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EL ÚLTIMO ASALTO A LA EUCARISTÍA

13 junio 2013

He aquí un artículo que presenta tantas tristísimas conductas de clero y fieles en torno a la Eucaristía. Muchos nos  acusarán de pesimismo y nos dirán que hay que presentar siempre lo positivo. Dejando aparte que eso no es una verdad para siempre -y la realidad que necesita ser cambiada necesita ser antes conocida-, os daréis cuenta de que el propio autor, al final, exhorta a la esperanza, y pone para ello los más poderosos motivos. En el mismo Informe sobre la fe que voy a citar yo a pie de página, Vittorio Messori dice, nada menos:

         “Cuanto más hace suyo el hombre el acontecimiento en que se funda el optimismo por excelencia –la Resurrección de Cristo-, tanto más puede permitirse el realismo, la lucidez y el coraje de llamar a los problemas por su nombre, para afrontarlos sin cerrar los ojos o ponerse gafas de color rosa” (p. 17).

Germán Menéndez,
 en El Chascarrillo del Monaguillo, en Religión en  Libertad (pinchad aquí)
Quisiera contribuir a la interesantísima reflexión que Josué Fonseca hizo en su blog, titulada “Por qué mis hijos no quieren ir a Misa”. Comenzaré diciendo que mis hijos sí van, pero… ¡claro, son aun pequeños! La mayor hizo su primera Comunión hace un par de semanas, y por tanto aún no han pasado por esa crisis que empieza a despuntar en torno a los doce o trece años, momento en que la Misa empieza, por lo general, a parecerles un rollo. No tengo la experiencia con mis hijos, pero sí con algunos familiares (de toda edad y condición) y muchos amigos, que después de haber pasado por un colegio religioso y la parroquia, después de pasar por la catequesis de primera Comunión y la Confirmación, prefieren quedarse en casa, un domingo cualquiera, viendo por televisión la carrera de Fórmula 1, antes que participar en la misa. Mi reflexión pretende ser complementaria a la de Josué y pretende acercarse a las razones últimas desde otra perspectiva. Josué señalaba como causas, aparte de las cuestiones que plantea acerca de la liturgia, a dos de los enemigos del alma: el mundo (sociedad secularizada) y la carne (hedonismo imperante); en esta entrada quiero hablar del tercero en discordia: el demonio y su quinta columna.

¿Por qué tantos cristianos no van a Misa?

La respuesta es clara, sencillísima: no van a Misa porque no tienen ni la más remota idea de lo que es la Misa. Esto no es una opinión, es un hecho*. La pregunta más difícil de responder es el porqué de todo esto. La causa inmediata es, desde luego, también evidente: las catequesis (en formas y contenidos) son malas, muy malas, a los resultados me remito. Transmitimos un cristianismo (edulcorado, light) carente totalmente de transcendencia, mística y sacrificio. Un cristianismo sensiblero y demasiado apegado a la tierra. Transmitimos un cristianismo de operación Kilo, de sembradores de estrellas, de caritas sonrientes y colegas que se reúnen asambleariamente para, dándose la mano en torno al altar, entrar en comunión con el cosmos, la naturaleza, la humanidad y no sé cuántas chorradas más. El Misterio ha quedado desterrado, desechado. La oración personal llevada a la vida cotidiana, olvidada.

No solo sería injusto, también sería faltar a la verdad generalizar del todo en este asunto. Me llena de esperanza y alegría esa pléyade inmensa de sacerdotes, muchos de ellos de la nueva hornada, que son fieles a liturgia, y siguen creyendo, ¡pásmense ustedes!, en la transubstanciación, la existencia de Satanás y el infierno, la resurrección de la carne y la Parusía, pilares de la Fe [1] que poco se explican en catequesis, menos aún en las homilías dominicales, y que desde luego no se reflejan en nuestras vidas cotidianas.

He sido testigo de cómo un sacerdote, en plena consagración, exclamaba: “¡Por favor, señora…!” porque a una feligresa se le escapó, durante la elevación, un “¡Señor mío y Dios mío!” Hace poco una persona me contaba cómo, al arrodillarse para recibir la comunión, el sacerdote le despachaba el Cuerpo de Cristo con la piadosa jaculatoria: “¡Que sea la última vez…!”

He participado, y sobre todo sufrido, ¿misas? en las que el sacerdote volcaba todo su potencial creativo en variar la liturgia  para hacerla -según él, claro- más cercana y comprensible. Recuerdo una Vigilia Pascual en la que se suprimió la liturgia del fuego por unas piedras que representaban no sé qué y unos bonitos versos que sustituían a las lecturas… ¡Y qué me dicen de esas cancioncillas hippies ochenteras que sustituyen el Gloria, el salmo o lo que se tercie! Hemos suprimido el gregoriano para meter en misa a los Beatles**.

Desde luego, hay que prestar atención a estos sacerdotes (y compañeros laicos liturgistas), a sensu contrario, por supuesto, porque son especialistas en participación: nadie como ellos para dejar vacías las parroquias, y eso les deja más tiempo para publicar libros.

¿Quién habrá hecho más daño a la vida eucarística de los fieles, quien habrá arrancado más personas de la fe? ¿Diocleciano o la panda de teólogos para los cuales todo es mito y elaboración tardía de la primitiva comunidad cristiana? Lobos con apariencia de corderos, o tontos útiles caídos en el más insulso de los buenismos.

Satanás, que lleva siglos de lucha contra la Iglesia Católica, única Iglesia de Jesucristo, va aprendiendo de sus errores. Atacando a la Iglesia de frente, nada puede (aunque le gusta). Todas las persecuciones, desde el martirio de San Esteban, pasando por Nerón, Diocleciano…, hasta llegar a la “humanitaria” Revolución Francesa, China, Rusia, Méjico y España…, han llenado el cielo de mártires y la tierra de cristianos. También lo hizo soterradamente, inoculando veneno con las herejías (arrianismo, monofisismo, macedonianismo, maniqueísmo, ebionismo, protestantismo, etc.), pero todas ellas terminaban por ser expulsadas, cual cuerpo extraño, del organismo vivo de la Iglesia.

La táctica satánica en estos últimos tiempos (debería escribirlo con mayúsculas: Últimos Tiempos [2], mejor así sin duda) ha sido hacernos creer que somos unos tipazos muy majetes y que antes de nosotros, en aquellas oscuras épocas medievales (algunos piensan que la Edad Media, a tal efecto, se extendió desde el Concilio de Jerusalén hasta nuestra constitución del 78), no había sino superstición, opresión y corrupción eclesial. Y junto con esto, Satán ha practicado el ataque directo (la abominación de la desolación) al corazón de la vida de la Iglesia: la EUCARISTÍA. Esta vez la persecución no es a sangre y a fuego (en occidente, quiero decir, porque en otros lugares como China o Corea del Norte, sí lo es), sino a base de globos, confetis y soberbia plasmada en arreglos litúrgicos.

De este modo, ayudado por el quintacolumnismo de tontorrones bienintencionados y falsos pastores malintencionados, la Misa pasó a ser reunión, cena, asamblea y qué sé yo. El momento de la Comunión quedó oculto entre cantos y avisos parroquiales y los sagrarios llegaron a desaparecer de la vista; había (hay) templos en los que uno era incapaz de encontrar el sagrario ni con un mapa. El arte, con el que el hombre quiso siempre adorar y honrar a Dios, se volvió feo, horrible. Los sacerdotes dejaron sus vestiduras sagradas, desapareció todo sentido de Misterio y transcendencia.

No me extraña que en estos tiempos postrimeros, en especial de unos doscientos años para acá, el cielo nos envíe tantas alertas.

   Tenemos que volver con urgencia a la pureza, el cuidado y el respeto en nuestras celebraciones eucarísticas. Basta ya de cambios caprichosos y arbitrarios en el canon de la Misa [3], basta ya de teléfonos móviles y feligreses contestando en mitad de la consagración, basta ya de llenar la Misa de ruido, basta ya de explicar mal la Misa a los catecúmenos, basta ya de impedir la comunión de rodillas y en la lengua, basta ya de rebajar el nivel de exigencia y que nuestros jóvenes sean incapaces de rezar un padrenuestro en latín [4], basta ya de sagrarios abandonados, basta ya de falta de respeto a las especies sagradas [5].

Aclaro para terminar: No me parecen mal ni la operación Kilo, ni los sembradores de estrellas, ni las paraliturgias que fuera de la Misa puedan realizarse, tampoco los vídeo-forum y cena-forum y similares, pero quedarse en eso es nefasto, y muchas veces a eso se reduce la participación de los jóvenes, y no tan jóvenes, en multitud de comunidades cristianas. ¿En qué consiste el éxito, por ejemplo, de Medjugorje? Consiste en: fidelidad litúrgica, Misas cuidadas (sin añadidos), fidelidad al Papa y al magisterio de la Iglesia, la Adoración Eucarística, la Confesión, el santo Rosario, el ayuno y la penitencia, la caridad y el contacto personal con el Misterio. Del Concilio Vaticano II para acá, se ha probado de todo y no ha funcionado: ¿no habrá llegado la hora de probar la Verdad, incluida la verdad del Concilio? [6]

Creo, como han señalado los Papas en numerosos escritos [7], que vendrá un tiempo en que reinen los Corazones de Jesús y María en el mundo entero, un Reino que será sin duda Eucarístico, pero esto acontecerá, como nos recuerda el Catecismo [8], tras un periodo de extrema tribulación y persecución que nos vendrá de todos los lados, también desde dentro (quien tenga oídos que oiga). Pidamos mucho al Señor para que adelante su hora, ¡venga tu Reino!

¡Que nadie se desanime ni se complique la existencia!: confianza en la Divina Providencia, devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María e intensa vida eucarística: he ahí el secreto.

Que en esta Solemnidad del Sagrado Corazón nos decidamos a hacer de la Eucaristía el centro de nuestras vidas.

 menendez.german@gmail.com

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* Yo creo que el problema es mucho peor. Tengo comprobado que la abrumadora mayoría de los cristianos que asisten a Misa, incluso a diario, no saben lo que es la Misa. Podéis hacer la encuesta. Pero que esto no sea una acusación contra nadie, sino una exhortación a todos a aprovechar cualquier ocasión para una buena catequesis formal o informal. Solo con que se quedaran con las siguientes breves palabras, ojalá de memoria, habríamos triunfado: “La Santa Misa es la renovación incruenta del sacrificio de la Cruz”. Por lo demás, os invito a que leáis, aquí, el artículo “A toda la marea sucia del mal, se contrapone la obediencia del hijo” (15 de febrero de 2013). (Nota de Miguel.)

[1]  “La fe en el retorno de Cristo es el segundo pilar de la confesión cristiana” (Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret-II, Madrid: Encuentro, 2011, p. 333).

** Debe saberse que, cuando se llega al caso de que el celebrante no tiene la “intención de hacer lo que hace la Iglesia”, la Misa no es válida, o, más claro, no hay Misa. Ahora bien, ¿se puede suponer que tiene la intención de hacer lo que hace la Iglesia, justo en el momento de la consagración, un sacerdote que se pasa el resto de la celebración haciendo lo que la Iglesia no quiere? Yo creo que unas veces no, y otras sí. Aviso a navegantes. (Nota de Miguel.)

[2] A lo largo del artículo, el autor deja ver con claridad su creencia de que nos encontramos en esos Últimos Tiempos. Es una convicción ampliamente extendida hoy. Al publicar el artículo, he de manifestar que no tengo opinión al respecto, porque no me he informado suficientemente. Las opiniones del autor en este punto no son las del editor, que no sabe qué pensar (todavía). Pero seguro que el autor y casi todos los autores están de acuerdo conmigo en que no hay que mirar buscando signos escatológicos por todas partes, ni precipitarse sobre todas las revelaciones privadas para satisfacer una curiosidad morbosa; y, por el otro lado, rechazar de entrada las revelaciones privadas (en bloque y sin conocerlas) es cosa más propia de Voltaire que de un cristiano que para algo cree en lo sobrenatural y la Providencia; y, junto a ello, debemos ser conscientes de cómo muchas veces el rechazo de un plantearse siquiera la posibilidad de un final cercano obedece al miedo y no atiende a los datos, escondiendo la cabeza debajo del ala. Pero no sé de dónde puede surgir el miedo si somos seguidores de Jesús; el sentido de la apocalíptica cristiana no puede ser sino positivo, y el Señor nos ha dicho, hablando de los signos de la destrucción de Jerusalén y del fin del mundo: “Cuando empiecen a suceder estas cosas, ¡levantaos! ¡Alzad la cabeza! ¡Se acerca vuestra liberación!” (Lc 21,28) (Nota de Miguel.)

[3] “Que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia” (Conc. Vaticano II, const. Sacrosanctum Concilium, n.º 22). Me parece que no se puede decir más claro. (Nota de Miguel.)

[4] Algunos han creído que la gran hazaña del Concilio ha sido retirar el latín de la liturgia. Sin embargo, se lee en  en Informe sobre la fe, entrevista de Vittorio Messori al Card. Ratzinger, que “es en el campo litúrgico donde nos sale al paso [las palabras en azul son del entrevistador, y suelen resumir el pensamiento del Card.] uno de los más claros ejemplos de oposición entre lo que dice el texto auténtico del Vaticano II y la manera en que después se ha interpretado y aplicado”.- Un ejemplo […] es el de la utilización del latín, punto este sobre el que el texto conciliar es explícito: ‘Se conservará el uso de lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular’ (SC [const. Sacrosanctum Concilium] n. 36). Más adelante […]: ‘Procúrese […] que los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponden’ (SC n. 54). Y en otra parte […]: ‘De acuerdo con la tradición secular del rito latino, en el Oficio divino se ha de conservar para los clérigos la lengua latina’ (SC n. 101).- […] La lengua litúrgica no era en modo alguno un aspecto secundario. En los orígenes de la ruptura entre el Occidente latino y el Oriente griego hay también un problema de incomprensión lingüística. Es probable que la desaparición de una lengua litúrgica común venga a reforzar las tendencias centrífugas entre las diferentes áreas católicas” (Joseph Ratinger-Vittorio Messori, Informe sobre la fe, Madrid: B.A.C., 1985, pp. 134-135). (Nota de Miguel.)

[5] Necesitamos como la vida volver a arrodillarnos en la Consagración, volver a hacer una genuflexión al entrar, al salir y cada vez que pasamos por delante del Sagrario, guardar silencio en la iglesia, quedarnos después un rato a disfrutar de la Comunión y dar gracias, llegar un ratito antes para prepararnos, acudir bien vestidos, volver a leer en otro momento las lecturas… Necesitamos la confesión al menos mensual, o en cuanto hay pecado grave. Necesitamos dejar escaparse unas palabritas de cariño si pasamos delante de una iglesia. Las cosas exteriores son expresión de un amor interior; pero, al mismo tiempo, también lo alimentan. Creo que era Dostoievsky el que dijo: “Nunca es más grande el hombre que cuando se arrodilla”. En cambio, los pintores medievales pintaban al demonio sin rodillas… El demonio no puede arrodillarse; el demonio y la mayoría de nuestros contemporáneos. (Nota de Miguel.)

[6] Remito a la nota 3. (Nota de Miguel.)

[7] Pío XII, encíclica Haurietis aquas (1956). Pío XI, encíclica Quas primas (1925).

[8] Catecismo de la Iglesia Católica:

“675   Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18, 8; Mt 24, 12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21, 12; Jn 15, 19-20) desvelará el “Misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2 Te 2, 4-12; 1Te 5, 2-3;2 Jn 7; 1 Jn 2, 18.22).”

“677   La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10), que hará descender desde el Cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).”

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12 comentarios leave one →
  1. Carlos de María permalink
    14 junio 2013 14:34

    Espíritu Santo, ven sobre tu Iglesia por el Inmaculado Corazón de MARÍA. Me parece fenomenal el artículo. Solamente, el último párrafo creo que no tiene en cuenta la segunda venida de JESUCRISTO a reinar sobre la tierra (Lc 18,8) durante mil años en el Reino de la paz y del amor (Ap 20,4), y entonces ese tiempo transcurrirá con satán en los infiernos, aunque no definitivamente, pues al final de los mil años del Reino, volverá a ser desatado y aflorará sobre la tierra, que habrá caído parcialmente en rebelión a DIOS, y atacará la Ciudad Santa, pero los ángeles, los santos y el fuego del cielo acabarán con todos ellos y JESÚS le entregará al PADRE Gog y Magog. Sometido todo ya a su voluntad, el último enemigo que le será sometido es la muerte o satanás, y esto sí es ya el Fin del Mundo y Juicio Final ante el PADRE, EN LA SANTíSIMA TRINIDAD, CON LA VIRGEN MARÍA.

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    • 16 junio 2013 20:06

      La escatología final es un tema francamente interesante -aunque también sea verdad que algunos se enfrascan en el tema de manera enfermiza-. Por eso, yo te agradezco, Carlos, que nos expongas tu opinión. No obstante, por los pocos conocimientos que yo tengo, me parece que has incurrido en algunos errores. Por lo menos, estos dos:

      a) Cuando San Pablo afirma que “el último enemigo aniquilado será la muerte” (1 Cor 15,28), esa muerte no es Satán: es la muerte; la afirmación está en un contexto clarísimo en el que Pablo habla de la resurrección de los muertos como fruto de la resurrección de Cristo, tema que ocupa y preocupa al autor en este capítulo fundamental de la carta; y eso significa, a mi entender, “aniquilar la muerte”: la resurrección de los muertos en el último Día. No creo que haya ninguna razón para introducir a Satanás en esa palabra, aunque se presuponga que la muerte entró en el mundo por el pecado, y el pecado entró por el demonio.

      b) Presentas una interpretación milenarista del Apocalipsis. Me limito a copiarte la nota de la “Biblia de Navarra (Ed. popular)” a Ap 20,4, que tú citas (propiamente, es nota a 20,1):

      “[…] La batalla entre Satanás y Dios viene presentada en dos momentos: en el primero, el diablo es dominado y privado temporalmente de su poder (vv. 1-3); en el segundo, se narra su último ataque contra la Iglesia, y su destino final (20,7-10). Entre esos dos períodos, se narra su último ataque contra la Iglesia, y su destino final (20,7-10). Entre estos dos periodos se sitúa un tiempo de ‘mil años’ (vv. 4-6), que significa simbólicamente la historia desde la Encarnación del Hijo de Dios hasta su venida al fin de los siglos, tiempo en el que la actividad del demonio está recortada y en cierto modo encadenada. Hubo una corriente teológica que interpretó literalmente esa indicación cronológica en el sentido de que Cristo, tras su segunda venida, reinaría mil años en la tierra -el ‘milenarismo’-, pero la Iglesia nunca la ha aceptado.”

      Quisiera decirte una cosa sin que te enfadaras; tómalo como un consejo de buen amigo. Me parece que te convendría seleccionar más tus lecturas religiosas; y es que de estos temas, que para el gran público resultan tan morbosos, escribe mucha gente con la única intención de llenar las arcas satisfaciendo curiosidades, y las satisface sin fidelidad a las fuentes genuinas, y quita y añade sin ningún rubor. Podrías leer, por ejemplo, la “Escatología” de Joseph Ratzinger (Barcelona: Herder, 2.ª ed., 2007, 303 pp.) y, sobre todo, la encíclica “Spe salvi”, de Benedicto XVI (2007, 94 pp. en la editorial San Pablo).

      Pero, sobre todo, hay que darte las gracias por tu aportación. Eres bien recibido. Que no sea la última.

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  2. 1 octubre 2013 18:23

    Padre, Dios lo bendiga siempre y la Virgen lo proteja y cubra con su manto purísimo. ¿Le será posible ilustrarme con relación a la Comunión recibida en la mano? Hace muchos años, cuando hice la primera Comunión, se me enseñó que se comulgaba de rodillas y en la boca. De hecho, recuerdo que para ello hasta el retrato que solían sacar en recuerdo de tan importante evento era de los niños arrodillados y las manitas unidas en oración conteniendo un misal pequeño (que todavía guardo). Recuerdo que me enseñaron que ni tan siquiera se podía masticar la Hostia al consumirla. Era total reverencia, respeto y amor al Cuerpo de Cristo. ¿Qué ha pasado entonces, que ya no es enseñado de esa forma? Gracias por su tiempo.

    P.S. Yo inicialmente creía que, por haber estado tanto tiempo sin asistir a Misa (mientras estuve “entretenido” en las cosas que el mundo me ofrecía), ahora era normal recibir la Comunión en la mano, y a pesar de sentirme raro al hacerlo, pero acabe despertando por lo que vi. En varias ocasiones vi al Cuerpo de Cristo caer al suelo y ser recogido como un “pedazo de pan” sin mayor preocupación o decoro por otros; vi que se nos permitía tomar la Sagrada Hostia y sumergirla en la Sangre de Cristo, y en ocasiones, al sacarla mojada, vi caer gotas al piso sin que nadie se preocupara por ello. Yo me desesperaba, hasta el punto que en una ocasión, para evitar que cayera al piso, puse mi mano y luego me la llevé a la boca para intentar consumir toda la sangre que sin querer se había vertido en mi mano. Después de esta experiencia, nunca más volví a comulgar en la mano y desde entonces ya llevo varios años recibiéndola en la boca cuando comulgo.

    Por otro lado, con tristeza veo que al Santísimo lo colocan en los laterales de la iglesia o en un cuarto oscuro y pequeño, que casi nadie cabe, sacando del centro a quien es precisamente el Centro: a Jesús. Creo de corazón que Jesús nos está pidiendo que lo llevemos nuevamente al centro nuestro, que es nuestro corazón, y al de la iglesia propiamente.

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    • 1 octubre 2013 19:31

      Lamento comunicarle, querido Luis, que tiene usted un problema muy grave, y es que tiene sentido común. Y por cierto que nos ha hecho usted la demostración más perfecta de la existencia del demonio y del pecado original, y cómo caben también en las parroquias. Pero no lo olvide nunca: “Ipsa conteret” (Gén 3,15). “Ella”, María, pisó, pisa y pisará la cabeza de ese demonio.

      Pero eso no es contestar a su comentario. No lo hago aún, porque tengo muchísimas ganas de hacerlo, lo cual implica que quiero hacerlo bien, y, si hace falta, abrir polémica y recibir insultos; pero es que hay unas cuantas cosas que no se saben y tienen necesariamente que saberse, para ver si de una vez dejamos de tratar mejor -es buen ejemplo- la calefacción de la parroquia que la Sagrada Eucaristía de ese copón -es otro buen ejemplo- que ni siquiera limpiamos, a lo mejor, en treinta años.

      Como a Dios se le ocurra ayudarme, yo he de hacer de aquí un buen artículo que, por el honrado procedimiento de exponer hechos históricos y otros datos, aunque no los comentara -pero mi pasión morirá después que yo-, dejará abierta una cuarta de boca a toda clase de cristianos, por evidenciar, como dos y dos y dos son cuatro, que casi todos lo estamos haciendo mal contra la Eucaristía. He dicho “contra”.

      Espere, pues, una contestación futura, y le auguro dos cosas: que va a ser larga, y que puede traerme problemas. “Ipsa conteret.” Y a mí me gustaría saber qué es lo que me queda por perder ya.

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  3. 7 enero 2015 20:17

    ¡Con esto, me dejaste pasmada!

    “Debe saberse que, cuando se llega al caso de que el celebrante no tiene la ‘intención de hacer lo que hace la Iglesia’, la Misa no es válida, o, más claro, no hay Misa. Ahora bien, ¿se puede suponer que tiene la intención de hacer lo que hace la Iglesia, justo en el momento de la consagración, un sacerdote que se pasa el resto de la celebración haciendo lo que la Iglesia no quiere? Yo creo que unas veces no, y otras sí. Aviso a navegantes. (Nota de Miguel.)”

    ¡No lo sabía!

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    • 8 enero 2015 0:53

      Por si tu asombro se debe a la necesidad de esa intención de “hacer lo que hace la Iglesia”: es natural, porque el ministro del sacramento obra en “función vicaria”: hace las veces de la Iglesia, la representa; Sto. Tomás dice: “El ministro del sacramento actúa en persona de toda la Iglesia”. Está claro que en nombre propio no puede conferir la gracia. Está claro que la fuente de la gracia es la Redención de Cristo. Está claro que Él se fue, pero se quedó -entre otras formas- en su Iglesia (su Cuerpo místico), facultada para administrar todas las gracias. En definitiva: si no tiene la intención de hacer lo que hace la Iglesia, no lo hace; y solo a través de la Iglesia confiere Dios la gracia.

      Por si tu asombro se debe a mi duda y mi sospecha: me alegro de haber dado una respuesta dubitativa. Consulto hoy un manual, y me dice el buen señor que la condición de esa intención de hacer lo que hace la Iglesia trae “dificultad especial (…), dado que la ‘intención’ pertenece al ámbito subjetivo, lo que es más difícil de valorar, por lo que la casuística ha sido y sigue siendo abundante”.

      Y parece ser que es muy difícil la invalidez del sacramento por falta de intención. Se nos ofrece el parecer de Santo Tomás (que tenía una enorme manga ancha, como los medievales en general). Te lo voy a copiar, aunque es algo extenso:

      “Puede suceder que la fe de algún ministro sea defectuosa sobre algún punto particular, pero no sobre la verdad del sacramento que administra; por ejemplo, si un hombre cree que el juramento es ilícito en toda circunstancia, y, sin embargo, cree que e Bautismo es medio eficaz para la salvación. La infidelidad, en este caso, no impide el tener intención de administrar el sacramento. Y si sucede que la falta de fe versa precisamente acerca de la verdad del sacramento que administra, aunque se figurase que el rito exterior no surte ningún efecto interior, sin embargo, no ignora que la Iglesia católica intenta producir el sacramento realizando esta acción exterior: pues bien, en tal hipótesis, a pesar de su falta de fe puede tener intención de hacer lo que hace la Iglesia, aun cuando se figure que aquello para nada sirve. Tal intención basta para el sacramento, ya que. según hemos dicho antes, el ministro del sacramento actúa como representante de toda la Iglesia, cuya fe suple lo que le falta a él” (“Suma de teología”, III, c. 64, a. 9, ad 1).

      “Pues bien, comenta el manualista de libro gordo, la ‘intención de la Iglesia’ suple las deficiencias del ministro, siempre que su voluntad no se separe de esa intencionalidad radical” (…) de la Iglesia (…). El ministro (…), siempre que acepte el sentir de la Iglesia, lleva a cabo eficazmente la acción (…), dado que cumple la función radical de Cristo, cuya misión vicari realiza, aunque sea de un modo indigno” (Aurelio Fernández, “Teología Dogmática”, BAC, Madrid 2009, cfr. 798-802).

      Al final, se ha hecho difícil (y no por eso digo infrecuente) encontrar un ministro que oficie el sacramento de forma inválida por falta de intención. Porque -se nos explica- puede darse incluso el extremo de pensar “no creo en absoluto en la conversión del pan y el vino”, o “la regeneración por el Bautismo”, o “el perdón de los pecados en esta Confesión”, pero pensando “y, no obstante, quiero lo que quiere la Iglesia”. A este núcleo ultimísimo de intención creo que se refiere la expresión del Aureliete de la “intencionalidad radical”.

      Y sí se me hace más fácil creer en ministros que fingen impartir el sacramento sin intención ni positiva ni radical, porque han perdido la fe, están fingiendo y aquella mañana toca celebrar.

      Leyendo a tan docta cofradía, ampliaré yo también la manga, y supongo que -en la mayoría de los casos, pero en otros no- los que hacen de la Santa Misa el carnaval de Río (de “me Río de la Misa”) confeccionan realmente el sacramento porque, de una u otra de las formas posibles, tienen la intención, al menos la “radical”.

      Te escribo, Elisa, suponiendo que sabes que estamos hablando de intención, pero el estado moral (santísimo o empecatado) del ministro no impide que el sacramento se realice; que este actúa “ex opere operato” y no “ex opere operantis”: “por la obra realizada” y no “por la obra del ministro o del sujeto que lo recibe”. Y si no lo sabes y no te asusta la montonera de párrafos que soy capaz de acumular, me lo dices y te atienes a las consecuencias. Con Dios.

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      • 8 enero 2015 6:34

        Lo de intención me queda claro. Mi duda en realidad era por esto: “un sacerdote que se pasa el resto de la celebración haciendo lo que la Iglesia no quiere”. ¿Cómo debemos vivir espiritualmente una celebración cuando, si bien el sacramento es válido, en la Santa Misa, en lugar de encontrarte con Dios, te apartas de Él porque el sacerdote te aparta haciéndote perder la poca paz que llevabas?

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  4. 7 enero 2015 23:25

    [Es respuesta a la pregunta de las 8,15.]

    No, Elisa. Tengo mucho material, pero poco tiempo. Por otro lado, hay opiniones extremas para todos los gustos, y los que se inventan la aparición que necesitan para apoyar sus gustos, etc. Pero no quisiera que pasara un año sin que, por lo menos, empezara a tratar de aclararme. Empezar es empezar a terminar. Reza por ello, por favor,… a la Sombra Errante de Jorge Cafrune.

    Por lo demás, dice Jesús: “No llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos” (23,9). Por eso, en este blog, en el que nos tomamos la Biblia muy en serio, no usamos el tratamiento de Padre. Si quieres, en España se trata a los curas de Don Miguel.

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  5. 8 enero 2015 6:25

    Ja, ja, ja; de acuerdo, Don Miguel si quieres, pero acá en Argentina ese tratamiento de Don es para los que están más cerca del arpa que del violín, que, con el respeto que merecen, no parece que sea tu caso.

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  6. 8 enero 2015 19:31

    [Respondo a la pregunta de Elisa de las 6,34.]

    1. Algún cardenal ha dicho que el gran enemigo de la liturgia es la vanidad. Supongo que estamos hablando de eso. Como quiera que sea, no me gusta cómo lo planteas. “¿Cómo debo tratar a mi hijo perniquebrado?” ¡Llevándolo al médico volando para que le ponga la pierna bien y deje de ser perniquebrado! Los laicos nos dais muchas lecciones; otras veces no queréis. Y yo atrapo tal que ahora mismo el Código de Derecho Canónico y leo:

    “[Los fieles] Tienen el derecho, y a veces incluso el deber […], de manifestar a los Pastores sagrados su opinión sobre aquello que pertenece al bien de la Iglesia y de manifestarla a los demás fieles, salvando siempre […] la reverencia hacia los Pastores […]” (canon 212,3).

    Sin embargo, mucho más que mostrar la norma, nos servirá acudir al tal pastor con una actitud humilde y que muestre bien la compunción que se siente al ver que se celebra de esa manera. Esto, al cura, ya te puedo decir yo que le hace mella, aunque solo se lo diga una persona.

    Tenía yo mis quizá diecinueve años, y asistí a una Santa Misa que me dio mucha pena. Cuando acabaron la Santa Misa y mis diez minutos de acción de gracias, pregunté por el cura. Y le dije, con muchos apuros, cortedad y dificultades, que me perdonara, pero me había dado pena la forma de celebrar. Y el hombre me contestó, talmente, que no se daba cuenta y que procuraría corregirse; lo decía con sinceridad, porque eso se veía.

    Ahora, cuando las variaciones son de importancia mayor (sobre todo, cambiar las palabras de la Consagración), o cuando se predican cosas opuestas a la enseñanza de la Iglesia, después de ejercer “el derecho, y a veces incluso el deber” de corregir varias veces, se impone ir o escribir al obispado.

    Hermanos laicos: Muchas veces lo hacemos muy mal. No nos dejéis perniquebrados. ¡No nos falléis!

    2. Y que si va, que si viene, que si por el camino se entretiene, te tocará gozar muchas Santas Misas celebradas a la salvaje. No hay problema. Prescinde todo lo que puedas de las payasadas y de las tergiversaciones ideologizantes. Tú estate a lo que hay: si es cura y entendemos que tiene la intención, esto es la actualización sacramental del mismísimo Sacrificio de la Cruz, como si volviera a ocurrir. Y te puede ayudar pedirlo a María, que está (y no he dicho “estaba”) al pie de la Cruz, y fijarte en ella como modelo, y tocar el madero de la Cruz poniendo tu mano justamente donde la pone ella. Porque a ella también hay que consolarla.

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