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PARA UNA AMIGA QUE ACEPTA EL ABORTO

15 julio 2013

Miguel

“La aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. Ante una situación tan grave, se requiere más que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre” (Juan Pablo II, enc. Evangelium vitae, n.º 58).

Amiga María Pilar:

“No soy de un pueblo de bueyes,

que soy de un pueblo que embargan

yacimientos de leones,

desfiladeros de águilas

y cordilleras de toros

con el orgullo en el asta.

Nunca medraron los bueyes

en los páramos de España”.

Así cantó Miguel Hernández de los españoles (Viento del pueblo), y no le faltaba razón, aunque el tiempo ha invalidado los dos últimos versos. Sin embargo, yo tengo reacciones de león que desgarran al primer estímulo, y por ellas he de pedirte perdón. He vuelto a hacer lo que José María Pemán recrimina al español: “eso tan español que se llama ‘romper una lanza’”. Cuando me mandaste –tan amablemente- tu primera carta, te contesté con una mía de tres páginas, muy dura y con tremenda amenaza final. Se rompe la lanza y ¿qué tenemos? El gesto muy gallardo, pero el arma rota y la batalla azarosa.

Me da igual. No es batalla lo que quisiera seguir entablando contigo. Y es posible que mi carta fuese un pecado, por más que sigo pensando lo mismo, quitándole sólo cuatro líneas porque no entendí bien. Hoy quisiera, María Pilar, atemperar las estridencias y exponerte mis razones. Y si tú libremente quieres -como yo encarecidamente te ruego- contestarme aquí mismo, me declararé agradecido y honrado. A trompicones no se adquieren las verdades; se rompen las narices. Y se peca. Cuento con tu perdón, porque eres buena. Y ahora, sigamos razonando, pero en un clima de serenidad que hará aceptables cualesquiera cosas que nos digamos mutuamente.

Recordarás que hubo dos cartas. Tú piensas que no entendí la primera (y principal). Voy a exponer, un poco para el público -¡esta es una carta con mirones, como cuando viajas en el metro de Barcelona!- y un poco para ti, lo que yo creo que está indudablemente dicho en esa primera. A mí me parece –y de antemano declaro que mi interpretación es falible- que tú demandas una cultura de la vida que no emplee como instrumento la ley represora ni tampoco la incriminación en el ámbito social (al son de “sois unas asesinas”), sino resortes más dignos del hombre, de la mujer. Quieres que “ella” decida no abortar por propia y madurada decisión. Eres indudablemente contraria al aborto desde el punto de vista ético; de eso no hay ninguna duda. Sí, María Pilar: que Dios nos diera eso: que la ley ni siquiera hiciera falta. Hasta aquí, sí, por más que en tu segunda carta, explicando la primera, me dices que preconizabas como medios para acercarse a quien está tentada de abortar “el razonamiento, la caridad y las ayudas concretas”, así como el respeto de la libertad, del que te hablaré luego; y, en cambio, en la primera carta, el razonamiento no figura, y las ayudas, solo muy de refilón en un solo momento.

Luego, en cambio –estamos en la primera-, con una claridad absolutamente inequívoca y por completo fuera de duda, defiendes la libertad política para abortar, y aquí solo cabe entender la ley que descriminalice o despenalice –entiendo que en términos absolutos, puesto que no matizas- la acción de dar muerte una mujer al hijo que porta en el vientre. Apelas para ello a la libertad de la mujer y a su conciencia. Te preguntas si es posible una cultura de la vida que, siéndolo, no obstante respete ese derecho legal a abortar (independiente de la ética que dice que no es derecho). Argumentas en favor diciendo que hay quien así actúa.

Ahora ya saben los mirones. Tú, por tu parte, María Pilar amiga, no te quejes de nada. Esto es un blog. Si tú piensas que sigo sin entender tu carta, no pasa nada: puedes sencillamente contestar. Ni por un momento dudes que publicaré la contestación.

María Pilar: no aceptas, pero aceptas. Me das la curiosa impresión de que hubiese vuelto uno de aquellos peligrosos filósofos medievales que afirmaban la teoría de la “doble verdad”. En determinadas condiciones, un aserto podía ser al mismo tiempo verdad y mentira. Yo no sé mucho de filosofía, pero me olisqueo que así se da muerte a una civilización.

¿Me permitirás que desde aquí copie, a ratos y atemperando el grito, retazos de la carta con que respondía a tu primera? Sí me lo permitirás, porque eres tan buena, que transigirás con la curiosidad de los mirones. Me parece claro que lo que subyace, de arriba abajo, a tu concepción es esa separación –que veo inexplicada y que considero errónea- entre la ética y la política. En efecto, en tu presentación del tema, el dictamen de la ética es desfavorable al aborto, y el de la política, favorable si una lo decide. ¿No era San Agustín el que decía que un estado que prescindiese de los principios morales terminaría convirtiéndose “en una cueva de ladrones”? La política está al servicio del bien del hombre. El bien del hombre sólo es uno; sólo existe una única posible manera de que el hombre se realice, y esa manera es aquella que lleva inscrita en las entrañas, y se trata de la ética. Una legislación que se oponga a la ética no es una alternativa. Es un error. En efecto, la libertad es, única y exclusivamente, una facultad de elegir el bien moral; “la libertad no se realiza en las opciones contra Dios” (Juan Pablo II, Fides et ratio); la libertad resulta de la confluencia de nuestra razón que busca la verdad y nuestra voluntad que busca el bien (Servais Th. Pinckaers); el bien moral, que es indistinguible de la verdad, es el principio regulador de la libertad, no porque esta lo decida, sino porque lo es; porque el hombre es así; y elegir el mal (pecar, abortar) no es libertad: es elección, una elección que ha pervertido o podrido la libertad, y por lo mismo no es libertad, sino una patología de la libertad. Y el bien es el único bien que para cada caso la ética marca. No depende de mi opinión; depende de mi hombre. Si no aceptamos esto, no aceptamos la ley natural –aquella ley moral común a todos los hombres que por fuerza tiene que existir en la medida en que, como especie, nos unifican algunas características básicas; y cuya existencia es la base innegable y feliz para la unidad entre todos nosotros- y, lo que es peor, no aceptamos la verdad y las posibilidades (una sola posibilidad) de ser el hombre feliz.

Y porque el bien y la felicidad y la humana realización no son plurales –como queda dicho-, la política debe ponerse al servicio de esa única manera de ser hombre sin desgraciar al hombre, sea que lo acepten o lo rechacen unos y otros. La verdad es la verdad, y lo demás es mortadela. La política y la ética, lejos de contraponerse, van en una misma dirección, que es aquella que arranca de las tripas y desemboca en el Dios que para algo le dio al hombre tripas. Por el camino, pasa por opciones que la ley natural exige y por otras que son formas discutibles de realizar la ley natural; pero la ley natural debe ser el criterio de la política exactamente lo mismo que lo es de la ética.

Es que si no, de hecho, tendríamos una ética para que el hombre se realizara, pero esa ética chocaría con la ley, y quedaría trunca y frustrada, como en parte ocurre, porque no se acepta lo aquí dicho, en España, y en parte más evidente ocurre en otros lugares (aborto obligado en China). Y por culpa de la ley, el hombre no se realizaría. Las mujeres chinas pecan obligadas. Y el pecado, amiga mía, es exactamente lo contrario a la realización y a la felicidad. Cuando muere Dios, ha muerto el hombre. Sólo hay una manera de ser feliz, y esa manera es la que se le ocurrió a Dios. Fuera de Dios, hace frío: también en política. Cualquier opción al margen de Dios va contra la libertad y hace daño al hombre. También en el ámbito político, porque el hombre es uno, y la faceta política de un hombre en cuanto ciudadano no se añade a su ser persona; no va por una calle distinta; va por las mismas tripas.

Por consiguiente, distinguir como tú lo haces entre la ética y la política puede ser, en mi falible y modesta opinión, el principio y el rápido final del colapso de una sociedad entera. Tentémonos la ropa.

Luego resulta que nos encontramos con una sociedad plural y hasta pluralista. Pero no perdamos el norte. Esta afirmación hace referencia a una situación de hecho, y lo anterior la hace al plano de lo que “debe ser y por naturaleza así es”; a aquello que está bien y que, por estarlo, debería ser una realidad –completamente realizada- entre nosotros, porque hay una verdad y esa verdad es como es. Que haya mentira, o que predomine la mentira, no le lima un milímetro a la verdad. La verdad y el pluralismo no se contraponen; se contraponen la verdad y la falsedad –por un lado- y el pluralismo y la unidad (del signo que sea) –por otro lado-. Yo no puedo negar la verdad (como la de que nadie puede abortar) porque haya gente que se equivoque o mienta. La verdad y el pluralismo no se combinan, porque no están en el mismo plano. El pluralismo es un hecho y es un problema, y en gran medida es un pecado, o la precipitación de muchos pecados. Debemos trabajar por llevar a todos a la unidad (pero no en todo, y no me hagas entrar en estas distinciones). Y mientras haya pluralismo –otra cuestión sería saber si puede evitarse de verdad-, tratemos de afrontarlo como mejor parezca; pero nunca parece bien sacrificar la verdad, o decir: “Señorita, le digo como persona que usted peca, pero como político le digo que se vaya a aquella clínica de allí”.

A ti no hace falta recordarte, María Pilar, la distinción clásica en la Iglesia entre el pecado –al que odiamos con todas las fuerzas- y el pecador –a quien amamos hasta dar la vida-. Pero no te incomodes si te digo que lo tuyo no es eso. Tú comprendes a la pecadora, y ese pecado lo defiendes en el ámbito legislativo mientras lo reconoces pecado. Tu corazón está escindido, María Pilar, y yo quisiera que quisieras darte cuenta.

Hemos de razonar ahora sobre tu seguridad de que puede existir una mentalidad de la vida que respete ese deseado derecho legal al aborto. Para mí, es claro: no es posible una cultura pro-vida que afirme la libertad de decidir. No es posible, como no es posible que un general en una guerra dé la orden de alto el fuego y a continuación añada: “¡Pero los que en conciencia se sientan legitimados para seguir disparando, hagan caso omiso de mi orden!” No puedo decir que matar es malo y que usted mate. Pero veámoslo un poco más.

Hay –entre otras- la libertad moral y la libertad política. Libertad no significa –como suelen decir- “yo hago lo que quiero”, sino “yo decido lo que hago”, que es bien diferente, porque hay unos criterios con los que debo decidir –la ley natural, para nuestro caso-, y no puedo decidir cualquier cosa. Según la libertad política, yo soy libre ante ti, pero eso nunca quiere decir que lo sea ante Dios. Tú no puedes obligarme a cuidar a mis padres, pero yo no soy libre para dejar de cuidarlos. Y según esto, parece que, si no los cuido, nadie puede decirme nada. Sin embargo, llegado cierto grado de desatención, tú y cualquiera daría aviso a la autoridad de lo que está pasando. ¿Qué quiero decir con esto? Que esa libertad política tiene –y cómo no había de tenerlos- sus límites. Yo creo que no se ajusta a la realidad contemplarla en una esfera ideal en la cual no coincide ni colisiona con ningún factor de juicio más, y poner a la nena a abortar si su conciencia se lo dice.

En otras palabras: la libertad no es absoluta. La libertad tiene sus límites, y no es –como dicen- su único límite la libertad del otro; el principal límite es interior a ella; es el que le imponga la verdad. Y por eso, porque la libertad no es Dios como quiso el mamarracho de Espronceda, los pro-vida pueden y deben oponerse a los pro-muerte; y son muchos –incluida la violencia- los medios que, según el caso, pueden usarse: bastará con considerar que están defendiendo al hombre más indefenso imaginable, que es el nonato, y que lo quieren matar. ¿Que suena políticamente incorrecto? Muchas gracias. Pero escuchen un momento: si ustedes ven que siete hombres están dando una paliza a una mujer, ¿no emplearán la violencia para defenderla? Incluso llamarán a policías con pistolas. Pues bien, ese derecho ¿no ha de tenerlo ese nasciturus, mucho más indefenso?

No se puede defender al mismo tiempo la vida (de los no nacidos) y la libertad de abortar. Son bienes (mejor, un bien y un mal) estrictamente contrarios.

Tú apoyas tus argumentaciones sobre la libertad y sobre la conciencia de cada mujer. Me toca decir algo de esta. Esa conciencia que supongo que consideras la más alta instancia para la conducta, y sabes, como Newman dijo, que, llegado el dilema, hay que obedecer a la conciencia antes que al Papa. Eso está muy bien. Pero has de saber que Benedicto XVI ha explicado coherentemente la tesis de Newman, y resulta ser que, según él, el inglés defendía su tesis como una apelación a la verdad; es decir, había que obedecer a la conciencia porque uno entendía que esta estaba en la verdad, y el Papa no. Eso, por lo menos, he entendido yo que decía Benedicto, no sé si cuando era Papa o antes.

Lo que de sagrado tiene la conciencia de uno no es que sea la de uno; es que es el resonador de la verdad y el pregonero de Dios. Por eso se puede hablar de conciencia errónea: porque ninguna conciencia puede contradecir la ley natural inscrita por Dios en el hombre diciendo que la persona puede pecar, que el bien es mal o que el mal es bien. Por tanto, la conciencia es inferior a y dependiente de la verdad. Y luego, hacer depender lo que de sagrado tiene la conciencia de su cualidad –que la tiene- de núcleo más personal o íntimo de la persona es degradar peligrosamente la conciencia, por prescindir de Dios o por rebajar a Dios. Y una conciencia que dictamina que vamos a abortar es una conciencia, no ya degradada, sino luciferinamente degenerada, María Pilar, y aquí no te cambio ni el adverbio ni el adjetivo.

Me quedan algunas cosas, porque –como saben, María, los lectores de este blog- yo soy incapaz de brevedad.

Sobre esa supuesta posibilidad de una cultura de la vida que admita, de brazos cruzados, el aborto, y aun el aborto legislado, en la que tú crees y que defiendes, yo creo sinceramente que eso no es posible; que no sería cultura de la vida; todo lo más, sería indiferencia. Sería como un pescador que acudiese con todos los aparejos, y cada vez que viese un pez, los apartase bien lejos de él. Sería como un conductor que antes de sentarse al volante vaciase el depósito de gasolina. Sería como un árbitro que saliese al campo con los ojos vendados. Sería… la pura y desnuda contradicción. Una cultura de la vida no legisla al servicio de la muerte. Y los movimientos pro-vida, que tienen diversos campos de acción, tienen uno principalísimo, que es la lucha en el campo de la legislación. “Aborto Cero”, exigía duramente uno de esos movimientos al ministro, como cuenta aquí mismo un hermano sabio que yo tengo. Quizá se pueda decir que es el campo de lucha esencial, porque no hay otra manera de garantizar la seguridad, en toda la nación, para todo nasciturus; y no otra cosa es lo que quiere, a lo que aspira, una cultura de la vida. Mira, María Pilar, a mí, lo que dices, me parece innegablemente contradictorio. Yo sé que no te enfadas: tú sabes que no estamos contendiendo; estamos buscando juntos la verdad. Y yo estoy haciendo esfuerzos titánicos para buscar un tono sereno, pero, hija…, “el estilo es el hombre”, y a los versos me remito del amigo Miguel Hernández. Que sepas que mi madre nos decía que “quien hace lo que puede no está obligado a más”. Y además, tienes oportunidad para todas las réplicas que quieras.

Mira. Tú ¿en qué basas la legislación abortista? En la conciencia y en la libertad, eso queda bien claro. Bien. Hagamos, si te parece, lo mismo en otros campos. No hay –“dejadme la esperanza”, diría también Miguel Hernández- muchas personas que quieran matar a sus padres como estas amigas tuyas quieren matar a sus hijos. Pero haberlos, haylos. Y estos también tienen conciencia y libertad: vamos a despenalizar o descriminalizar el parricidio, aunque sepamos que es crimen nefando. O vamos a descriminalizar o despenalizar el tráfico de droga, porque no cabe duda de que –desgraciada, pero verdaderamente- muchos de esos traficantes están a bien con su conciencia. ¿Y qué te parece? ¿Añadimos la pederastia? Estoy practicando la reducción al absurdo. No basta –desgraciadamente-, y menos en la actualidad, confiar en “el razonamiento, la caridad y las ayudas concretas”. Hacen falta leyes coactivas, como toda la vida las hubo sin susto de nadie.

Sobre lo que me escribes de “una idea que hoy es básica en la cultura: el respeto de su libertad (de las mujeres)”, ya hemos dicho bastante. Pero me gustaría proclamar aquí que hay un escritor colombiano, Nicolás Gómez Dávila, que es genial cuando escribe cosas como la siguiente: “Al hombre moderno le es indiferente no hallar la libertad en su vida, si la halla ensalzada en los discursos de quienes lo oprimen” (Escolios a un texto implícito). Si no lo copio, reviento.

También me dices que “no estoy haciendo más que lo que el magisterio de la Iglesia ha planteado en temas como las leyes imperfectas: en un contexto abortista, el legislador puede votar una ley abortista en la que se gane algo de terreno hacia la defensa de la vida…, aunque sea una pequeña victoria”. No creo que estés haciendo nada parecido. La ley imperfecta, según lo explicas –de eso, como de casi todo, entiendes mucho más que yo-, es un caso de buscar un mal menor, que es lo máximo que se puede lograr. Pero lo que tú has propuesto es levantar la veda en el terreno del aborto, sin dejar constancia de ninguna matización ni restricción ni condición, y por consiguiente dejando como únicos criterios la famosa libertad y la famosa conciencia de la famosa mujer que, considerándola tú pecadora, le abres en el derecho la puerta para que vaya a sus famosos pecados.

También me pones una comparación evangélica: mi actitud “sería como acusar a Jesús de defender el adulterio porque se negó a condenar a la mujer adúltera: una enseñanza perenne. No todo se arregla mediante el recurso penal: la lapidación o la condenación que sea”. María Pilar: yo no acuso ni condeno a nadie, tampoco a las abortistas; de hecho, las he absuelto en confesión (se dio una circunstancia que me lo permitió, a pesar de que de ordinario no puede hacerlo cualquier sacerdote), y posiblemente es uno de los gozos más grandes que alberga mi corazón de sacerdote. Yo las amo. A sus difuntos hijos, y a ellas también.

Y has de saber también, ya que hablas del recurso penal, que, o estoy yo ya muy atrasado de noticias, o en España no ha ido ni una sola mujer a la cárcel por aborto. En cualquier caso, yo estoy perfectamente de acuerdo contigo en la importancia y necesidad de tantas cosas –la caridad, sobre todo, y son palabras de San Pablo- antes que la ley. Pero lo que me incumbe, porque es de necesidad, es criticar todo lo bien que sepa tu defensa de las leyes abortistas, y no hablar de lo otro.

Por último, que sepas que tú no haces lo que Jesús, que se negó a condenar a la mujer por la transgresión de la Ley. Tú, María Pilar, además quieres cambiar la ley. En cambio, Jesús es el mismo que dijo “no penséis que he venido a abolir la Ley ni los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17). Y un poco más adelante: “El que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres será el más pequeño en el reino de los cielos” (Mt 5,19). Ojo con lo que enseñas, Pilar; ojo con lo que nos legislas.

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