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José Luis Martín Descalzo: un cura que se confiesa

5 octubre 2012

Actualización a 24 de enero de 2015.- Ahora podéis oír el poema recitado pinchando aquí.

 

¡EL CURA!

Yo soy, yo soy. Mirad: ésta es mi carne,

éstos mis huesos, ésta mi palabra,

ésta mi voz como un caballo ardiendo.

¿Qué tienen de distinto mis entrañas

y las vuestras? ¿Qué sangre me alimenta

que no pase por vuestras propias venas?

Yo soy el desterrado, soy el prófugo,

el leproso, el extraño, el enemigo.

Yo soy el comediante, el que predica

por oficio y gana con latines

el pedazo de pan que le alimenta.

¿Qué perro como yo? En vuestras calles,

sólo cuchillos veo en las miradas;

os quiero hablar y siento

que mi lengua es distinta de la vuestra

y que llamáis hipócritas mis lágrimas.

Yo soy el aguafiestas, el que estorba

ya siempre y por oficio,

el hombre que ha enterrado las caricias

bajo las hondas bóvedas del alma.

Soy el enterrador de vuestra sangre,

el espantajo negro de la muerte,

el coco de palabras cavernosas

que suenan a novísimos e infierno.

Éste soy. Éste mismo

que está luchando ahora con las lágrimas

porque quisiera ser y no está siendo,

porque quisiera amar y casi odia,

porque siente que el alma se le rompe

al pronunciar esta palabra: hermano.

Porque sabe que os ama, porque llora

palabras de verdad, porque ha nacido

con un corazón niño entre los dedos.

Éste soy. Este niño

que ahora está soñando en los jardines,

que ríe a los chiquillos, que sería

feliz corriendo tras las mariposas,

que siento se me escapa de las manos

para buscar inquietas lagartijas.

Es verdad. Es verdad. Soy el extraño,

el hipócrita, el hombre que no ama,

que no ha tenido madre, que no sabe

sonreír porque tiene seca el alma,

el hombre que quería destruir

en tres días el templo.

Rasgaos ante mí las vestiduras

una vez más. Porque os estoy amando.

Porque estoy abrumado de delitos,

porque hoy he llorado y he reído

al pensar que mañana -sí, mañana-,

cuando huelan a Dios aún mis manos,

las vendrán a besar unos chiquillos.

José Luis Martín Descalzo, sacerdote

5 comentarios leave one →
  1. Bob Esponja permalink
    27 diciembre 2012 23:10

    Hoy en día, los curas se ven de lejos, y si se ven, ya es una suerte. No porque sean pocos, que también. Sino porque la gente, si es que los ve, que ya digo es mucho, los ve celebrando misa, confesando, y si es eso, ya es mucho más. Y visto sólo asi, un cura (ministro de Dios en la tierra) infunde respeto. Cuando tienes a uno que es parte de tu familia, te das cuenta de que es una persona como las demás, tan humana, y por eso con virtudes y defectos, como podría ser cualquier otra. Pero a los curas se les suele exigir mucho más: parece que tienen que dar ejemplo, si no son perfectos como Dios, pueden ser tachados de hipócritas. No digo yo que no se exija, pero ¿no deberíamos todos exigirnos a nosotros mismos un esfuerzo por ser mejores y criticar menos? En cualquier caso, la peor crítica me parece la del que desconoce. ¿Por qué siempre me he encontrado que quien habla peor de los curas, de la Iglesia, del cristianismo, suele ser quien habla desde afuera, quien desconoce…? ¿Porque no informarse antes de hablar?

    Le gusta a 1 persona

    • 29 diciembre 2012 3:05

      Muchas cosas tengo que decir, después de agradecer las valiosas opìniones de “Bob Esponja”.
      Para empezar por el final, Tertuliano escribió una frase absolutamente definitiva: “Dejan de odiar cuando dejan de ignorar”. Mirad: yo he hecho la experiencia. Hablábamos de la Iglesia con dos muchachotes buenos, pero no formados. Estábamos -aquí de la morcilla burgalesa- en una terraza en la plaza de la catedral de Burgos. Y les hice notar la fealdad, gris e indiscutible, del enorme rosetón de la fachada. Luego entramos en el templo, y, desde dentro, los invité a mirar al rosetón. Sus exclamaciones de admiración fueron notorias.
      Para saber qué es la Iglesia, hay que entrar dentro; juzgarla desde la gracia y la alegría que nos da con su Palabra y sus sacramentos, y no desde las invectivas de los periodistas que -acaso porque nosotros no vamos a explicárselo- juzgan la Iglesia como si fuera igual a cualquier otra cosa, a cualquier otra institución, solamente humana.
      Ese genio de Papa que tenemos -a mí me parece que acabará canonizado, y más tarde, proclamado doctor de la Iglesia-, esa cabeza portentosa que hace prorrumpir en gritos de asombro a este pobre curilla según le va leyendo, tiene unas profundas páginas sobre la Iglesia, escritas mucho antes del papado (1968), y yo voy a poneros una entrada con su texto; pero aquí os copio un fragmento:
      “Cuando la crítica en contra de la Iglesia es como la bilis amarga y comienza a convertirse en burla, late ahí un orgullo operante. Por desgracia a eso se junta a menudo un gran vacío espiritual en el que ya no se considera lo propio de la Iglesia, sino una institución con miras políticas […], como si lo propio de la Iglesia estribase en su organización y no en el consuelo de la palabra y de los sacramentos que conserva en días buenos y aciagos […]. Y si uno quiere conocer lo que es la Iglesia, que entre en ella. La Iglesia no existe principalmente donde está organizada, donde se reforma o se gobierna, sino en los que creen sencillamente y reciben en ella el don de la fe que para ellos es vida. Sólo sabe quién es la Iglesia de antes y de ahora quien ha experimentado cómo la Iglesia eleva al hombre […], y cómo es para él patria, y esperanza, patria que es esperanza, camino que conduce a la vida eterna” (Joseph Ratzinger, “Introducción al cristianismo”, Madrid: Movimiento Cultural Cristiano, 2007, vol. II, p. 77; lo tenéis en la “internet”).
      Después de esto, he de advertir una cosa. Al comentar todo esto sobre la Iglesia contestando a un comentario sobre los sacerdotes, no estoy cayendo en la eterna trampa de identificar la Iglesia y su jerarquía. Conste que “Iglesia somos todos”, para parafrasear (sí, estúpidamente) el famoso anuncio de Hacienda.
      Y precisamente quería decir también que, por teología y por aritmética, “es la hora de los laicos”, como tantas veces se ha dicho. Por teología, porque la vocación cristiana -tu presencia en la Iglesia, querido mío- es vocación a la santidad y es vocación al apostolado. No se concibe un cristiano auténtico que no arda en deseos de que todos conozcan a Jesucristo y sus bienes infinitos, a María, a la Iglesia, a la caridad. Sólo que no quiero extenderme en esto. Por aritmética, ya que el decrecimiento del número de sacerdotes de ninguna manera puede parar la misión de la Iglesia, y si no habla el sacerdote (porque no existe), ¿está vuesa merced muy seguro de que va a hablar… el incensario? Adelante los laicos, y no defraudéis las esperanzas risueñas que el Señor de la mies tiene puestas en vosotros. Es la hora de los laicos.
      Sobre las críticas a los curas, decía San Antonio María Claret que los sacerdotes son una cosa tan grande que hasta los malos quieren que ellos sean buenos.
      Y es bien curioso comprobarlo. Vea usted a quien, furibundamente, critica al sacerdote de turno, o a todos. Fácilmente dirá: “Siendo lo que son, deberían dar ejemplo”. Y quien tiene afición a pensar se queda un rato en suspenso, admirado de la misteriosa identificación de la crítica furibunda con el reconocimiento de algo superior presente en los criticados.
      Pero eso no quiere decir que no se pueda criticar a los curas, líbreme Dios de pensar eso. Simplemente, que hay que distinguir entre la crítica constructiva -¡y, por favor, amorosa!- y la saña anticlerical; ¿dónde está la línea que las separa? A mi modo de ver, en que se busca y acepta lo que se considera verdad, o se habla desde el prejuicio, el partido tomado, la mala intención, el hígado: lo que decía el Papa: “como la bilis amarga”. “La medida, escribe más adelante, es la construcción. La amargura que sólo destruye se juzga a sí misma”. Y decía San Josemaría Escrivá:
      “Hacer crítica, destruir, no es difícil: el último peón de albañilería sabe hincar su herramienta en la piedra noble y bella de una catedral.
      —Construir: ésta es la labor que requiere maestros” (S. J. Escrivá, “Camino”, n.º 456).
      Y, además, nosotros criticaremos, cuando haga falta, teniendo presente que el sacerdote, con todos sus pecados, es una presencia sagrada; es, exactamente, una presencia de Jesucristo. Ésa es la fe de la Iglesia, y así mismo lo digo.
      A mí, por favor, criticadme mucho; me hace falta. Pero que de vuestra palabra levante el vuelo una esperanza.

      Le gusta a 1 persona

      • Juan Pedro permalink
        30 enero 2014 13:34

        Haces unos comentarios demasiado pesados; no sabes responder con menos palabras. Ánimo, pero eres pesado respondiendo.

        Me gusta

  2. 1 febrero 2014 18:43

    Te agradezco tu crítica. La tendré en cuenta…, a condición de que vengan más. Un abrazo.

    Me gusta

Trackbacks

  1. José Luis Martín Descalzo, “¡El cura!” (recitado) | soycurayhablodejesucristo

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