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Soy cura: ¿qué pasa?

21 septiembre 2012

Un saludo, amigos que creéis y amigos que no creéis. A los que van a Misa todos los días y rezan las cuatro partes del Rosario, y a los que no pisan una iglesia desde el bautizo de sus tatarabuelos. Os quiero mucho, a los primeros… y quizás más a los segundos.

Yo me llamo Miguel. Yo soy cura. Un odioso, chupador, hipócrita e intolerante cura que se cree en posesión de la Verdad absoluta. Y encima, lo soy porque me da la santísima gana.

Y para más inri, tengo un pequeño defecto: me gusta decir la verdad. Y lo que creo, lo digo: aquí y donde haga falta. Y si a mano viene, con altavoz y desde un terrado.

Yo defiendo al Papa. Apruebo lo que dice antes de saberlo, porque me da la realísima gana.

Defiendo la familia cristiana. La educación diferenciada. El matrimonio indisoluble. El Camino Neocatecumenal. El Opus Dei. Las monjas de clausura. Los obispos.

Ataco la mentira. La televisión. La estupidez. El preservativo. La unión extramatrimonial. La obsesión por el sexo. El tomar la crisis económica como pretexto para cualquier cosa.

Yo es que soy así. Mi vecino del quinto no me aguanta. Y ya iréis conociéndome más. Porque hoy me apunto a daros la lata. Quienes no tengan cosa mejor en que perder el tiempo pueden darse un paseo de vez en vez por mi blog -o, si se suscriben, les llegará todo al correo-, y quién sabe si no acabarán haciéndose amigos míos, o acaso, acaso, odiándome hasta la muerte. El que no cambiará -os lo digo yo- es mi vecino del quinto.

Me gustaría muchísimo recibir vuestros parabienes, felicitaciones, adhesiones, entusiasmos, dicterios, exabruptos, escupitajos, insultos y vejámenes variopintos. Ni los unos ni los otros conseguiréis moverme de mi sitio. Menos, mi vecino del quinto.

Yo es que soy así.

¡ATENCIÓN, TRIPULACIÓN! ¡AL HABLA EL COMANDANTE DE ESTE BLOG!

20 septiembre 2012
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PRIMERO Y MÁS IMPORTANTE. Aquí, pese a las apariencias, no estamos solo para los católicos. Esto es un blog para otros cristianos, otras religiones, buscadores, alejados, agnósticos, ateos y hasta enemigos de la Iglesia. Después vienen los católicos. Mi amor es para todos, y más amor para quien más me escupa. Y para mayor claridad, pinchad en About.


DESDE JUNIO DE 2014, el blog amplía temática: publicará también sobre lo que se llamará letras, es decir, humanidades. Mucho cuidado: quien quiera solo esa área, ha de ir a Categorías (a la derecha, más bien abajote) y seleccionar Letras. Quien solo quiera el área Espíritu la seleccionará también allí. No seleccionando nada, se muestran todos los artículos.


¿Y qué pasa si me ha gustado?

– PUES QUE ME SUSCRIBO, y entonces recibo los artículos por c. el. Y si algo no me interesa, borrar es tan libre como fácil.

Para ello, dejo mi c. el. en el recuadro de la derecha que lo pide.

– SI ME INTERESA RECIBIR LOS COMENTARIOS a un artículo:

Hago uno (aunque sea una línea) y, antes de confirmarlo, marco la casilla -que queda debajo- de “recibir comentarios siguientes”. Mucha atención a esto: Si hago un comentario y no marco esa casilla, no me llegarán posibles contestaciones.


PARA BUSCAR UN TEMA, TENGO QUE: a) Buscarlo en la nube de etiquetas de la derecha. b) Buscarlo por el buscador. c) Si localizo un artículo, seguramente encima de él habrá unas palabrejas, y pinchándolas encuentro otros artículos. d) Puedo buscar determinadas materias en el menú de cabecera.

Y, por si se os ocurre dudarlo:

Este blog está abierto a vuestras colaboraciones, que espero con ansia que me enviéis. Tenéis todos tanto que decir… Y además, podéis proponer la publicación de aquel texto (de Letras o de Espíritu) que tanto os gustó una vez (aunque no sea vuestro), etc., etc.


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No soy de un pueblo de bueyes,

que soy de un pueblo que embargan

yacimientos de leones,

desfiladeros de águilas

y cordilleras de toros

con el orgullo en el asta.

Miguel Hernández


 

La rebelión somos nosotros.


Suplico

20 septiembre 2012

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Suplico al simpático personal que se asoma a este jardín en procura afanosa de mis flores odoríferas y de mis frutos opimos: que, cada vez que descubra un documento sonoro que no funciona, me lo haga saber.

El blog es ya muy grande, y yo no puedo saber dónde planté cada una de mis rosas.

POR QUÉ OS DOY ESTE BLOG

19 septiembre 2012

CANCIÓN

(fragmento)

 

Hay que salir al aire,

¡de prisa!

Tocando nuestras flautas,

alzando nuestros soles,

quemando la alegría.

 

Hay que invadir el día,

apresurar el paso,

¡de prisa!,

antes que se nos eche

la noche encima.

 

Hay que salir al aire,

desatar la alegría,

llenar el universo

con nuestras vidas,

decir nuestra palabra

porque tenemos prisa.

 

Y hay muchas cosas nuestras

que acaso no se digan.

   

                     José Hierro, Alegría (1947)

CARTA AL AMIGO DON TEODOMIRO, SOBRE QUE LE AFEAN SU DEVOCIÓN A LA VIRGEN

7 julio 2019

Que se distribuyó este febrero por correo electrónico a los corresponsales de la Fundación Montfort [*], y que fue la Carta mariana VI, y que además os pongo, muy mona y peripuesta, para aquel que se la quiera descargar.- Miguel


Id pinchándome aquí: 2019 2

 

Don Teodomiro es viejo amigo de viejas andanzas. El mudo sol de muchas tapias antiguas en la tarde sabe de muchas lagartijas con el rabo desmochado por dos niños que lo eran entonces. Me ha escrito Don Teodomiro -hoy maestro y con amor- porque le han afeado que tenga ese amor a la Virgen Santísima que se le come el corazón, y que llegue a vivir como esclavo de ella. Dicen que la devoción mariana debe limitarse y que, si no, obstaculiza el culto a Dios y a Cristo. Y yo le mando una Carta mariana con numeritos y todo.

Querido Don Teodomiro:

Tengan los tales objetores de usted -escrupulosos solo con María- sus teologías amputatorias para ellos solos, y su alma en su almario. Nosotros nos vamos con la Biblia, con la Iglesia, con el sentido común y con la despreocupación sobre el qué dirán… los botos.

Cuando piense usted que ha de elegir entre Jesús y María, hará daño a Jesús y hará daño a María. También a sí mismo, según San Pío X:

“Son unos miserables y desgraciados quienes bajo el pretexto de honrar a Cristo desdeñan a María, porque no saben que el Hijo no puede ser hallado si no es con Su Madre”[1].

Usted sabe que en esta casa nos arrojamos a consagrarnos a la Señora como esclavos, se lo tenemos dado todo sin excepción y vivimos cada segundo por, con, en y para María. ¿Imaginarán los impugnadores de usted que podemos vivir así sin tener el fundamento? Algo de ello le voy a decir.

1. Al elogiarla Isabel, María dice inmediatamente: “Proclama mi alma la grandeza del Señor” (Lc 1,46). Sabemos así que no se guarda los elogios: que los encamina a Dios. Dice San Luis María:

“Nadie, pues, se imagine, como algunos falsos iluminados, que María, por ser criatura, es impedimento para la unión con el Creador (…). Tan lejos está de ¡retener! consigo a las almas que, por el contrario, hace que remonten hasta Dios su vuelo (…). María es eco admirable de Dios, que cuando se grita: ‘María’, no responde más que: ‘Dios'”[2].

Y, de hecho, la razón de nuestro culto mariano es la obra de Dios en la Virgen, como ella se ocupa de proclamar: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1,48-49). Esas generaciones somos nosotros. Nosotros no la amamos por nada que no dependa de Dios. Y jamás hubo artista (aquí el artista es Dios) que, al prodigarse alguien en elogios de sus obras, se enojara por no haberlo elogiado a él. Sería del género tonto.

2. San Pablo VI enseñó que debemos honrar a la Virgen porque “la Providencia hizo girar en torno a esta Mujer escogida su plan de salvación del mundo”[3]; e hizo un buen resumen de los fundamentos al decir:

“La devoción a la Santísima Virgen, insertada en el cauce del único culto que justa y merecidamente se llama cristiano –porque en Cristo tiene su origen y eficacia, en Cristo halla plena expresión, y por medio de Cristo conduce por el Espíritu al Padre-, es un elemento cualificador de la genuina piedad de la Iglesia. La Iglesia, en efecto, refleja por íntima necesidad en la práctica del culto el plan redentor de Dios. Por eso corresponde a María un culto singular, porque singular es el puesto que ella ocupa dentro de dicho plan. Por lo mismo, todo auténtico desarrollo del culto cristiano lleva consigo necesariamente un sano incremento de la veneración a la Madre del Señor”[4].

La devoción, dice ahí el Papa, no nos las inventamos nosotros. Tiene la misma intensidad que tiene la presencia de María en la Redención, en el misterio cristiano. Y cuanto más se desarrolle el culto cristiano, más marianos vamos a volvernos. Porque, en ese plan, “María no es el centro, pero está en el centro”[5].

Yo no he conocido absolutamente a nadie, Don Teodomiro de mi vida, que tuviese devoción a la Virgen y no la tuviese a Cristo; mientras que he conocido a muchos que miran con recelo a la madre en nombre de los derechos del Hijo, marcándonos algo así como una línea hasta la cual podemos llegar. Son los devotos críticos de los que hablaba Montfort, que son tan devotos como yo samoano.

3. Recuerde usted la recomendación de San Pablo a los cristianos: “Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Flp 2,5). De hecho, un sentimiento muy poderoso en el Corazón de Cristo fue (es) el amor a María. Argumentarán que era su madre, y contestaré que es también la nuestra: madre espiritual, lo que va más allá de lo corporal. Será buen estímulo para la marianidad nuestra de cada día el querer continuar los mismos sentimientos de amor a la Señora que en este mundo tuvo Jesús. El Hijo de María, que ha querido que fuéramos hijos de María, tiene -como dice San Juan Eudes- grandes deseos de que tengamos ante ella sus mismos sentimientos filiales.

En otras palabras, partiendo del dato de que somos cristianos, nuestro criterio es la actitud de Jesús. Y la devoción a María nació en la Persona de Jesús la primera vez que en su rostro floreció una sonrisa mientras su madre lo miraba[6].

Por lo tanto, Don Teodomiro, no se puede atacar a la devoción mariana en nombre de Cristo. Contraponer -¡nada menos!- a la madre y el Hijo es obra luciferina, y ahora ya lo he dicho con todas sus letras, y si no lo digo, reviento. Porque existen -yo lo fío- muchos de esta especie, que si no son siempre luciferinos, son los que menos unos desinformados. Combatir por Cristo la devoción mariana es como combatir a la Iglesia en ese mismo nombre de Cristo: olvidan que Él “amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Ef 5,25). El paralelo vale también en sentido literal, ya que María, como Inmaculada, es redimida (la primera y más perfectamente redimida), y además, en el decir de algún autor, Cristo se entregó por redimirla a ella más que por redimirnos a todos los demás.

4. “El consagrado siga consagrándose” (Ap 22,11). Siga Don Teodomiro consagrando todo instante de su vida a la Virgen. “El Señor está contigo” (Lc 1,28), le dijo el ángel, y

“su misión es unir a los hombres con Dios y acercar a Dios a nosotros, los hombres […]. Y como Ella es el esplendor de Dios más accesible a nuestra sensibilidad, quererla es querer a Dios oculto en sus gracias y encantos”[7].

Ciertamente, quererla es querer a Dios, no por identidad, sino porque en ella Dios se nos brinda. Él ha querido hacérsenos accesible en el rostro y en el Corazón de una madre, porque es el lenguaje  que nosotros mejor vamos a entender; de esas condescendencias divinas habló el profeta, y dijo: “Con lazos humanos los atraje, con vínculos de amor. Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas” (Os 11,4). El amor de María es expresión de la ternura de Dios. María es el rostro maternal de esa ternura. María es ella misma transparencia de Dios. En María, Dios nos sale al encuentro. Él ha querido que el regazo que fue amor para el Niño divino sea también regazo espiritual y cobijo de los hermanos que ese Niño se ganó.

Solo podemos quererla por ser ella quien es. Solo somos sus hijos porque ella es madre de Dios, y de su maternidad divina ha brotado su maternidad espiritual respecto de nosotros. La consagración a María tiene sentido en tanto en cuanto María vivió (vive) consagrada a Dios; solo así consagrarse a ella puede ser consagrarse a Dios, y no un camino errado que nos hace perder. “¡Ah, Yavé, yo soy tu siervo, tu siervo, el hijo de tu esclava, tú has soltado mis cadenas!” (Sl 116,16).

5. Y siendo niños (que es condición para el Reino, cfr. Mt 18,3), nos vamos a la madre porque somos niños, porque la necesitamos y porque nos da la gana. Y nos la dio Jesús -de nuevo Él- en la Cruz: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27).

En realidad, se trata de una proclamación que anuncia algo ya acontecido. La maternidad espiritual (la maternidad respecto de nosotros), presente en germen en la maternidad divina desde la Encarnación, se hace plena en los espantos del Calvario -término de llegada de la fidelidad a Dios-, al ofrecer la Virgen al Hijo divino y sus dolores y ofrecerse ella con los suyos para nuestra salvación. Porque en ese momento, sufriendo ella por nosotros los dolores de parto que no tuvo en el parto virginal del Hijo divino, la maternidad respecto de nosotros ha sido completada (nunca hubo madre sin parto), y Jesús la ha dado a conocer al discípulo -que representa a todos los discípulos-, como él mismo lo narra, añadiendo que “desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,27).

Y fue la de María y Juan una relación que nosotros continuamos a nuestro estilo al consagrarnos a la Virgen; ya que San Juan Pablo II enseñó que las palabras griegas indican ahí más que una convivencia: apuntan a “una comunión de vida que se establece entre los dos”[8]: lo mismo, Don Teodomiro, que hacemos usted y yo… mientras nos lo permitan los no-devotos críticos. Pero quédeles bien claro que lo hacemos por iniciativa del Cristo en cuyo nombre, en cambio, ellos nos lo retraen. Es Él, siempre Él, el que tiene la culpa de nuestra devoción mariana.

6. Es mi modesta opinión que, en la devoción mariana, no puede darse pecado en la intensidad, sino en la forma. Nadie puede ser suficientemente devoto de la Santísima Virgen. En cambio, se puede ser inadecuadamente devoto.

Es inadecuadamente devoto, por ejemplo, quien usa la devoción como seguro que le permite seguir en sus pecados; quien se apoya para lo mismo en toda clase de promesas y devociones falsamente entendidas, como si la primera promesa de obtener el cielo no fuese la de quien “hace la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21); quien usa a María como un fetiche para obtener beneficios y nada más, quien espera solamente granjerías terrenas; quien pide cosas inadecuadas o malas o pide mal para otros; quien sujeta su devoción a la condición de que se cumplan sus peticiones; quien dirige a María interminables oraciones solamente vocales, como quien reza con la faringe y con el alma nunca; quien jamás deja que su devoción dé paso a la llamada a la conversión; quien busca como un loco desventurado continuas apariciones marianas por todo lo ancho y largo del planeta, quien las cree todas sin examinarlas como debe, quien hace de tales apariciones un arma arrojadiza contra la jerarquía de la Iglesia a cuya sumisión la Señora desea conducirnos a todos; y, por supuesto, los no-devotos críticos, sin olvidarnos de ellos y con un saludo muy especial del equipo de esta redacción.

Querido amigo: El buen padre de Montfort ha dicho una vez refiriéndose a Cristo:

“Para subir y unirse a Él, preciso es valerse del mismo medio del que Él se valió para descender a nosotros, para hacerse hombre y para comunicarnos sus gracias; y ese medio es la verdadera devoción a la Santísima Virgen”[9].

Le repito, por tanto, que la culpa de nuestra devoción es una divina culpa de amor. No tenga usted miedo de ir a Dios por el mismo camino que Dios ha seguido para venir a usted. Y entienda que Dios, que Jesús, ha demostrado de sobra su deseo de ser hallado con María. Recuerde, en resumen, que la misma boca del Maestro nos dejó otra sentencia:

“Lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (Mt 19,6).


[*] Nombre actual de la anterior Sociedad Grignion de Montfort.

[1] San Pío X, Enc. Ad diem illum (1904): Acta Sanctae Sedis 36 (1903-1904).

[2] El secreto de María, n.º 21.

[3] San Pablo VI, 15-VIII-1964.

[4] Íd., Exh. Ap. Marialis cultus (1974),introducción.

[5] Palabras del P. José Kentenich a las que dediqué la Carta mariana IV (octubre de 2018).

[6] La idea es del P. H. Pinard de la Boullaye: “No busquen, por lo tanto, dónde nació la devoción a María. Ella tuvo su origen en la primera sonrisa del Niño-Dios (…). / No indaguen más en qué justos límites la devoción mariana debe contenerse. He aquí su regla, su medida. Amad a María, si puede ser, tanto como Jesús la amó (…). Su ejemplo nos dicta nuestro deber” (Marie Chef-D’Oeuvre de Dieu, pp. 23-24).

[7] M. Sánchez Gil, Mensaje de la devoción a María, Carmelitas de la Caridad, Madrid 1954, 8-9.

[8] Enc. Redemptoris Mater (1987), nota 130. Aduce las palabras de San Agustín: “La tomó consigo, no en sus heredades, porque no poseía nada propio, sino entre sus obligaciones que atendía con premura” (In Ioannis Evangelium tractatus, 119, 3: Corpus Christianorum/Series Latina, 36, 659).

[9] El secreto de María, n.º 23.

El Fichero-62: Digno de Dios

30 junio 2019
Icono ruso de la Virgen de Fátima

                Desde lo más profundo de mi ser, saludaré a tu Corazón Inmaculado, el primero bajo el sol que fue encontrado digno de hospedar al Hijo de Dios, procedente del seno del Padre… ¡Oh Corazón santo y amantísimo, en el cual tuvo inicio la salvación del mundo y en donde la divinidad, que trayendo al mundo la paz, ha besado a la humanidad!… Toda alma te glorifique, Madre de dulzura, y toda lengua de las gentes piadosas exalte por los siglos eternos la bienaventuranza de tu Corazón, del cual brotó nuestra salvación.

——————————————-

Egberto de Schönau (1120?-1184), “Homilía de la Natividad de María”: “Patrologia Latina”, 95, 412-413

El fichero-61: De conocimientos y de cultura

14 junio 2019

Cultura (…) es el resultado de una absorción paulatina de conocimientos, hechos sustancia de la persona y asimilados en la unidad de un estilo.

Gonzalo Sobejano

El fichero-60: Eso de la cultura

9 marzo 2019

Acceder a la cultura no es almacenar un repertorio copioso de conocimientos inertes, sino alentar la propia sensibilidad para que vibre ante la contemplación de las conquistas cimeras del espíritu. La cultura es, sobre todo, un talante vital, una actitud ética que, por el camino de la racionalidad, se proyecta sobre lo espiritual afirmando lo moral.
(En papeles de la Organización Juvenil Española)

El fichero-59: Preguntas en el hígado

3 marzo 2019

¿Entenderá alguna vez aquel que está sentado en un lugar caliente al que se hiela de frío?




Alexandr Solzhenitsin, Un día en la vida de Iván Denisovich

MARÍA NO ES EL CENTRO, PERO ESTÁ EN EL CENTRO

25 febrero 2019

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Difundido a través de la Sociedad Grignion de Montfort (Barcelona), por medio de correo electrónico, en octubre de 2018. Era la Carta mariana IV. Sustituyo con esto una versión anterior, bastante pelma, que sestea por aquí, pero que borraré en cuanto edite esta.- Miguel

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“María no es el centro, pero está en el centro”. Y nos vamos a la Biblia en busca de estas palabras, porque el P. Kentenich, que las enseñó, sin duda venía de encontrárselas en la Biblia. Hablamos del sacerdote alemán José Kentenich (1885-1968), fundador del Movimiento de Schoenstatt, pero me permito quedarme con su lema y hacer su misma búsqueda con mi propia lámpara. María no es el centro, pero está en el centro, y la Biblia no lo dice, pero lo hace patente. Y quien osare negarlo tendrá que negar todo esto:

 

Una de anunciación


María no es el centro: lo es el Dios que se enamora de ella. El que la hizo hermosa para Imagen relacionadaescogerla, y luego la escogió porque la vio hermosa. El Espíritu Santo, que es la Gracia que encontró a María llena de Gracia. Porque primero se dice: “Dios te salve, llena de gracia” (Lc 1,28), y luego: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti” (1,35).

María no es el centro, pero ¿qué pasaría si ella hubiese contestado con una negativa? ¿Se hubiese realizado la Redención? ¿De qué manera? No digáis nada, porque nada sabéis. Yo propongo que, en cambio, miremos lo que de hecho ocurrió y sabemos, y ello es que María agachó, turbada y confiada, la cabeza, y respondió lo que el orbe le demandaba, lo que quería Dios oír al enviarle al arcángel: “He aquí la esclava…” (Lc 1,38); y “el Verbo se hizo hombre” (Jn 1,14): y Él era el centro del cosmos, y María estaba con el Centro.

En el Credo de la Misa, a las palabras “y por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre”[1], hacemos inclinación profunda[2], y en ese justo momento estamos mencionando a María. ¿Hacemos reverencia por ella? No, sino por el Centro, que ha venido a la historia. Y, sin embargo, ella está ahí… Ella está en el centro, y nos coloca al Centro en el pesebre.

El pasaje de la Anunciación es, nada menos, la primera revelación expresa de la Santísima Trinidad en toda la Biblia, puesto que aparecen inequívocamente mencionados el Padre, el Hijo y el Espíritu. Y allí está María, que no es el centro, pero…

 

Dijo Pablo en los Gálatas…


Dijo San Pablo que

“al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ‘¡Abbá, Padre!'” (Gál 4,4-6).

Esta “plenitud de los tiempos” se hace aquí evidente que es la venida del Verbo a la carne; y ahí está María (en lo más pleno de las edades) para darle la carne. San Pablo ha ofrecido una breve narración de la actuación esencial de la Trinidad en nuestro favor, y hemos vuelto a encontrar a María de por medio: porque “no es el centro, pero está en el centro”. María es necesaria -Dios ha querido necesitarla- para engranar aquella naturaleza divina -la del Hijo- que se venía para nosotros con la naturaleza humana en que el Hijo había de salvarnos; con la “carne”, puesto que “la carne es el quicio de la salvación”[3], y si no hay carne, no se muere[4]. La carne es el quicio, y la carne la ha dado -toda- María, porque no hubo intervención de varón.

 

Madre e Hijo en el filo de una espada


En el día del Calvario, “María está verdaderamente presente en este misterio, justamente porque de ella el Verbo asumió como propio aquel cuerpo que ofreció por nosotros”[5]. En cuanto a su presencia personal,

 “la presencia en el Calvario, que le permitía unirse con toda el alma a los sufrimientos del Hijo, formaba parte del designio de Dios. El Padre quería que ella, llamada a la cooperación más íntima en el misterio redentor, estuviese asociada al sacrificio y compartiese todos los dolores del Crucificado, uniendo la propia voluntad a la suya en el deseo de salvar al mundo”[6].

Había profetizado Simeón:

“Este ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción -y a tu misma alma la traspasará una espada-, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2,34-35).

A Jesús se lo empujará al máximo rechazo que es la muerte, y será “signo de contradicción” a quien unos seguirán rechazando para ruina propia, y a quien otros se adherirán para propia vida. Pero a mitad de su profecía, Simeón intercala de modo sorprendente la profecía de la espada para María. Gramaticalmente, resulta más bien forzada; hubiese estado mejor pronunciarla después; pero la profecía mariana aparece deliberadamente a mitad de la profecía sobre Cristo. La espada que atraviesa el Corazón de María es la misma lanza que atravesó el costado de Cristo (cfr. Jn 19,30-37). Es, exactamente, participar en el dolor de Cristo y en la Redención de Cristo. Si Él es Redentor, ella es la asociada a la Redención, la cooperadora del Redentor, la socia de Cristo. Todos podemos y debemos serlo, pero ella de la forma particular que es propia de la madre. Ella no es el centro de la Redención, pero está muy en el centro de la Redención.

 

En el centro y en mi centro


Ahí está, por lo tanto, María: por voluntad de Dios, en el centro. Y en el centro mismo de nuestras vidas, como primera después del Único, nos corresponde -por lógica- colocarla nosotros. ¿La santidad no era imitar a Dios? Si Dios ha puesto a María en el centro, nosotros hemos de hacer lo mismo. En palabras del Beato Pablo VI:

¿Por qué –nos podemos preguntar- debo honrar a la Virgen? La respuesta es fácil. El Señor ha sido el primero en honrarla. María es la Madre de Cristo, los designios de Dios se cumplieron por medio de Ella, la Providencia hizo girar en torno a esta Mujer escogida su plan de salvación del mundo”[7].

 

“La devoción a la Santísima Virgen, insertada en el cauce del único culto que justa y merecidamente se llama cristiano […], es un elemento cualificador de la genuina piedad de la Iglesia. La Iglesia, en efecto, refleja por íntima necesidad en la práctica del culto el plan redentor de Dios. Por eso corresponde a María un culto singular, porque singular es el puesto que ella ocupa dentro de dicho plan. Por lo mismo, todo auténtico desarrollo del culto cristiano lleva consigo necesariamente un sano incremento de la veneración a la Madre del Señor”[8].

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En palabras de Mons. Enrique Reig:

“Ved, pues, cómo María va asociada absolutamente a todos los dogmas de nuestra santa Religión.

“Y va asociada porque así lo quiso Dios. Va asociada porque Dios Nuestro Señor, con lazo únicamente fabricado y echado por Él, cual es el de la Encarnación, quiso asociar a María completamente a su obra redentora.

“La Iglesia no es depositaria infiel: recibe el talento y hace que fructifique. Recibe ese dogma y procura que tenga todas las manifestaciones debidas en la liturgia, en el culto, en la vida general de la Iglesia”[9].

En palabras -por último- del P. Nazario Pérez,

“lo que lógicamente se deduce de la doctrina de la Mediación Universal de Nuestra Señora es la importancia de la devoción a Ella, sobre todo de la verdadera devoción. Hay que dar a la Madre de Dios, en la Ascética, el lugar que le corresponde y el que tiene en el Dogma, según el común sentir de la Iglesia.

“Hay que ponerla en nuestra vida espiritual en el lugar donde Dios la ha puesto en el cielo y en el mundo: hay que hacer Reina de nuestros corazones a la que es Reina del Universo. No podemos contentarnos con darle una capilla lateral, un altar, aunque sea preciosísimo, en el templo de nuestro corazón; hemos de ponerla en el altar mayor del santuario de nuestra alma”[10].

Así, pues, debe existir una esencial correspondencia entre las verdades de fe y las prácticas de los fieles. Lo que la Iglesia sabe en el dogma, lo celebra en la liturgia y lo realiza en la moral y la espiritualidad. Lo mismo hay que decir de cada fiel. Y si María es figura principalísima -la primera después del Único- en nuestra fe, necesariamente ha de serlo también en nuestras vidas. A esto es a lo que aspiran los sistemas de espiritualidad mariana fuertes, como la Esclavitud Mariana según Montfort, que resultan para muchos demasiado fuertes, pero es justamente porque tratan de reproducir la actitud de Dios, que se toma a María de forma tan central. Cuando, pues, os digan que esto es ¡muy fuerte…!, responded que lo es porque el amor de Cristo a su madre es muy fuerte, y Él quiere verlo reproducido en el alma de los suyos[11].

Porque María no es el centro, pero está en el centro.

 


[1] En el Credo Apostólico, al decir “que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo”.

[2] Prescrita por la Ordenación General del Misal Romano (2005), n.º 275.

[3] Tertuliano, De carnis resurrectione, 8, 3: Migne, Patrologia Latina, 2, 806.

[4] “No le llegó la muerte por haber nacido, sino que tomó sobre sí el nacimiento a causa de la muerte” (San Gregorio de Nisa, Oratio catechetica magna, 32).

[5] San Atanasio, Carta a Epicteto, 5: Migne, Patrologia Graeca, 26, 1058.

[6] San Juan Pablo II, 4-V-1983.

[7] Beato Pablo VI, 27-V-1964.

[8] Íd., 2-II-1974.

[9] Mons. Enrique Reig, en Crónica del Primer Congreso Mariano-Montfortiano, celebrado en Barcelona el año 1918, El Mensajero de María, Totana (Murcia) 1920, 87. (Este congreso, celebrado en 1918, marcó un hito en la historia de la Esclavitud Mariana en España.)

[10] Nazario Pérez, Aplicación de la doctrina de la Mediación Universal a la vida ascética y mística, Asamblea Mariana de Covadonga, 1926. Cit. por Camilo María Abad, El R. P. Nazario Pérez, de la Compañía de Jesús. Una vida totalmente consagrada a Nuestra Señora, Sal TerraeSantander 1954, 343-344. El P. Nazario fue la figura principal en la repatriación de la Esclavitud Mariana a España. Entre otras iniciativas, realizó la traducción del Tratado de la verdadera devoción y de El Secreto de María que todavía publica esta Sociedad; anotó la de El secreto admirable del Santísimo Rosario; preparó (junto con el P. Camilo María Abad) la edición de las Obras completas del santo en la Biblioteca de Autores Cristianos (1954); Vida mariana (Exposición y práctica de la perfecta consagración a la Santísima Virgen) (1910); y fue figura imprescindible del congreso aludido en la nota anterior.

[11] Y responded también -según una vieja tradición de esta casa- que la dificultad de vivir esta espiritualidad es menor que la de vivir el Evangelio sin María.

El fichero-58: La caridad, lo único

24 febrero 2019

Dedicado al amigo Chema, que me tiró del pelo por descuidar este blog que es vuestra casa. Y que mire el amigo Chema aquí:

[Mira aquí, mira aquí, mira aquí]

Bienaventurada el alma de la Virgen, que, guiada por el magisterio del Espíritu que habitaba en ella, se sometía siempre y en todo a las exigencias de la Palabra de Dios. Ella no se dejaba llevar por su propio instinto o juicio, sino que su actuación exterior correspondía siempre a las insinuaciones internas de la sabiduría que nace de la fe […].

Imítala tú, alma fiel. Entra en el templo de tu corazón, si quieres alcanzar la purificación espiritual y la limpieza de todo contagio de pecado. Allí Dios atiende más a la intención que a la exterioridad de nuestras obras. Por esto, ya sea que por la contemplación salgamos de nosotros mismos para reposar en Dios, ya sea que nos ejercitemos en la práctica de las virtudes o que nos esforcemos en ser útiles a nuestro prójimo con nuestras buenas obras, hagámoslo de manera que la caridad de Cristo sea lo único que nos apremie [cfr. 2Cor 5,14]. Éste es el sacrificio de la purificación espiritual, agradable a Dios, que se ofrece no en un templo hecho por mano de hombres, sino en el templo del corazón, en el que Cristo, el Señor, entra de buen grado.


S. Lorenzo Justiniani, Sermón 8, en la fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen María, Opera, 2, Venecia, 1751, 38-39. Liturgia de las Horas, memoria del Inmaculado Corazón de la Virgen María.

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