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LA SABIDURÍA DE DIOS SEGÚN FRAY VICENTE-X

31 marzo 2013
by

NOTAS SOBRE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

– I –

Vindicando al pobre Tomás

 

            Todo el mundo me critica a Tomás -¡pobre Tomás!–, y lo usan como el “icono de la incredulidad”.  Cuando alguien quiere decirle a otro que no tiene fe, le espeta en la cara: “Eres más incrédulo que Tomás”.

            Pero ¿por qué culpan al pobrecillo Tomás de lo que los otros diez discípulos eran responsables?

            Leamos atentamente en Juan 20, a partir del versículo 19:

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. 

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor».  Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»  Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».


            ¡Sí!, Tomás dudó…,  que dudó es indudable (perdonen la redundancia), no hay duda de que dudó (y sigue la redundancia). Pero la culpa no fue de él, sino de los diez discípulos que estaban metidos en aquel aposento por miedo de los judíos.

            Cuando Tomás llegó, se encontró –dice el versículo 19– que “las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos estaban cerradas porque tenían miedo”. 

 

            Y ya dentro, ellos le comunican a Tomás que habían visto al Señor vivo y resucitado, y que les había dado el saludo de la paz, etc., etc.  Estaban eufóricos, extasiados, entusiasmados, gozosos, maravillados, atónitos, perplejos, fascinados, absortos, embelesados…, pero las puertas seguían cerradas.

            Y eso fue lo que hizo dudar a Tomás… ¿Cómo es posible que si estos tíos han visto a Jesús sigan metidos aquí restregándose las manos heladas y secándose el sudor que corre de sus frentes por causa del miedo que sigue instalado en sus corazones? Y por eso, dijo: “No creo semejante cosa”.

            ¿No sabes, mi amadísimo lector, que la responsabilidad de que el mundo no crea es enteramente nuestra? ¿Cómo van a creer si ven que nosotros actuamos de modo incongruente con la fe que profesamos?

 

            En el Salmo 42 , los hijos de Coré dicen:

Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?

            ¡Claro que sí! ¡Cómo no van a preguntarte!  Si lo que refleja tu rostro es una tristeza inconmensurable, ¿cómo no van a dudar de Dios?

            El Apóstol San Pablo les escribió a los romanos y les dijo que “el nombre de Dios es blasfemado en el mundo por causa vuestra”.

            Por tanto, cuando vayas a culpar a algún Tomás, piensa si el testimonio que tú le das está de acuerdo con lo que profesas. Si no lo está, pídele al Señor que te ayude a levantar esa fe, y entonces, podrás tú levantar la de ese pobre Tomás.

 

– II –

 

Preocupaciones innecesarias

 

            En Marcos 16:1-4, leemos:

“Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro.  Se decían unas a otras: ‘¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro?’  Y levantando los ojos, ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande.”

            Estamos ante una escena que tuvo lugar al amanecer del Domingo de Resurrección.   Aquellas mujeres se habían olvidado por completo de las promesas de Jesús en cuanto a que al tercer día después de Su muerte, Él resucitaría.

            Como consecuencia de ese olvido, se encaminaron al sepulcro con el propósito de ungir Su cadáver. Repito: iban a ungir el cadáver de Jesús. Para ellas, Él estaba tan muerto como Faraón.

            Pero mientras iban caminando, se vieron asaltadas por preocupaciones innecesarias y comenzaron a pensar en la piedra del sepulcro. Ellas habían visto rodar aquella piedra tan grande y sabían que era una tarea imposible para tres mujeres cambiarla de sitio.

            Así anduvieron por todo el camino: cavilando, pensando, angustiándose, amargándose, preocupándose…

            Sin embargo, ¡qué inútil fue! Porque cuando llegaron al lugar donde estaba el sepulcro, encontraron, para su sorpresa, que ¡la piedra había sido retirada!

            ¿No te sientes identificado, querido lector, con la experiencia de esas mujeres? ¿Cuántas veces te preocupas pensando en cosas que cuando llega el momento en que tienes que enfrentarte a ellas, resultan que no eran tan graves como las imaginaste?

 

            ¡Qué desperdicio de tiempo y energías es tratar de cruzar el puente antes de llegar al río!

            Cuando tu mente divague y comience a crear fantasmas que te asustan, recuerda que Jesús Resucitado es poderoso para retirar cualquier piedra, por grande que parezca, antes que tú llegues a ella.

            ¡Confía!

Fray Vicente (Buenos Aires) Franciscan habit.jpg

4 comentarios leave one →
  1. Calamardo permalink
    31 marzo 2013 1:53

    Una vez cometí el error de pensar que si no hubiera existido Judas, no habría habido traición, por lo que tampoco sería crucificado el Señor. Craso error: Judas cumple unas profecías, como los soldados que se juegan las vestiduras a los dados, o la lanzada con que rematan a Jesús, sin quebrarle ni un solo hueso. Pero es que además, Judas somos todos nosotros, ya que en un momento o en otro, renegamos de Cristo y le traicionamos, cuando dejamos pasar un comentario imbecilísimo de un taxista, reímos según qué chistes de bar o callamos ante estupideces anticlericales para que “haya paz”.

    Y todos somos Pedros, resueltos a afirmar y vivir nuestra fe hasta el martirio, aunque luego le neguemos tres veces. Por ejemplo, en los tres supuestos de antes.

    Todos somos también muy Tomases, cuando queremos aportar tanto raciocinio en apoyo de lo que creemos, porque todo tiene que cuadrar, nada puede sorprendernos ni quedar como misterio. Da lo mismo, está ya resuelto por San Agustín, cuando dice aquello de “No puedo emeter el dedo en la llaga como Santo Tomás, pero pido lo que pidió el buen ladrón”, que encontramos en el Adoro te devote. ¿Que no llego a creer a pies juntillas? Señor, aviva mi fe, pero sobre todo, guárdame un sitio en el Cielo.

    Y yendo por nuestra vida, nos encontramos muchas veces con que nuestros planes no funcionan, con que Dios no nos da lo que pedimos, porque nos da siempre algo mejor.

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  2. 4 abril 2013 2:08

    El episodio de Tomás es perfecto para el hombre de hoy, racionalista, cientificista, que exige pruebas en terreno que funciona con otras reglas (“yo sólo creo lo que veo”). Cuando Tomás tiene pruebas -cuando, se supone, mete la mano en el costado, aunque el texto no llega a decir que efectivamente lo haga-, justamente entonces Jesús le dice: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”. ¿Y quiénes son ésos? ¿Los otros Apóstoles? En la definición del Apóstol entra el haber visto y ser por lo tanto apoyo para los que vinimos después. Todos vieron al Resucitado, comieron con Él, etc. Los que no han visto y han creído ¡somos nosotros!

    ¿Dónde estuvo el fallo de Tomás? En que no creyó a los que se lo contaron. Quiso tocar. Como tantos queridos contemporáneos nuestros. Pero hoy la fe no es posible tocando. Hoy la fe es -siempre- oír: “La fe viene por el oído” (Rom 10,17). Oír a la Iglesia, que tiene ojos en los Apóstoles, pero oídos en todos los demás. “Yo sólo creo lo que veo”. Pero ¿seguro que has visto tu inteligencia?

    Porque, además, párese cualquiera a reflexionar, y se dará cuenta de que casi todo lo que cree en esta vida no lo ha visto nunca. Casi nadie de vosotros ha estado en Moscú, y todos creéis a pies juntillas en la existencia de Moscú. O en el amor de vuestros esposos o esposas, que no habéis visto tampoco. O en las historias que os cuentan unos y otros. O en que Cervantes sea el autor del Quijote. O en que ese que hace catorce años os dijeron que era vuestro jefe, y que sigue siéndolo, no sea en realidad un usurpador. Tampoco hemos visto ninguno de los hechos históricos. Ni la evolución de las especies. Ni… ¿Hemos visto algo? Y entonces, ¿es razonable que exijamos evidencias a la fe, mientras que no las tenemos de lo demás? Se las exigimos porque la fe no es un conocimiento más, sino un conocimiento que compromete; pero si os lo desarrollo ahora, me quedo sin un artículo que tengo “in mente”.

    “La fe viene por el oído” (Rom 10,17); y quien habla es primero Jesús, luego los Apóstoles, y luego, y ya para siempre, la Iglesia. Tomás no creyó a los Apóstoles. El “yo sólo creo lo que veo” es un solipsismo desesperado que rehúye las manos tendidas -y son muchas- y que coloca en la cúspide de la verdad el propio criterio, negándose a la apertura, a la comunión, a la solidaridad en la verdad, a formar un eslabón gozoso y entusiasta con otros millones de eslabones que en la Iglesia han sido y son.

    Hay que decir también que Dios, que del mal saca bien, hizo de la incredulidad de Tomás uno de los mejores testimonios para nosotros. Nadie llegó en su comprobación de la resurrección a donde llegó él, y nadie nos es mejor seguridad de aquella verdad, nuclear en la creencia cristiana, de que el crucificado es el mismo que el resucitado. Le metió la mano en el costado.

    No seáis Tomases, que creen después de la prueba. Sed lo que Jesús os pide. Sed Marías. Ella, que es “primera Iglesia”, tuvo que tener muchas veces la primera fe de la historia. La tuvo cuando el ángel le anunció que sería madre de Dios, y en unos términos que a buen seguro no entendió: por eso no respondió “sea yo madre de Dios virgen por el Espíritu Santo, y por lo tanto madre espiritual de los hombres”; entrevió lo que pudo, pero sólo pudo responder: “Hágase en mí según tu palabra”, ésa que tú entiendes y yo muy poco.

    La tuvo también cuando lo de Caná. Porque el Evangelio recalca bien que fue el primer milagro, y, señores, el primer milagro es el más difícil de pedir; el segundo ya tiene un precedente.

    Y, por supuesto, la tuvo ante el Gran Milagro de la resurrección de Jesús. El sábado ella era, en el decir de Pemán, “toda la esperanza que quedaba en la tierra”. Nadie más creía en el Milagro. ¿No notáis que no va con las otras mujeres a embalsamar el cuerpo? Y, aunque los evangelistas no lo digan, parece indudable que la primera aparición de Jesús fue para ella. Era cuestión, incluso, de justicia. Algún día, si me da el naipe, publicaré no pocos textos que tengo en que varios autores opinan así, entre ellos un tal Juan Pablo II, y también un tal Fray Vicente, porque nuestro amigo me hizo notar que todos los relatos de apariciones -o, desde luego, los primeros- son de apariciones a personas que no creían, y con ese plan no se puede narrar la aparición a María.

    A quien os conviene orar para que yo aprenda a ser breve.

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  3. Amelia permalink
    17 abril 2013 11:26

    Me siento identificada con esas mujeres, pero vivimos en la tierra y nuestros miedos y frustraciones son humanos, aunque sabemos que el Señor puede mover todas las piedras y confiamos en Él. Las “noches oscuras del alma”, como San Juan de la Cruz, son inevitables, aunque como ellas sabes que tu fe es profunda o al menos te lo crees. Gracias, Fray Vicente.

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  1. SERMÓN DEL APÓSTOL SIN FE-IV | soycurayhablodejesucristo

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