron a nosotros porque buscaban ‘algo más’.”

    La tercera actitud (sigo citando), “la actitud de distanciamiento de las apariciones porque ‘no han sido reconocidas por la Iglesia’, excepto en el caso de que haya pronunciamientos expresos en contra, es una actitud de tan laudable como mal entendida fidelidad al Magisterio de la Iglesia, aunque solo sea porque este –y quizá en estas cuestiones de modo particular- suele ir precedido del ‘sensus fidelium’ (‘sentido de los fieles’) y necesita comprobar afluencias, conversiones (las nuestras), milagros; y al mismo tiempo, nos tememos, ese distanciamiento que se ampara en el paraguas del Magisterio –utensilio que en modo ninguno se ha pergeñado para estos usos- hace patente una deplorable indiferencia ante el hecho de que el Señor haya podido querer decirnos, de nuevo, una palabra de salvación; y si lo ha hecho, es porque estábamos necesitándolo. El tan decantado ‘yo sólo creo en Lourdes y en Fátima’ por la seguridad de los reconocimientos magisteriales equivale a utilizar el Magisterio para despreciar otras iniciativas de la Virgen; y eso no parece la verdadera fidelidad al Magisterio, sino sólo a algunas breves regiones de su contenido. La palabra de salvación de una aparición mariana será -todos lo sabemos- una palabra que no puede añadir nada a la Palabra, y ‘el que ahora quisiese preguntar a Dios o querer alguna visión o revelación’ después de la revelación en Jesucristo ‘haría agravio a Dios’ (S. Juan de la Cruz, ‘Subida al Monte Carmelo’, 2, 22). Pero no vemos cómo no aceptar que el querer insistir la revelación privada en la penitencia, en la oración, en la conversión, no hace ningún agravio al hecho de que todo ello está definitivamente dicho en la revelación pública, única normativa; antes bien, al ponerse a su servicio, nos ofrece, a favor de esa revelación pública, un testimonio más, y eso automáticamente es, de modo inverso, un testimonio a favor de aquella revelación privada. En otras palabras, no sabemos en qué lejana galaxia encuentran algunos la contraposición.”

    Sobre esta última actitud ha habido ya una controversia en este blog. Un interviniente, buen amigo, que la adoptaba, opinaba que lo contrario era “anticipar el juicio de la Iglesia”. No es así. El juicio de la Iglesia, sin ser la seguridad de la Revelación, ni del dogma, ni de la verdad de fe, etc., es una gran seguridad; pero puede estar precedido de la fe prudencial: personas que hoy -por ejemplo- creen o creemos en Medjugorje, pero dejaremos de creer si mañana la Iglesia dice que no puede ser, porque los mensajes contravienen la revelación pública que está en la Escritura y en la Tradición y se nos comunica en la Iglesia. Mi fe “prudencial” condicionada es un grado inferior a la fe que presto al Magisterio eclesial. Con ella, no anticipo el juicio de la Iglesia, porque creo en un grado menor; y lo hago porque la Iglesia me lo permite.

    Y es importante entender esto. La fe tiene grados. Nadie cree en el agua bendita como en la Santísima Trinidad. Nadie cree en la Revelación pública como en las privadas (o no debiera). Nadie cree en los relatos bíblicos como en la historia familiar que nos cuenta un camarada. Y en todas esas cosas que he mencionado solemos creer, pero, por favor, en cada una de una manera.

    Queda por comentar la primera actitud. Yo soy malo. Y como soy malo, si alguna persona me viene contándome algo de una revelación que ha tenido, o siquiera leído, yo lo escucho un rato, y a continuación le pregunto: “Está bien, sí. Y dime una cosa: ¿Cuánto tiempo has pasado hoy leyendo la Sagrada Escritura?”

    No cabe duda de que, a las alturas en que nos encontramos, se han producido multitud de revelaciones e inventado otra multitud. Nadie puede abarcarlas todas, como no sea un especialista (digamos René Laurentin), y todavía con limitaciones. Nadie debe atender a todas las revelaciones y leerlas y seguirlas. El hecho de que pueda haber un mensaje del Cielo en la revelación privada que se me propone es seria cosa; pero, por muy amante de la cultura que se sea, ¿alguien ha comprado una tarde todos los libros de una librería? Cuestión de limitación.

    En mi opinión, lo que nos cumple es acudir a conocer y reverenciar las revelaciones y apariciones que, por las razones que sean, el Señor nos empuje a cultivar, y las demás, dejarlas. Y no lo digo a humo de pajas. Lo digo, entre otras cosas, por la mentalidad enfermiza que muchas personas crían cuando se abalanzan, voraces, sobre multiplicidad de apariciones y demás. Lo digo, entre otras cosas, porque quien se acerca a una devoción está obligado a estudiarla, y eso quiere decir tiempo, esfuerzo, consulta y oración, sobre todo esa oración en la que muy probablemente el discernimiento no será fácil ni rápido; y un aspecto ineludible del estudio es el estudio de las pruebas, de las garantías, normalmente milagros, porque será cuando nos convenzamos de la autenticidad cuando verdaderamente podremos empezar.

    Queda una cuestión, que enlaza a perfección con lo que acabo de decir. Hablamos de estudio. Quien os habla, a pesar de tener mucha fe, es muy racionalista. Lo suyo son los silogismos; y en la diaria oración, fácilmente hace teología… No se arrojaría de un avión con un paracaídas que Dios le entregara. Y esto está descubriéndolo poco a poco. El otro día leyó en 1 Jn que “el Espíritu es la Verdad”, y entonces supo que no había ningún problema con “los otros”…

    “Los otros” son los del Espíritu. Los que me escandalizan cuando me dicen -como alguien me dijo hace poco- “el Espíritu Santo es sentimiento”, que ahora empiezo a ver que tiene una punta de razón. Ellos se tirarían del avión sin paracaídas.

    Y -aunque ni yo soy solo lo que digo, ni ellos son tan así– eso es lo que está pasando entre usted y yo, María Luisa. Usted es más espiritual (pero creo que hay espiritualidades desenfocadas) y creo que prescinde demasiado de la razón: lo cual equivale también a prescindir del Espíritu Santo, que ha presidido, no solo la redacción de la Escritura, sino también los dos mil años de Magisterio y teología que han desembocado en lo que sabemos hoy. Sí, sí: la teología también la guía el Espíritu Santo, no digo que del mismo modo que la Revelación y el Magisterio. Yo soy el de los silogismos, las citas, las inferencias…: lo que se puede hacer con un humano cerebro. “El Espíritu es la Verdad”. Hay que dejar espacio a los dos.

    Usted sabe que Benedicto XVI fue uno de los mayores abanderados de los derechos de Dios y uno de los mayores paladines de la causa de la razón. Dijo en una ocasión: “La razón no se salvará sin la fe, pero la fe sin la razón no será humana”. También dijo que “obrar en contra de la razón sería impropio de Dios” o “iría en contra de Dios” (no encuentro la cita). No hay contraposición entre la fe y la razón, sino complementariedad, como dice J. P. II en “Fides et ratio” (escrita por Ratzinger), porque las dos son una decisión de Dios; porque son las dos alas con las que el espíritu humano se eleva a la verdad y a Dios…, que es la Verdad.

    Al cabo, me pregunto yo, una guerra sorda, pero real, entre los iluminados o visionarios o carismáticos y los pensadores y teólogos ¿no será reproducir de nuevo, ahora dentro mismo de la pobre Iglesia, los enfrentamientos entre la fe y la razón en los que, supuestamente, no creemos, y que a usted (que no sé si ha leído “El origen de las especies” y lo demás que escribiera el señor Darwin) le hacen bramar contra el evolucionismo, desde no sé qué cátedra más elevada que la del Magisterio que lo admite, e ignorando además que hoy los evolucionistas no admiten las teorías clásicas del fundador? No es eso lo que quiere la Iglesia, sino abrazarse a la modernidad, desde el Concilio. Y lo quiere porque nuestra vocación como hijos de la Iglesia es salvar almas, y como nos apartemos, María Luisa, como nos apartemos, no salvamos ni al Tato. Aparecemos como “los raros esos”. Si el fermento se escapa de la masa, no hay pan, y peca contra el Evangelio.

    El antagonismo entre los videntes y los que reflexionan no es obligado, ¡qué había de serlo! Otro profesor mío acaba de publicar un libro en el que hace -veré cómo- el admirable intento de un encuentro entre las mariofanías y la teología. En su caso, se limita a Fátima, pero me parece muy valioso aunque solo fuera como tentativa, por ser más o menos pionera, si es que, como él afirma -y aquí quería yo llegar-,

    “el hecho o el fenómeno de las apariciones marianas no ha sido integrado en las reflexiones sistemátcas de la teología. Ni siquiera, aunque pueda parecer sorprendente, en los tratados de mariología. Es como si se diera por supuesto que su derecho de ciudadanía se encontraba en el amplio y ambiguo campo de la religiosidad popular, no en el de la teología académica y científica […].

    “La teología debe dejarse visitar por esas experiencias tan profundamente humanas y eclesiales. Y a la vez las devociones populares deben ser visitadas por la teología. En ese encuentro se produce la sorpresa. El núcleo del Mensaje de Fátima refleja, desde distintos puntos de vista, el corazón mismo de la revelación” (Eloy Bueno de la Fuente, “El mensaje de Fátima (La misericordia de Dios: el triunfo del amor en los dramas de la historia)”, Fátima-Burgos: Santuario-Monte Carmelo, 2013, pp. 12-13).

    Sin garantías, no hay nada.

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  9. 17 diciembre 2013 19:21

    [La sra. Fontcuberta ha hecho otra apostilla, pero hay razones para no publicarla.]

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  10. 20 diciembre 2013 4:20

    [La sra. Fontcuberta ha hecho otra apostilla, pero hay razones para no publicarla.]

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