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“A TODA LA MAREA SUCIA DEL MAL, SE CONTRAPONE LA OBEDIENCIA DEL HIJO”

15 febrero 2013

Os traigo hoy unas palabras de Jesús de Nazaret-II (2011), de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. Vemos cómo en torno al sacrificio de Jesús, que renovamos en la Misa, hay toda una maravilla de justicia que es misericordia, de misericordia que es justicia, y cómo sobre todo ello se basa el nuevo estado de cosas en la relación del hombre con Dios, estado que se puede calificar simplemente como: lo mejor para mí, gracias a Dios, que es el Mejor.  

         La frase que se refiere al cáliz […] es de una densidad teológica extraordinaria […]. En las pocas palabras de esa frase se entrecruzan a la vez tres textos del Antiguo Testamento, de manera que toda la historia de la salvación queda reasumida y se hace presente de nuevo.

         Encontramos en primer lugar Éxodo 24,8, la estipulación de la Alianza del Sinaí; después Jeremías 31,31, la promesa de la Nueva Alianza en medio de la crisis en la historia de la Alianza, una crisis cuyas manifestaciones más relevantes fueron la destrucción del templo y el exilio en Babilonia; y finalmente Isaías 53,12, la promesa misteriosa del siervo de Dios que carga con el pecado de muchos, y así obtiene la salvación para ellos.

         Tratemos ahora de entender estos tres textos, cada uno en su significado propio y en su nuevo contexto. La Alianza del Sinaí, según la descripción de Éxodo 24, se fundaba en dos elementos. Por un lado, en la “sangre de la alianza”, la sangre de animales sacrificados, con la cual se rociaba el altar –como símbolo de Dios- y el pueblo; y, en segundo lugar, en la palabra de Dios y la promesa de obediencia de Israel: “Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos”, había dicho solemnemente Moisés después del rito de la aspersión. Inmediatamente antes el pueblo había respondido a la lectura del libro de la alianza: “Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos” (Éx 24,7).

         Esta promesa de obediencia, que era constitutiva de la alianza, se rompía inmediatamente después con la adoración del becerro de oro mientras Moisés estaba en la montaña. Toda la historia que sigue es una historia de reiteradas violaciones de la promesa de obediencia, como muestran tanto los libros históricos del Antiguo Testamento como los libros de los profetas. La ruptura parece irremediable en el momento en que Dios abandona a su pueblo al exilio y el templo a la destrucción.

         En aquellos momentos surge la esperanza de la “nueva alianza”, no basada ya en la fidelidad siempre frágil de la voluntad humana, sino grabada indestructiblemente en el corazón mismo (cf. Jr 31,33). En otras palabras, el nuevo pacto debe basarse en una obediencia que sea irrevocable e inviolable. Esta obediencia, fundada ahora en la raíz de la humanidad, es la obediencia del Hijo que se ha hecho siervo y asume en su obediencia hasta la muerte toda desobediencia humana, la sufre hasta el fondo y la vence.

         Dios no puede simplemente ignorar toda la desobediencia de los hombres, todo el mal de la historia, no puede tratarlo como algo irrelevante e insignificante. Esta especie de “misericordia” y “perdón incondicional” sería esa “gracia a bajo precio” contra la que protestó con razón Dietrich Bonhoeffer ante el abismo del mal de su tiempo. La injusticia, el mal como realidad concreta, no se puede ignorar sin más, dejarlo estar. Se debe acabar con él, vencerlo. Sólo esto es verdadera misericordia. Y que ahora lo haga Dios, puesto que los hombres no son capaces de hacerlo, muestra la bondad “incondicional” divina, una bondad que no puede estar en contradicción con la verdad y la correspondiente justicia. “Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo”, escribe Pablo a Timoteo (2 Tim 2,13).

         Esta fidelidad suya consiste en que Él no sólo actúa como Dios respecto a los hombres, sino también como hombre respecto a Dios, fundando así la alianza de modo irrevocablemente estable. Por eso, la figura del siervo de Dios que carga con el pecado de muchos (cf. Is 53,12) va unida a la promesa de la nueva alianza fundada de manera indestructible. Este injerto ya inconmovible de la alianza en el corazón del hombre, de la humanidad misma, tiene lugar en el sufrimiento vicario del Hijo que se ha hecho siervo. Desde entonces, a toda la marea sucia del mal se contrapone la obediencia del Hijo, en el cual Dios mismo ha sufrido y cuya obediencia es, por tanto, siempre infinitamente mayor que la masa creciente del mal (cf. Rom 5,16-20).

         La sangre de los animales no podía ni “expiar” el pecado ni unir a los hombres con Dios. Sólo podía ser un signo de la esperanza y de la perspectiva de una obediencia más grande y verdaderamente salvadora. En las palabras de Jesús sobre el cáliz, todo esto se ha reasumido y convertido en realidad: Él da la “nueva alianza sellada con su sangre”. “Su sangre”, es decir, el don total de sí mismo en que Él sufre todos los males de la humanidad hasta el fondo, elimina toda traición asumiéndola en su fidelidad incondicional. Éste es el culto nuevo, que Él instituyó en la Última Cena: atraer a la humanidad a su obediencia vicaria. Participar en el cuerpo y la sangre de Cristo significa que Él responde “por muchos” –por nosotros- y, en el Sacramento, nos acoge entre estos “muchos”.

Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (Segunda parte: Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección), Madrid: Encuentro, 2011, pp. 157-160

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