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HABLEMOS DE LA CARIDAD, SIGUIENDO CON LOS JÓVENES DE SAN JOSÉ

18 junio 2013

Miguel

Luna, egregio comentarista de este blog, me ha mandado un comentario al artículo anterior, titulado “La última palabra que puede pronunciarse fuera del infierno. Carta a los santos”. Contestándole estaba, cuando me he dado cuenta de que merecía la pena poner aquí comentario y respuesta, porque el tema es vital -estamos hablando de la caridad en lo material- y también porque yo, que no tengo capacidad de brevedad -y que, por cierto, no acabo de creerme que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”-, estaba haciendo un comentario de un par de quilos. Veréis que vierto unas opiniones muy personales, que nadie debe tomar como verdades de la fe.

Gracias, Luna, por la oportunidad, y si queríais otro artículo, “allá va, como el caballo de copas” -que es lo que dice Bécquer para comenzar El monte de las ánimas-.

Luna.- Finalmente no hicieron la inspección el sábado, como TAMPOCO inspeccionan los contenedores de basura de donde muchas veces comen las personas que acuden a recibir ayuda de los JSJ. No les importa tanto la sanidad como “lo otro”.

En la nueva web de Jóvenes de San José (http://jovenesdesanjose.org/podemos ver algunos retazos sobre la reacción que se ha producido contra esta tropelía. Más de veinte mil firmas de HazteOír en contra, el respaldo de S. E. el Cardenal Sistach, de Intereconomía, la 13 TVInfocatólica e innumerables blogs que como este han dado a conocer este atropello. (Todo sea dicho, pocos con la excelencia que esta vez alcanza la entrada.) Twitter Facebook están que arden, según nos cuenta Elentir en su blog http://www.outono.net/elentir/2013/06/15/ola-de-criticas-a-xavier-trias-en-la-red-por-la-persecucion-a-los-jovenes-de-san-jose/. Por cierto, que enlacé allí a esta entrada, porque se lo merece.

Pero esto no puede quedar así. No, señor. Ya hemos visto con indignación que no es lo mismo que unos funcionarios municipales repartan vales por comida que el dar amor y comprensión como condimento de lo necesario. ¿A qué esperamos para hacerlo? Porque los JSJ, con todo lo dispuestos que están, no dan abasto para tanta necesidad. Ni nadie lo dará, si no somos todos quienes nos ponemos. (El Ayuntamiento tampoco.)

Aquí tenemos que luchar contra dos injusticias. Ya lo hemos hecho contra el abuso del Ayuntamiento, ahora nos falta oponernos a la falta de justicia distributiva (eso que ahora llaman “justicia social” y no existe con este nombre). Porque esta falta es en alguna medida culpa nuestra. ¿Dar limosna a la mendigo de la puerta de la iglesia? Pues no, si sólo constituye una forma de salir de allí sin conflictos, mientras pasamos por alto que le ha dado un cachete al bebé para que llore. O sí, si creemos que es necesaria nuestra ayuda, pero también escucharla, y, sobre todo, tenerla como a una persona más. Porque no es otra cosa.

¿Salir a los caminos como Don Quijote, a desfacer entuertos? Cada vez me parece mejor idea, pero si vuestro horario de trabajo no os lo permite, al menos podéis hacer como el Cid de aquel romance, que ofrecía al leproso “la desnuda limosna de su mano”, al no encontrar su escarcela para darle unos dineros.

Gracias, Luna, por elogiar lo que no fue sino una obligatoria indignación. Cuando se trata del hambre, menos es pecado. Hambre es una palabra que deberíamos pronunciar en posición de firmes, y muchos -la mayoría-, humillando la cabeza hasta el suelo por su pecado de omisión. Decían los padres de la Iglesia: “Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas” (citado en la constitución Gaudium et spes, del Vaticano II, n.º 69).

Pero quería hacerte unas observaciones. Creo que el “amor y la comprensión” no son “condimento de lo necesario”, sino más necesarios que el pan. Creo que no ha sido más que un fallo de expresión, porque se nota en lo que sigue cómo valoras ese amor y esa comprensión. Tantas vidas irredentas, que al parecer ya no tienen remedio porque no hay quien las saque del alcoholismo o la droga, o de la prostitución, o del odio, o de la desesperanza, o de la abulia, tantas personas que han perdido lo que es quizá más duro de perder, que es la autoestima, muchísimas veces son salvadas porque aparece alguien que -por primera vez en mucho tiempo- las mira a los ojos, les sonríe, las escucha -años sin que nadie escuchara-, las deja tocadas… y vuelve unos cuantos días a hacer lo mismo, y entonces empieza el uno a proponer caminos, y el otro -porque ha sentido el cariño- a aceptarlos “porque me lo dices tú”. Dicen los filósofos personalistas que somos si nos aman. Y ya lo creo que lo experimentamos, y ellos también tienen derecho a experimentarlo.

Hablando de otra cosa, a mí me da alegría, en el fondo, lo que ha pasado. Si tengo bien los datos, el ayuntamiento se ha echado atrás ante la velocísima y airada reacción ciudadana; y los Jóvenes habrán ganado una popularidad que no les daría la mejor campaña publicitaria. Y eso, por supuesto, se traducirá en muchas cosas, y entre ellas, en más donaciones y en más incorporaciones de miembros. La gente, hoy y aquí, no suele tener mucha fe, pero corazón lo tenemos todos. Y también ese dato va a pesar, cómo no iba a pesar. Creo que se va a cumplir, pues, lo que citaba yo de San Pablo a los filipenses: “lo que para ellos es señal de perdición, para vosotros, en cambio, es señal de salvación. Todo esto viene de Dios.”

En cuanto a dar limosna al desconocido callejero -que, por cierto, aprovecho para decir a) que se pone a la puerta de nuestras iglesias, y no, en cambio, a la puerta de las discotecas de quienes reprochan a la Iglesia no ayudar a los pobres; y b) que por alguna razón será, adivina adivinanza-, te contaré una cosa. En el seminario -cuánto lo quiero-, tuvimos una sesión con el delegado diocesano de Cáritas. Yo hice esa pregunta: “¿Hemos de dar cuando nos piden por la calle?” La respuesta fue un “no” rotundo, categórico y sin excepciones (aunque una excepción, digo yo, podría ser que se tratase de un antiguo amigo, por ejemplo, o parecidas circunstancias, y aun así no lo tengo claro). A mí me basta que lo dijera aquel señor. Pero es que lo explicó. No sabemos quién es, o no sabemos en qué situación está exactamente, y podemos -dijo- estar favoreciendo situaciones como las de las mafias de rumanos (y nadie me acuse de racista, ya que creo que el dato debe saberse) que todas las noches, cuando llegan todas las mujeres por la noche, recuentan lo que se ha mendigado, y, sistemáticamente, propinan una paliza a la que menos trae.

Cuando podamos hacerlo, a estos hermanos que nos piden, hemos de dirigirlos a los servicios sociales de la administración (normalmente ayuntamiento, mira tú por dónde), que son los que tienen la obligación jurídica sobre la base de que cobran impuestos (y más bases también hay). Cuando los servicios sociales -al fin y al cabo, son funcionarios- no llegan al caso, entonces hay que llevarlos a Cáritas, normalmente, o a instituciones como los Jóvenes de San José, que tienen una obligación, digamos, de segundo grado, por más que esto, el amor, sea el corazón de nuestra fe, sea absolutamente todo en nuestra religión.

Y cuando yo hago eso y me dicen: “Es que no me ayudas”, yo les explico que Cáritas, como institución de la Iglesia, soy yo; son mis manos; y que ahí hay personal especializado que lo hará mucho mejor que yo…, y será en mi nombre; a lo mejor van pidiendo dinero, y se encuentran con un trabajo.

También quería contarte lo que hacía no sé quién, que se me quedó muy grabado. Cada vez que un desconocido le pedía por la calle, no le daba la limosna, pero se pasaba un euro al otro bolsillo; cuando llegaba a casa, lo metía en un bote, y cada tanto, la suma iba a Cáritas u otra institución parecida, no lo sé.

Distinto es el caso de que me pida ayuda un conocido, supongamos un vecino. Ahí soy yo el obligado. No puedo quitármelo de encima, a menos que me sea imposible esa ayuda.

Y luego, por favor, por lo que más queráis -y aquí reaparece el tema del cariño que hace ser-, cuando neguéis esa limosna, os pido que no hagáis como la mayoría: pasan sin mirar al pedigüeño; o mienten (“no llevo nada”), lo cual se llama pecado (y no mentirijilla). ¿No sois capaces de mirar a esa persona a los ojos y decirle, con una sencilla sonrisa, algo como “lo siento, no puede ser”? Yo, en una ocasión, le dije a uno que no podía darle dinero, pero que me gustaría darle un abrazo; y se lo di (como el Cid, Luna: “te ofrezco la desnuda limosna de mi mano”; nunca podría yo caer tan alto, ni el Cid tan bajo). Benedicto XVI, en la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid, nos pedía: “No paséis de largo ante el sufrimiento humano, donde Dios os espera”. Luego en el andrajoso que me pide y al que tengo que negar, ahí también me espera Dios, el Dios que se identifica con quienes sufren. Cuando dirigimos la palabra a alguien, y este pasa de largo sin siquiera mirarnos, nos irritamos muchísimo. Ese señor, por tener barbas sucias y pantalones andrajosos, y por haberos pedido dinero, ¿tiene que sufrir lo que a vosotros os irrita? Pues lo arrojáis -el amor hace ser- al abismo de la insignificancia, del rechazo, de acabar no siendo nada. Que aproximadamente es -mire usted por dónde- la manera que tiene Joseph Ratzinger de entender cuál fue el principal sufrimiento de Jesús en la Pasión. ¿A quién le parece poco?

Están también los casos de personas que nos dicen: “Yo ya no doy a nadie, porque una vez di un bocadillo a uno, y luego lo vi en la papelera”. Yo le diría a usted, en primer lugar, que ese pobre le hizo a usted un favor. Ya se ve que usted quería, o quitárselo de encima, o lavarse la conciencia; porque si un caso le ha bastado para decidir sobre cosa tan importante como es esta, entonces ya se ve que mucho amor al amor no tiene usted; que para usted no es importante; y el hombre que tiró el bocadillo le suministró para siempre la excusa perfecta.

Pero, además, yo también hubiese tirado el bocadillo. ¿Seremos alguna vez capaces de darnos cuenta de que no somos más que ellos porque la vida nos haya ido mejor? Si yo como todos los días dos platos, postre y café, no entiendo qué derecho tengo a darle al otro un asqueroso bocadillo que cada día le dan -por idénticos motivos- en uno y otro sitio. Por consiguiente, si yo doy de comer a un pobre, o lo traigo a casa, o lo llevo a un restaurante para que coma: dos platos, postre, café… y un chupito. Y -eso es muy importante- como con él lo mismo o menos, o, en cualquier caso, lo acompaño.

Otra opinión que tengo, y sé que es muy discutible. En general, creo que lo de entregar ropa sería mejor que se terminara. Si algo le es fácil de conseguir al pobre, es ropa. Y el señor -normalmente, la señora- que da ropa a la parroquia para los pobres también, muchas veces, está haciéndolo para lavarse la conciencia: “¡Qué caritativa soy, que doy ropa!” Y con eso, ya no se ve obligada a dar más. Yo lo llamo, o hipocresía, o pobre ignorancia. Además, ¿no os parece curioso que entreguen siempre la ropa que ya no se va a usar? ¿Qué generosidad es esa? ¿Por qué no entregan el mejor vestido que tienen? ¿Por qué no, cuando compran ropa, se acuerdan del pobre y compran tres o cuatro pantalones para entregar sin usar?

El problema del lavado de conciencia nos atora mucho el fluir de la caridad, o a mí, por lo menos, así me lo parece. Pongamos en la parroquia un cartelito: “No recogemos ropa”, y creo que estamos haciendo caridad, porque habrá muchas conciencias que diligencien su necesidad de lavarse entregando dinero, o comida, o tiempo, o el oro de todos los oros, que es el oro del cariño.

De ese cariño que, junto con los alimentos, dispensan los Jóvenes de San José, y que obra la prodigiosa maravilla de volver a poner a Dios en el mundo.

10 comentarios leave one →
  1. Juan. permalink
    29 junio 2013 12:35

    ¡Qué gran verdad! ¡Cómo el Señor lleva su obra de la mano! Cuando Él está detrás de algo, ningún hombre, ningún poder, puede acabar con ello.
    Ahora se conoce más y mejor la obra de estos jóvenes, que son parte de nuestra Iglesia. ¡Quiera Dios que esto sirva de ejemplo y que en todas las ciudades de España muchos jóvenes sigan su ejemplo!

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  2. 16 julio 2013 11:59

    Querido Miguel: Te he encontrado un fallo y salto de alegría, porque mira que es difícil… Mi gozo es igual al de quien encuentra agua en el desierto y superior al de quien consiguiera contar tres pies al gato. Dices que soy “egregio comentarista”, cualidad que comparto con el más callado de los Trapenses, aunque a menor nivel. Pero aquí se termina mi celebración, ya que pocos errores puedo encontrar en el resto lo que dices.

    Creo que el mal no está permitido para nada más que para darnos oportunidad de obrar el bien, que si hay necesitados y necesidades, los hay como un generoso regalo, que no tiene otro objeto que el de permitir el regalo de nuestra generosidad. Cuando somos nosotros quienes sufrimos una perentoria necesidad, se nos brinda la oportunidad de preciar mejor lo que tenemos y el gesto de quien nos da lo que nos falta. Y el pecado de omisión a que aludes viene casi siempre del cándido intento de solventar lo que conocemos, cuando debiéramos profundizar en este campo, para ver que mucho más es lo que hace falta. Esta tendría que ser asignatura preceptiva para ser humano y cuanto menos, es precepto que tenemos olvidado.

    No conozco a nadie que no busque lo que más le complazca, cuando busca algo que de verdad le interesa. Se informa, compara, busca y se lo piensa, hasta que toma una decisión. ¿Por qué no hacemos lo mismo con la pobreza?. Aquí encuentro la primera falta a la caridad; curiosamente, es la improvisación. En estas vidas en que todo lo queremos programado, donde decidimos en marzo las vacaciones de verano y gustamos de decir a todo que no tenemos tiempo que dedicarle. Será que entregamos nuestros días a lo más importante. Más bien será que no, que hasta en esto nos falta generosidad y -sobre todo- comprensión. Cuando pasamos hambre, lo más importante es comer y como todos estamos hechos de carne y hueso, lo mismo sucede con nuestro prójimo.

    Nuestro prójimo es ese que se pregunta qué estará pasando, cuando lo que en realidad sucede es que hay un Barça-Madrid, que estamos cambiando el mobiliario por otro más horrible (si cabe), o que nuestro descanso nos parece prioritario sobre lo que hemos de conseguir. Es por el mismo motivo que no vamos a ver a nuestra anciana tía, que vive sola. La misma causa por la que no leemos nada que nos pueda ser edificante. La causa, en fin, somos nosotros mismos. No se le pueden dar más vueltas.

    Lo acepto, lo comprendo y lo disculpo, porque está perfectamente justificado: ¿para qué vamos a desear que el más pobre que nosotros tenga nuestra riqueza? Se compone nuestro haber de lo que pretendemos a cada paso y podemos conseguir. Una vídeo-consola, un móvil que sirve para todo menos para decir cosas útiles y unas bombillas que echan poca luz, pero no consumen demasiado. Todo esto es verdaderamente indeseable, es el consumismo que no podemos importar a otra alma para ser felices. Y su derivado, lo que llama la atención a la legua. Si no encontramos a alguien que muere de hambre, no hay bastante para que sintamos la alegría de compartir. O bien nos “congratulamos” [dedicado a Luis] en hacer palanca de este consumismo sacudiéndonos una catódica que aún se puede ver, si se le añade un decodificador de TDT.

    Pero lo que no existe en modo alguno es lo de en medio, la sencillez y el atender a lo que encontramos tras la búsqueda con la objetividad de quien hace la lista de la compra o de quien compra una carpeta.

    Más adelante trataré sobre bocadillos, mendigos de iglesia y otros temas; este comentario empieza a quedar “dos veces malo” por su falta de brevedad, y me encuentro en peligro de llegar al cubo de la maldad, de acercarme a la perfidia o algo así.

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    • 17 julio 2013 1:05

      Estaba escribiendo una respuesta, y no sé qué percance informático la ha succionado. Cuando me ocurren estas cosas, que se muera la respuesta, y paso a lo siguiente.

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    • Juan permalink
      17 julio 2013 7:44

      Con tanta verbigracia, me he perdido el fallo. No lo entiendo.
      Si es posible, detállalo para personas simples y de un alcance intelectual limitado, como yo, por favor.

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      • 19 julio 2013 17:32

        Juan, no sé sobre qué texto quieres aclaración.

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      • Juan. permalink
        19 julio 2013 19:15

        Sobre el de Luna 🙂

        ——
        Ya verás qué pronto te lo explica él mismo; pero me temo que tienes que aclarar más, porque hay dos comentarios de Luna.

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  3. 16 julio 2013 12:51

    Sobre lo de dar un bocadillo o invitar a comida, café, copa y puro:
    Lo tengo muy claro. Si hemos de atender a las necesidades, habremos de contemplar cuáles son éstas. Podríamos provocar el acomodamiento de un inmigrante o de un parado si le damos todo lo que le haga falta. Hay una cuerda que requiere una cierta tensión, la del acicate. Si llega a lo acuciante, aflojémosla con un menú, pero si está tan suelta que no parece atar nada, tensémosla con el bocadillo. Hay personas que necesitan un empujón (si se me permite, una patada en el culo) para que arranquen, para que se pongan en marcha. No les conviene el regalo.

    Pero hay otras que sienten la responsabilidad y se encuentran verdaderamente en apuros y se pueden sentir incomodadas ante el agasajo. Un menú, sí. Pero con el pretexto de que “hoy es mi cumpleaños”, café y lo demás, no. Saldrían peor de como han entrado.

    Yo he encontrado mi mina particular de personas necesitadas y veo que algunas tasan con precisión lo que reciben y no quieren más, que me dicen “Mira, yo con esto tengo bastante, me estabas dando demasiado”. Sin embargo, hay otras que me dicen aquello de “la oscuridad se cierne sobre mí”, a la vez que me esconden la paga del PIRMI. Estas segundas no sienten ningún rubor ante el sablazo y a la vez, poco agradecimiento. Y al final, tiran p’alante las primeras, mientras que a las segundas, todo les son penas y obstáculos.

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    • 17 julio 2013 1:19

      Casi seguro que tienes razón. Pero es que tu adoptas una óptica distinta. Yo hablaba un poco “a bulto”, en general, de esos que dan un bocadillo de cualquier cosa, pero nunca de caridad. De los que quieren quitarse de encima al menesteroso. De los que quieren poder seguir conviviendo con su conciencia, como si se hubiesen portado bien. De aquellos cuya falsaria existencia me obliga a ir al retrete, y más si van a Misa los domingos.

      Tú te colocas en la disposición del caritativo de verdad. Es otro problema. No es ya que tenía yo que decir cómo no se hacen las cosas. Es que tú dices como hay que hacerlas. Y entonces, puesto que a personas servimos, veámoslas una por una, ya que no hay dos iguales. Tú hablas de aquellos cuya existencia genuina me obliga a descorchar una botella de champán.

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  4. 20 agosto 2013 22:27

    Buenas noches.

    Usted habla de dirigir a servicios sociales a los necesitados, y no es oro todo lo que reluce.
    Aunque cueste creerlo, pues tengo domicilio (de prestado desinteresadamente), agua, luz e internet, yo soy uno de ellos: me faltan alimentos, vestido, calzado, productos de higiene personal y de higiene del hogar. No encuentro trabajo, con la dificultad de que soy disminuido sensorial -mi vista es muy limitada-, y no tengo estudios.

    Pues bien, me encuentro a menudo con quien me manda a asistentes sociales, o a la parroquia… Les pido que me acompañen, al tiempo que les explico mi historia. Cuando alguien me acompaña, que sucede realmente muy rara vez, no le queda por menos que poner una reclamación al ver lo que se encuentra. Ya lo sé, no sirve para nada, y de tanto verme allí por la misma causa, no les sienta muy bien mi presencia (por ser suave hablando).

    Los servicios sociales me mandaron en el 2010 a Cáritas. Cáritas se niega a atenderme excusándose en peligrosidad en el trayecto debida a mi ceguera, opinión que, además de ser desautorizada -pues no son quienes para hacer tal valoración-, es errónea y tremendamente injusta…

    Resumiendo mucho:
    Los asistentes sociales no pueden darme ninguna solución, y Cáritas… Hoy ha sido la última vez que he hablado con Mn. ***, Director de Cáritas Diocesana y párroco del pueblo donde vivo, Vilobí D’Onyar (Gerona), y no consigo absolutamente nada.

    Como anécdota, triste anécdota, le diré, estimado: En Cáritas de Santa Coloma De Farners, cuando fui, me pidieron que me quitara el Rosario que tenía colgado al cuello, con excusa de la tan de moda tolerancia (falso respeto).

    Cuando asisten a no católicos y al menos yo, católico, no lo tengo… Creo que algo no va.

    ——————-

    Nota.- Perdone, pero me ha parecido conveniente omitir el nombre del sacerdote.

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  5. Luna permalink
    22 agosto 2013 17:10

    Perdona que no te haya respondido hasta hoy, Juan. No había leído tu comentario.

    Cometemos pecado de omisión cuando no ponemos todos los medios que están a nuestro alcance para obrar correctamente, incluso cuando no impedimos un mal y debiéramos hacerlo. Como la pobreza es en algunos casos mucho más grave de lo que suponemos, nuestro pecado de omisión consiste en “suponer” un mal, cuando tendríamos que estudiarlo (pero así, empollárnoslo) para combatirlo a fondo. No basta con poner parches a lo poco que podamos ver en la calle. Creo que este estudio de las necesidades del prójimo es tan humano, que casi podría ponerse un examen de humanidad cuya única pregunta fuera: “¿Ya te has molestado en mirar a fondo, o sólo te limitas a “ver” la pobreza?”

    Siempre queremos que nos vaya todo a pedir de boca, por lo que tendemos a planificarlo a tope, pero para que a nosotros nos guste, no para que todos estemos mejor. Nunca admitiríamos una improvisación chapucera en lo nuestro, pero la aplicamos en la caridad. Y esto sucede porque no miramos más que nuestro bienestar y al pobre no le brindamos las mismas comodidades, en el fondo, porque no pueden cubrir necesidades vitales, son simples rellenos.

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