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¿SANTO…YO? ¿CÓMO HAS DICHO…?

2 noviembre 2013

Un repaso rápido y poco documentado a los modos de vivir el cristianismo en la historia nos reportará interesantes lecciones. Tras la Iglesia apostólica y martirial, con los decretos de Constantino (s. IV), el cristianismo pasa a ser religión oficial del Imperio. Ocurre entonces lo que ocurre con todo lo que ya no tiene que defenderse de nada: el cristianismo se sociologiza, ser cristiano cuesta bien poco, los fieles se relajan y aburguesan. Ahí encontramos la razón de los movimientos de retiro del mundo para buscar la santidad, comenzando por San Pacomio, San Antonio Abad, etc., primero en desiertos o cuevas, luego en monasterios o conventos. Y cierto que el movimiento produce grandísimos santos. Entonces estos santos empiezan a ser los modelos de la santidad, y se multiplican con enorme profusión las formas de vida religiosa, que producen gigantes como S. Benito, S. Francisco, Sto. Domingo, S. Ignacio, S. Juan de la Cruz, y así hasta muchos miles. Admirable, sería estúpido dudarlo.

Y como eso duró siglos y siglos, la cristiandad se mentalizó de que la verdadera santidad estaba en la vida religiosa: monje, monja, fraile; ser sacerdote era otra posibilidad, pero probablemente se consideraba menos santa.

Sucinta crónica que pongo al servicio de una mínima reflexión. Si volvemos un momento al principio, hemos de recordar que los primeros cristianos, incluso siendo Iglesia perseguida y martirial, no buscaron la soledad. Actuaban con mucha prudencia, pero ello no les quitaba de sus ocupaciones habituales, y creo que es San Justino (y creo que en el “Diálogo con Trifón”) el que, en el s. II (tempranísimo), ha dejado una descripción de la vida habitual de los cristianos; y cuenta cómo acuden a sus cosas, a la plaza, al trabajo, a las termas, a su casa, y cómo allí -con cuidado- procuran dejar su palabrita sobre el Señor Jesús en una conversación con tal amigo y tal otro, etc. Los primeros cristianos, que se puede pensar que son los que Jesús deseaba, estaban en sus ocupaciones habituales.

Vemos que la historia ha enriquecido las formas de vivir el cristianismo. Bendigo infinitamente la benditísima vida religiosa. Pero protesto de lo otro que he relatado: que se tomara como la única posibilidad. Porque entonces, como no todos podían ser religiosos, no todos podían ser santos…: y eso es posiblemente el error que más daño ha hecho a la Iglesia. “A todos, sin excepción, dijo el Señor: ‘Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto'” (S. Josemaría Escrivá, Camino, 291).

Se impone, en fin, volver a lo de los primeros cristianos, sin renunciar al paso del Espíritu Santo por la historia, que nos ha dejado la vida religiosa para algunos, para la minoría. Se impone proclamar a los cuatro vientos que los laicos están tan llamados a la santidad como los religiosos. Y se impone hacer evidente lo evidente: que el lugar para la santidad de estos laicos es su lugar natural -¿cómo iba a ser otro?-, y su lugar natural es su familia y su trabajo principalmente, y con estos, sus relaciones de vecindad, los núcleos humanos a los que naturalmente pertenecen, etc. Necesitarán, como todos, mucha oración diaria, y sobre todo los sacramentos (y la Confesión al menos mensual, con o sin pecado grave), pero su modelo no es la oración de los religiosos, y su oración -en realidad, la de los religiosos también- tiene un límite.

Y si alguien dice: “Es que yo no tengo trabajo”, “es que yo no tengo familia”, ya se entiende que lo que él tiene que santificar es aquella concreta situación vital en que se encuentra. ¡Será que no se puede santificar el paro, o la jubilación, o la viudez, o la soltería…!

La vocación universal a la santidad -la de los laicos, por tanto- ha sido la enseñanza que-aunque con precedentes, como San Francisco de Sales- San Josemaría Escrivá se entregó por entero a propagar, desde 1928 hasta su muerte en 1975. En su día, el Concilio Vaticano II sancionó esa enseñanza con la altísima autoridad de que tal asamblea está revestida, y ningún católico puede, por consiguiente, dudarla.

Annuntio vobis gaudium magnum: Los laicos no sois menos.

5 comentarios leave one →
  1. 3 noviembre 2013 20:01

    Dios creó al Hombre, “varón y hembra los creó”; por lo cual digo: los “hombres” en esta tierra son “los Justos” (casados) y “Consagrados” (sacerdotes y religiosos). Y, segundo, están los Mártires; estos son los que tienen mayor luz (conocimiento de Dios), mayor entrega y mayor padecimiento. Los Mártires son tanto Justos como Consagrados.

    Este planeta Tierra es pobre “por los renegados, alejados de Dios, por los muchos pecados”.

    El Hombre, compuesto de cuerpo, alma y espíritu, según utiliza su libre albedrío, puede vivir según el cuerpo o según el espíritu. Jesús dice: “Si no nacéis al espíritu, no entraréis en el Reino de los Cielos”.

    La expresión bienaventurados de las Bienaventuranzas significa santidad, beatitud ya aquí en la Tierra; es viviéndolas como la voluntad, “potencia del alma”, es movida por el espíritu, y no solo por el cuerpo (con su razón, materia y sentimiento), sin Dios, sin estar injertados en Cristo.

    Dejen de decir felices y dichosos, pues ¿acaso los renegados, alejados de Dios, no disfrutan y creen ser felices en las ciénagas en que se bañan?

    La expresión de laicos no se corresponde con la realidad de la existencia del ser humano.

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  2. 3 noviembre 2013 23:34

    Perdone que haya retocado tanto su comentario, pero era muy difícil de entender; aun así, no se ve bien lo que quiere decir.

    Sobre el penúltimo párrafo, a la hora de traducir la Biblia, el criterio principal no ha de ser el “ideológico” (por decirlo de algún modo), sino el filológico, y yo no sé qué palabras griegas usan ahí los evangelistas; en cuanto a lo ideológico, si queremos darle intervención, usted misma dice que los “renegados” “creen” ser felices: lo creen porque en realidad no lo son; los bienaventurados de Jesús sí son felices; pienso, por tanto, que si el criterio filológico lo permite, sí podemos traducir “felices”.

    Sobre la expresión “renegados”, ¿qué le diré? Sabe usted que hace muchísimo tiempo que estamos trabajando en acercar (yo diría “aunar”) la Iglesia y la modernidad -y por eso pongo en el artículo las fotos que pongo-. No podemos ahora usar expresiones del Capitán Trueno, que es quien así llamaba a los musulmanes o a los judíos; “renegados” es palabra de connotaciones ya demasiado medievales y, desde luego, insultantes a más no poder. ¿No podríamos usar otro término? Hoy decimos, normalmente, “alejados”, “no creyentes”, etc. Y no me quejo sobre todo del término, sino de la actitud. Por esos que usted llama “renegados”, Cristo ha dado la vida, y por consiguiente, a nosotros nos toca darla también, o miente la primera carta de San Juan. Y usted es cristiana, y buena sin duda, aunque en este punto se equivoque un poquito.

    Por último, dice usted que “la expresión de laicos no se corresponde con la realidad de la existencia del ser humano”. Mientras no lo argumente, es como si dijese cualquier otra cosa.

    Pero de lo que no tengo duda es de que hay que felicitarla por su amor a la Biblia. Se le nota.

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  3. 4 noviembre 2013 11:45

    He querido decirle que no se puede catalogar a un sector de la humanidad como laicos, porque solo estamos “los justos (casados), los consagrados (religiosos y sacerdotes) y los mártires; estos son los que tienen mayor luz, mayor entrega y mayor padecimiento”. “Los mártires son tanto justos como consagrados”.

    Y esta Tierra es pobre “por los renegados, alejados de Dios, por los muchos pecados”. Ver y declarar la verdad existente es caridad, ¡y qué caridad!, cuando esta lleva a despertar. Y no se marca a nadie en particular, sino una realidad de la humanidad.

    Y para mayor caridad y entendimiento digo que la teología de la liberación es una cobardía, donde Jesucristo, su Palabra, quedan en segundo término, o anulados.

    Sí, muy querido Padre en nuestro Señor Jesús, dice bien, llevo más de 22 años escribiendo sobre las Sagradas Escrituras, y me gustaría mandarle privadamente a usted algunos de mis escritos, porque es un batallador muy bueno.

    En unión de oraciones. Con su Bendición.
    María Luisa Fontcuberta

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    • 4 noviembre 2013 14:34

      Amiga María Luisa, esto es lo bonito en la Iglesia. Usted y yo, según voy apreciando, partimos de tradiciones muy diferentes dentro de esta Iglesia, y por eso acabaremos entendiéndonos, a pesar de que al inicio sea difícil. Es que la Iglesia es rica y una.

      Yo le agradeceré el envío de algunos escritos bíblicos a la dirección de c. el. que figura a la derecha, donde dice “Estoy con vosotros”. A lo mejor, a mi vez, yo le envío algunas cosas. De las marianas, algo caería (los artículos de revistas), pero la mayoría está en el blog. Ahora bien, en cuanto a sus escritos futuros, creo que debería indicar siempre la referencia de la cita, entre otras cosas porque, en su comentario, a veces no he sabido si eran bíblicas o no.

      Acepto plenamente la denominación “consagrados” para los sacerdotes y religiosos, y rápidamente explico a mis queridos laicos cuál es la razón: la vida a que se entrega un sacerdote o religioso es de por sí consagrada, santa, divina (otra cosa será que pueda ejercerla muy mal); la vida a que se entregan los laicos (familia, trabajo, etc.) es “consagrable”, “santificable”, “divinizable”, dependiendo de que los laicos la vivan de cara a Dios. Construir edificios no es santo, y por eso debe ser santificado. Celebrar la Santa Misa es santo, santo, santo y sacrosanto, aunque el celebrante se distraiga, se equivoque, incluso si no cumple las normas litúrgicas (pero debe cumplirlas, y según en qué esté el incumplimiento, hay pecado), y el cuidado de este sacerdote no debe estar en “santificar” la Misa, sino en santificarse a sí mismo para celebrar más santo la siguiente…, que, aunque no lo haga, será igualmente, de suyo, santa, santa y sacrosanta.

      No sé en qué se fundamenta, María Luisa, para situar a los mártires como un grupo aparte, sobre todo si usted misma dice que ellos son, los unos, “justos” (de momento, entendamos que es la palabra que usted prefiere en lugar de “laicos”), y los otros, “consagrados”. Laicos, justos, consagrados, sacerdotes, religiosos… son estados de vida; el martirio es, más bien, una manera de muerte. Ellos son los héroes del cristianismo, aquellos a quienes es concedido el privilegio de imitar más directamente a Jesucristo, y yo pido mucho morir mártir por María; pero el martirio no es un estado de vida, sino el final de la vida.

      Llamar a los casados “justos” parece indicar algo como que los demás no lo son; no parece adecuado. Y aquí entramos en lo más espinoso del tema, y en la cuestión a la que usted va. Usted hace sinónimo de “justos” a los “casados”, pero -como digo en el artículo- ¿quedan fuera los solteros, los viudos, los divorciados (que pueden serlo involuntariamente, y si lo son voluntariamente, están en pecado, pero no fuera de la Iglesia), los separados (y la Iglesia admite la separación en algunos casos, y en el caso de pecado, no se está fuera de la Iglesia, no hay excomunión)?

      Por otra parte, el gran problema es que sigue usted sin argumentar cuando cree argumentar diciéndome: “He querido decirle que no se puede catalogar a un sector de la humanidad como ‘laicos’, porque solo estamos “los ‘justos’ (casados), los ‘consagrados’ (religiosos y sacerdotes) y los ‘mártires'”. Esta aseveración -que es de su pluma la primera vez que la leo- hay que razonarla; no es una demostración; de hecho, no hace más que repetir los conceptos con que iniciaba el primer comentario; no sirve. Yo no puedo decir “el planeta Tierra es azul porque Dios lo ha querido”; eso -que es verdad, como acaso lo que usted dice tenga algo de verdad- no es un argumento.

      Queda, en definitiva y a mi parecer, demostrado que hay que ir con infinito cuidado cuando se quieren cambiar los términos tradicionalmente empleados en la Iglesia, no digamos cuando hablamos del Vaticano II. Pero sigamos.

      Sobre aquello de los “renegados”, no me sirve que emplee una cita bíblica si tengo que adivinar que lo es. Indique. Además, una mujer versada en Escritura como usted sabe perfectamente que hoy no podemos emplear infinidad de términos que emplea la Escritura, porque la Escritura, que es “Palabra de Dios en palabras de los hombres”, ella misma sabe variar sus expresiones desde que empieza a ser redactada hasta que termina, y hasta los idiomas también. Lo que está claro es que, por un lado, no tenemos ningún derecho a salirnos de la Biblia, y por otro, por fidelidad a esa misma Biblia, hemos de actualizar sus contenidos, y, en consecuencia, no tenemos ninún derecho a encastillarnos en la Biblia para descalificar (en mis tiempos se decía insultar) a los demás, hemos de beber en ella el amor que hasta ahora nos haya faltado y que ha sido, mire usted por dónde, la causa de que hubiese renegados, porque nosotros preferimos quedarnos en casa, viendo la televisión, en lugar de subir a los terrados a gritarles el Amor y la Buena Nueva. Por lo demás, usted como yo queremos -es su palabra- despertar a los demás; y usted como yo quermeos practicar lo que llamó el B. Juan Pablo II (creo) “la caridad de la verdad”; pero la caridad de decir la verdad no es despertar con un martillo que ofenda y aplaste, porque eso es pecado, porque amamos, y porque la reacción del insultado va a ser irse lo más lejos posible de una religión cuyos miembros lo insultan.

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